miércoles, 26 de octubre de 2016

Los romanos y las joyas


Lo que los romanos llamaban ornamenta muliebria consistía en una serie de adornos femeninos, básicamente brazaletes, collares, anillos, pendientes, broches y horquillas. A veces las joyas con las que se cubrían las romanas eran tan desmesuradas que, según Plinio, Lollia Paulina, esposa de Calígula, en una ocasión normal podía llevar encima adornos por un valor de 40 millones de sestercios. Y no hacía falta ser la esposa de un emperador para recargarse de asombrosas cantidades de costosas joyas. Las señoras apreciaban especialmente las perlas y las esmeraldas, aunque no los diamantes, pues aún no se había descubierto el modo de tallarlos y pulirlos. 

Lo primero que hacía una matrona cada mañana era ocuparse de su aseo y su atuendo. Después de peinarse y maquillarse, se ponían las joyas con ayuda de esclavas llamadas ornatrices. Utilizaban horquillas que podían tener cabezas redondas o angulares, o con ojos para sujetar los cordones de perlas. Eran populares las que tenían forma de manos humanas. 

El cuello y el pecho se adornaban con collares o cadenas de oro, con perlas y joyas imitando objetos cotidianos: tijeras, anclas, llaves, pinzas o martillos pendían como colgantes. Se han encontrado en Pompeya muchos con cuentas de cristal de esmeralda, algunos con los llamados nudos de Hércules entre las cuentas, también conocidos como nudos de matrimonio, y que eran amuletos. 


Otras cadenas se enrollaban varias veces alrededor del cuello y caían por el pecho sujetando un amuleto de forma redonda que protegía contra la enfermedad y el mal de ojo. Los hombres llevaban la llamada bulla, inicialmente reservada a los hijos de familias nobles hasta la renuncia de la toga praetexta, según una vieja costumbre etrusca, pero extendida después a los hijos legítimos de los libertos. Cuando el niño alcanzaba la edad adulta, abandonaba la bulla junto con sus viejas vestimentas. Pero, por extensión, se llegó a llamar bulla a cualquier objeto parecido. En un periodo posterior las personas adultas, especialmente los generales victoriosos en sus triunfos, solían llevar una bulla protectora.

Los brazaletes tenían frecuentemente forma de serpiente enroscada, símbolo de inmortalidad, o eran simples aros o hilos de oro trenzados. En las tumbas se han encontrado algunos hechos de bronce o metales preciosos. Los etruscos los habían usado como adornos masculinos, y en tiempos del Imperio se les daba brazaletes a los hombres como recompensa por su valor.

Las romanas también llevaban pendientes. Había perlas y joyas sujetas a la oreja mediante ganchos de hilo de oro. Los crotalia eran una variedad que se componía de varios colgantes suspendidos de una barra horizontal. Su nombre deriva del sonido que hacían las perlas al entrechochar. Como no todas las mujeres podían permitirse llevarlos, para una romana eran símbolo de status, pues ese tintineo característico delataba su elevada posición. 

“Dos perlas, una al lado de la otra con una tercera en la parte superior, ahora se llevan en un solo pendiente. Las tontas extravagantes creen probablemente que sus maridos no están lo suficientemente molestos si ellas no llevan colgadas de sus orejas dos o tres herencias”. (Séneca)


Otra moda consistía en llevar como pendiente una única perla grande. Las perlas blancas alcanzaban precios elevadísimos. César regaló a la madre de Marco Bruto una que le había costado seis millones de sestercios (unos 9 millones de euros), y la que bebió Cleopatra disuelta en vinagre valía 5 millones de sestercios. Solían combinarse con lapislázuli, jaspe o cornalina.

Las matronas también gustaban de esmeraldas y amatistas, especialmente por las cualidades que se les atribuían. Se creía que las perlas atraían la felicidad, mientras que las esmeraldas las hacían fértiles.

El precio de los pesados pendientes solía ser tan elevado, que Petronio, en el Satiricón, hace decir a Habinas:

—Si tengo una hija, haré que le corten las orejas.

Se apreciaba mucho el ámbar. Incluso establecieron una ruta para su transporte desde Gdansk. Durante el reinado de Nerón trajeron tuvo lugar una expedición que regresó con tanto ámbar que se decía que era suficiente para construir un estadio. Hacia el final del Imperio, además, llegaban de Oriente zafiros y topacios.

Las romanas únicamente no usaban muchas diademas, aunque se han encontrado algunas que siguen la moda helenística.


Los anillos adornados con joyas y camafeos también alcanzaban un alto valor. Según costumbre heredada de los etruscos, se llevaba en la mano derecha un sello de hierro, algo que las familias antiguas continuaron respetando incluso después de la introducción de anillos de oro. Al principio solo los embajadores enviados al extranjero podían llevar anillos de oro. Era símbolo de su dignidad, y se les proveía de él con dinero público. Luego se extendió a senadores y magistrados de igual categoría, y más tarde a los caballeros. El privilegio acabó tan extendido que en tiempos de los primeros emperadores se había dado el anillo a tantos libertos que la distinción perdió su valor. Después de Adriano dejó de ser un signo de categoría, y Justiniano se lo otorgaba a todos los ciudadanos nacidos libres y libertos. 

Este annulus aureus se distinguía de otros adornados con piedras o camafeos y que podían llevar hombres y mujeres de todas clases. De hecho, las romanas los usaban con profusión, y, aunque los hombres solían llevar solo uno que servía para sellar con cera caliente, también llegaron a adornarse con varios. Tenían unos pequeños cofres especiales para guardar los anillos. Plinio nos cuenta: “Al principio era costumbre llevar anillos en el dedo anular solamente; después también ocupaban el meñique y el índice; solo el dedo corazón quedaba libre. Algunas personas se ponían todos los anillos en el meñique; otros solo ponían un anillo en él para distinguir que lo utilizaban para sellar”.

Los más adinerados tenían juegos de anillos, más ligeros para el verano y más pesados para el invierno, y se exhibían en sus cofres los camafeos que se traían como botín de guerras en el extranjero. Esta exhibición podía ser privada o pública; por ejemplo, Pompeya colocó una colección de camafeos en el Capitolio como ofrenda votiva, y César ofreció seis colecciones al templo de Venus Genetrix.


Por último, se servían de hebillas y broches para sujetar sobre el brazo derecho la palla de las mujeres y los extremos de la toga masculina. Al principio eran de bronce, más tarde de plata y oro, con frecuencia adornados con joyas y camafeos. Aureliano permitió llevar hebillas de oro en vez de plata, incluso a los soldados rasos. También llegaron a usarse monedas para adornar fíbulas o como colgantes.

En el año 215 a. C., a raíz de la derrota de Roma ante Aníbal, se impuso una forzosa austeridad para tratar de paliar las desastrosas consecuencias económicas. Se votó la Lex Oppia, que debía su nombre al tribuno de la plebe Cayo Oppio, una ley que regulaba los límites a los que debía someterse el atuendo femenino: no se permitía llevar más de media onza de oro en joyas y se prohibían los tintes caros.

Cuando la situación mejoró y desapareció el motivo para tanta restricción, las romanas se echaron a la calle en una gran manifestación que reclamaba sus antiguas libertades. Entraron en el Capitolio, ocupando todas las calles y los accesos al Foro. Fueron llegando mujeres desde otras ciudades para unirse a la protesta, y la rebelión alcanzó tales proporciones que Catón hubo de ceder y derogar la ley.


Adelanto que el sábado 26 de noviembre estaré en SEVILLA para presentar mi novela "La leyenda del enmascarado" en la Fiesta del Libro de Bormujos.



viernes, 21 de octubre de 2016

CASA DE FIERAS


Acaba de salir de imprenta la nueva antología en la que colaboro junto a un importante elenco de autoras contemporáneas que han querido sumarse a este genial proyecto de M.A.R. Editor. Encontraréis también, entre otros nombres de peso en el panorama literario, relatos de:

Lourdes Ortiz, finalista del Premio Planeta 1995.

Elena Marqués, finalista de la última edición del Premio de Novela Fernando Lara.

María Zaragoza, Premio Ateneo Ciudad de Valladolid.

Ángela Hernández Benito, directora de la Casa-Museo Zorrilla de Valladolid.

Olga Mínguez Pastor, ganadora de la última edición del Premio El Espectáculo Teatral

Rosario Martínez, accésit del Premio Poético Blas de Otero.

Este proyecto surgió el pasado abril en una reunión en Madrid de las autoras que participamos en la antología de Mujeres en la historia dedicada a la Ilustración, una obra que tuve el honor de dirigir. Allí, en la biblioteca Pública Eugenio Trías, en el parque de El Retiro, donde en otro tiempo había estado la Casa de Fieras, nuestro editor, Miguel Ángel de Rus, hizo la propuesta, y la acogida no pudo ser mejor. Pronto nos pusimos a la tarea de ofrecer un punto de vista femenino al tópico de la mujer mala. El resultado final no podía llevar otro título que aquel que inspiró la obra: “Casa de Fieras”.

Junto a mis compañeras en la Biblioteca Pública Eugenio Trías, Madrid, ante el cartel de "Casa de Fieras"

“Encontramos relatos de asesinas de ficción, de mujeres frías y despiadadas, algunas reales, pero también de mujeres traviesas, de mujeres que entienden la maldad de un modo muy distinto al habitual, con otra profundidad psicológica, transgresoras del orden social establecido porque consideran que ese orden las subyuga. En estos relatos, tan breves como contundentes, pasaremos del estupor a la risa, del crimen a la venganza tranquila, veremos cómo las mujeres pueden tramar desquites que los hombres ni imaginan y que los objetos sexuales pueden ser ellos.”

Toda la información en:





domingo, 16 de octubre de 2016

"La leyenda del enmascarado" en Conocer al Autor

Firmando en los estudios de grabación de Conocer al Autor, Madrid

Este es uno de los vídeos de presentación de “La leyenda del enmascarado” grabados en los estudios de Conocer al Autor, portal de promoción y difusión de la creación en el ámbito iberoameticano:




“…Pero luego, al llegar la mañana y despertar a su lado, una indeleble impresión de culpa enturbiaba su dicha, se instalaba en su mente como áspera pátina. El recuerdo la atormentaba entonces, amargaba sus placeres, iba horadando su alma con el férreo tesón de la gota de agua al golpear repetidamente sobre la superficie de la roca. Retazos de su pasado se engarzaban en una larga cadena sin resquicios, salmodiaban sus horas con la cadencia monocorde de una letanía infernal.

“Llegó a sentir temor: la asaltaba el pensamiento obsesivo de que él viniera un día desde el mundo de los muertos para reprocharle que prefiriera el lecho de su asesino entre todos aquellos a los que hubiera podido aspirar. Lo imaginaba como si lo tuviera ante sí, lamentándose, sin hallar reposo, maldiciendo su unión, torturando su conciencia… Tenía pesadillas en las que se le aparecía. Podía ver su mirada acusadora, ese azul otrora tan cargado de amor al posarse sobre ella y que ahora se volvía acerado como el brillo de una espada vengadora.

"A veces yacía con los ojos abiertos aguardando el alba, escudriñando las tinieblas, escuchando el bramido estentóreo de su propio terror en el silencio de la noche, olfateando el aire enrarecido en busca de la acre pestilencia de la muerte, temiendo el gélido roce de las ánimas. En tales momentos, cuando el pavor se apoderaba de ella, se espantaba de las sombras que iba creando la luz rosada de la aurora al comenzar a filtrarse en la alcoba; los aullidos de los perros le causaban sobresalto; se estremecía con el suave siseo que producían las faldas de sus servidoras al acercarse, cuando la mañana volvía a traer la actividad al castillo."

Se encontrará también el vídeo con la lectura del fragmento en este enlace:




miércoles, 12 de octubre de 2016

Mujeres pintoras II


Dean Snow, arqueólogo de la Universidad de Pensilvania, estudió las pinturas rupestres de España y Francia, concluyendo que fueron realizadas en buena parte por mujeres. Los artistas apoyaban su mano sobre el muro y espurreaban los pigmentos desde la boca para marcar la silueta. El 75% de las manos en la Cueva del Castillo, una de las que más muestras ofrece, son femeninas. Snow se basó en el trabajo de John Manning, según el cual la longitud relativa de los dedos difiere en hombres y mujeres, y comparó la proporción entre el índice y el anular, y también frente al meñique. Aplíquenle el margen de error que prefieran y aun así seguirá siendo patente la presencia femenina en el arte desde el comienzo de los siglos.

En la antigüedad ya aparecen noticias de alguna mujer pintora. Plinio el Viejo nos habla de una artista que vivió en Roma en el siglo I a. C.: Lala de Cyzicus, retratista y tallista de marfiles cuyos encargos eran mejor pagados que los de cualquier varón. Se especializó en retratos de mujer, y también elaboraba sus propios autorretratos valiéndose de un espejo. Lala fue una mujer independiente que eligió permanecer soltera.

Otros nombres han llegado hasta nosotros, aunque no sus obras: Timarete, que pintó la estatua de Artemisa en Éfeso; Irene, hija del pintor Cratino; Aristarete, hija de Nearco…


Pero después llegó la Edad Media, y pudiera parecer que sus tinieblas anularon cualquier pretensión femenina de dedicarse a las artes. Las pinturas murales medievales suelen carecer de firma. Cuando las contemplamos solemos asumir, sin más, que fueron realizadas por hombres, puesto que las artes estaban consideradas oficios de los que la mujer quedaba excluida. Sin embargo, parece que no siempre era así. En 1955 se encontraron en el coro del Real Monasterio de Santa Clara de Toro, Zamora, varias pinturas murales hechas con una técnica llamada fresco seco. La sorpresa llegó al descubrir la firma, que dice claramente “TERESA DIEÇ ME FECIT”. 

Las obras del convento, cuya construcción fue impulsada por la reina María de Molina, finalizaron en 1316, y se estima que los murales datan de fecha poco posterior. Teresa Díez dejó también su obra en la Colegiata y la iglesia de San Pedro en Toro. Le han sido igualmente atribuidos los murales de Santa María la Nueva de Zamora y la cabecera del templo de la Hiniesta.


No han faltado especialistas que se resisten a creer que fueran pintados por una mujer, y proponen que Teresa fuera, simplemente, quien financió la obra. Pero olvidan algunas cosas:

1-La inscripción no consiste solo en un nombre, sino que añade expresamente “me fecit” (me hizo).

2- Los mecenas de la época elegían ser enterrados en alguna iglesia o monasterio al que habían favorecido. Pero no hay una tumba de Teresa Díez en ninguno de los lugares donde aparecen sus pinturas.

3-Aun adecuándose a las normas artísticas de su época, la obra es en sí misma un grito feminista. Se aprecia con claridad un predominio de mujeres; pinta 21 escenas sobre Santa Catalina de Alejandría, una mujer sabia que se dedicó desde niña al estudio de las artes, y, precisamente por ser sabia y haber recibido una instrucción que en la Edad Media se negaba a las mujeres, era la patrona de los filósofos. La artista representa también el momento en el que es a una mujer, María Magdalena, a quien primero se aparece Jesús resucitado. Pero es que, además, no es San Jorge el que está detrás matando al dragón, sino Santa Marta. 


Según la leyenda, había un dragón que habitaba en un bosque cerca de Avignon, un monstruo que aterraba a las gentes de la comarca al sumergirse en el río y matar a quienes por él navegaban. Santa Marta partió en su busca y logró amansarlo rociándolo con agua bendita y mostrándole una cruz. Así pudo atarle al cuello el cordón de su túnica y conducirlo hasta un claro del bosque en el que los hombres le dieron muerte. Pero Teresa Díez cambia la historia de modo significativo: en su obra no es ningún hombre, sino una mujer, montada a caballo y armada con lanza y espada, quien mata al dragón al que se ha enfrentado. 

La artista reivindica así el valor, la inteligencia y la formación cultural de la mujer. Diversos autores destacan la importancia de su pintura, a pesar de lo cual no falta quien ha tenido la osadía y el pobre criterio de calificarla de “modesta obra de monja”.

Lucrina Fetti

En cualquier caso, el hecho de que una religiosa se hiciera cargo de alguna obra pictórica dentro de su convento no era inusual. En siglos posteriores conocemos otros casos, como el de Lucrina Fetti, una artista nacida en Roma hacia 1590, hermana del pintor de cámara del duque de Mantua. Fue bautizada como Giustina, pero cambió su nombre por el de Lucrina cuando, contando unos 24 años, optó por ingresar en el convento de Santa Úrsula. Su vocación religiosa no le impidió continuar con la pintura, aunque fundamentalmente se dedicó a retratar a las mujeres de la familia Gonzaga y a pintar para el convento sin remuneración alguna. 

Catalogar sus obras ha sido una ardua tarea, y hasta recientemente algunas de sus pinturas habían sido atribuidas a su hermano, lo que significa que la monja era al menos tan buena como el pintor del poderoso duque de Mantua.


domingo, 9 de octubre de 2016

Mujeres pintoras

Mujer pintando una estatua de Príapo. Fresco de Pompeya

Conocemos desde la más remota antigüedad los nombres de grandes artistas masculinos que ya figuraban en vasijas griegas o etruscas, pero fueron necesarios milenios para encontrar un nombre femenino. Eso no significa, sin embargo, que no hubiera mujeres artistas, como demuestra uno de los frescos de Pompeya en el que aparece una artista sentada, con el pincel en la mano, dedicada a la tarea de pintar. Y según Plinio el Viejo, fue una mujer, hija de un alfarero, quien primero tuvo la idea de pintar sobre un muro.

En la Edad Media comienzan a aparecer los nombres de mujeres que desarrollaron alguna actividad artística, como Jeanne de Montbaston, esposa de Richard de Montbaston, un copista parisino del siglo XIV. Jeanne hizo ilustraciones para un gran número de manuscritos, incluyendo docenas de copias del Roman de la Rose. A ella debemos estas imágenes hechas en los márgenes, escenas que muestran a monjas y frailes en curiosas actitudes, o recogiendo penes de los árboles.

Jeanne de Montbaston

Luego, durante el Renacimiento, hubo artistas que enseñaron la técnica a sus hijas, por lo que, aunque las academias estaban prohibidas a las mujeres, algunas pudieron aprender y lograron destacar en su oficio a lo largo de los siglos. Hubo, entre ellas, quienes perduran en el recuerdo y otras, en cambio, que han sido olvidadas. Es de justicia rescatar aquí algunos nombres de pintoras de diversas épocas, hoy casi desconocidas. Estos son algunos ejemplos:

Mary Winifred Freeman nació el 26 de abril de 1866 en Falmouth, Cornualles. Sus temas fueron principalmente interiores, retratos, paisajes y escenas costeras, pero también exhibió sus bordados. Católica devota y excéntrica, solía escandalizar a sus contemporáneos fumando en público o montando en bicicleta con sus bombachos, con el caballete y las pinturas a la espalda. Pasó algún tiempo en Canadá, pero también en Bretaña, Venecia, París y Lourdes. Su vida fue larga: falleció con 95 años, el 8 de agosto de 1961. Fue cuñada de Charles Napier Hemy.

Mary Winifred Freeman

Marie Garay fue una pintora costumbrista y retratista francesa nacida en Saint-Pierre-d’Irube el 11 de abril de 1861. Estudió en la Escuela de Dibujo y Pintura de Bayona y posteriormente en París, como alumna de Pierre Auguste Cot y Carolus-Duran. Perdió a su padre cuando contaba 20 años, momento en el que se instala en Bayona como profesora de dibujo. En 1894 publicó su Curso de perspectiva para sus alumnas. En 1921 abandonó su puesto de docente y se trasladó con sus hermanas a Biarritz., donde falleció en 1953.

Marie Garay

Julia Alcayde Montoya fue una pintora española nacida en Gijón el 22 de mayo de 1855. Se especializó en frutas, floreros y bodegones, aunque también pintó retratos, entre ellos su propio autorretrato, aquí mostrado. Discípula de Manuel Ramírez en Madrid, obtuvo varios premios en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y participó en las Exposiciones Internacionales de Chicago, Bruselas, Buenos Aires, Roma y Munich. Julia falleció en Madrid el 18 de febrero de 1939. Su obra se conserva en el Prado, entre otros museos.

Julia Alcayde. Autorretrato

Lilly Martin Spencer. Su verdadero nombre era Angelique Marie Martin. Nació en Exeter, Inglaterra, el 26 de noviembre de 1822, de padres franceses. Tenía ocho años cuando se mudó a Nueva York, y posteriormente a Ohio. Sus padres, defensores de los derechos de la mujer, la animaron a emprender una formación artística. Lilly se casó con un sastre inglés que supo comprender sus inquietudes y la apoyó siempre en su carrera. Además la ayudaba con las tareas domésticas para que pudiera trabajar en su taller, una actividad que ella compaginó perfectamente con dar a luz trece hijos.

Lilly Martin Spencer - "We both must fade"

Elisabetta Sirani, nacida en Bolonia en 1638, solo vivió 27 años, pero en su corta vida alcanzó a dejar una amplia producción de 200 pinturas. Fue hija de un pintor ayudante de Guido Reni, y en su taller tuvo que aprender la técnica, pues su condición de mujer le impedía el acceso a una academia. Cuando el padre quedó inválido a consecuencia de la gota, fue ella quien tomó el relevo y mantuvo a la familia con sus obras. Su prematura muerte no impidió que alcanzara en vida el reconocimiento de sus contemporáneos, y entre sus clientes se encontraba Cosme III de Médici.

Elisabetta Sirani - "Porcia hiriéndose en el muslo"

Mina Fonda Ochtman, nacida en New Hampshire en 1862 fue una pintora impresionista americana que destacó por sus acuarelas de paisajes y escenas costeras. Fundó una escuela de arte en Cos Cob junto a su esposo, el artista Leonard Ochtman, y fue y miembro de la Asociación Nacional de Mujeres artistas. Su hija, Dorothy Ochtman del Mar, también fue pintora.

Mina Fonda Ochtman

Anna Rosina de Gasc nació en Berlín en 1713, miembro de una familia de pintores polacos. Recibió las primeras lecciones de su padre y perfeccionó la técnica con Antoine Pesne. Fue miembro honorario de la Academia de Dresde y pintora de la corte de Federico de Anhalt-Zerbst, hermano de Catalina la Grande. Anna Rosina realizó una serie cuarenta retratos para la Galería de bellezas de Zerbst. Después residió en la corte ducal de Brunswick, ya dueña de una pensión vitalicia. Su apellido era Lisiewska, pero a raíz de su segundo matrimonio comenzó a firmar con el de su esposo.

Anna Rosina de Gasc


domingo, 2 de octubre de 2016

Vespasiano más de cerca


Vespasiano fue el primero de los tres emperadores de la dinastía Flavia. Alcanzó el trono en el año 69, después del caótico interregno que siguió a la muerte de Nerón. Este había sido sucedido por Galba, que, impopular por su avaricia, al cabo de tres meses fue decapitado en el foro. Según Plutarco, el emperador ofreció el cuello a sus asesinos y exclamó:

—Matadme, si de ello depende el bien de Roma.

Se proclamó entonces a Otón, un banquero célebre por sus excesos y extravagancias que, de creer a Suetonio, “Se dice que era pequeño, con pies contrahechos y piernas torcidas. Era cuidadoso de su traje, casi tanto como una mujer; se hacía depilar todo el cuerpo y llevaba en la cabeza, casi calva, cabellos postizos, fijados y arreglados con tanto arte que nadie lo notaba. Se afeitaba diariamente con sumo cuidado y se frotaba con pan mojado, costumbre que había adquirido desde la edad de la pubertad, al objeto de no tener nunca barba”.

La noticia de la proclamación hace que se subleven las tropas de Aulo Vitelio destacadas en Germania y las de Vespasiano en Egipto. Enfrentado Otón al ejército de Vitelio con desastrosos resultados para él, dirigió a los suyos un discurso que constituía en realidad una despedida:

—Es mucho más justo morir uno por todos que todos por uno —dijo, y a continuación se retiró a su tienda y se suicidó clavándose una daga en el corazón. 

Muchos de sus soldados decidieron seguirlo también en la muerte, arrojándose a una hoguera.


Vitelio, tras la victoria, y al ver que los soldados no soportaban el hedor de tantos cadáveres como yacían apilados sobre el campo de batalla, exclamó:

—El cadáver de un enemigo siempre huele bien, y más aún si es el de un conciudadano.

A continuación se proclamó emperador, pero se confió y se dedicó a disfrutar de la victoria en lugar de ir al encuentro de las tropas de Vespasiano, que desembarcaban poco después. Fue la sangrienta batalla de Cremona la que decidió el destino de ambos. Triunfó Vespasiano y siguió una matanza en Roma. Tácito cuenta que la gente se asomaba a las ventanas y subía a los tejados para presenciar la carnicería, haciendo incluso apuestas como si se tratara de una competición deportiva. Los combatientes aprovechaban para saquear las tiendas y prenderles fuego. Vitelio fue descubierto en su escondite y arrastrado desnudo por la ciudad con una soga al cuello. A su paso le lanzaban excrementos y lo torturaban hasta terminar por arrojarlo al río.

El vencedor, Vespasiano, ya había cumplido 60 años cuando subió al trono, aunque mantenía toda su vitalidad. De origen sabino, había nacido en Rieti, en el seno de una familia de la pequeña burguesía, pero la carrera militar le abrió muchas puertas. Seguramente sus orígenes humildes le salvaron de Nerón, que no vio en él un peligro. 

Detestaba a los aristócratas y nunca deseó hacerse pasar por uno de ellos. Una vez que un adulador acudió a decirle que había indagado acerca de sus orígenes y que descubrió que se remontaban a Hércules, Vespasiano estalló en sonoras carcajadas ante lo ridículo de la pretensión. Sin embargo, se encargó de enviar agentes por todo el Imperio para difundir las historias sobre su divinidad que se habían originado en Egipto, pues lo consideraba una buena propaganda.


No soportaba las sofisticaciones, y cuando recibía a algún dignatario, tocaba su túnica para comprobar la calidad, y la olisqueaba para saber si llevaba agua de Colonia.

Bajo su mandato comenzó la construcción del Coliseo y del templo de la Paz. Reformó eficazmente la administración de justicia, nombrando nuevos jueces para reducir el número de pleitos, además de extender el derecho latino a muchos lugares del Imperio, entre ellos Hispania, lo que significaba la adquisición de nuevos derechos para sus habitantes, que ahora podían incluso ser senadores. Se encargó de restituir cuanto se había arrebatado por fuerza durante las guerras civiles, y reorganizó el ejército y las finanzas, vendiendo a precio muy alto los cargos públicos.

—De cualquier manera, todos son ladrones —decía—, y, en cierto modo, fomentamos que lo sean. Mejor es que vayan restituyendo al Estado un poco de lo que roban.

Reestructuró las órdenes senatorial y ecuestre, para lo cual alejó del poder a sus rivales y puso en sus puestos a sus partidarios. Aunque no fue precisamente derrochador, no le importaba hacer grandes gastos para representar obras de teatro con mucha frecuencia. Fue mecenas de las artes, pagando pensiones y agasajando a filósofos y poetas, pero ejerció la censura sobre cuanto se escribía, para asegurarse de que no se publicaría nada que le perjudicara. 

Siempre necesitado de fondos para acometer sus empresas de reforma y sanear las finanzas públicas, admitía sobornos, confió el fisco a los funcionarios más rapaces y los envió por todas las provincias del Imperio. Nunca se habían recaudado los impuestos con tanta eficacia y puntualidad, ni de modo más despiadado.


Tuvo dos hijos de su matrimonio con Domitila la Mayor: Tito y Domiciano, y desde el principio asoció a ambos al trono. Cuando su hijo Tito, mucho más escrupuloso que él, formulaba alguna protesta, el emperador respondía:

—Yo hago de sacerdote en un templo. Con los bandidos, hago el bandido.

Cuando decidió gravar la orina que se vertía diariamente en las letrinas de Roma y se recogía en la Cloaca Máxima, de nuevo surgieron las objeciones de Tito, al que repugnaba que su padre sacara dinero de las letrinas. Vespasiano le puso un sestercio bajo la nariz y le preguntó:

—¿Te molesta su olor?

Como recibió una negativa por respuesta, añadió:

—Y sin embargo, procede de la orina. El dinero no huele.

En Judea había estallado una revolución, y la resistencia fue numantina. Según Tácito, perecieron 600.000 hebreos. Tito mandó prender fuego a la ciudad, y algunos de los supervivientes optaron por el suicidio, mientras otros eran vendidos como esclavos y los más afortunados lograban huir. Vespasiano, orgulloso de su hijo, le dispensó un triunfo, en cuyo recuerdo iba a ser construido el arco que lleva su nombre. 


El emperador veía con profundo disgusto el rumbo que había tomado la relación que Tito mantenía con una hermosa princesa hebrea, Berenice, hija de Herodes Agripa y once años mayor que él. Ambos convivían en palacio como si fueran marido y mujer. Su presencia no hubiera preocupado tanto a Vespasiano de no ser porque, lejos de conformarse con retenerla a su lado como amante, el joven pretendía desposarla. El emperador había enviudado antes de alcanzar el trono y después convivió con su amante Cenis, pero no perdió la cabeza convirtiendo a su concubina en emperatriz, y no comprendía el empeño de su hijo. Al pueblo tampoco le gustaba Berenice, de modo que finalmente Tito cedió a las presiones y la alejó de Roma.

Vespasiano fue víctima de múltiples conspiraciones para derrocarlo, pero a todas sobrevivió. Solo una enfermedad fue capaz de acabar con él. El emperador solía pasar sus vacaciones en su villa junto a Rieti. Allí se encontraba con sus amigos de juventud, cazaba liebres, jugaba a los dados y comía habichuelas con corteza de tocino. Un día, después de diez años de reinado, se encontraba en Rieti cuando sufrió una inflamación intestinal que le produjo fuertes cólicos y diarrea aguda. Presintiendo que vivía sus últimos momentos, dio muestra incluso en ese trance de su ácido sentido del humor al exclamar: “Vae, puto deus fio!” (¡Ay!, creo que me estoy convirtiendo en un dios), puesto que era costumbre en Roma divinizar a los emperadores cuando morían.

Al cabo de tres días de sufrimiento, extenuado y agonizante, aún tuvo fuerzas para pedir que lo levantaran de la cama. Cuantos lo rodeaban lo contemplaban asustados, pero él, riéndose, farfulló:

—Ya sé, ya sé… Pero, ¿qué queréis que haga? ¡Un emperador debe morir de pie!

Y así falleció, el 23 de junio del año 79, aquel emperador burgués que, en palabras de Indro Montanelli, “no pretendió reformar a la Humanidad y abolir sus vicios, sino solamente mantenerla en su sede”.