domingo, 18 de noviembre de 2018

Beso a usted la mano


Antiguamente la etiqueta regulaba con todo detalle y rigor cómo habían de ser los saludos. Desde el siglo XVI, entre un caballero y una señora se fue estableciendo el protocolo del besamanos, una galantería con la que se pretendía mostrar respeto y admiración y que hoy, aunque en desuso, todavía cuenta con algunos adeptos más allá de las recepciones formales. 

Aparentemente besar la mano de una señora no debería ofrecer ninguna complicación. Sin embargo, hacerlo correctamente y con arreglo a la más estricta etiqueta no es tan sencillo como parece. Para ello es preciso tomar en consideración algunas normas básicas: 

1-Nunca besar la mano de una señora si no se está en un sitio cerrado y privado. No es correcto hacerlo en la calle o en un lugar público, como puede ser un aeropuerto, un restaurante o un parque, un funeral o la celebración de un evento deportivo. 


Aunque el teatro es un lugar público, el palco es un recinto privado, por lo que procede el besamanos. 


Los jardines, si son privados, son lugar adecuado para este tipo de saludo. 

2-Sólo se debe besar la mano a las mujeres que han alcanzado la dignidad de señora por estado civil —es decir, que estén o hayan estado casadas—, edad, rango o relevancia social. En cambio sería inapropiado tomar la mano de una joven señorita soltera. 

Es difícil que haya confusión, porque o bien el caballero conoce ya a la dama o se la presentan antes del saludo, añadiendo a su nombre el título de señora o señorita o cualquier otra información clarificadora. No se saluda a ninguna mujer que no haya sido presentada aún. 


3-Para hacerlo perfectamente, el caballero mantendrá los pies juntos y las piernas rectas mientras inclina el tronco hacia el dorso de la mano que la dama le tiende suavemente, sin rigidez —siempre la derecha, para ambos—. Él deberá tomarla por los dedos con delicadeza. Es mejor estilo dejarla a la altura a la que ella la ha situado, sin elevarla. Sería de mal gusto alzar la mano de la señora en lugar de ser el caballero quien descienda a su encuentro. 

El gesto se realizará en silencio, sin comentarios. Después sonreirá, y ella le devolverá la sonrisa. Entonces ya puede pronunciar algún cumplido o expresión de afecto o respeto. 


Hincar una rodilla en el suelo no se hacía como saludo, sino cuando el caballero pretendía declararse o hacer una propuesta matrimonial, o bien, hace siglos, cuando la mujer se trataba de una reina. 

4- Sería terrible que el caballero se adelantara a tomar la mano de una dama que aún no se la ha ofrecido, accionándole el brazo como una palanca. No; por el contrario, hay que esperar a que ella tome la iniciativa. 

Por supuesto el beso se da en el dorso. Darlo en la palma de la mano tendría connotaciones románticas y pasionales fuera de lugar en esa situación. 

Si la dama extiende su mano recta, sin ofrecer el dorso al caballero, significa que desea saludarle con un simple apretón, en cuyo caso él no deberá besarla, sino estrecharla. 


5-La mujer puede permanecer sentada si lo desea, a menos que el caballero que se aproxima sea muy anciano o un personaje de especial relevancia. En tales casos, lo correcto es levantarse como muestra de respeto. 

6-No se besará una mano enguantada. El hombre, naturalmente, tampoco deberá llevar guantes, al menos en la mano derecha.

Lo normal era despojarse de los guantes al entrar en una casa, pero no sucedía así con aquellos largos que acompañaban al traje de fiesta y estaban destinados a permanecer puestos toda la velada. Era el único caso que podía constituir una excepción a la prohibición de besar una mano enguantada. 

7-El gesto debe quedarse en un ademán, sin que llegue a haber contacto entre los labios y la mano. No debe haber verdadero beso, y menos aún con los labios húmedos. Un caballero no puede arriesgarse a llenar de babas la mano de una señora que, además, podría recibir el mismo homenaje de una docena de invitados el mismo día. No habría frasquito de las sales capaz de recuperar a una dama de tamaña ordinariez. Y no les digo nada si encima el beso es sonoro. 

Es preferible guardar una cierta distancia respetuosa, por mínima que sea, con la mano de la señora, aunque si existe especial confianza, podría permitirse al caballero llegar a rozarla apenas si tuviera la certeza de que la dama no iba a incomodarse por ello. 


Algunos optan, cuando la confianza lo justifica, por llevar la mano hasta los labios para luego depositar el beso en su propio dedo, nunca en los de la dama. De este modo, en caso de accidente será él quien se lleve las babas o los restos de mostaza que quedaron en el bigote, que todo podría ocurrir. 

En cualquier caso, estas nunca son las mejores opciones. Según la vieja etiqueta, lo más adecuado era reservar el contacto sólo para los matrimonios, e incluso así, únicamente en la intimidad. Se descarta por completo proceder de tal modo con una mujer a la que acaban de presentar o que no pertenece al círculo más íntimo. 


8-No debe interponerse ningún objeto o mueble entre la dama y el caballero en el momento del saludo. 

9-Huelga decir que, además, él no debe llevar la cabeza cubierta ni tener la otra mano metida en el bolsillo mientras saluda a la señora. Y, por supuesto, deberá asegurarse de que su mano no está sudorosa. 

10- No hay que ser exagerado y empeñarse en besar la mano de todas las señoras presentes en una reunión. El caballero haría el ridículo revoloteando por todo el salón en busca de manos. Basta con dirigirse a la anfitriona y a las señoras de más edad, o, si se trata de una cena, simplemente a la anfitriona, que acudirá a su encuentro en el vestíbulo. En cualquier caso, al menos esta cuestión es bien sencilla: un caballero, simplemente, besa las manos que se le ofrecen, sin rechazar ninguna y sin buscar más. 


Cuando el saludo era por carta, se cumplía igualmente con las normas de cortesía añadiendo al final de la misma las letras QBSM, con el significado de Que besa su mano

Existen, desde luego, otras clases de besamanos: el ahijado al padrino —recuerden a Marlon Brando en la película de Francis Ford Coppola—, o el besuqueo al anillo pastoral de los obispos. Y, obviamente, el besamanos protocolario, reservado a actos oficiales o institucionales. 

También algunos artistas recibían este espontáneo homenaje por parte de sus admiradores. En una ocasión una señora le dijo a Bernard Shaw: 

-Déjeme besar la mano que hizo Pigmalión

Pero él, que era tremendo, replicó:

-No la bese, señora. También ha hecho otras cosas. 

***

Las imágenes, como casi siempre, proceden de mi cuenta de Pinterest

domingo, 4 de noviembre de 2018

El duelo de honor de Adolphe Thiers


Adolphe Thiers fue Primer Ministro del rey Luis Felipe y Presidente de la Tercera República Francesa. Pero antes de su fulgurante ascenso político, cuando sólo era un joven marsellés que buscaba satisfacer sus ambiciones en París, mantuvo un duelo con un hombre que había visto mancillado el honor de su hija a causa de las promesas incumplidas que un día le hiciera Thiers. 

Durante su época de estudiante de Derecho en Aix-en-Provence, había mantenido un romance con Emilie Bonnafoux, una joven de carácter alegre con cierto talento artístico para tocar el piano y pintar flores a la acuarela. Thiers cayó rendido a sus encantos y le dio palabra de matrimonio, pero en el otoño de 1821 abandonó Aix para dirigirse a París como secretario del duque de la Rochefoucauld-Liancourt, un puesto que no colmaba sus grandes aspiraciones y que abandonaba al cabo de tres meses. Al año siguiente de su llegada comenzaba su trabajo de redactor del Constitutionnel. La distancia acabó enfriando sus sentimientos hacia Emilie, a la que pronto olvidó. Al fin y al cabo, París estaba lleno de mujeres cuya posición destacada podría obrar mucho en su favor, mientras que la jovencita provinciana nada interesante podría aportarle. Thiers eligió ser práctico. 

Pero Emilie tenía un padre que en su día había combatido en el ejército de Napoleón y que no estaba dispuesto a pasar por alto la promesa de matrimonio hecha a su hija. Monsieur Bonnafoux se presentó en París para exigir a Adolphe que cumpliera su palabra. Ante su negativa, no había otro modo de conducir adecuadamente aquel asunto que no fuera retarlo a duelo, y Thiers no tuvo más remedio que aceptar el desafío si no quería ganar el nombre de cobarde. 

Carta manuscrita de Adolphe Thiers

Dispuesto a todo, el viejo soldado se dirigió a casa de un escritor apasionado por la antigüedad llamado Alphonse Rabbe, que mantenía un salón de intelectuales en la rue des Petits-Augustins frecuentado por Adolphe. Aurélien Scholl nos cuenta la escena. 

—¡Vengo a matar a Thiers! —exclamó. 

—¿Por qué razón? 

—Le he escrito quince cartas, pero no me ha respondido. No ignora que en nuestro hogar ha dejado aguardando a su prometida, aunque ahora que es amigo de Laffitte y de Béranger, a nosotros nos desdeña. 

Thiers no se encontraba allí, pero Rabbe le dio pronta cuenta de lo sucedido. 

—Amigo, ¿no has dejado a orillas del Durance a una joven virgen a la que prometiste dar tu nombre? —le preguntó. 

—Ni mucho menos. 

—Pues es lo que pretendía esta mañana Bonnafoux. 

—No se trató nunca de nada serio; no hubo compromiso, ni palabra de matrimonio. No hay nada que reparar. 

—Este asunto se resolverá con un duelo, pues Bonnafoux, que siguió en su día a las águilas imperiales hasta los bátavos y los alemanes, ahora está absolutamente furioso. 

—¡Pues bien, me batiré! 

—¿Qué testigo eliges para acompañarte, además de a mí? 

—Béranger, en el 27 de la rue des Martyrs, o Mignet, 8 del Faubourg Montmartre. 


Por exigencia de Rabbe, el lugar elegido fue la colina de Montmartre. El 12 de septiembre de 1822, a las ocho de una fría mañana en la que la niebla envolvía la cima de la colina, se encontraron allí en compañía de sus testigos. Ambos hacían una figura desigual: el padre de Émilie era alto, corpulento, mientras que Adolphe era pequeño y menudo, aunque las pistolas suprimían las diferencias en su envergadura y en su edad. 

Rabbe cargó las armas y los duelistas se alejaron 25 pasos. La suerte decidió qué lado ocuparía cada uno y cuál tendría el primer turno. Bonnafoux resultó favorecido. A la señal convenida de uno de los testigos efectuó un disparo, pero erró el blanco. Thiers, que no había pestañeado, se contentó con disparar al aire. 

Su oponente, sin darse por satisfecho, propuso disparar de nuevo. Adolphe aceptó y Rabbe volvió a cargar las pistolas. Las balas silbaron sin producir diferente resultado, y entonces. Rabbe se aproximó a Bonnafoux.

—Este joven ha pagado su deuda de honor —le dijo—. Se debe a su país, y no a un interés burgués. Este escritor se ha enfrentado a tus mortíferas armas, pero no era su destino sucumbir a tus manos. Tiéndele, pues, una mano generosa y déjalo disfrutar de la celebridad que le aguarda. 

El viejo soldado, apaciguada ya su ira, lo abrazó y se dio por satisfecho. El duelo había concluido y los dos se separaban para no volver a cruzar jamás sus caminos. El joven, ya libre de obstáculos y ataduras, podía lanzarse de lleno a su ambición. 

Adolphe Thiers

Eso no significa que Thiers se desentendiera por completo de Émilie. La joven se casó dos años después, y cuando él llegó al poder no olvidó conceder un buen puesto a Bonnafoux y otro al marido de su antigua prometida. 

Adolphe había encontrado a la mujer perfecta para servirle en su carrera: Madame Dosne. Estaba casada, pero eso no era un problema importante: Thiers desposó a su hija mayor, Elisa —retratada arriba por Lorenzo Bartolini en 1832— para así poder seguir viendo a su aún amante con cuanta frecuencia deseaba. Y como le gustaban particularmente las mujeres de esa familia, arrastró también a su lecho a la hija menor. El caballero no veía inconveniente en simultanearlas a las tres, y ellas, al parecer, tampoco. 

No es de extrañar que Honoré de Balzac se inspirara en él para crear su personaje Eugène de Rastignac, que aparece, con mayor o menos protagonismo, en 28 novelas.



martes, 30 de octubre de 2018

De húsares, duelos y batallas


Los húsares se labraron una reputación de ser los más osados de todo el ejército. Se caracterizaban por sus súbitos y rápidos ataques, para los que se requería extremado valor, rayano en la inconsciencia. Su rudeza dio origen a la expresión francesa “à la hussarde”, que podríamos traducir por “sin contemplaciones”, aplicado a una acción brusca y precipitada, llevada a cabo sin ninguna consideración. 

Esta unidad de caballería ligera surgió en Hungría en el siglo XV, cuando el rey Matías Corvino luchaba contra los jenízaros otomanos. Armados con sables, carabinas y pistolas, llevaban llamativos uniformes, diferentes para cada regimiento. Eran capaces de cargar una pistola mientras galopaban en la oscuridad o bajo una cortina de lluvia. El adiestramiento de los húsares rusos, por ejemplo, era tan duro que aquel que fuera lento al cargar su arma o que errara el blanco durante el entrenamiento se arriesgaba a recibir los más temibles castigos. Tolstoi los retrató en su magnífica obra “Dos húsares”. 

La rutina rusa era espartana: se levantaban a las 5 de la mañana y lo primero que hacían era ocuparse de sus caballos. La jornada terminaba a las seis de la tarde, cuando los trompetas señalaban la hora. Eran estos quienes daban la señal con su instrumento para cambiar las formaciones, atacar o retirarse. Había, en total, 50 señales, muy difíciles de interpretar al galope. 


Ingerían mucho alcohol, pero siempre reunidos. Beber en solitario estaba considerado una conducta inaceptable. Frecuentaban los salones de baile, y aquellos mejor posicionados socialmente o más acaudalados organizaban ellos mismos veladas en las que derrochaban grandes sumas. 

Todo húsar estimaba en mucho su honor. Desafiaban a la muerte no sólo en la batalla, sino también con frecuentes duelos con los que pretendína demostrar su valor y que entablaban con cualquier pretexto. En 1807, cuando el regimiento de Grodno se encontraba en Prusia luchando contra Napoleón, durante el transcurso de un juego de naipes un oficial prusiano ofendió a un húsar ruso. Este le propuso que libraran un duelo muy particular: se jugarían sus vidas a una carta y el vencedor daría muerte al perdedor. Ganó el ruso, y los oficiales siguieron a ambos hasta el jardín, convencido aún el prusiano de que todo era una broma. Se equivocaba: el húsar tomó un rifle y lo mató. 

—Yo no bromeo con la muerte —dijo entonces—. De haber perdido el juego, me encontraría en su lugar y lo obligaría a matarme. 

No eran muy diferentes en el resto de Europa: fanfarrones y siempre los preferidos de las damas, con reputación de bebedores, malhablados, buscando bronca en tabernas y posadas y, desde luego, temerarios hasta los mayores excesos. Fueron los húsares franceses de la época napoleónica, tan aficionados a embriagarse como el resto, quienes originaron la tradición del “sabrage” (sableado), abriendo las botellas de champán con un sable. 


Podemos hallar en Francia el prototipo de húsar en el conde de Lasalle, jefe de la llamada Brigada Infernal. Antoine de Lasalle, descendiente de un mariscal de Francia por línea materna, había nacido en Metz en 1775, en una familia perteneciente a la pequeña nobleza. Durante la Revolución Francesa, antes de haber abandonado la infancia era ya subteniente de caballería, pero con el decreto de 1792, que prohibía a los aristócratas tener algún mando militar, perdió su grado. Sin embargo, su lealtad a Francia permaneció inquebrantable. Fue voluntario en Italia, pronto elegido sargento. Posteriormente recuperó su grado y ganó gran reputación tras la batalla de Rivoli. Bonaparte llegaría a decir: 

—Fuimos Masséna, Joubert, Lasalle y yo quienes ganamos la batalla de Rivoli. 

El propio Napoleón le pidió expresamente que tomara parte en la campaña de Egipto como jefe de brigada. Allí su valor comenzó a hacerse legendario, y para recordar sus hazañas en aquellas tierras llevó en adelante los pantalones rojos de los mamelucos como parte de su uniforme. 

También Lasalle bebía sin moderación. Fundó la “Sociedad de los Sedientos”, algo que escandalizó enormemente en su tiempo. En una ocasión pidió a un amigo que contara las botellas de vino que había vaciado, y este, asombrado, le preguntó si pretendía matarse. 

—El húsar que no haya muerto antes de cumplir los 30 años es un mamarracho —replicó él. 

Era típico en los húsares franceses de la era napoleónica llevar trenzas que colgaban a ambos lados del rostro, una práctica que se prohibió posteriormente.

Lasalle mantenía una relación con Josephine d’Aiguillon, la esposa del general Berthier, jefe del Estado Mayor y Ministro de la Guerra. El matrimonio se divorció y el conde pudo así desposarla. Bonaparte le había entregado 200.000 francos, pero poco después, al encontrarse ambos en las Tullerías, Napoleón se interesó por la fecha de la boda y Lasalle respondió: 

—Señor, cuando tenga suficiente dinero para comprar los regalos y los muebles. 

—Pero la semana pasada te di 200.000 francos, ¿Qué hiciste con ellos? 

—Gasté la mitad en pagar mis deudas y el resto lo perdí en el juego. 

Napoleón, lejos de enojarse por esta respuesta, le tiró del bigote y ordenó que se le dieran otros 200.000. 

Y es que Antoine de Lasalle no era nada disciplinado fuera del campo de batalla. Una vez, airado porque el prefecto de Agen no lo había invitado a un banquete, irrumpió con sus húsares y arrasó cuanto encontró a su paso. El atribulado prefecto recibió sus azotes y las viandas no llegaron a las bocas de los comensales, porque sus hombres las arrojaron por el balcón. 


El ofendido se quejó al emperador y exigió el castigo del culpable, pero Napoleón no se mostró muy severo; por el contrario, se contentó con encerrarlo en prisión unos cuantos días. Cuando el prefecto protestó por la levedad de la pena, Bonaparte replicó: 

—Sólo se necesita una firma para crear un prefecto, pero no bastan veinte años para hacer un Lasalle. 

El húsar no carecía precisamente de imaginación. Al año siguiente de su matrimonio se encontraba al frente de la Brigada Infernal durante la campaña contra Prusia. Tenía que tomar Stetin con muy escasos recursos de artillería, y a Lasalle no se le ocurrió otra cosa que talar un montón de árboles, recortar los troncos y pintarlos de negro para hacerlos pasar por cañones. Así engañó a los habitantes, convenciéndolos de que iba a destrozarlo todo a cañonazos y luego entraría a sangre y fuego y pasaría a cuchillo a los supervivientes, si es que quedaba alguno. Claro, se rindieron, y los franceses entraron sin tener que hacer ni un disparo. 

Con el grado de comandante fue enviado a España, y su participación le valió el título de Conde del Imperio que le otorgó Napoleón. Al poco tiempo de llegar entablaba un duelo a sable. El motivo fue que un capitán de ingenieros lo atrapó en actitud demasiado comprometida con su esposa. Lasalle, consciente de que a su oponente le asistía la razón, se contentó con parar el golpe en lugar de atacar, pero lo hizo con tal contundencia que el capitán rompió la muñeca. Puesto que no quería herir a quien estaba en inferioridad por ese accidente, se limitó a contener a su rival hasta hacerse evidente que este no podía continuar. Entonces el conde se dio por satisfecho diciendo: 

—Dejemos la lucha, pues es demasiado desigual, pero por tus actos ahora sé que eres un hombre de honor. 

Húsares de Cantabria, unidad formada por el marqués de Villa Alcázar. Combatieron en la Guerra de Independencia española contra las tropas de Napoleón. Llevaban uniforme a la húngara, como era habitual entre los húsares. Wellington dijo de ellos que estaban a la altura de los mejores soldados del mundo. 

En julio de 1809 combatió en la batalla de Wagram contra los austriacos. Lassalle presintió que no sobreviviría, y así se lo dijo a su ayudante de campo. Esa mañana escribió su testamento y lo entregó a un amigo para que lo hiciera llegar al emperador. Pedía a Bonaparte que se ocupara de sus hijos si él no regresaba. Escribió también unas líneas a su esposa en las que decía: “Mi corazón es tuyo, mi sangre del emperador, mi vida es del honor”. 

Las hostilidades se desarrollaban sin que él y sus hombres hubieran recibido órdenes de entrar en combate. Al caer la noche del segundo día, Lasalle, impaciente, solicitó permiso para perseguir al enemigo. 

—¡La batalla casi ha terminado y somos los únicos que no hemos contribuido a la victoria! —exclamó— ¡Vamos! ¡Seguidme! 

Cargó contra el ejército austriaco del archiduque Carlos, pero primero recibió un disparo en el pecho y luego un granadero húngaro le acertó entre los ojos y lo mató casi en el acto. Tenía 34 años. Había rebasado por muy poco la edad que él mismo había fijado para un húsar. 

Napoleón erigió una estatua de Lasalle e hizo que fuera enterrado en Los Inválidos con todos los honores. Hoy su nombre aparece inscrito junto al de los grandes héroes de la época napoleónica en el Arco de Triunfo de París, y su busto adorna la sala de las batallas en Versalles. 




sábado, 27 de octubre de 2018

Richelieu y los duelos


“Las calles habían comenzado a servir de campo de batalla y, como si el día no fuera suficientemente largo para ejercitar su furia, se batían al amparo de las estrellas o a la luz de las antorchas que les servían de funesto sol.” (Richelieu) 

Los duelos habían llegado a ser tan habituales en Francia que se hacía necesario tomar medidas para ponerles freno. Tal modo de reparar ofensas y cuestiones de honor se convirtió en una moda; cualquier pretexto bastaba para un desafío en el que no pocas veces se buscaba, simplemente, medirse con un rival. Entre 1588 y 1608 se contabilizó la muerte de más de diez mil duelistas. En total, si se cuentan todos los que perdieron la vida entre los reinados de Enrique II y Enrique IV, resultan más que el número de víctimas causado entre las tropas por las Guerras de Religión. 

Este último monarca al principio consideró los duelos como una forma de canalizar la agresividad de sus nobles, reduciendo así el peligro de nuevas guerras civiles; pero algunos de sus consejeros, especialmente Sully, entendían el asunto de otro modo y le hicieron ver que podían constituir un estímulo para las disputas y la insurrección. Por ello, el rey introdujo la condena a muerte en 1602, considerando los duelos crímenes de lesa majestad en un edicto que fue modificado para endurecerlo en 1609. Sin embargo, dada la inclinación de Enrique al perdón, sobre todo hacia aquellos que le habían servido en la guerra, toda medida resultaba ineficaz. Se cuenta que incluso en una ocasión, ya después de publicada la prohibición, autorizó a Crequi a batirse con Felipe de Saboya diciendo: 

—Si yo no fuera rey, gustosamente me ofrecería a ser vuestro segundo. 

Enrique IV de Francia y III de Navarra

Para intentar poner fin a tan arraigada costumbre, durante el reinado de Luis XIII, en febrero de 1626 se elaboraba un edicto real que regulaba las penas a aplicar a los duelistas. El cardenal Richelieu había comprendido que la severidad de los castigos impuestos hasta entonces no conseguía el objetivo de hacer desistir a aquellos caballeros empeñados en batirse; por el contrario, los duelos se multiplicaban sin medida, y en no pocos casos el duelista reincidía tras haber recibido condena, a veces de inmediato. Dadas las circunstancias, Richelieu estimó oportuno atenuar algunas penas y graduarlas según la gravedad del caso. El propio cardenal expone sus razones: 

“La multitud de aquellos que se baten es tan grande, y los castigos ordenados por los edictos precedentes tan rigurosos, que el rey tenía reparos al aplicarles la pena, pues ya no se trataba de un efecto de la justicia, que es castigar a un pequeño número para que muchos otros se vuelvan más prudentes, sino más bien un efecto de un rigor bárbaro, que es extender el castigo a tantas personas que parecería que no iba a quedar nadie para enmendarse con el ejemplo.” 

Además, los duelistas solían eludir la acción de la justicia emprendiendo la huida o ayudados por sus amigos hasta conseguir el indulto. De hecho, era fácil y frecuente obtener la gracia del rey en estos casos, y una muestra de ello es que Enrique IV había firmado no menos de 7.000 durante su reinado. En el preámbulo del edicto se explica: 

“La gravedad de dichas penas es tal que algunos de aquellos que tienen el honor de aproximarse más a nuestra persona a menudo se han tomado la libertad de importunarnos para moderar el rigor en diversas ocasiones; lo cual ha hecho que los culpables, que por este favor y consideración obtuvieron nuestro indulto, resultaron totalmente impunes.” 


Estas medidas de gracia, tan reiteradas, condujeron finalmente a una amnistía general promulgada en febrero de 1626, con ocasión del matrimonio de Enriqueta de Francia con el rey Carlos I de Inglaterra. Fue entonces cuando se vio llegado el momento de proceder a revisar la legislación vigente sobre duelos. Los consejeros del rey estaban divididos: algunos eran partidarios de continuar mostrando rigor y aplicar en todos los casos la pena de muerte como la única capaz de poner fin a tan arraigada costumbre. Otros, en cambio, proponían regresar a los tiempos de Enrique IV, que en su edicto de 1609 se reservaba el derecho de autorizar el combate para determinadas causas, limitando el castigo para aquellos que se batían sin su licencia. 

Richelieu no estaba de acuerdo con ninguna de las dos posturas. Castigar con la pena de muerte a todos los culpables le parecía excesivo, pero, por otra parte, permitir los duelos en ciertos casos era un modo poco eficaz de terminar con ellos. 

“Todos los teólogos convienen en que el duelo por razones particulares —a diferencia del duelo por causa pública, como el que tiene lugar para evitar una batalla, pues es un mal menor exponer a la muerte a dos hombres antes que a veinte mil— no puede permitirse según la ley de Dios, pero no he visto que nadie explique claramente la verdadera razón. Algunos estiman que tiene su origen en estas palabras de las Escrituras: “Es a mí a quien pertenece la venganza, y pretendo ejercerla por mí mismo”. Señalan que los particulares, por su autoridad, no pueden buscar por esta vía la venganza a las injurias recibidas; mas no que un príncipe no la pueda ordenar, […] en cuyo caso el ejecutor se venga no por sí mismo, sino por la autoridad del príncipe. […]. Según lo cual, si los duelos no se prohibieran en virtud de este principio, se podrían llevar a cabo por orden del príncipe en las mismas circunstancias… 

“La verdadera, primitiva y fundamental razón es que los reyes no son amos absolutos de la vida de los hombres, y en consecuencia no pueden condenar a muerte sin que haya un crimen; pero la mayoría de los asuntos que motivan las querellas no merece la pena de muerte, y en tal caso no puede permitirse el duelo que expone a ella. Es más: incluso cuando una ofensa fuera tan grave que mereciera la muerte, el príncipe no puede permitir el combate por esa razón, puesto que la suerte de las armas es dudosa, y expone por ese medio al inocente a la pena que sólo merece el culpable, lo cual es la mayor injusticia que podría hacerse.

“Los reyes… están obligados a castigar a los culpables sin peligro ni azar para el inocente.” 

Luis XIII

Se impuso en el edicto su criterio, conforme al cual se atenuaban las penas y se consideraba suficiente la privación de cargos y oficios, la confiscación de la mitad de los bienes y un destierro por tres años para el simple desafío. La pérdida de la nobleza, la infamia o la pena capital debían aplicarse, según la gravedad del delito, al culpable de un duelo en el que no hubiera resultado de muerte. Las penas de crimen de lesa majestad (es decir, muerte y confiscación total) quedaban reservadas para el caso en el que uno de los combatientes sucumbiera. Se permitía a los jueces aplicar a los culpables el rigor de las viejas ordenanzas cuando la atrocidad del hecho fuera merecedora de un castigo ejemplar. 

Uno de los artículos se refería a quienes hubieran utilizado segundos, pues había que atacar esta costumbre que terminaba por convertir los duelos en auténticas batallas. 

“Si sucediera que, no contentos con cometer tales crímenes tan enormes ante Dios y los hombres, atrajesen y comprometiesen a otros de los que se sirvieran como segundos, lo que no puede hacerse más que por buscar cobardemente en la destreza o el valor de un tercero la seguridad de sus propias personas, que en esta confianza quieren exponer por vanidad en contra de su deber; deseamos que quienes resulten culpables en un futuro de tan criminal cobardía sean castigados irremisiblemente con la pena de muerte, siguiendo el rigor de nuestros primeros edictos. Y desde ahora declaramos, tanto a los apelantes como a los apelados que se sirvan de dichos segundos, innobles ellos y su posteridad, despojados de toda nobleza e inhabilitados para siempre para ejercer cualquier cargo, sin que nosotros ni nuestros sucesores puedan restablecerlos ni retirarles la nota de infamia en la que han incurrido tanto por la infracción de nuestros edictos como por su cobardía.” 

También se tomaron precauciones contra el abuso del derecho de gracia. El rey debía dar su palabra de no concederlo nunca a un duelista, el secretario juró no firmar ninguna carta de gracia relativa a estas cuestiones, y el canciller no sellarlas. 


Pero al escalonar las penas, Richelieu podía aplicarlas discrecionalmente: era un buen instrumento para cortar cabezas de aquellos nobles cuyo poder amenazaba el suyo, y al mismo tiempo le permitía mostrarse más indulgente con quien le servía bien y, sobre todo, con su propia guardia, compuesta por jóvenes tan inclinados a seguir la moda de los duelos. Cualquier pretexto bastaba a la Guardia del Cardenal para batirse con los Mosqueteros del Rey, pues la rivalidad entre ambos cuerpos los impulsaba constantemente a competir y demostrar su destreza con la espada. 

El edicto fue finalmente registrado por el Parlamento, aunque tampoco estas medidas fueron capaces de poner fin a los duelos. El primero en burlar el edicto fue el duque de Praslin, cuyo desafió le costó ser despojado de todos sus cargos. Algún otro caballero, como Bouteville, llegó más lejos, y su osada reincidencia le costó la cabeza. 

Durante los años inmediatamente siguientes a su ejecución no se mencionan más duelos en el Mercure Français, lo que parece indicar que la ejemplaridad del castigo obró su efecto y que, además de reducirse su número, se tomaban más precauciones para ocultarlos. Sin embargo, en la década siguiente habían vuelto a multiplicarse. En sus últimos años de vida, el cardenal se reconocía derrotado en esa cuestión y admitía que ni la clemencia ni el rigor habían dado resultado alguno.


martes, 16 de octubre de 2018

La amiga de Ana Bolena

Lady Lee retratada por Holbein hacia 1540, a la edad de 34 años

Margaret Wyatt, hermana del poeta Thomas Wyatt y amiga de Ana Bolena, nació en el seno de una familia muy bien relacionada en la Corte de Enrique VIII. Su padre era Sir Henry Wyatt, que en su día se había alineado en el bando de Enrique VII cuando éste pretendía el trono de Ricardo III, algo por lo que fue encarcelado. Sir Henry había intentado obtener el apoyo del rey de Escocia para el Tudor, pero durante su misión fue interceptado por un noble escocés partidario de los York. Fue liberado a cambio de un rescate fabuloso cuando Enrique VII alcanzó el trono. Las condiciones de su prisión fueron muy duras: se cuenta que hubo de permanecer en una torre húmeda y fría en la que habría muerto de hambre de no ser por un gato que le traía comida. Durante dos años sufrió torturas que sus carceleros esperaban le hicieran cambiar de bando, pero él nunca cedió. 

Su lealtad fue recompensada posteriormente por el nuevo monarca, que lo armó caballero y le concedió tierras. Más adelante Enrique VII emplearía sus servicios como agente secreto en tierras escocesas y lo distinguiría siempre con su favor, nombrándolo tesorero y llegando a admitirlo en su consejo privado, un puesto que retuvo posteriormente con Enrique VIII. 

Sir Henry Wyatt

Sir Henry se casó con Anne Skinner. Fue para él su segundo matrimonio, pues era viudo de Margaret Bailiff. La principal residencia familiar se encontraba en Kent, en el castillo de Allington, a sólo unas veinte millas del de Hever, hogar de los Bolena. Se trataba de una propiedad que Sir Henry había adquirido en 1492. Fue allí donde Margaret vino al mundo. De edad parecida a la de Ana Bolena —su nacimiento se sitúa entre 1506 y 1509—, tuvo así ocasión de conocer durante la infancia a la futura reina de Inglaterra y seguramente forjar una amistad temprana. De hecho, tal vez fue la única amistad duradera que la reina fue capaz de entablar con una mujer, pues siempre pareció sentirse más cómoda en compañía masculina. 


Enrique VII visitó Allington, y también Enrique VIII en 1527, 1530 y 1536. Otros huéspedes del castillo fueron el cardenal Wolsey y la reina Catalina Parr. Se dice que Enrique VIII estaba tan preocupado por su seguridad que cuando se alojaba en la torre nordeste hacía que el único acceso, a través de una escalera de caracol, se bloqueara cada noche con un muro de piedra.


Aunque Ana fue pronto enviada a los Países Bajos, donde la archiduquesa Margarita de Austria le había ofrecido un puesto entre su séquito, no es de extrañar que más tarde, de regreso en Inglaterra y gozando ya del favor del rey, Margaret formara parte de su séquito como dama de honor. Encontramos pronto a Lady Lee entre su círculo más íntimo, como una de sus mejores amigas y en 1532, cuando Enrique VIII planeaba desposar a Ana en secreto, la acompañó a Calais. 

Hacia ese mismo año, o tal vez el anterior, Margaret contraía matrimonio con el joven cortesano Sir Anthony Lee, quien, tras una poco brillante carrera en la corte, fue nombrado caballero en 1539. Poco después, en enero de 1540, fue uno de los designados para recibir a Ana de Cleves entre Blackheath y Greenwich. Íntimo amigo de Thomas Wyatt, Sir Anthony heredó de su padre el señorío de Quarrendon y fue miembro del Parlamento por Buckinghamshire en dos periodos diferentes: entre 1542 y 1545, y posteriormente entre 1547 y 1549. 

Henry Lee

Su primogénito, Henry, nació en Allington en marzo de 1533, y a él siguieron otros ocho hijos —Robert, Thomas, Cromwell, Anne, Lettice, Katherine, Joyce y Jane—, todos los cuales alcanzaron la edad adulta. Sin embargo, S. Hubert Burke afirma Enrique VIII habría sido el padre de uno de ellos, concebido después de la ejecución de Ana Bolena. El autor se basa en unas supuestas revelaciones hechas por de uno de sus descendientes, el reverendo Lee de Lambeth. 

“La eterna amiga de Ana Bolena, Margaret Lady Lee, hermana de Sir Thomas Wyatt, acompañó hasta el patíbulo a la víctima de Enrique; sin embargo, es posible que muchos de los que aprecian el recuerdo de la valerosa devoción de Lady Lee no sepan que ella misma fue después objeto del libertinaje de Enrique”. 


Porque, en efecto, junto a la reina estuvo Margaret también cuando fue enviada a la Torre en 1536, arrestada bajo los cargos de adulterio, traición e incesto. Según un manuscrito del nieto de Thomas Wyatt en el que transcribía las memorias de su abuelo, permaneció a su lado hasta el final, asistiéndola en el cadalso, y allí recibió Margaret de su mano un libro de oraciones, un ejemplar bellamente iluminado que había sido hecho especialmente para Ana Bolena en Francia en torno a 1528. No tenemos, sin embargo, más evidencia de los hechos que este testimonio. El libro al que se refiere se conserva en el castillo de Hever, y en él dejaba la reina esta nota escrita de su puño y letra: 

Remember me when you do pray, 
That hope doth lead from day to day. 


Lady Lee falleció en fecha que la mayoría de las fuentes sitúan en 1543. Fue enterrada en la capilla de Quarrendon, hoy en ruinas. Su esposo la sobrevivió y contrajo un segundo matrimonio en mayo de 1548 con Anne Hassall, con la que ya tenía dos hijos ilegítimos. 

Margaret es recordada en canciones y sonetos de aquel tiempo, en una antología poética publicada en 1557 que incluye obras de su hermano, y gracias al magnífico retrato que de ella pintó Hans Holbein el Joven. 

Cuando años más tarde Isabel I alcanzó el trono, procuró favorecer a quienes habían sido partidarios de su madre, y entre ellos a Sir Henry Lee, hijo de Margaret, que fue su campeón durante su coronación.


domingo, 14 de octubre de 2018

EL CAPITÁN DE LEPANTO


Andrés Rey de Artieda nació en Valencia en 1549, hijo de un notario aragonés oriundo de Tauste (Zaragoza) y de madre valenciana. Fue amigo de Lope de Vega, admirado por Cervantes —que lo nombra en su Viaje del Parnaso— y miembro de la Academia de los Nocturnos, en la que sus compañeros le dieron el apodo poético de "Centinela". Bachiller en Filosofía por la Universidad de Valencia, y en Derecho civil y canónico por las Universidades de Lérida y Tolosa, llegó a obtener el doctorado y ejercer en Barcelona, donde impartió por breve tiempo clases de matemáticas y astrología. Casó en Valencia con Catalina Monave, de la que tuvo cuatro hijos. 

Pero Andrés Rey de Artieda fue, sobre todo, hombre de armas. Militar de carrera, combatió durante 30 años en Flandes e Italia como capitán de los tercios al servicio de Felipe II, en el ejército de Alejandro Farnesio —nieto del emperador Carlos V, sobrino de Felipe II y de Juan de Austria— y de Felipe III. Recibió tres heridas en Lepanto y estuvo en Novarino y Chipre. De él contaba Moratín cómo durante una de sus campañas cruzó a nado el río en pleno invierno con la espada en la boca bajo el fuego enemigo. 


Su estancia en Flandes la relata él mismo en su “Carta a un amigo dándole cuenta de las cosas de Flandes”, que escribió en 1588 en el campamento de los tercios durante la guerra angloespañola. Esperaban por entonces a la Gran Armada del duque de Medina Sidonia, cuya fracasada misión era destronar a Isabel I e invadir Inglaterra. En dicha carta, en tercetos encadenados, narra su vida en la corte de Bruselas, que compara con la de Madrid (“La cerimonia y prefumción de España / piérdese aquí de vista, solamente / el ánimo y valor nos acompaña”), así como el ambiente que se vivía entre los soldados. Se habían reunido en aquella ocasión 32.000 hombres en un campamento “do está alojado lo mejor de España”, en palabras del poeta, el cual ensalza a Farnesio, “que contra Elisabeth de Inglaterra / con invicto valor se apresta y arma”. 

Otro testimonio deja en su Carta a don Francés de Pinos sobre la etapa de los motines y el descontento de los soldados por no recibir sus pagas: “Ni el que se recoge en una ermita / con hambre y sed al parecer extrema, / ni el que por deudas en la cárcel grita / ni el que sin prendas al logrero ruega / ni el que en vano al letrado solicita /puede llegar, ni con mil partes llega / a las injurias que un soldado passa / quando el hambre y la sed desasosiega”. 

Poeta precoz —ya recibía elogios a los catorce años—, fue también dramaturgo, aunque desgraciadamente se ha perdido la práctica totalidad de sus obras teatrales a excepción de “Los amantes”. Escrita en 1581, este drama es el primero que se compuso sobre los amantes de Teruel. 

La obra puede leerse en este enlace: 



viernes, 12 de octubre de 2018

Un lance en el Siglo de Oro


Gutierre de Cetina fue un poeta español del Siglo de Oro nacido en Sevilla, más probablemente en 1520, o tal vez unos años antes. Tras una vida de aventuras en Alemania e Italia, encontró la muerte a causa de una pendencia durante una de sus estancias en Nueva España, a donde había viajado en compañía de su tío, que era allí procurador general. 

Vivía en Puebla de los Ángeles la bella Leonor de Osma, joven esposa del doctor Pedro de la Torre, el cual le doblaba o más bien triplicaba la edad. El hombre no era un dechado de virtudes: tenía reputación de charlatán y nigromante, y la Inquisición lo había desterrado de Veracruz. Se le acusaba de rayar en la herejía por afirmar cosas tales como que “Dios y la naturaleza eran la misma cosa”. Se suponía, además, que mediante hechicería hacía “que las mujeres casadas saliesen de casa de sus maridos y fuesen a casa de hombres solteros sin que los maridos lo sintiesen, y para ello invocaba a los demonios”. 

Pocos atractivos debía de tener para la bella, cuyas preferencias se hallaban lejos del hogar que compartían. Leonor era por entonces la amante de Hernando de Nava, hijo del ya difunto regidor. Pero el galán tenía un rival: Francisco de Peralta, que compartía posada con Gutierre de Cetina. También el poeta tenía ocasión de contemplar con asiduidad la belleza de de doña Leonor, pues ambas viviendas se encontraban próximas, y, primero por reponerse de unas fiebres y después tal vez por sus encantos o por ayudar a su amigo en su empeño, decidió prolongar su estancia en Puebla. 

Gutierre trabó al principio amistad con Hernando de Nava, al que conoció estando de visita en casa de la madre de éste, pero las buenas relaciones terminaron abruptamente a causa de la dama. El poeta y Francisco de Peralta rondaban la casa de Leonor, suscitando con ello los celos exacerbados del amante. 


Hernando se apostó durante varias noches en la esquina más próxima en compañía de tres de sus amigos. Finalmente, el domingo después de Pascua, hacia las diez de la noche, Gutierre de Cetina se sentaba a la puerta de la posada en compañía de Francisco, que se entretenía tocando la vihuela. Éste le propuso dar un paseo con la intención de rondar a la dama. El poeta iba delante, con la espada apoyada sobre el hombro derecho. Detrás iba el músico, aún tocando y cantando a media voz, con pretensión, sin duda, de que la melodía llegara a oídos de Leonor. 

Poco se habían adentrado en la noche tenebrosa cuando Gutierre divisó “dos bultos que le parecían ser de hombres que estaban muy pegados a la esquina de un corral”. Se volvió para prevenir a su amigo y, apenas lo hubo alertado, Hernando de Nava le hirió junto al ojo izquierdo y hacia la sien con un montante —una espada ancha que se maneja con las dos manos—, haciéndole caer en el lodo. En la oscuridad,probablemente Nava lo había confundido con Francisco, que era el objeto de sus celos. Gutierre trató de levantarse y echar mano a la espada, pero antes de que consiguiera hacerlo apareció otro hombre, Galeoto, que le hirió la cabeza, dejándolo sin sentido. 

Tras la esquina, presenciando la escena, se ocultaban otro amigo de Nava y un criado. Entonces un tercer asaltante se unió a los anteriores para arremeter contra Francisco de Peralta. Éste presentó combate, pero, encontrándose en manifiesta inferioridad, cedió terreno y acabó recibiendo cuatro heridas leves. El lance terminó ahí para él, porque la última estocada cortó las cintas que ataban las calzas al jubón haciendo que se le cayeran y le trabaran los pies. Cayó el galán al suelo en situación tan poco airosa y con ello sus atacantes se retiraron satisfechos. 


Gutierre, mientras tanto, había conseguido levantarse y caminar a trompicones y medio desfallecido hasta la posada. Una vez allí, pidió confesión y, por ironías del destino, hizo llamar al esposo de Leonor junto con un viejo cirujano que tenía buena reputación por el modo en que atendía las heridas. La del rostro sangraba abundantemente, y se estimó de tal gravedad que el pronóstico fue mortal, por lo que en lugar de intentar coserla “se limitaron a ponerle estopas y huevos y atárselas con paños”. 

Esa misma noche se le tomó declaración por primera vez y dijo no saber quién le había herido. Es poco probable que no supiera realmente de dónde provenía el ataque, pero se tenía por deshonroso delatar al agresor en tales lances, por lo que era lo habitual guardar silencio. Según los usos de la época, estas cuestiones se solucionaban con la propia espada, y sin recurrir a la justicia. 

Al día siguiente Gutierre, tal vez pensando que no había dado muchos motivos al doctor de la Torre para desear salvarlo a toda costa, mandó llamar a otro médico por ver si podía hacer más. Acudió Diego Cortés, que curaba por medio de ensalmos. Era el ensalmo un rezo con el que se acompañaba a los remedios aplicados, y al que se atribuía el poder de sanar. Cortés trajo consigo otro cirujano que cosió la herida a medias, pero no la pudo cerrar debido a un hueso que estaba cortado y atravesado junto al ojo. 


Se le interrogó de nuevo. El juez hizo que le retirasen las vendas y tomó nota en acta del alcance de sus heridas, por las que finalmente falleció a resultas de la septicemia que le provocaron. Para entonces otros amores le habían inspirado poemas que aún se recuerdan hoy: 

Fuego queme mi carne y por encienso
baje el humo a las almas del infierno;
pase la mía aquel olvido eterno
de Lete porque pierda el bien que pienso;

el fiero ardor que hora me abrasa intenso
ni melle corazón ni haga tierno;
niégueme pïedad, favor, gobierno
el mundo, Amor y el sumo Dios inmenso;

mi vivir sea enojoso y trabajado,
en estrecha prisión dura y forzosa,
siempre de libertad desesperado,

si viviendo no espero ya ver cosa
-dijo Vandalio, y con verdad jurado-,
que sea cual tú, Amarílida, hermosa.


En cuanto a sus adversarios, el escándalo había saltado y Nava hubo de huir para eludir la acción de la justicia. Se refugió con su amigo Galeoto en el convento de Santo Domingo, acogiéndose así a sagrado. Allí permanecieron hasta conseguir escapar una noche, pero no se había aplacado con la trágica aventura el ánimo del amante celoso. Por el contrario, a continuación se dirigió contra Leonor, hirió gravemente a un esclavo y una esclava que intentaron proteger a su señora y también a ella misma de una puñalada en la nariz. 

Seis semanas después de aquel lance, Nava fue condenado a la pérdida de la mano derecha, que le fue amputada por un médico. Dos de sus amigos lograron librarse, pues no fueron hallados, y Galeoto solicitó el indulto.