martes, 16 de octubre de 2018

La amiga de Ana Bolena

Lady Lee retratada por Holbein hacia 1540, a la edad de 34 años

Margaret Wyatt, hermana del poeta Thomas Wyatt y amiga de Ana Bolena, nació en el seno de una familia muy bien relacionada en la Corte de Enrique VIII. Su padre era Sir Henry Wyatt, que en su día se había alineado en el bando de Enrique VII cuando éste pretendía el trono de Ricardo III, algo por lo que fue encarcelado. Sir Henry había intentado obtener el apoyo del rey de Escocia para el Tudor, pero durante su misión fue interceptado por un noble escocés partidario de los York. Fue liberado a cambio de un rescate fabuloso cuando Enrique VII alcanzó el trono. Las condiciones de su prisión fueron muy duras: se cuenta que hubo de permanecer en una torre húmeda y fría en la que habría muerto de hambre de no ser por un gato que le traía comida. Durante dos años sufrió torturas que sus carceleros esperaban le hicieran cambiar de bando, pero él nunca cedió. 

Su lealtad fue recompensada posteriormente por el nuevo monarca, que lo armó caballero y le concedió tierras. Más adelante Enrique VII emplearía sus servicios como agente secreto en tierras escocesas y lo distinguiría siempre con su favor, nombrándolo tesorero y llegando a admitirlo en su consejo privado, un puesto que retuvo posteriormente con Enrique VIII. 

Sir Henry Wyatt

Sir Henry se casó con Anne Skinner. Fue para él su segundo matrimonio, pues era viudo de Margaret Bailiff. La principal residencia familiar se encontraba en Kent, en el castillo de Allington, a sólo unas veinte millas del de Hever, hogar de los Bolena. Se trataba de una propiedad que Sir Henry había adquirido en 1492. Fue allí donde Margaret vino al mundo. De edad parecida a la de Ana Bolena —su nacimiento se sitúa entre 1506 y 1509—, tuvo así ocasión de conocer durante la infancia a la futura reina de Inglaterra y seguramente forjar una amistad temprana. De hecho, tal vez fue la única amistad duradera que la reina fue capaz de entablar con una mujer, pues siempre pareció sentirse más cómoda en compañía masculina. 


Enrique VII visitó Allington, y también Enrique VIII en 1527, 1530 y 1536. Otros huéspedes del castillo fueron el cardenal Wolsey y la reina Catalina Parr. Se dice que Enrique VIII estaba tan preocupado por su seguridad que cuando se alojaba en la torre nordeste hacía que el único acceso, a través de una escalera de caracol, se bloqueara cada noche con un muro de piedra.


Aunque Ana fue pronto enviada a los Países Bajos, donde la archiduquesa Margarita de Austria le había ofrecido un puesto entre su séquito, no es de extrañar que más tarde, de regreso en Inglaterra y gozando ya del favor del rey, Margaret formara parte de su séquito como dama de honor. Encontramos pronto a Lady Lee entre su círculo más íntimo, como una de sus mejores amigas y en 1532, cuando Enrique VIII planeaba desposar a Ana en secreto, la acompañó a Calais. 

Hacia ese mismo año, o tal vez el anterior, Margaret contraía matrimonio con el joven cortesano Sir Anthony Lee, quien, tras una poco brillante carrera en la corte, fue nombrado caballero en 1539. Poco después, en enero de 1540, fue uno de los designados para recibir a Ana de Cleves entre Blackheath y Greenwich. Íntimo amigo de Thomas Wyatt, Sir Anthony heredó de su padre el señorío de Quarrendon y fue miembro del Parlamento por Buckinghamshire en dos periodos diferentes: entre 1542 y 1545, y posteriormente entre 1547 y 1549. 

Henry Lee

Su primogénito, Henry, nació en Allington en marzo de 1533, y a él siguieron otros ocho hijos —Robert, Thomas, Cromwell, Anne, Lettice, Katherine, Joyce y Jane—, todos los cuales alcanzaron la edad adulta. Sin embargo, S. Hubert Burke afirma Enrique VIII habría sido el padre de uno de ellos, concebido después de la ejecución de Ana Bolena. El autor se basa en unas supuestas revelaciones hechas por de uno de sus descendientes, el reverendo Lee de Lambeth. 

“La eterna amiga de Ana Bolena, Margaret Lady Lee, hermana de Sir Thomas Wyatt, acompañó hasta el patíbulo a la víctima de Enrique; sin embargo, es posible que muchos de los que aprecian el recuerdo de la valerosa devoción de Lady Lee no sepan que ella misma fue después objeto del libertinaje de Enrique”. 


Porque, en efecto, junto a la reina estuvo Margaret también cuando fue enviada a la Torre en 1536, arrestada bajo los cargos de adulterio, traición e incesto. Según un manuscrito del nieto de Thomas Wyatt en el que transcribía las memorias de su abuelo, permaneció a su lado hasta el final, asistiéndola en el cadalso, y allí recibió Margaret de su mano un libro de oraciones, un ejemplar bellamente iluminado que había sido hecho especialmente para Ana Bolena en Francia en torno a 1528. No tenemos, sin embargo, más evidencia de los hechos que este testimonio. El libro al que se refiere se conserva en el castillo de Hever, y en él dejaba la reina esta nota escrita de su puño y letra: 

Remember me when you do pray, 
That hope doth lead from day to day. 


Lady Lee falleció en fecha que la mayoría de las fuentes sitúan en 1543. Fue enterrada en la capilla de Quarrendon, hoy en ruinas. Su esposo la sobrevivió y contrajo un segundo matrimonio en mayo de 1548 con Anne Hassall, con la que ya tenía dos hijos ilegítimos. 

Margaret es recordada en canciones y sonetos de aquel tiempo, en una antología poética publicada en 1557 que incluye obras de su hermano, y gracias al magnífico retrato que de ella pintó Hans Holbein el Joven. 

Cuando años más tarde Isabel I alcanzó el trono, procuró favorecer a quienes habían sido partidarios de su madre, y entre ellos a Sir Henry Lee, hijo de Margaret, que fue su campeón durante su coronación.


domingo, 14 de octubre de 2018

EL CAPITÁN DE LEPANTO


Andrés Rey de Artieda nació en Valencia en 1549, hijo de un notario aragonés oriundo de Tauste (Zaragoza) y de madre valenciana. Fue amigo de Lope de Vega, admirado por Cervantes —que lo nombra en su Viaje del Parnaso— y miembro de la Academia de los Nocturnos, en la que sus compañeros le dieron el apodo poético de "Centinela". Bachiller en Filosofía por la Universidad de Valencia, y en Derecho civil y canónico por las Universidades de Lérida y Tolosa, llegó a obtener el doctorado y ejercer en Barcelona, donde impartió por breve tiempo clases de matemáticas y astrología. Casó en Valencia con Catalina Monave, de la que tuvo cuatro hijos. 

Pero Andrés Rey de Artieda fue, sobre todo, hombre de armas. Militar de carrera, combatió durante 30 años en Flandes e Italia como capitán de los tercios al servicio de Felipe II, en el ejército de Alejandro Farnesio —nieto del emperador Carlos V, sobrino de Felipe II y de Juan de Austria— y de Felipe III. Recibió tres heridas en Lepanto y estuvo en Novarino y Chipre. De él contaba Moratín cómo durante una de sus campañas cruzó a nado el río en pleno invierno con la espada en la boca bajo el fuego enemigo. 


Su estancia en Flandes la relata él mismo en su “Carta a un amigo dándole cuenta de las cosas de Flandes”, que escribió en 1588 en el campamento de los tercios durante la guerra angloespañola. Esperaban por entonces a la Gran Armada del duque de Medina Sidonia, cuya fracasada misión era destronar a Isabel I e invadir Inglaterra. En dicha carta, en tercetos encadenados, narra su vida en la corte de Bruselas, que compara con la de Madrid (“La cerimonia y prefumción de España / piérdese aquí de vista, solamente / el ánimo y valor nos acompaña”), así como el ambiente que se vivía entre los soldados. Se habían reunido en aquella ocasión 32.000 hombres en un campamento “do está alojado lo mejor de España”, en palabras del poeta, el cual ensalza a Farnesio, “que contra Elisabeth de Inglaterra / con invicto valor se apresta y arma”. 

Otro testimonio deja en su Carta a don Francés de Pinos sobre la etapa de los motines y el descontento de los soldados por no recibir sus pagas: “Ni el que se recoge en una ermita / con hambre y sed al parecer extrema, / ni el que por deudas en la cárcel grita / ni el que sin prendas al logrero ruega / ni el que en vano al letrado solicita /puede llegar, ni con mil partes llega / a las injurias que un soldado passa / quando el hambre y la sed desasosiega”. 

Poeta precoz —ya recibía elogios a los catorce años—, fue también dramaturgo, aunque desgraciadamente se ha perdido la práctica totalidad de sus obras teatrales a excepción de “Los amantes”. Escrita en 1581, este drama es el primero que se compuso sobre los amantes de Teruel. 

La obra puede leerse en este enlace: 



viernes, 12 de octubre de 2018

Un lance en el Siglo de Oro


Gutierre de Cetina fue un poeta español del Siglo de Oro nacido en Sevilla, más probablemente en 1520, o tal vez unos años antes. Tras una vida de aventuras en Alemania e Italia, encontró la muerte a causa de una pendencia durante una de sus estancias en Nueva España, a donde había viajado en compañía de su tío, que era allí procurador general. 

Vivía en Puebla de los Ángeles la bella Leonor de Osma, joven esposa del doctor Pedro de la Torre, el cual le doblaba o más bien triplicaba la edad. El hombre no era un dechado de virtudes: tenía reputación de charlatán y nigromante, y la Inquisición lo había desterrado de Veracruz. Se le acusaba de rayar en la herejía por afirmar cosas tales como que “Dios y la naturaleza eran la misma cosa”. Se suponía, además, que mediante hechicería hacía “que las mujeres casadas saliesen de casa de sus maridos y fuesen a casa de hombres solteros sin que los maridos lo sintiesen, y para ello invocaba a los demonios”. 

Pocos atractivos debía de tener para la bella, cuyas preferencias se hallaban lejos del hogar que compartían. Leonor era por entonces la amante de Hernando de Nava, hijo del ya difunto regidor. Pero el galán tenía un rival: Francisco de Peralta, que compartía posada con Gutierre de Cetina. También el poeta tenía ocasión de contemplar con asiduidad la belleza de de doña Leonor, pues ambas viviendas se encontraban próximas, y, primero por reponerse de unas fiebres y después tal vez por sus encantos o por ayudar a su amigo en su empeño, decidió prolongar su estancia en Puebla. 

Gutierre trabó al principio amistad con Hernando de Nava, al que conoció estando de visita en casa de la madre de éste, pero las buenas relaciones terminaron abruptamente a causa de la dama. El poeta y Francisco de Peralta rondaban la casa de Leonor, suscitando con ello los celos exacerbados del amante. 


Hernando se apostó durante varias noches en la esquina más próxima en compañía de tres de sus amigos. Finalmente, el domingo después de Pascua, hacia las diez de la noche, Gutierre de Cetina se sentaba a la puerta de la posada en compañía de Francisco, que se entretenía tocando la vihuela. Éste le propuso dar un paseo con la intención de rondar a la dama. El poeta iba delante, con la espada apoyada sobre el hombro derecho. Detrás iba el músico, aún tocando y cantando a media voz, con pretensión, sin duda, de que la melodía llegara a oídos de Leonor. 

Poco se habían adentrado en la noche tenebrosa cuando Gutierre divisó “dos bultos que le parecían ser de hombres que estaban muy pegados a la esquina de un corral”. Se volvió para prevenir a su amigo y, apenas lo hubo alertado, Hernando de Nava le hirió junto al ojo izquierdo y hacia la sien con un montante —una espada ancha que se maneja con las dos manos—, haciéndole caer en el lodo. En la oscuridad,probablemente Nava lo había confundido con Francisco, que era el objeto de sus celos. Gutierre trató de levantarse y echar mano a la espada, pero antes de que consiguiera hacerlo apareció otro hombre, Galeoto, que le hirió la cabeza, dejándolo sin sentido. 

Tras la esquina, presenciando la escena, se ocultaban otro amigo de Nava y un criado. Entonces un tercer asaltante se unió a los anteriores para arremeter contra Francisco de Peralta. Éste presentó combate, pero, encontrándose en manifiesta inferioridad, cedió terreno y acabó recibiendo cuatro heridas leves. El lance terminó ahí para él, porque la última estocada cortó las cintas que ataban las calzas al jubón haciendo que se le cayeran y le trabaran los pies. Cayó el galán al suelo en situación tan poco airosa y con ello sus atacantes se retiraron satisfechos. 


Gutierre, mientras tanto, había conseguido levantarse y caminar a trompicones y medio desfallecido hasta la posada. Una vez allí, pidió confesión y, por ironías del destino, hizo llamar al esposo de Leonor junto con un viejo cirujano que tenía buena reputación por el modo en que atendía las heridas. La del rostro sangraba abundantemente, y se estimó de tal gravedad que el pronóstico fue mortal, por lo que en lugar de intentar coserla “se limitaron a ponerle estopas y huevos y atárselas con paños”. 

Esa misma noche se le tomó declaración por primera vez y dijo no saber quién le había herido. Es poco probable que no supiera realmente de dónde provenía el ataque, pero se tenía por deshonroso delatar al agresor en tales lances, por lo que era lo habitual guardar silencio. Según los usos de la época, estas cuestiones se solucionaban con la propia espada, y sin recurrir a la justicia. 

Al día siguiente Gutierre, tal vez pensando que no había dado muchos motivos al doctor de la Torre para desear salvarlo a toda costa, mandó llamar a otro médico por ver si podía hacer más. Acudió Diego Cortés, que curaba por medio de ensalmos. Era el ensalmo un rezo con el que se acompañaba a los remedios aplicados, y al que se atribuía el poder de sanar. Cortés trajo consigo otro cirujano que cosió la herida a medias, pero no la pudo cerrar debido a un hueso que estaba cortado y atravesado junto al ojo. 


Se le interrogó de nuevo. El juez hizo que le retirasen las vendas y tomó nota en acta del alcance de sus heridas, por las que finalmente falleció a resultas de la septicemia que le provocaron. Para entonces otros amores le habían inspirado poemas que aún se recuerdan hoy: 

Fuego queme mi carne y por encienso
baje el humo a las almas del infierno;
pase la mía aquel olvido eterno
de Lete porque pierda el bien que pienso;

el fiero ardor que hora me abrasa intenso
ni melle corazón ni haga tierno;
niégueme pïedad, favor, gobierno
el mundo, Amor y el sumo Dios inmenso;

mi vivir sea enojoso y trabajado,
en estrecha prisión dura y forzosa,
siempre de libertad desesperado,

si viviendo no espero ya ver cosa
-dijo Vandalio, y con verdad jurado-,
que sea cual tú, Amarílida, hermosa.


En cuanto a sus adversarios, el escándalo había saltado y Nava hubo de huir para eludir la acción de la justicia. Se refugió con su amigo Galeoto en el convento de Santo Domingo, acogiéndose así a sagrado. Allí permanecieron hasta conseguir escapar una noche, pero no se había aplacado con la trágica aventura el ánimo del amante celoso. Por el contrario, a continuación se dirigió contra Leonor, hirió gravemente a un esclavo y una esclava que intentaron proteger a su señora y también a ella misma de una puñalada en la nariz. 

Seis semanas después de aquel lance, Nava fue condenado a la pérdida de la mano derecha, que le fue amputada por un médico. Dos de sus amigos lograron librarse, pues no fueron hallados, y Galeoto solicitó el indulto. 


jueves, 19 de abril de 2018

La Orden de los Lazos de Amor



Los Saboya fueron en su origen una familia de grandes terratenientes. En el siglo XI fundaron la Casa de Saboya en esa región del Sacro Imperio Romano Germánico —repartida entre las actuales Francia, Italia y Suiza— con el borgoñón Humberto I Biancamano como primer conde. Con el tiempo acrecentaron sus dominios, bien fuera mediante una buena política matrimonial, por herencia o con sus conquistas en batalla. Fueron despreciados por las familias reales de toda Europa y, sin embargo, a ellos acudieron los reyes en busca de esposa durante casi mil años. Desde el siglo XIX, la Casa de Saboya llegó a ostentar la corona de Italia y, durante un par de años, incluso la de España con Amadeo I. 

Uno de esos Saboya, enamoradizos, piadosos y anhelantes de gloria, fue Amadeo VI, el llamado Conde Verde, cuyo prestigio hizo de él un preciado árbitro en cuantos conflictos enfrentaron a las diversas potencias italianas a mediados del siglo XIV. Amadeo debía su sobrenombre a su gusto por los torneos, en los que participaba portando armas y banderas de color verde. Tan buena fama le reportaron estos hechos de armas, que decidió continuar vistiendo de verde de forma habitual, incluso fuera de la palestra. 

No era menor el éxito del conde entre las damas, una reputación que hizo que se tejieran diversas leyendas, alguna de ellas en torno a la Orden que él fundó, llamada inicialmente del Collar y después, a partir de 1434 —por decisión de Amadeo VIII, primer duque de Saboya—, se llamó della Santissima Annunziata. Sin embargo, también es conocida como la Orden de los Lazos de Amor, y una vieja crónica nos describe su fundación del modo siguiente: 


“Amadeo VI, conde de Saboya, llamado el Verde, habiendo recibido de su dama el regalo de un brazalete hecho con sus cabellos, trenzados y unidos en forma de lazos de amor, fundó la Orden de los Lazos de Amor. La primera ceremonia tuvo lugar el día de la fiesta de San Mauricio, patrono de Saboya, el 22 de septiembre de 1355. La Orden constaba de 15 caballeros y dispuso que él y sus sucesores, primero condes y después duques de Saboya, fueran siempre los jefes, soberanos y grandes maestres de la Orden. El collar estaba hecho de rosas esmaltadas en rojo y blanco, unidas una a otra con un doble lazo de seda, del color del cabello entregado por la diosa Venus; dentro de estos lazos de amor había entrelazadas estas cuatro letras: F.E.R.T., que significan “Frayez, Entrez, Rompez Tout” (Abrid, Entrad, Romped Todo). Divisa que debe entenderse como expresión del deber de un valeroso caballero tanto en la defensa como en el ataque. Al final del collar colgaba un medallón de forma ovalada esmaltado también en rojo y blanco con la efigie del caballero San Mauricio montado a caballo.” 

El pasaje, sin embargo, resulta cuestionable, y el año de la fundación puede más bien situarse entre 1362 y 1364. En este último año Amadeo participó con otros 14 caballeros en un torneo en Chambéry luciendo un collar en el que se leía la enigmática palabra FERT. 

Son muchas las interpretaciones que se han querido dar a estas letras. Según una opinión, F.E.R.T. significa Fortitudo ejus Rhodum tenuit (su fortaleza sostuvo a Rodas), en recuerdo a la acción heroica de Amadeo V el Grande cuando consiguió que los sarracenos levantaran el sitio de Rodas. Otras alternativas para explicar el significado son: 

Estatua del Conde Verde frente al ayuntamiento de Turín

Foedere et Religione Tenemur (Estamos obligados por tratado y por la religión). 

Fortitudo Eius Rempublicam Tenet (Su fortaleza preserva el estado). 

Fides Est Regni Tutela (La fe es la protectora del reino). 

También se ha propuesto que las letras forman la palabra latina “fert”, que significa “sufre” o “soporta”, en alusión a Jesús y los pecados del mundo, o al espíritu de resistencia de la Casa de Saboya. 

Otros han querido ver en ellas Fors Eius Romam Tenuabit (su fuerza destruirá Roma), relacionado con los orígenes de la Casa de Saboya, cuando el legendario Humberto Biancamano se vio obligado a recibir la investidura feudal por el emperador del Sacro Imperio Romano tras la negativa de la Santa Sede. 

En el siglo XVIII un pasquín dio un significado satírico al lema: Fœmina Erit Ruina Tua ( la mujer será tu ruina ), referido al matrimonio morganático celebrado en 1730 entre Víctor Amadeo II con su amante Ana Carlota Canalis di Cumiana, una de las damas de su madre. Víctor Amadeo abdicó, pero un año después se arrepintió de su decisión y trató de recuperar el poder. Su hijo lo hizo trasladar al castillo de Moncalieri y la esposa fue encerrada en una prisión para prostitutas. 


En cuanto a los lazos de amor (nudos en forma de ocho) son un símbolo de unión, pues el Conde Verde aspiraba a fomentar la fraternidad entre los grandes señores feudales para evitar tantas disputas y querellas particulares. De hecho, las diferencias entre ellos debían ser resueltas por la propia Orden. Los quince caballeros podrían ser una evocación de los quince misterios del Rosario, dada la particular devoción de Amadeo VI por la Virgen del Rosario. Y las rosas se inspiraban en la Rosa de Oro que el papa Urbano V entregó al conde. El diseño del collar fue sufriendo alteraciones y variaciones, quedando el medallón formado por tres nudos y una imagen de la Anunciación que sustituía a la de San Mauricio. 

El Conde Verde no llegó a componer los estatutos; fue Amadeo VIII quien lo hizo, y más adelante el duque Carlos III dotó a la Orden de otros nuevos. 

El gran maestre era el jefe de la Casa de Saboya y el único que elegía personalmente a los caballeros que formarían parte de la Orden. En un principio era obligatorio ser de origen noble y ostentar alguna de las más altas dignidades para poder convertirse en miembro, valorándose los logros tanto con las armas como con las letras, pero en 1869 el rey Víctor Manuel II decidió admitir también a plebeyos, siempre que hubieran rendido algún importante servicio a la Corona. 

Existe una distinción dependiendo de si los caballeros son italianos, en cuyo caso ostentan dos collares, o extranjeros, que sólo cuentan con uno y no pueden lucir el llamado Gran Collar. Este, a diferencia del pequeño, debe ser devuelto a la muerte del propietario, y es utilizado después por un nuevo miembro. Los caballeros tenían que llevarlo siempre, y no podían ingresar en otra Orden. Además, debían entregar un cáliz y algunos ornamentos sacerdotales a la iglesia de Pierre-Chatel, cuya fundación ordenaba el testamento del Conde Verde. Para el mantenimiento de esta iglesia, era preceptivo que cada uno dejara a su muerte 100 florines. Los herederos recibían el mandato de celebrar cien misas por el descanso de su alma, y los demás miembros de la Orden estaban obligados a asistir a la que se hacía allí por el difunto, vistiendo un manto que primero fue blanco y después negro. El que utilizaban en otras ceremonias era rojo, bordado con lazos de amor en oro. Con posterioridad fue azul, forrado de tafetán blanco, y finalmente amarillo. 

La familia de Víctor Manuel III

Las asambleas tenían lugar en la cartuja de Pierre-Chatel, donde se enterraban los caballeros, pero a partir de 1600 se trasladó el Capítulo a la iglesia de Santo Domingo en Montmélian, y en 1627 a la ermita de los Camaldulenses 

Los caballeros gozaban de numerosos privilegios: entre otros, estaban exentos del pago de impuestos. Además, se les permitía tutear al rey, al que consideraban su primo, y de ahí que recibieran el tratamiento de Excelencia. 

Desde que Italia se convirtió en república en junio de 1946, la Orden permanece aún bajo la jurisdicción del jefe de la Casa de Saboya, que continúa siendo su Gran Maestre. 



domingo, 15 de abril de 2018

EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE


Shaka fue un importante rey zulú fallecido en 1828. Bajo su mando, los zulúes dominaron un imperio militar que se extendía por la actual Sudáfrica. En octubre de 1827, a raíz de la muerte de su madre, Shaka enloqueció y comenzó a dar órdenes que llevaban a la más absoluta devastación: prohibió beber leche y plantar cosechas durante el año siguiente, las mujeres que esperaban un hijo tenían que ser asesinadas junto con sus esposos e hizo ejecutar a siete mil personas que no habían guardado suficiente luto según su criterio. Incluso hizo sacrificar vacas para que los terneros conocieran también el dolor de perder a una madre. 

La situación se hizo insostenible y el en otro tiempo gran monarca fue asesinado por tres hombres enviados por sus hermanastros. Su cuerpo fue arrojado a un pozo que después se cubrió con piedras y lodo, sin que se conozca con toda certeza su emplazamiento exacto. 

Debido a esos nefastos últimos meses de vida, hay en la cultura zulú una corriente crítica que lo considera un monstruo depravado, pero muchos aún lo reverencian y recuerdan los buenos años, como en esta canción de alabanza tradicional: 

Él es Shaka el inquebrantable,
El que truena mientras está sentado, hijo de Menzi.
Es el pájaro que caza otras aves.
El hacha de batalla cuyo filo sobresale sobre otras hachas de batalla.
Él es el perseguidor de largas zancadas, hijo de Ndaba. ,
Quien persiguió al sol y la luna.
Él es el gran estruendo como las rocas de Nkandla
Donde los elefantes se refugian
Cuando los cielos fruncen el ceño .



Con el tiempo, la figura de Shaka pasó a identificarse con el león. En 1939 el zulú Solomon Linda grabó en su lengua la canción Mbube (el león), conocida en español como “El león duerme esta noche”, y que hoy algunos consideran inspirada en el difunto rey. 

Antes de que transcurrieran diez años, la canción había vendido 100.000 copias en Sudáfrica, y llegó a ser tan popular que la música coral zulú pasó a llamarse “música Mbube”. En 1961 George Weiss le puso letra en inglés y fue interpretada por los Tokens con el título The Lion Sleeps Tonight. Pronto se convirtió en número uno en la lista de éxitos, pero ello no sirvió para enriquecer a su compositor zulú, que moría en la miseria al año siguiente. Con sólo el equivalente a 22 dólares en su cuenta bancaria, su viuda no pudo permitirse ni siquiera poner una lápida en su tumba. 

Hoy traemos esa versión original africana con la voz de Miriam Makeba.



lunes, 4 de diciembre de 2017

Roma escatológica


Uno de los aspectos menos agradables de las 144 letrinas públicas que llegó a haber en Roma durante el Imperio era el xylospongium, es decir, una esponja sujeta a un palo y que los usuarios compartían; pero había otros inconvenientes aún más dramáticos para el aguerrido romano que sentase allí sus posaderas. Uno de ellos era el que procedía de las ratas y culebras que vivían en el sistema de alcantarillado y que podían subir y morder sus carnes. Esto era ciertamente desagradable, aunque no tan peligroso como exponerse a las llamas por la acumulación de metano, capaz de producir una explosión. Digamos, pues, que un romano se jugaba la vida al sentarse en las letrinas.

No es de extrañar, por tanto, que aquellas gentes trataran de precaverse contra cualquier desagradable eventualidad recurriendo a hechizos y símbolos que escribían o dibujaban en las paredes. Creían que la risa podía expulsar a los demonios que allí habitaban, por lo que a veces los arqueólogos han encontrado caricaturas. Otras veces era una imagen de la diosa Fortuna la que guardaba el lugar, y los usuarios, si no llevaban demasiada urgencia, se detenían a orarle. 

Como se puede imaginar, por muchas precauciones higiénicas que se trataran de tomar, las letrinas tenían que estar llenas de bacterias, lo que propagaba epidemias como el tifus o el cólera. Afortunadamente la mayoría de la gente contaba con instalaciones en su propio hogar, no conectadas con el sistema de alcantarillado, con lo que evitaban a las ratas. Pero tampoco resultaba un espectáculo idílico, puesto que se situaban junto a la cocina donde preparaban la comida, como se ve en la imagen. La mezcla aromática debía de ser impresionante.


Típica cocina romana con la letrina a la derecha 

A las deficientes condiciones higiénicas se unían las excentricidades de la medicina de la época. Los médicos romanos hacían cosas tales como recoger la sangre de los gladiadores muertos y venderla como medicina para curar la epilepsia. Peor aún: otros les sacaban el hígado para comerlo crudo en nueve dosis. En cuanto a los gladiadores vencedores, su sudor se envasaba en frasquitos y se vendía como afrodisíaco a las mujeres, o bien se elaboraba con él una crema facial que, supuestamente, las hacía irresistibles para los hombres. 

Para los enfermos resultó muy frustrante que dejara de haber combates, pero los médicos encontraron entonces otro remedio y comenzaron a recetar sangre de prisioneros decapitados.

Tampoco resultaba muy higiénico y saludable aplicar excrementos de cabra a las heridas. Según Plinio, los mejores se recogían en primavera y se dejaban secar, pero en caso de emergencia servían también frescos. El lector podría pensar, tal vez, que no hay cosa peor, pero se equivocaría; la hay: los conductores de carro los hervían y les añadían vinagre, o bien los molían y los mezclaban con las bebidas. Se suponía que proporcionaban mucha energía. Plinio afirma que el propio Nerón los bebía cuando quería reunir fuerzas para llevar un carro.

En realidad no debía de resultar tan difícil para un romano vencer los escrúpulos hacia los excrementos si tenemos en cuenta que utilizaban orina, tanto humana como animal, para blanquear los dientes. Esta tenía, además, otros usos: por ejemplo como fertilizante de la fruta, o para lavar la ropa o curtir el cuero. La orina se compraba y Vespasiano dispuso que al hacerlo se pagara un impuesto por ella. Algunos talleres tenían a la entrada recipientes en los que la gente podía aliviarse, y luego recogían el contenido que servía para su negocio.


No eran estas cuestiones las que hacían vomitar a los romanos, sino los banquetes de los más acaudalados, que a veces consistían en llenar el estómago hasta casi reventar. Séneca cuenta que cuando ya no quedaba espacio para más, vomitaban para después poder seguir comiendo y embriagándose. Es igualmente curioso que no se retiraran para hacerlo en privado, sino que utilizaban recipientes dispuestos a tal efecto en torno a la mesa, y a veces lo hacían directamente en el suelo. Un esclavo se ocupaba de limpiarlo. 

Los romanos eran, en general, pudorosos. Tenían inhibiciones sexuales y límites muy estrictos al comportamiento que consideraban socialmente aceptable. Por ejemplo, después de la noche de bodas una esposa decente no debía permitir que su marido volviera a verla desnuda, y dejarse ver ligera de ropa por otro hombre podía implicar un comportamiento próximo al adulterio, incluso al incesto si el hombre era de la familia. Sin embargo, así como no tenían pudor para defecar en compañía o vomitar en público, tampoco lo tenían para llenar sus ciudades de arte abiertamente erótico. 


Cuando se descubrieron las ruinas de Pompeya, algunos de los hallazgos resultaron tan embarazosos para la gente del siglo XVIII que permanecieron encerrados en una habitación secreta durante mucho tiempo. Los pompeyanos llenaban de graffitis obscenos las paredes y ofrecían al visitante, como si fuera la cosa más natural, la estatua de Pan asaltando sexualmente a una cabra. Para indicar la ubicación del burdel más próximo encontraban adecuado como señal un pene con la punta en dicha dirección. 

Esto no representaba ningún escándalo para ellos. Por el contrario, a veces hombres y mujeres llevaban amuletos de bronce en forma de pene en torno al cuello, por considerarlo un símbolo protector. Y, como tal, se dibujaban en lugares peligrosos para conjurar el mal. 

Parece que eran igualmente desinhibidos a la hora de hacer un “calvo”, y que no siempre elegían la ocasión más adecuada, según nos narra Flavio Josefo al describir unos disturbios que tuvieron lugar en Jerusalén en el año 66. Era la Pascua de los judíos, y los soldados romanos tenían que mantenerse alerta por si había alguna revuelta. Su misión era mantener la paz, pero uno de ellos, “levantó la parte de atrás de su ropa, se giró de espaldas, y con las posaderas hacia ellos se agachó de modo indecente y emitió un sonido maloliente hacia donde estaban ofreciendo un sacrificio”.


Los judíos, como era de esperar, se enfurecieron. Exigieron el castigo del insolente y comenzaron a arrojar piedras a los soldados romanos, que tuvieron que pedir refuerzos. Así fue como comenzaron unos disturbios de grandes proporciones en Jerusalén. Al llegar los refuerzos, el pánico produjo una estampida fatal que causó más de mil muertos.


Fuente de las imágenes:
https://www.pinterest.es/
http://www.iflscience.com/technology/talking-heads-what-toilets-and-sewers-tell-us-about-ancient-roman-sanitation/



lunes, 27 de noviembre de 2017

CASTILLOS DE EUROPA


LICHTENSTEIN, ALEMANIA

El castillo de Lichtenstein está situado en los montes Suabos, cerca de Stuttgart. No es muy antiguo: se construyó en el siglo XIX sobre los restos de uno medieval. En la actualidad tiene propietarios: los duques de Urach, pero permanece abierto al público.


CASTILLO DE BRAN, RUMANÍA

Situado en Transilvania, es conocido como el castillo de Drácula, por ser en el que se inspiró Bran Stoker para escribir su novela. Sin embargo, Vlad Dracul nunca vivió allí, aunque parece que pasó dos días encerrado en las mazmorras. En el siglo XX el castillo fue la residencia de verano de la reina María de Rumanía. Hoy día sigue en manos de los Habsburgo.



EILEAN DONAN, ESCOCIA

¡Cuántas películas se rodaron aquí! Braveheart, Highlander, El Señor de Ballantrae, La vida privada de Sherlock Holmes, The World Is Not Enough… Eilean Donan se erige sobre una pequeña isla en el lago Duich, en el noroeste de Escocia. Los pictos tenían allí un viejo fuerte para defenderse de los ataques vikingos, y sobre él hizo construir el rey Alejandro II el actual castillo en el siglo XIII. Sus piedras contemplaron decisivos episodios de la historia de Escocia, y tras unirse esta corona a la de Inglaterra, se convirtió en residencia del clan McRae, que aún es su propietario.



ALCÁZAR DE SEGOVIA, ESPAÑA

Se sabe que ya existía en el siglo XII, y que probablemente es muy anterior, aunque su aspecto actual se debe a Felipe II. Construido como fortificación, este castillo fue también palacio. Muchos episodios de la historia de España transcurrieron entre estos muros, como la proclamación de Isabel la Católica Hoy el alcázar es un museo.



CHENONCEAU, FRANCIA

Chenonceau data del siglo XVI y es uno de los castillos del Loira. También recibe el nombre de Castillo de las Damas, porque fue construido por una mujer: Katherine Briçonnet, y embellecido sucesivamente por Diana de Poitiers y Catalina de Médicis. Otra mujer, Madame Dupin, lo salvó de los rigores de la Revolución. También quienes residieron en él fueron mujeres, entre ellas la reina Luisa de Vaudemont, esposa de Enrique III, cuya habitación, en el segundo piso, sigue manteniendo el duelo por su marido asesinado. Hay otra habitación dedicada a las hijas y nueras de Catalina de Médicis, una de las cuales fue María Estuardo. La estancia es conocida como La habitación de las cinco reinas. Hoy el château está en manos privadas, aunque se puede visitar.



BODIAM, INGLATERRA

Situado en Sussex Oriental, fue construido en el siglo XIV, en plena Guerra de los Cien Años, para defenderse de una invasión francesa que finalmente nunca llegó. Durante la Guerra de las Dos Rosas, la familia propietaria era partidaria de los Lancaster, la rosa roja, por lo que fue sitiado por Ricardo III. Está rodeado de un foso alimentado de manantiales y que se salva mediante un puente muy evocador en el que aún parecen resonar los cascos de las cabalgaduras galopando sobre la madera. En la actualidad es un monumento protegido, legado por Lord Curzon al National Trust en 1925 y abierto al público.



GUAITA, SAN MARINO

Se trata de la más antigua de las tres fortalezas construidas sobre el monte Titano. Data del siglo XI, y fue una prisión hasta bien adentrado el siglo pasado. Tuvo su época de esplendor en el siglo XV, cuando San Marino estaba en guerra contra los Malatesta de Rimini. Fue reconstruido en esa época.


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