viernes, 12 de octubre de 2018

Un lance en el Siglo de Oro


Gutierre de Cetina fue un poeta español del Siglo de Oro nacido en Sevilla, más probablemente en 1520, o tal vez unos años antes. Tras una vida de aventuras en Alemania e Italia, encontró la muerte a causa de una pendencia durante una de sus estancias en Nueva España, a donde había viajado en compañía de su tío, que era allí procurador general. 

Vivía en Puebla de los Ángeles la bella Leonor de Osma, joven esposa del doctor Pedro de la Torre, el cual le doblaba o más bien triplicaba la edad. El hombre no era un dechado de virtudes: tenía reputación de charlatán y nigromante, y la Inquisición lo había desterrado de Veracruz. Se le acusaba de rayar en la herejía por afirmar cosas tales como que “Dios y la naturaleza eran la misma cosa”. Se suponía, además, que mediante hechicería hacía “que las mujeres casadas saliesen de casa de sus maridos y fuesen a casa de hombres solteros sin que los maridos lo sintiesen, y para ello invocaba a los demonios”. 

Pocos atractivos debía de tener para la bella, cuyas preferencias se hallaban lejos del hogar que compartían. Leonor era por entonces la amante de Hernando de Nava, hijo del ya difunto regidor. Pero el galán tenía un rival: Francisco de Peralta, que compartía posada con Gutierre de Cetina. También el poeta tenía ocasión de contemplar con asiduidad la belleza de de doña Leonor, pues ambas viviendas se encontraban próximas, y, primero por reponerse de unas fiebres y después tal vez por sus encantos o por ayudar a su amigo en su empeño, decidió prolongar su estancia en Puebla. 

Gutierre trabó al principio amistad con Hernando de Nava, al que conoció estando de visita en casa de la madre de éste, pero las buenas relaciones terminaron abruptamente a causa de la dama. El poeta y Francisco de Peralta rondaban la casa de Leonor, suscitando con ello los celos exacerbados del amante. 


Hernando se apostó durante varias noches en la esquina más próxima en compañía de tres de sus amigos. Finalmente, el domingo después de Pascua, hacia las diez de la noche, Gutierre de Cetina se sentaba a la puerta de la posada en compañía de Francisco, que se entretenía tocando la vihuela. Éste le propuso dar un paseo con la intención de rondar a la dama. El poeta iba delante, con la espada apoyada sobre el hombro derecho. Detrás iba el músico, aún tocando y cantando a media voz, con pretensión, sin duda, de que la melodía llegara a oídos de Leonor. 

Poco se habían adentrado en la noche tenebrosa cuando Gutierre divisó “dos bultos que le parecían ser de hombres que estaban muy pegados a la esquina de un corral”. Se volvió para prevenir a su amigo y, apenas lo hubo alertado, Hernando de Nava le hirió junto al ojo izquierdo y hacia la sien con un montante —una espada ancha que se maneja con las dos manos—, haciéndole caer en el lodo. En la oscuridad,probablemente Nava lo había confundido con Francisco, que era el objeto de sus celos. Gutierre trató de levantarse y echar mano a la espada, pero antes de que consiguiera hacerlo apareció otro hombre, Galeoto, que le hirió la cabeza, dejándolo sin sentido. 

Tras la esquina, presenciando la escena, se ocultaban otro amigo de Nava y un criado. Entonces un tercer asaltante se unió a los anteriores para arremeter contra Francisco de Peralta. Éste presentó combate, pero, encontrándose en manifiesta inferioridad, cedió terreno y acabó recibiendo cuatro heridas leves. El lance terminó ahí para él, porque la última estocada cortó las cintas que ataban las calzas al jubón haciendo que se le cayeran y le trabaran los pies. Cayó el galán al suelo en situación tan poco airosa y con ello sus atacantes se retiraron satisfechos. 


Gutierre, mientras tanto, había conseguido levantarse y caminar a trompicones y medio desfallecido hasta la posada. Una vez allí, pidió confesión y, por ironías del destino, hizo llamar al esposo de Leonor junto con un viejo cirujano que tenía buena reputación por el modo en que atendía las heridas. La del rostro sangraba abundantemente, y se estimó de tal gravedad que el pronóstico fue mortal, por lo que en lugar de intentar coserla “se limitaron a ponerle estopas y huevos y atárselas con paños”. 

Esa misma noche se le tomó declaración por primera vez y dijo no saber quién le había herido. Es poco probable que no supiera realmente de dónde provenía el ataque, pero se tenía por deshonroso delatar al agresor en tales lances, por lo que era lo habitual guardar silencio. Según los usos de la época, estas cuestiones se solucionaban con la propia espada, y sin recurrir a la justicia. 

Al día siguiente Gutierre, tal vez pensando que no había dado muchos motivos al doctor de la Torre para desear salvarlo a toda costa, mandó llamar a otro médico por ver si podía hacer más. Acudió Diego Cortés, que curaba por medio de ensalmos. Era el ensalmo un rezo con el que se acompañaba a los remedios aplicados, y al que se atribuía el poder de sanar. Cortés trajo consigo otro cirujano que cosió la herida a medias, pero no la pudo cerrar debido a un hueso que estaba cortado y atravesado junto al ojo. 


Se le interrogó de nuevo. El juez hizo que le retirasen las vendas y tomó nota en acta del alcance de sus heridas, por las que finalmente falleció a resultas de la septicemia que le provocaron. Para entonces otros amores le habían inspirado poemas que aún se recuerdan hoy: 

Fuego queme mi carne y por encienso
baje el humo a las almas del infierno;
pase la mía aquel olvido eterno
de Lete porque pierda el bien que pienso;

el fiero ardor que hora me abrasa intenso
ni melle corazón ni haga tierno;
niégueme pïedad, favor, gobierno
el mundo, Amor y el sumo Dios inmenso;

mi vivir sea enojoso y trabajado,
en estrecha prisión dura y forzosa,
siempre de libertad desesperado,

si viviendo no espero ya ver cosa
-dijo Vandalio, y con verdad jurado-,
que sea cual tú, Amarílida, hermosa.


En cuanto a sus adversarios, el escándalo había saltado y Nava hubo de huir para eludir la acción de la justicia. Se refugió con su amigo Galeoto en el convento de Santo Domingo, acogiéndose así a sagrado. Allí permanecieron hasta conseguir escapar una noche, pero no se había aplacado con la trágica aventura el ánimo del amante celoso. Por el contrario, a continuación se dirigió contra Leonor, hirió gravemente a un esclavo y una esclava que intentaron proteger a su señora y también a ella misma de una puñalada en la nariz. 

Seis semanas después de aquel lance, Nava fue condenado a la pérdida de la mano derecha, que le fue amputada por un médico. Dos de sus amigos lograron librarse, pues no fueron hallados, y Galeoto solicitó el indulto. 


12 comentarios:

  1. Tiempos aquellos en los que la gente era muy dada a resolver sus diferencias tirando de espada.
    Un abrazo.

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    1. Sí, ellos creían que las resolvían. Perdían manos y vidas y se quedaban tan anchos.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  2. Pobre Gutierre, que sin comerlo ni beberlo, se vio envuelto en una celada que nada tenía que ver con él. No escribió mucho, o acaso no se haya conservado mucho de lo que escribiera; y por su edad, quien sabe si tampoco hubiera compuesto mucho más, pero el poeta que escribió al amor por unos Ojos claros, también encontró inspiración para este bellísimo soneto, que nos trae usted hoy aquí.
    Hacía tanto tiempo que no tenía ocasión de besar su mano, virtualmente quiero decir, que aprovecho la ocasión para hacerlo con sincero deleite.

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    1. Muchas gracias, monsieur. No crea que a mí me deleita en exceso mi regreso. Fue un leve impulso que no sé si se volverá a repetir. En cualquier caso, me alegra siempre reencontrar al marqués de Fondant, bien sûre.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  3. Qué bueno, Montse, que estás de regreso. Y, como siempre, con tantos argumentos. Te sigo. Enhorabuena.

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    1. Gracias, Jorge. Ha sido una breve visita nostálgica antes de regresar a mi retiro de los últimos tiempos. Sigo sanando mi espíritu.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  4. Muy 8nteresante historia totalme te desconocida para mi. Qué el impulso xe tu retorno dure, porque te esyaba extrañando y aunque estoy de viaje en Sudamérica, Vengo presto a leerte y a dejarte un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Myriam. Se aprecia tu visita. Lamento tener tan abandonados a los amigos, pero no daba para más.

      Que sigas disfrutando de tu viaje.

      Bisous

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  5. Hola Madame:
    Me encant que haya regresado. Yo ando disperso...Ya le contaré

    Besos

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    1. Buenos días, Manuel. Entonces andamos los dos igual. A ver si termino de centrarme.

      Feliz domingo.

      Bisous

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  6. Historias de capa y espada, con médicos que no en vez de curarte te mandaban o te dejaban ir al otro barrio.
    Bisous.

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    1. Sí, casi era mejor no ponerse en sus manos, y dejar tu vida en las del azar.

      Feliz día

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)