domingo, 2 de octubre de 2016

Vespasiano más de cerca


Vespasiano fue el primero de los tres emperadores de la dinastía Flavia. Alcanzó el trono en el año 69, después del caótico interregno que siguió a la muerte de Nerón. Este había sido sucedido por Galba, que, impopular por su avaricia, al cabo de tres meses fue decapitado en el foro. Según Plutarco, el emperador ofreció el cuello a sus asesinos y exclamó:

—Matadme, si de ello depende el bien de Roma.

Se proclamó entonces a Otón, un banquero célebre por sus excesos y extravagancias que, de creer a Suetonio, “Se dice que era pequeño, con pies contrahechos y piernas torcidas. Era cuidadoso de su traje, casi tanto como una mujer; se hacía depilar todo el cuerpo y llevaba en la cabeza, casi calva, cabellos postizos, fijados y arreglados con tanto arte que nadie lo notaba. Se afeitaba diariamente con sumo cuidado y se frotaba con pan mojado, costumbre que había adquirido desde la edad de la pubertad, al objeto de no tener nunca barba”.

La noticia de la proclamación hace que se subleven las tropas de Aulo Vitelio destacadas en Germania y las de Vespasiano en Egipto. Enfrentado Otón al ejército de Vitelio con desastrosos resultados para él, dirigió a los suyos un discurso que constituía en realidad una despedida:

—Es mucho más justo morir uno por todos que todos por uno —dijo, y a continuación se retiró a su tienda y se suicidó clavándose una daga en el corazón. 

Muchos de sus soldados decidieron seguirlo también en la muerte, arrojándose a una hoguera.


Vitelio, tras la victoria, y al ver que los soldados no soportaban el hedor de tantos cadáveres como yacían apilados sobre el campo de batalla, exclamó:

—El cadáver de un enemigo siempre huele bien, y más aún si es el de un conciudadano.

A continuación se proclamó emperador, pero se confió y se dedicó a disfrutar de la victoria en lugar de ir al encuentro de las tropas de Vespasiano, que desembarcaban poco después. Fue la sangrienta batalla de Cremona la que decidió el destino de ambos. Triunfó Vespasiano y siguió una matanza en Roma. Tácito cuenta que la gente se asomaba a las ventanas y subía a los tejados para presenciar la carnicería, haciendo incluso apuestas como si se tratara de una competición deportiva. Los combatientes aprovechaban para saquear las tiendas y prenderles fuego. Vitelio fue descubierto en su escondite y arrastrado desnudo por la ciudad con una soga al cuello. A su paso le lanzaban excrementos y lo torturaban hasta terminar por arrojarlo al río.

El vencedor, Vespasiano, ya había cumplido 60 años cuando subió al trono, aunque mantenía toda su vitalidad. De origen sabino, había nacido en Rieti, en el seno de una familia de la pequeña burguesía, pero la carrera militar le abrió muchas puertas. Seguramente sus orígenes humildes le salvaron de Nerón, que no vio en él un peligro. 

Detestaba a los aristócratas y nunca deseó hacerse pasar por uno de ellos. Una vez que un adulador acudió a decirle que había indagado acerca de sus orígenes y que descubrió que se remontaban a Hércules, Vespasiano estalló en sonoras carcajadas ante lo ridículo de la pretensión. Sin embargo, se encargó de enviar agentes por todo el Imperio para difundir las historias sobre su divinidad que se habían originado en Egipto, pues lo consideraba una buena propaganda.


No soportaba las sofisticaciones, y cuando recibía a algún dignatario, tocaba su túnica para comprobar la calidad, y la olisqueaba para saber si llevaba agua de Colonia.

Bajo su mandato comenzó la construcción del Coliseo y del templo de la Paz. Reformó eficazmente la administración de justicia, nombrando nuevos jueces para reducir el número de pleitos, además de extender el derecho latino a muchos lugares del Imperio, entre ellos Hispania, lo que significaba la adquisición de nuevos derechos para sus habitantes, que ahora podían incluso ser senadores. Se encargó de restituir cuanto se había arrebatado por fuerza durante las guerras civiles, y reorganizó el ejército y las finanzas, vendiendo a precio muy alto los cargos públicos.

—De cualquier manera, todos son ladrones —decía—, y, en cierto modo, fomentamos que lo sean. Mejor es que vayan restituyendo al Estado un poco de lo que roban.

Reestructuró las órdenes senatorial y ecuestre, para lo cual alejó del poder a sus rivales y puso en sus puestos a sus partidarios. Aunque no fue precisamente derrochador, no le importaba hacer grandes gastos para representar obras de teatro con mucha frecuencia. Fue mecenas de las artes, pagando pensiones y agasajando a filósofos y poetas, pero ejerció la censura sobre cuanto se escribía, para asegurarse de que no se publicaría nada que le perjudicara. 

Siempre necesitado de fondos para acometer sus empresas de reforma y sanear las finanzas públicas, admitía sobornos, confió el fisco a los funcionarios más rapaces y los envió por todas las provincias del Imperio. Nunca se habían recaudado los impuestos con tanta eficacia y puntualidad, ni de modo más despiadado.


Tuvo dos hijos de su matrimonio con Domitila la Mayor: Tito y Domiciano, y desde el principio asoció a ambos al trono. Cuando su hijo Tito, mucho más escrupuloso que él, formulaba alguna protesta, el emperador respondía:

—Yo hago de sacerdote en un templo. Con los bandidos, hago el bandido.

Cuando decidió gravar la orina que se vertía diariamente en las letrinas de Roma y se recogía en la Cloaca Máxima, de nuevo surgieron las objeciones de Tito, al que repugnaba que su padre sacara dinero de las letrinas. Vespasiano le puso un sestercio bajo la nariz y le preguntó:

—¿Te molesta su olor?

Como recibió una negativa por respuesta, añadió:

—Y sin embargo, procede de la orina. El dinero no huele.

En Judea había estallado una revolución, y la resistencia fue numantina. Según Tácito, perecieron 600.000 hebreos. Tito mandó prender fuego a la ciudad, y algunos de los supervivientes optaron por el suicidio, mientras otros eran vendidos como esclavos y los más afortunados lograban huir. Vespasiano, orgulloso de su hijo, le dispensó un triunfo, en cuyo recuerdo iba a ser construido el arco que lleva su nombre. 


El emperador veía con profundo disgusto el rumbo que había tomado la relación que Tito mantenía con una hermosa princesa hebrea, Berenice, hija de Herodes Agripa y once años mayor que él. Ambos convivían en palacio como si fueran marido y mujer. Su presencia no hubiera preocupado tanto a Vespasiano de no ser porque, lejos de conformarse con retenerla a su lado como amante, el joven pretendía desposarla. El emperador había enviudado antes de alcanzar el trono y después convivió con su amante Cenis, pero no perdió la cabeza convirtiendo a su concubina en emperatriz, y no comprendía el empeño de su hijo. Al pueblo tampoco le gustaba Berenice, de modo que finalmente Tito cedió a las presiones y la alejó de Roma.

Vespasiano fue víctima de múltiples conspiraciones para derrocarlo, pero a todas sobrevivió. Solo una enfermedad fue capaz de acabar con él. El emperador solía pasar sus vacaciones en su villa junto a Rieti. Allí se encontraba con sus amigos de juventud, cazaba liebres, jugaba a los dados y comía habichuelas con corteza de tocino. Un día, después de diez años de reinado, se encontraba en Rieti cuando sufrió una inflamación intestinal que le produjo fuertes cólicos y diarrea aguda. Presintiendo que vivía sus últimos momentos, dio muestra incluso en ese trance de su ácido sentido del humor al exclamar: “Vae, puto deus fio!” (¡Ay!, creo que me estoy convirtiendo en un dios), puesto que era costumbre en Roma divinizar a los emperadores cuando morían.

Al cabo de tres días de sufrimiento, extenuado y agonizante, aún tuvo fuerzas para pedir que lo levantaran de la cama. Cuantos lo rodeaban lo contemplaban asustados, pero él, riéndose, farfulló:

—Ya sé, ya sé… Pero, ¿qué queréis que haga? ¡Un emperador debe morir de pie!

Y así falleció, el 23 de junio del año 79, aquel emperador burgués que, en palabras de Indro Montanelli, “no pretendió reformar a la Humanidad y abolir sus vicios, sino solamente mantenerla en su sede”.


6 comentarios:

  1. Era un pragmático, conocía la naturaleza del poder y supo aprovechar las debilidades ajenas para gobernar con eficacia.
    No dejó una mala herencia, tuvo claro que el poder ha de ejercerse con autoridad y sentido común.

    Bisous y buena tarde de domingo.

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  2. Buen conocedor de las flaquezas humanas.
    Hasta los emperadores que se consideran dioses hacen caca y se mueren. Es el destino de los pobres mortales.
    Un saludo, Madame.

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  3. No dejó el mal recuerdo que sí dejaría su segundo hijo Domiciano, del que ni rastro quedó por una damnatio memoriae sobre él.
    Aunque moderna, hay una estatua suya en Castrourdiales, pues Vespasiano la fundó.
    Beso su mano.

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  4. Hola Madame:
    Supo sacar partido de todo, sin miedo alguno. Genial pensamiento ese de todo son ladrones y que devuelvan algo de lo robado al estado.

    Besos

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  5. Como todos los endiosados se cuidó muy bien de seleccionar a sus historiadores, para que lo enaltecieran con sus mejores virtudes, si es que como humano las tenía...?.-Pero si, que sabía sacarle partido a todo y como bien decía:entre ladrones anda el juego...

    Feliz día bisous

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  6. vaya perlita recaudadora. me ha hecho gracia lo de emperador burgués.
    que tenga buen día, madame!

    bisous!

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)