sábado, 12 de noviembre de 2016

La mujer ante la ley de Roma


En torno al siglo III a.C. hubo en Roma infinidad de procesos en los que se acusaba a mujeres de comportamiento impúdico. Entre ellos, dos alcanzaron gran repercusión. El primero tuvo lugar en el 295 a. C., cuando, según el relato de Livio, varias matronas fueron acusadas de mantener relaciones sexuales ilícitas. La condena consistió en el pago de una multa con la que se erigió un templo a Venus Obsequens para aplacar la ira de los dioses.

Otra divinidad que intervenía en las desavenencias conyugales era Viriplaca, “la que aplaca a los hombres”. Según nos cuenta Valerio Máximo, “cada vez que marido y mujer discutían, iban al pequeño santuario de la diosa Viriplaca en el Palatino, y allí, después de decirse lo que querían, deponían su enojo y volvían a casa reconciliados. Se dice que esta diosa debe su nombre a que consigue calmar a los maridos. Era objeto de gran veneración como guardiana de la paz doméstica, y tal vez también obsequiada con los mejores y más exquisitos sacrificios, ya que con su advocación expresa, sin pretender herir la igualdad del mutuo amor, el respeto que las mujeres han de tributar a sus maridos”.

A veces también se veneraba su estatua en el interior de las casas, cuando la desavenencia no era de tal envergadura que requiriera desplazarse hasta el Palatino. Sin embargo, la diosa fue perdiendo importancia con el transcurso del tiempo, y a finales de la República los divorcios aumentaron considerablemente.

El segundo gran proceso por la misma causa fue en el 213 a. C., también contra varias matronas. En esta ocasión la pena fue más severa y hubieron de partir al exilio.


Ambos fueron celebrados por los ediles curules, que eran los magistrados con competencia sobre los burdeles. Sin embargo, no se trataba de casos de prostitución, que no estaba perseguida por la ley penal, sino de comportamientos excesivamente licenciosos para el gusto romano, y que no habían podido ser corregidos. Es posible, incluso, que muchas de esas mujeres vivieran solas, sin el control de unos familiares, puesto que era potestad del marido y del padre matar a la mujer casada que hubiese cometido adulterio, sin necesidad de juzgarlas, siempre que el crimen tuviese lugar en un arrebato inmediato. Augusto añadió el adulterio a la lista de delitos que debían ser juzgados por tribunales públicos, restringiendo severamente el derecho de los parientes varones a castigarlo. Los emperadores posteriores no siempre iban a respetar esta decisión: Tiberio dejó el castigo de Apuleia Varilla en manos de su familia.

Es posible que la diferencia en el rigor con el que fueron tratadas las mujeres en ambos procesos se debiera a que en el primer caso las matronas acababan de participar en la fiesta Vinalia Rustica, un festival de la vendimia celebrado el 19 de agosto en honor precisamente de Venus Obsequens, y esto se consideraría una atenuante. Venus era precisamente la patrona del vino destinado al consumo humano, mientras que Júpiter era la divinidad del destinado a los sacrificios, así como de las condiciones climatológicas de las que dependía una buena cosecha. Prostitutas y no prostitutas se daban cita en el santuario de Venus Erycina, probablemente en ceremonias separadas en aras de la decencia, para ofrecer a la diosa incienso y manojos de rosas en los que ocultaban mirto, menta y juncos, a cambio de lo cual solicitaban belleza y encanto.


En el segundo de los procesos, y aunque parezca sorprendente, el motivo de la intervención de los magistrados podría radicar en el peligro cartaginés, puesto que los romanos solían atribuir las desgracias y catástrofes a la inmoralidad femenina. Creían que los dioses les enviaban señales que se manifestaban mediante acontecimientos inexplicables o prodigia, para que, al verlos, pudieran buscar a los culpables y castigarlos. En aquel tiempo había llovido tierra en muchos lugares, un rayo había fulminado a unos cuantos de sus soldados y unos años antes habían muerto muchos sacerdotes que ocupaban cargos públicos, todo lo cual se interpretaba como avisos de la divinidad. Consultados los libros sibilinos, la acusación recayó sobre las matronas de comportamiento licencioso.

En el 337 a. C., Minucia, la primera vestal plebeya, fue hallada culpable de adulterio y condenada, como era la tradición, a ser enterrada viva. Y en tiempos del emperador Domiciano hubo dos procesos a vestales. 


Las mujeres también podían cometer delitos de traición a la patria, por los que merecían la condena a muerte basándose en la tradición que contaba cómo la vestal Tarpeya había traicionado a Roma abriendo las puertas al enemigo. Como castigo, Tarpeya fue arrojada al vacío desde la roca que aún lleva su nombre. Pero no parece que hubiera otros casos de traición femenina más allá de aquellos legendarios de Tarpeya y de Horacia.

El homicidio, en cambio, se trataba de un delito que las mujeres cometían con frecuencia, y en especial mediante el recurso al veneno. En el año 331 a. C. hubo un proceso en el que se condenó a 160 mujeres por envenenadoras, nada en comparación con otro que tuvo lugar en el 180 a.C. y que terminó con más de dos mil condenadas. 

Parece imposible que más de dos mil mujeres de Roma fueran culpables al mismo tiempo, pero para hombres como Catón, todas las mujeres son adúlteras y “no existe en Roma una adúltera que no sea envenenadora”. 

Lo cierto es que, desde la más remota antigüedad, eran ellas quienes recolectaban y aprendían las propiedades de las hierbas, con las que preparaban medicinas destinadas a curar fundamentalmente enfermedades de tipo ginecológico. Macrobio nos habla de una farmacia dentro del templo de la diosa Bona Dea donde se guardaban las hierbas de las que se servían las sacerdotisas para la elaboración de los medicamentos. Estos conocimientos eran útiles para provocar un aborto sin conocimiento del marido, algo castigado con el repudio, pero también podían emplear las propiedades de las hierbas para fabricar venenos o filtros de amor, dado que creían en las prácticas mágicas. Era suficiente para sembrar el recelo en los hombres, que siempre sospechaban de ellas. 

Pero a veces resultaban condenadas por haber intentado poner freno a una epidemia distribuyendo productos que consideraban eficaces. En esta ocasión se había declarado una de esas plagas que se propagó por toda Roma, causando la muerte de muchos personajes ilustres. La investigación concluyó que las más de dos mil mujeres habían envenenado a sus parientes masculinos bajo la influencia de los rituales del culto a Baco, en los que se entregaban al desenfreno.

Los romanos no veían bien que las mujeres bebieran vino si no era por prescripción médica. La sociedad no se volvió más tolerante al respecto hasta el siglo II a. C. Con anterioridad, la ley decía que si una mujer bebía vino en casa, debía ser castigada como una adúltera. Solo les permitían beberlo cocido, muy ligero, o condimentado y mezclado. Valerio Máximo nos cuenta el caso de un romano que mató a palos a su mujer a la que sorprendió bebiendo, una actitud que se encontró perfectamente comprensible. Un marido, en efecto, podía matar a la esposa o divorciarse de ella si descubría que bebía vino. Para asegurarse de que no lo había hecho, la besaba en la boca. La prohibición era tan tajante que las mujeres ni siquiera podían guardar las llaves de la bodega, y hacerlo también podía acarrear la muerte. 

A la hora de aplicar la pena capital, en teoría apenas había diferencias entre hombres y mujeres, excepto si la mujer estaba embarazada, pues en ese caso se aplazaba la ejecución hasta después del parto; pero en la práctica rara vez se las ejecutaba en público. Una posibilidad era dejarlas morir por hambre, y otra era el estrangulamiento, aunque no en la prisión, sino en sus casas y a manos de sus familiares, a los que eran entregadas. Tal suerte corrieron en el año 150 Publilia y Licinia, acusadas de haber envenenado a sus maridos, ambos cónsules. Lo habitual era que solo se las ajusticiara en público si no había un familiar idóneo para llevar a cabo la tarea. Pero en el caso de las vírgenes culpables de algún delito, la ley no permitía el estrangulamiento, por lo que, según Suetonio, el emperador Tiberio hacía que el verdugo las violase antes de estrangularlas.


Para los varones, en cambio, la forma de morir dependía del delito. Si mataban a un patricio o al propio padre, eran arrojados al río, con los ojos vendados por ser indignos de ver la luz, y metidos en un saco. Previamente eran azotados en el campo de Marte, lugar al que eran arrastrados entre la plebe, con una capucha de piel de lobo y zuecos de madera, mientras recibían el impacto del estiércol que el populacho arrojaba a su paso. Meter a un hombre en un saco simbolizaba que se le hacía regresar al seno materno, como si nunca hubiera nacido. En un principio se introducía solo al prisionero, pero más adelante metían con él una serpiente, a la que se llegó a añadir un mono, un perro y un gallo.

La crucifixión se aplicaba a los esclavos, y por eso Séneca la llamaba supplicium servile. Más tarde se extendió a libertos, rebeldes, piratas y enemigos y criminales especialmente odiados. Una mujer podía morir en la cruz igual que un hombre, y también igual que ellos debía desnudarse por completo. Por eso se consideraba la forma más humillante de morir, y una pena no aplicable a un ciudadano romano.



(Todas las imágenes están en dominio público, y proceden de mi propia cuenta de pinterest: https://es.pinterest.com/dianademeridor/)

18 comentarios:

  1. Muy refinados estos romanos en el arte de dar muerte a los que se saltaban las normas. Y muy machistas.
    Un saludo, madame.

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    1. Sí, para llegar a pergeñar lo del saco, elección de animales incluida, hay que ser retorcido de narices.

      Buenas noches.

      Bisous

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  2. Pues después de leer esto, uno piensa si aquella civilización era tan civilizada. Aunque al menos, eso sí, tenían una diosa, Viriplaca, ex profeso para resolver los conflictos matrimoniales.
    Beso su mano.

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    1. Sí, que escuchaba sin decir nada. Lo que tendría que oír la pobre Viriplaca.

      Feliz domingo.

      Bisous

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  3. Hola Madame:
    Lo del saco me llama la atención, sobretodo que un gallo lo metieran ahí...Quien sabe que pasaba ñor la cabeza de quien decidió esto de los animales, que culpa seguro no tenían.

    Viriplaca...Voy a buscar imágenes de ella en la red...

    Besos

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    1. Cada uno de los animales representaba una cosa, igual que el saco. No los habían elegido al azar. Pero sí, al pobre animal también le tocaba pagar la culpa que no tenía.

      Feliz domingo

      Bisous

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  4. Que barbaridad, estos romanos de antes del cristianismo, pasaban más tiempo vengándose o lavando honor en vez de dedicarlo a vivir en armonía o por lo menos con otros métodos.En fin, que nunca se acaba de entender la especie humana.


    -A tiberio, le tendrían que haber juzgado por indecente en vez de reírle las gracias.En fin , de refinados rian de rian, eran unos brutos con un sinfín de inseguridades con respecto a la mujer:ya que tener que juzgar a dos mil a la vez por envenenadoras ya se tiene que ser malintencionado como decía Catón que todas eran adúlteras y es que si nos toca en suerte un bruto ya te puedes meter en una tinaja que siempre ven delito el que quiere buscarlo...

    Feliz domingo bisous.

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    1. Al menos a ellos los excusa el tiempo: vivieron hace dos mil años. Pero cosas similares siguen ocurriendo en otros lugares ante el silencio cómplice del resto del mundo.

      Feliz domingo

      Bisous

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  5. Con entradas como la presente, una se alegra en esta tarde de domingo. Y no por leer la ristra de atrocidades romanas, sino por vivir hoy y aquí. Este tiempo, a pesar de todas las injusticias y maldades, ni punto de comparación con la antigüedad.
    Bisous y buenas tardes

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    1. Dígaselo usted a las víctimas de la violencia de género, a las del terrorismo y un largo etc. Una delicia, nuestros tiempos, sí. Yo a veces miro a mi alrededor y pienso que hasta hubiera sido mejor ser patricia. A muchas también les iba genial. Seguro que se alegraban mucho de vivir allí y entonces.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  6. Ese párrafo razonando el asesinato de la mujer adúltera por los hombres de la familia siempre que sea “en un arrebato”, es antológico. Dará igual que hayan pasado veintitantos siglos. De Catón a Otelo y a Jomeini, y hoy mismo en zonas donde sople el viento llamado “Efecto Foehn”, sigue habiendo culturas donde si el hombre mata a su pareja, siempre podrá alegar el consabido arrebato que lo lleva a proteger su honor y el de la sociedad.
    Abrazo, madame.

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    1. Efectivamente. Y en otros lugares, aunque la ley proteja a la mujer en ese aspecto, aún tienen que pasar más siglos para cambiar ciertas mentalidades que en su fuero interno (o incluso externo) lo justifican.

      Feliz tarde

      Bisous

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  7. Montserrat, no hace ni una hora que he recogido el libro tan buscado y deseado, por fin tengo "La leyenda del enmascarado". Ahora me queda lo mejor: disfrutarlo.- MUCHAS GRACIAS.

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    1. Ay, qué sorpresa!
      Muchas gracias a usted. Espero que la lectura sea de su agrado y se divierta en aquel Languedoc medieval.

      Feliz lunes

      Bisous

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  8. Parece que no ha pasado el tiempo, si por los castigos o penas que se imponen, pero no tanto por los asesinatos y violencia que se comete contra las mujeres.
    Por lo que se ve, los romanos tenían todo reflejado y legislado.
    Feliz semana.
    Bisous.

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    1. Menos mal que ya podemos brindar en Año Nuevo, y sin tener que morir por ello.

      Buenas noches.

      Bisous

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  9. Estos conceptos tan misóginos que nos parecen retrógrados y propios de personas incivilizadas, se están poniendo tristemente de moda de nuevo. Sólo hay lo que piensa Trump de las mujeres y nos daremos cuenta de ello.
    Un beso

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    1. Sí, parece que hemos tocado techo y vamos hacia una regresión. Qué lástima.

      Feliz tarde

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)