sábado, 27 de octubre de 2018

Richelieu y los duelos


“Las calles habían comenzado a servir de campo de batalla y, como si el día no fuera suficientemente largo para ejercitar su furia, se batían al amparo de las estrellas o a la luz de las antorchas que les servían de funesto sol.” (Richelieu) 

Los duelos habían llegado a ser tan habituales en Francia que se hacía necesario tomar medidas para ponerles freno. Tal modo de reparar ofensas y cuestiones de honor se convirtió en una moda; cualquier pretexto bastaba para un desafío en el que no pocas veces se buscaba, simplemente, medirse con un rival. Entre 1588 y 1608 se contabilizó la muerte de más de diez mil duelistas. En total, si se cuentan todos los que perdieron la vida entre los reinados de Enrique II y Enrique IV, resultan más que el número de víctimas causado entre las tropas por las Guerras de Religión. 

Este último monarca al principio consideró los duelos como una forma de canalizar la agresividad de sus nobles, reduciendo así el peligro de nuevas guerras civiles; pero algunos de sus consejeros, especialmente Sully, entendían el asunto de otro modo y le hicieron ver que podían constituir un estímulo para las disputas y la insurrección. Por ello, el rey introdujo la condena a muerte en 1602, considerando los duelos crímenes de lesa majestad en un edicto que fue modificado para endurecerlo en 1609. Sin embargo, dada la inclinación de Enrique al perdón, sobre todo hacia aquellos que le habían servido en la guerra, toda medida resultaba ineficaz. Se cuenta que incluso en una ocasión, ya después de publicada la prohibición, autorizó a Crequi a batirse con Felipe de Saboya diciendo: 

—Si yo no fuera rey, gustosamente me ofrecería a ser vuestro segundo. 

Enrique IV de Francia y III de Navarra

Para intentar poner fin a tan arraigada costumbre, durante el reinado de Luis XIII, en febrero de 1626 se elaboraba un edicto real que regulaba las penas a aplicar a los duelistas. El cardenal Richelieu había comprendido que la severidad de los castigos impuestos hasta entonces no conseguía el objetivo de hacer desistir a aquellos caballeros empeñados en batirse; por el contrario, los duelos se multiplicaban sin medida, y en no pocos casos el duelista reincidía tras haber recibido condena, a veces de inmediato. Dadas las circunstancias, Richelieu estimó oportuno atenuar algunas penas y graduarlas según la gravedad del caso. El propio cardenal expone sus razones: 

“La multitud de aquellos que se baten es tan grande, y los castigos ordenados por los edictos precedentes tan rigurosos, que el rey tenía reparos al aplicarles la pena, pues ya no se trataba de un efecto de la justicia, que es castigar a un pequeño número para que muchos otros se vuelvan más prudentes, sino más bien un efecto de un rigor bárbaro, que es extender el castigo a tantas personas que parecería que no iba a quedar nadie para enmendarse con el ejemplo.” 

Además, los duelistas solían eludir la acción de la justicia emprendiendo la huida o ayudados por sus amigos hasta conseguir el indulto. De hecho, era fácil y frecuente obtener la gracia del rey en estos casos, y una muestra de ello es que Enrique IV había firmado no menos de 7.000 durante su reinado. En el preámbulo del edicto se explica: 

“La gravedad de dichas penas es tal que algunos de aquellos que tienen el honor de aproximarse más a nuestra persona a menudo se han tomado la libertad de importunarnos para moderar el rigor en diversas ocasiones; lo cual ha hecho que los culpables, que por este favor y consideración obtuvieron nuestro indulto, resultaron totalmente impunes.” 


Estas medidas de gracia, tan reiteradas, condujeron finalmente a una amnistía general promulgada en febrero de 1626, con ocasión del matrimonio de Enriqueta de Francia con el rey Carlos I de Inglaterra. Fue entonces cuando se vio llegado el momento de proceder a revisar la legislación vigente sobre duelos. Los consejeros del rey estaban divididos: algunos eran partidarios de continuar mostrando rigor y aplicar en todos los casos la pena de muerte como la única capaz de poner fin a tan arraigada costumbre. Otros, en cambio, proponían regresar a los tiempos de Enrique IV, que en su edicto de 1609 se reservaba el derecho de autorizar el combate para determinadas causas, limitando el castigo para aquellos que se batían sin su licencia. 

Richelieu no estaba de acuerdo con ninguna de las dos posturas. Castigar con la pena de muerte a todos los culpables le parecía excesivo, pero, por otra parte, permitir los duelos en ciertos casos era un modo poco eficaz de terminar con ellos. 

“Todos los teólogos convienen en que el duelo por razones particulares —a diferencia del duelo por causa pública, como el que tiene lugar para evitar una batalla, pues es un mal menor exponer a la muerte a dos hombres antes que a veinte mil— no puede permitirse según la ley de Dios, pero no he visto que nadie explique claramente la verdadera razón. Algunos estiman que tiene su origen en estas palabras de las Escrituras: “Es a mí a quien pertenece la venganza, y pretendo ejercerla por mí mismo”. Señalan que los particulares, por su autoridad, no pueden buscar por esta vía la venganza a las injurias recibidas; mas no que un príncipe no la pueda ordenar, […] en cuyo caso el ejecutor se venga no por sí mismo, sino por la autoridad del príncipe. […]. Según lo cual, si los duelos no se prohibieran en virtud de este principio, se podrían llevar a cabo por orden del príncipe en las mismas circunstancias… 

“La verdadera, primitiva y fundamental razón es que los reyes no son amos absolutos de la vida de los hombres, y en consecuencia no pueden condenar a muerte sin que haya un crimen; pero la mayoría de los asuntos que motivan las querellas no merece la pena de muerte, y en tal caso no puede permitirse el duelo que expone a ella. Es más: incluso cuando una ofensa fuera tan grave que mereciera la muerte, el príncipe no puede permitir el combate por esa razón, puesto que la suerte de las armas es dudosa, y expone por ese medio al inocente a la pena que sólo merece el culpable, lo cual es la mayor injusticia que podría hacerse.

“Los reyes… están obligados a castigar a los culpables sin peligro ni azar para el inocente.” 

Luis XIII

Se impuso en el edicto su criterio, conforme al cual se atenuaban las penas y se consideraba suficiente la privación de cargos y oficios, la confiscación de la mitad de los bienes y un destierro por tres años para el simple desafío. La pérdida de la nobleza, la infamia o la pena capital debían aplicarse, según la gravedad del delito, al culpable de un duelo en el que no hubiera resultado de muerte. Las penas de crimen de lesa majestad (es decir, muerte y confiscación total) quedaban reservadas para el caso en el que uno de los combatientes sucumbiera. Se permitía a los jueces aplicar a los culpables el rigor de las viejas ordenanzas cuando la atrocidad del hecho fuera merecedora de un castigo ejemplar. 

Uno de los artículos se refería a quienes hubieran utilizado segundos, pues había que atacar esta costumbre que terminaba por convertir los duelos en auténticas batallas. 

“Si sucediera que, no contentos con cometer tales crímenes tan enormes ante Dios y los hombres, atrajesen y comprometiesen a otros de los que se sirvieran como segundos, lo que no puede hacerse más que por buscar cobardemente en la destreza o el valor de un tercero la seguridad de sus propias personas, que en esta confianza quieren exponer por vanidad en contra de su deber; deseamos que quienes resulten culpables en un futuro de tan criminal cobardía sean castigados irremisiblemente con la pena de muerte, siguiendo el rigor de nuestros primeros edictos. Y desde ahora declaramos, tanto a los apelantes como a los apelados que se sirvan de dichos segundos, innobles ellos y su posteridad, despojados de toda nobleza e inhabilitados para siempre para ejercer cualquier cargo, sin que nosotros ni nuestros sucesores puedan restablecerlos ni retirarles la nota de infamia en la que han incurrido tanto por la infracción de nuestros edictos como por su cobardía.” 

También se tomaron precauciones contra el abuso del derecho de gracia. El rey debía dar su palabra de no concederlo nunca a un duelista, el secretario juró no firmar ninguna carta de gracia relativa a estas cuestiones, y el canciller no sellarlas. 


Pero al escalonar las penas, Richelieu podía aplicarlas discrecionalmente: era un buen instrumento para cortar cabezas de aquellos nobles cuyo poder amenazaba el suyo, y al mismo tiempo le permitía mostrarse más indulgente con quien le servía bien y, sobre todo, con su propia guardia, compuesta por jóvenes tan inclinados a seguir la moda de los duelos. Cualquier pretexto bastaba a la Guardia del Cardenal para batirse con los Mosqueteros del Rey, pues la rivalidad entre ambos cuerpos los impulsaba constantemente a competir y demostrar su destreza con la espada. 

El edicto fue finalmente registrado por el Parlamento, aunque tampoco estas medidas fueron capaces de poner fin a los duelos. El primero en burlar el edicto fue el duque de Praslin, cuyo desafió le costó ser despojado de todos sus cargos. Algún otro caballero, como Bouteville, llegó más lejos, y su osada reincidencia le costó la cabeza. 

Durante los años inmediatamente siguientes a su ejecución no se mencionan más duelos en el Mercure Français, lo que parece indicar que la ejemplaridad del castigo obró su efecto y que, además de reducirse su número, se tomaban más precauciones para ocultarlos. Sin embargo, en la década siguiente habían vuelto a multiplicarse. En sus últimos años de vida, el cardenal se reconocía derrotado en esa cuestión y admitía que ni la clemencia ni el rigor habían dado resultado alguno.


15 comentarios:

  1. A ver si ahora tengo suerte.
    Las modas a veces son peligrosas. Creo que en este aspecto, la gente corrientita hemos mejorado un poco y no andamos pegando tiros ni tirando de florete como posesos
    Aunque hay algunos que pa qué.
    Un abrazo .

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    1. Sí, ahora se llevan más las peleas a lo burro a la salida de la discoteca o del bar, y cosas así. Hemos mejorado no sé cuánto. :D

      Feliz fin de semana, Cayetano.

      Bisous

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  2. Magnífico texto, como siempre. Qué gusto da entrar y leer aquí. Gracias.

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  3. Hola Madame:
    Imagino que cuando se "organizaba" un duelo, solo se les avisaba a algunos interesados y se pactarían las medidas de escape a tomar si llegaban los soldados. Así, sería complicado atrapar a los mismos.

    Parece que el honor estaba por encima de cualquier reglamento...

    Besos Madame

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    1. Sí,sólo había que tomar unas cuantas precauciones. Pero a los vanidosos debía de costarles un poco no poder alardear de sus victorias.

      Feliz domingo.

      Biosus

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  4. Sí, ese doble propósito de Richelieu con sus medidas, tratando de atajar el problema y al mismo tiempo utilizarlas en su provecho es muy propio de su astucia. Pero es que algo había que hacer, la sangría que los duelos produjeron, sólo en Francia y en veinte años es de impresión.
    Beso su mano.

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    1. Sí, y luego cuando se necesitaban para la guerra, resulta que ya se habían matado ellos solos. Un desastre.

      Buenas y gélidas noches, monsieur.

      Bisous

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  5. Vistos con la perspectiva de Los Tres Mosqueteros o nuestro Siglo de Oro, los duelos se ven con un halo romántico. Pero eran una tragedia.

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    1. Y tanto. Parecía difícil llegar a viejo. Los caballeros seguían la máxima de James Dean.

      Feliz comienzo de semana.

      Bisous

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  6. 10.000 duelistas muertos en dos reinados me parece una barbaridad. Y a ellos deberíamos sumar los mutilados y heridos, otro tanto y quizás más. ¿Se daban cuenta los reyes de que esos hombres muy bien hubieran podido servirles mejor en el campo de batalla?
    Un beso

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    1. Pues esa era una de las principales razones para intentar acabar con los duelos. El problema es que, si condenaban a muerte al superviviente, en lugar de perderlos de uno en uno los perdían de dos en dos.

      Feliz día

      Bisous

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  7. Imagino que en esos duelos que tan bien relatas, el tema era la ofensa. Nadie quería quedarse con un insulto y no vengarse.
    Algo parecido sucedía en Buenos Aires entre finales del siglo IXX y comienzos Del XX, los malevos se batían a duelo por una ofensa o una mujer y nada les importaba terminar en la cárcel. Borges lo cuenta muy bien en sus cuentos y poemas.

    Un abrazo.

    mariarosa

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    1. Un buen tema también para uno de los relatos de Maria Rosa, ¿no cree?.

      Buenas noches.

      Bisous

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  8. La verdad es que no resulta fácil erradicar determinadas costumbres. En España se podrían poner muchos ejemplos.
    Un saludo.
    Bisous.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)