domingo, 4 de noviembre de 2018

El duelo de honor de Adolphe Thiers


Adolphe Thiers fue Primer Ministro del rey Luis Felipe y Presidente de la Tercera República Francesa. Pero antes de su fulgurante ascenso político, cuando sólo era un joven marsellés que buscaba satisfacer sus ambiciones en París, mantuvo un duelo con un hombre que había visto mancillado el honor de su hija a causa de las promesas incumplidas que un día le hiciera Thiers. 

Durante su época de estudiante de Derecho en Aix-en-Provence, había mantenido un romance con Emilie Bonnafoux, una joven de carácter alegre con cierto talento artístico para tocar el piano y pintar flores a la acuarela. Thiers cayó rendido a sus encantos y le dio palabra de matrimonio, pero en el otoño de 1821 abandonó Aix para dirigirse a París como secretario del duque de la Rochefoucauld-Liancourt, un puesto que no colmaba sus grandes aspiraciones y que abandonaba al cabo de tres meses. Al año siguiente de su llegada comenzaba su trabajo de redactor del Constitutionnel. La distancia acabó enfriando sus sentimientos hacia Emilie, a la que pronto olvidó. Al fin y al cabo, París estaba lleno de mujeres cuya posición destacada podría obrar mucho en su favor, mientras que la jovencita provinciana nada interesante podría aportarle. Thiers eligió ser práctico. 

Pero Emilie tenía un padre que en su día había combatido en el ejército de Napoleón y que no estaba dispuesto a pasar por alto la promesa de matrimonio hecha a su hija. Monsieur Bonnafoux se presentó en París para exigir a Adolphe que cumpliera su palabra. Ante su negativa, no había otro modo de conducir adecuadamente aquel asunto que no fuera retarlo a duelo, y Thiers no tuvo más remedio que aceptar el desafío si no quería ganar el nombre de cobarde. 

Carta manuscrita de Adolphe Thiers

Dispuesto a todo, el viejo soldado se dirigió a casa de un escritor apasionado por la antigüedad llamado Alphonse Rabbe, que mantenía un salón de intelectuales en la rue des Petits-Augustins frecuentado por Adolphe. Aurélien Scholl nos cuenta la escena. 

—¡Vengo a matar a Thiers! —exclamó. 

—¿Por qué razón? 

—Le he escrito quince cartas, pero no me ha respondido. No ignora que en nuestro hogar ha dejado aguardando a su prometida, aunque ahora que es amigo de Laffitte y de Béranger, a nosotros nos desdeña. 

Thiers no se encontraba allí, pero Rabbe le dio pronta cuenta de lo sucedido. 

—Amigo, ¿no has dejado a orillas del Durance a una joven virgen a la que prometiste dar tu nombre? —le preguntó. 

—Ni mucho menos. 

—Pues es lo que pretendía esta mañana Bonnafoux. 

—No se trató nunca de nada serio; no hubo compromiso, ni palabra de matrimonio. No hay nada que reparar. 

—Este asunto se resolverá con un duelo, pues Bonnafoux, que siguió en su día a las águilas imperiales hasta los bátavos y los alemanes, ahora está absolutamente furioso. 

—¡Pues bien, me batiré! 

—¿Qué testigo eliges para acompañarte, además de a mí? 

—Béranger, en el 27 de la rue des Martyrs, o Mignet, 8 del Faubourg Montmartre. 


Por exigencia de Rabbe, el lugar elegido fue la colina de Montmartre. El 12 de septiembre de 1822, a las ocho de una fría mañana en la que la niebla envolvía la cima de la colina, se encontraron allí en compañía de sus testigos. Ambos hacían una figura desigual: el padre de Émilie era alto, corpulento, mientras que Adolphe era pequeño y menudo, aunque las pistolas suprimían las diferencias en su envergadura y en su edad. 

Rabbe cargó las armas y los duelistas se alejaron 25 pasos. La suerte decidió qué lado ocuparía cada uno y cuál tendría el primer turno. Bonnafoux resultó favorecido. A la señal convenida de uno de los testigos efectuó un disparo, pero erró el blanco. Thiers, que no había pestañeado, se contentó con disparar al aire. 

Su oponente, sin darse por satisfecho, propuso disparar de nuevo. Adolphe aceptó y Rabbe volvió a cargar las pistolas. Las balas silbaron sin producir diferente resultado, y entonces. Rabbe se aproximó a Bonnafoux.

—Este joven ha pagado su deuda de honor —le dijo—. Se debe a su país, y no a un interés burgués. Este escritor se ha enfrentado a tus mortíferas armas, pero no era su destino sucumbir a tus manos. Tiéndele, pues, una mano generosa y déjalo disfrutar de la celebridad que le aguarda. 

El viejo soldado, apaciguada ya su ira, lo abrazó y se dio por satisfecho. El duelo había concluido y los dos se separaban para no volver a cruzar jamás sus caminos. El joven, ya libre de obstáculos y ataduras, podía lanzarse de lleno a su ambición. 

Adolphe Thiers

Eso no significa que Thiers se desentendiera por completo de Émilie. La joven se casó dos años después, y cuando él llegó al poder no olvidó conceder un buen puesto a Bonnafoux y otro al marido de su antigua prometida. 

Adolphe había encontrado a la mujer perfecta para servirle en su carrera: Madame Dosne. Estaba casada, pero eso no era un problema importante: Thiers desposó a su hija mayor, Elisa —retratada arriba por Lorenzo Bartolini en 1832— para así poder seguir viendo a su aún amante con cuanta frecuencia deseaba. Y como le gustaban particularmente las mujeres de esa familia, arrastró también a su lecho a la hija menor. El caballero no veía inconveniente en simultanearlas a las tres, y ellas, al parecer, tampoco. 

No es de extrañar que Honoré de Balzac se inspirara en él para crear su personaje Eugène de Rastignac, que aparece, con mayor o menos protagonismo, en 28 novelas.



8 comentarios:

  1. Eres una mina de información, de buena información. Muchas gracias, amiga, por tanta anécdota interesante... En cuanto a lo que cuentas: ay, qué siglo tan especial el XIX, qué pugilato tan "novelesco" entre el hombre-uno que muere y el hombre-masa que nace.

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  2. Menudo picador estaba hecho el señor Thiers. Menos mal que la gente andaba mal de puntería o de la vista.
    Un abrazo.

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    1. En realidad, quise decir "picaflor". El "corrector" del móvil tuvo la culpa.

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  3. Un Rastignac, sin duda. Lo raro no es que el señor Thiers mariposeara, sino que que las hijas y la madre consintieran en el intercambi. No sé yo que ambiente habría en aquella casa, pues ya se sabe que las cosas del querer se mueven por impulsos pasionales, muy lejos de la serena razón.

    Bisous y pase usted una buena semana.

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  4. Pues mire, a mí, sin embargo, lo que me ha llamado la atención, es la falta de rencor. Cómo se lavaba el honor con independencia del resultado. No me negará, señora, que terminar un duelo con un abrazo no es cosa feliz; y yo concluyo mi comentario besando su mano.

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  5. Me ha sorprendido la resolución del duelo. Al fin quedaron las desavenencias resueltas. Por lo que se ve era un consumado galán.
    Un personaje interesante.
    Bisous.

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  6. Hola Madame:
    Un final que no me esperaba...Pense que iraín con los trastos en la cabeza y todo.

    Siempre la realidad supera la ficción, de hay que Balzac se inspirar en es realidad

    Besos

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  7. Lo lógico es que cualquiera de los dos contendientes hubiera caído herido o muerto por los disparos de su oponente pero la suerte sonrió a Thiers al margen de que su enemigo fuera todo un caballero.
    Un beso

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)