sábado, 9 de septiembre de 2017

Enrique IV, "el Buen Amigo de los Rocheleses"

Enrique IV de Francia

Enrique de Navarra nunca dejaba de perseguir mujeres, ni siquiera cuando se ocupaba de los asuntos más importantes. Entre sus numerosas amantes, encontramos a varias en La Rochelle. Cosa curiosa, porque la villa, centro comercial y financiero de primer orden, era abiertamente hugonote y predicaba un rigor moral que no se correspondía con las estadísticas amatorias de Enrique. Su comportamiento era sumamente escandaloso a ojos de aquellos protestantes que tanto velaban por la práctica de la virtud, pero ni eso ni los bruscos giros religiosos del soberano, que tanto les desagradaban, fueron obstáculo para que ganara el título de “El Buen Amigo de los Rocheleses”. 

La relación entre él y la villa fue tornadiza: a veces amistosa, a veces apasionada y con frecuencia difícil. No le perdonaban que hubiera participado en el sitio de La Rochelle tras la masacre de San Bartolomé, y veían como una traición el edicto de Nantes de 1598, que instauraba la libertad de culto y conllevaba, por tanto, que se volviera a oficiar la misa católica en las ciudades protestantes. 

Tras una primera estancia en 1558, a los 15 años se instala en La Rochelle, pues su madre, la reina Juana de Navarra, fijó allí su corte durante unos cuatro años. Sus habitantes se sentían muy honrados de acoger a Juana, protestante como ellos y cuyo padre, Enrique de Albret, había sido gobernador de la villa en 1528, dos años antes de alcanzar la corona.

Enrique de Albret

Entre las numerosas conquistas que hizo allí el por entonces príncipe de Navarra, tres nombres han quedado registrados en las viejas crónicas. El primero es el de Suzanne des Moulins, esposa de Pierre des Martines, profesor de filosofía. De esta unión nació un hijo que no sobrevivió.

Si con la primera amante había guardado discreción, en adelante dejó de ocultarse, para gran escándalo de los rocheleses. Ningún recato había ya cuando conoció a Madame de Sponde, y menos aún con Esther de Boyslambert, llamada “la Bella Rochelesa”, que el 7 de agosto de 1587 daba a luz un hijo del rey. El niño, Gédéon, sólo vivió poco más de un año. Para entonces los ánimos estaban tan enconados que Enrique, la víspera de la batalla de Coutras, tuvo que aceptar la exigencia de confesar públicamente sus faltas delante de las tropas. Y es que tenía que hacerse perdonar, pues La Rochelle, rica y capitalista, era un punto de apoyo indispensable para alcanzar el poder. A sus habitantes tuvo que recurrir con frecuencia para financiar el Estado y las guerras.

Esther era la mayor de los diez hijos de Catherine Rousseau y de Jacques Imbert, Señor de Boyslambert, un abogado al que Michelet describe como “un honorable magistrado protestante de La Rochelle”. Pero el honorable magistrado se mostró tan complaciente a la hora de entregar a su joven hija al rey que su docilidad fue recompensada largamente con títulos y honores. Tampoco olvidó Enrique recompensar a Esther con una pensión poco después del nacimiento del niño, para cuyo bienestar hizo provisiones. 

Durante su escaso tiempo de vida Gédéon recibió el título de Monsieur, que era el que llevaba habitualmente el hermano mayor del rey de Francia —el mismo título daría a César, duque de Vendôme, el bastardo nacido de su relación con Gabriela d’Estrées—. Enrique designó para él un aya, una nodriza, una camarera, un valet y un boticario.

Diane d'Andoins

Cuando residía en La Rochelle, el rey tenía la costumbre de alquilar a un precio muy elevado un palacio que recibía el nombre de Hôtel d’Huré. En él convivía abiertamente con Esther y con su hijo. No es que la bella rochelesa tuviera en exclusiva los afectos del monarca, pues en aquel tiempo Enrique también tenía por amante a Diane d’Andoins, la Bella Corisande, a la cual escribía lo siguiente mientras tanto:

“Creedme que mi fidelidad es total e inmaculada, como nunca hubo otra igual. Si eso os contenta, yo viviré feliz.”

Curiosamente, a finales de 1588 le dirige otra carta que casa muy mal con las anteriores y que debió de desconcertar mucho a Diane, pues procrear bastardos con otras mujeres no era, seguramente, lo que ella entendía por “fidelidad total e inmaculada”:

“Estoy muy afligido por la muerte de mi pequeño, que falleció ayer. Estaba empezando a hablar.”

No es de extrañar que la dama se dedicara a escribir notas sarcásticas en las cartas que recibía de él, como el ejemplo que se encontrará en este enlace:


En abril de 1589, tras la muerte de Catalina de Médicis, hubo una reconciliación entre el rey de Navarra y su cuñado, Enrique III de Francia en Plessis-les-Tours. Parece que Esther y su padre abandonaron La Rochelle para seguirlo, pues se conserva una nota en la que consta un pago de 200 coronas hecho a Esther Imbert, por expresa orden del rey, para sus gastos y los de su séquito, y para la compra de todo lo necesario para el viaje.


Poco después el asesinato de Enrique III elevaba al de Navarra al trono de Francia. Pero en 1592 aún no había logrado ser coronado o hacer su entrada en París, que permanecía en manos de la Liga a pesar del largo asedio. Enrique IV había establecido su cuartel general de Saint-Denis cuando, según Michelet, la desdichada Esther, que no había podido casarse y estaba arruinada por la guerra, acudió a pedir sustento. Pero para entonces el rey había comenzado su relación con Gabriela y cuenta la leyenda que, por temor a incurrir en su desagrado, le negó el socorro a su antigua amante.

Esther murió poco después, hacia 1593, aunque las versiones acerca de su muerte difieren. Dos cronistas afirman que Gabriela d’Estrées la hizo envenenar cuando la bella rochelesa, hacia la que Enrique habría vuelto de nuevo sus ojos, estaba a punto de seguirlo hasta Borgoña. Ambos sitúan la fecha en el 14 de julio de 1592, pero no resulta un relato verosímil. Otros afirman que murió en la miseria, olvidada del rey, y que su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Tampoco es cierto, pues se sabe que recibía anualmente una pensión.

Su epitafio dice así:

Aquí yace una Esther que era de La Rochelle
Que quiso arriesgar su reputación
Por complacer a un gran rey de nuestra nación
Permitiéndole disfrutar de su belleza carnal
Ella fue su concubina fiel.


9 comentarios:

  1. Pues este rey del que todos parecen hablar tan bien, en sus tratos con las mujeres, amantes suyas, no parece que fuera en exceso caballeroso. Si acaso, no mejor de lo que Luis XIV o Luis XV, de los que tanto se ha hablado en relación con sus queridas amantes, a las que por lo que recuerdo trataba con cierta considerarión, más de la que "la bella Esther" a juzgar por su epitafio creyó recibir.
    Beso su mano.

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    1. Sí, Enrique era un poco más basto, más Borbón auténtico sin mezcla de Austria. Un bearnés.

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. Además de picaflor, Enriquito andaba mal de la memoria. O era, lo que se dice coloquialmente, un "cachondo mental" por dárselas de puro y casto con el currículum que tenía el gachó. Parece que esto de los reyes rijosillos ha estado de moda muy a menudo.
    Un abrazo, Montse.

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    1. Y sin embargo su hijo fue todo lo contrario. No había manera. Si es que no tenían término medio.

      Feliz tarde

      Bisous

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  3. Es asombroso que Enrique tuvira tiempo para tantos devaneos amorosos. Hay que ver cuánto les cundía el día.
    Y qué triste para Esther la muerte de su hijo y la pérdida del amor de su amante.

    Biosus y pase usted una buena tarde.

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    1. Sí que les cundía, y eso que no tenían ordenadores para agilizarles las tareas. Supongo que dedicaban a sus devaneos las horas que actualmente la gente pierde en Twitter.

      Feliz tarde

      Bisous

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  4. ¡Vaya con este Henri IV y su harén, más parece un Sultán Otomano! :-)

    Bisous, MMe

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  5. El rey no se cortaba con nada Madame. Donde pongo el ojo pongo...sin miramientos.

    La Rochelle...El nombre de la ciudad me recordó al de un program de humor que había en Venezuela: La Rochela...mire si fue de estos devaneo del rey de donde sacaron el nombre...

    Besos

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  6. La actitud de este Enrique me recuerda mucho a la de un tocayo suyo que vivió cincuenta años antes en Inglaterra, con la salvedad de que éste no cometía el error de casarse con sus amantes...
    Un beso

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)