lunes, 27 de noviembre de 2017

CASTILLOS DE EUROPA


LICHTENSTEIN, ALEMANIA

El castillo de Lichtenstein está situado en los montes Suabos, cerca de Stuttgart. No es muy antiguo: se construyó en el siglo XIX sobre los restos de uno medieval. En la actualidad tiene propietarios: los duques de Urach, pero permanece abierto al público.


CASTILLO DE BRAN, RUMANÍA

Situado en Transilvania, es conocido como el castillo de Drácula, por ser en el que se inspiró Bran Stoker para escribir su novela. Sin embargo, Vlad Dracul nunca vivió allí, aunque parece que pasó dos días encerrado en las mazmorras. En el siglo XX el castillo fue la residencia de verano de la reina María de Rumanía. Hoy día sigue en manos de los Habsburgo.



EILEAN DONAN, ESCOCIA

¡Cuántas películas se rodaron aquí! Braveheart, Highlander, El Señor de Ballantrae, La vida privada de Sherlock Holmes, The World Is Not Enough… Eilean Donan se erige sobre una pequeña isla en el lago Duich, en el noroeste de Escocia. Los pictos tenían allí un viejo fuerte para defenderse de los ataques vikingos, y sobre él hizo construir el rey Alejandro II el actual castillo en el siglo XIII. Sus piedras contemplaron decisivos episodios de la historia de Escocia, y tras unirse esta corona a la de Inglaterra, se convirtió en residencia del clan McRae, que aún es su propietario.



ALCÁZAR DE SEGOVIA, ESPAÑA

Se sabe que ya existía en el siglo XII, y que probablemente es muy anterior, aunque su aspecto actual se debe a Felipe II. Construido como fortificación, este castillo fue también palacio. Muchos episodios de la historia de España transcurrieron entre estos muros, como la proclamación de Isabel la Católica Hoy el alcázar es un museo.



CHENONCEAU, FRANCIA

Chenonceau data del siglo XVI y es uno de los castillos del Loira. También recibe el nombre de Castillo de las Damas, porque fue construido por una mujer: Katherine Briçonnet, y embellecido sucesivamente por Diana de Poitiers y Catalina de Médicis. Otra mujer, Madame Dupin, lo salvó de los rigores de la Revolución. También quienes residieron en él fueron mujeres, entre ellas la reina Luisa de Vaudemont, esposa de Enrique III, cuya habitación, en el segundo piso, sigue manteniendo el duelo por su marido asesinado. Hay otra habitación dedicada a las hijas y nueras de Catalina de Médicis, una de las cuales fue María Estuardo. La estancia es conocida como La habitación de las cinco reinas. Hoy el château está en manos privadas, aunque se puede visitar.



BODIAM, INGLATERRA

Situado en Sussex Oriental, fue construido en el siglo XIV, en plena Guerra de los Cien Años, para defenderse de una invasión francesa que finalmente nunca llegó. Durante la Guerra de las Dos Rosas, la familia propietaria era partidaria de los Lancaster, la rosa roja, por lo que fue sitiado por Ricardo III. Está rodeado de un foso alimentado de manantiales y que se salva mediante un puente muy evocador en el que aún parecen resonar los cascos de las cabalgaduras galopando sobre la madera. En la actualidad es un monumento protegido, legado por Lord Curzon al National Trust en 1925 y abierto al público.



GUAITA, SAN MARINO

Se trata de la más antigua de las tres fortalezas construidas sobre el monte Titano. Data del siglo XI, y fue una prisión hasta bien adentrado el siglo pasado. Tuvo su época de esplendor en el siglo XV, cuando San Marino estaba en guerra contra los Malatesta de Rimini. Fue reconstruido en esa época.


Fuente de las imágenes:
https://www.pinterest.es


sábado, 4 de noviembre de 2017

Una impostora llamada Mary Carleton


Mary Carleton nació en Canterbury el 11 de enero de 1642. Hija de un corista de la catedral, durante su infancia y adolescencia fue voraz lectora de novelas y libros de caballería que dispararon su imaginación y sin duda acabarían influyendo en el rumbo aventurero que iba a decidir dar a su vida. Su memoria era excelente, y se complacía en repetir fragmentos de sus obras favoritas.

Se casó con un zapatero llamado Thomas Stedman, con el que tuvo dos hijos que no superaron la infancia; pero su marido le parecía bien poca cosa para el alto concepto que tenía de sí misma, de modo que, al ver que era incapaz de complacer sus extravagancias y sufragar los lujos a los que le hubiera gustado entregarse, lo abandonó para trasladarse a Dover. Allí contrajo nuevo matrimonio con un cirujano, lo cual fue motivo de su arresto y proceso por bigamia en Maidstone.

Logró ser absuelta y se dirigió a Colonia, donde mantuvo una breve relación con un anciano aristócrata que le hacía valiosos regalos. El caballero pretendía desposarla y había comenzado a hacer los preparativos para la boda cuando Mary, para no volver a ser arrestada por la misma causa, huyó de Alemania con todos los regalos y el dinero del que pudo apoderarse. Desde allí pasó a su Inglaterra natal pasando por los Países Bajos. En Amsterdam vendió una cadena de oro, algunas joyas y la medalla que el pobre anciano había recibido por sus buenos servicios contra el rey Gustavo Adolfo de Suecia.

De regreso en Londres en 1663, se hacía pasar por una tal princesa van Wolway de Colonia. Afirmaba que su padre era Enrique van Wolway, doctor en derecho que ostentaba el título de señor de Holmstein y era príncipe soberano del Imperio, no sujeto a hombre alguno excepto a Su Majestad Imperial. Decía que ella había tenido que refugiarse en Inglaterra huyendo de un amante excesivamente posesivo. Tenía la habilidad de llorar cada vez que le resultaba conveniente, y era tan buena actriz que convencía a todo el mundo. 


Bajo esa identidad aceptó la propuesta matrimonial de John Carleton, cuñado del dueño de la posada en la que solía alojarse. Se casó con él, no sin antes dejar patente lo reacia que se sentía a unir su vida a la de un plebeyo. El marido no cabía en sí de gozo al verse aceptado por tan alta princesa; el iluso se arrojaba a sus pies y hacía uso de toda su capacidad oratoria para mostrarle su gratitud por el gran honor que se le hacía. Pero de pronto algo terminó súbitamente con su transporte amoroso: una carta anónima dirigida al dueño de la posada dejaba al descubierto todas las mentiras de Mary:

“Señor, soy un completo desconocido, aunque el sentido de la justicia y la humanidad me obligan a comunicarle que la supuesta princesa […] es una impostora. Si le digo, señor, que ya se ha casado con varios hombres en nuestro condado de Kent, y después se ha fugado con todo el dinero del que pudo apoderarse, no digo más que lo que podría probarse si compareciera ante los tribunales. Puede estar seguro de que no me equivoco con la mujer […]"

Al ser juzgada por su impostura, Mary negó los cargos y se defendió diciendo que el impostor era el propio John, quien había afirmado ser un aristócrata, y que ahora la denunciaba para librarse de ella al descubrir que estaba arruinada. Su esposo trataba así de evitar un divorcio que sería deshonroso para él. 

Mary tuvo la suerte de que el tribunal la creyera y decidiera absolverla. Después, aprovechando la popularidad que había ganado con el nuevo proceso, escribió, o más bien encargó escribir, su propia historia: El Caso de la Señora Mary Carleton. Convertida en actriz, también protagonizó una obra de teatro sobre su vida que llevaba por título La Princesa Alemana y que terminaba con este epílogo:


He sido absuelta por un tribunal, pero es mi temor
Que recibiré aquí una severa sentencia:
Pensáis que soy una osada embustera, pongamos que lo sea,
¿Cuál de vosotros no lo es? Podéis jurar que lo sé.
No me censuréis, no vaya a ser que vosotros
Merezcáis peor censura que yo;
El mundo es una farsa, y quienes nos movemos en él,
En mayor o menor grado ejercitamos nuestro ingenio;
Y es mejor llevar un nombre glorioso, aunque inventado,
Que vivir una vida oscura.

Mary se hizo con un buen número de admiradores que le hacían toda clase de valiosos regalos. Ella animaba a quien le convenía, para luego, cuando ya había obtenido suficiente de ellos, rechazarlos con desprecio, diciéndoles que se admiraba de su osadía al pretender ser amados por una princesa.

Un caballero de cincuenta años, pese a no desconocer su pasado, cayó en sus redes y creía a pies juntillas todos sus argumentos. El enamorado pensaba que Mary era la mujer más virtuosa sobre la tierra, y pronto comenzaron a convivir como marido y mujer. Le hacía toda clase de regalos, algo que ella siempre recibía fingiendo sentirse avergonzada e indigna de tanto favor. Un día el hombre llegó a casa ebrio, y ella aprovechó para despojarlo de su dinero, de las llaves de cofres y escritorios y huir con el botín.

A continuación fingió ser una doncella que disfrutaba de la buena herencia que le había dejado su tío y huía de un compromiso no deseado que su padre le había arreglado. Mimando el detalle, para mejor persuadir de su historia se encargó de que alguien le enviara cartas que supuestamente contenían noticias de la familia. Eso terminó de convencer a su casera, que vio con agrado que iniciara una relación con su sobrino.


Un día, mientras ambos conversaban, llegó una carta que ella había preparado de antemano. Al comenzar a leerla ante su enamorado, su rostro se demudó.

—¡Estoy perdida! —exclamó, a punto de desvanecerse.

Después de oler el frasquito de las sales, fue capaz de comenzar a explicarse.

—Señor, puesto que ya conocéis la mayor parte de mis cuitas, no os ocultaré esta. Así que, si os place, leed esta carta y conoced la causa de mi aflicción. 

El mensaje comunicaba la muerte de su hermano, que le dejaba en herencia todos sus bienes. Pero su padre estaba más decidido que nunca a casarla con un pretendiente que ella detestaba, para lo cual ambos se disponían a viajar a Londres, donde sabían que se encontraba. 

Para protegerla, su amante la invitó a vivir con él. Mary y su doncella, que era su cómplice, se trasladaron a sus aposentos al día siguiente, pero no con intención de quedarse. Ambas se acostaron vestidas y antes de que amaneciera se apoderaron de cuanto encontraron de valor y emprendieron la huida.

Durante los siguientes diez años utilizó métodos parecidos para defraudar a varios hombres, a menudo con ayuda de su doncella. Algunos de ellos se sentían demasiado avergonzados para denunciarla, pues significaba reconocer que habían sido engañados como tontos. Otras veces fue acusada de robo, pero permaneció poco tiempo en prisión.

Una vez fue arrestada por robar una jarra de plata. La condenaron a ser deportada a Jamaica, aunque al cabo de dos años se escapó y regresó a Londres con la renovada pretensión de ser una rica heredera. Esta vez se casó con un boticario en Westminster, pero, como no se había reformado, lo abandonó tras robarle el dinero.


En diciembre de 1672 fue capturada al ser reconocida por uno de los hombres a los que había robado, un cervecero de Southwark. Al mes siguiente era juzgada y, puesto que había abandonado Jamaica sin permiso, fue condenada a muerte. 

El 22 de enero de 1673, día de la ejecución, apareció radiante, incluso alegre. Al ver a un caballero que había ido a visitarla y con el que había conversado, se volvió hacia él y le dijo en francés:

—Mon ami, le bon Dieu vous benisse.

Después, ya en el cadalso, dirigió unas palabras a la multitud antes de ser colgada hasta morir.

Su cuerpo fue introducido en un ataúd para ser enterrado en el cementerio de St Martin, donde una vez un bromista se detuvo a dejar esta inscripción, un juego de palabras con la palabra “lie”, que tiene el doble significado de “yacer” y “mentir”:

The German princess here, against her will,
Lies underneath, and yet oh, strange! lies still.

(La princesa alemana, contra su voluntad, yace aquí enterrada, y sin embargo, oh, cosa extraña, yace inmóvil/sigue mintiendo.)