domingo, 21 de agosto de 2016

Enrique II de Inglaterra más de cerca


Enrique II de Inglaterra había nacido en Le Mans el 5 de marzo de 1133, hijo de Godofredo V de Anjou, apodado el Hermoso, y de Matilde de Inglaterra. Se crió en Anjou, en las vastas posesiones de su padre, y desde muy joven se vio inmerso en la vida militar, ayudando a su madre en sus reclamaciones sobre el trono inglés.

No tenía ni veinte años cuando contrajo matrimonio con Leonor de Aquitania, que rondaba los treinta, pero para entonces ya obraba como hombre maduro, había mandado tropas en varias guerras y tenía dos bastardos que eran educados con esmero.

Enrique estaba considerado un hombre apuesto, aunque no realmente hermoso, bien proporcionado, de estatura mediana, amplio tórax y fuerte musculatura, con una abundante mata de cabello rubio rojizo típico de los Plantagenet; rostro cuadrado, anguloso y ojos de un tono azul grisáceo, redondos, algo saltones, unos ojos que aparecían inyectados en sangre cuando se encolerizaba. Al igual que ocurría con sus ancestros, y que iba a ocurrir también con sus hijos, sufría violentos accesos de ira que no convenía provocar. 

Diestro en el ejercicio físico, también prestaba atención a las letras, lo cual era una tradición familiar, puesto que uno de sus antepasados, Fulco el Bueno, conde de Anjou, en una ocasión dirigió al rey de Francia una misiva en estos términos:

“Al rey de los francos, del conde de los angevinos. Sabed, señor, que un rey sin letras es un asno coronado”.

El motivo de la osadía fue haberse enterado de que en los círculos próximos al rey se burlaban de la cultura de Fulco, “digna de un clérigo, y de su manera de cantar latín como un monje”.

Enrique, desde luego, también leía en latín, hablaba la lengua de Oc y varios idiomas: “todas las lenguas empleadas entre el mar de Francia y el Jordán”, según exageraban sus allegados. Durante su infancia tuvo preceptores muy capaces, entre ellos Pedro de Saintes, del que se decía que conocía la ciencia del verso mejor que cualquiera de sus contemporáneos. Y cuando contaba tan solo nueve años, su padre lo envió a Bristol, donde fue educado por otro erudito: el maestro Mateo, canciller de Matilde.

Otro de sus ancestros, su abuelo Fulco de Anjou, tras dejar a su hijo bien casado con Matilde, abandonó sus tierras para viajar a Tierra Santa. Allí contrajo matrimonio con la reina Melisenda. Descendía igualmente Enrique de Fulco el Negro, el típico señor feudal del siglo XI, feroz, capaz de aniquilar cuanto se le oponía y de saquear ciudades y abadías. Por tres veces le había sido impuesta la penitencia de peregrinar a Tierra Santa. Allí compareció ante el Santo Sepulcro con el torso desnudo y fue flagelado por dos servidores que, por orden suya, gritaban ante la muchedumbre que contemplaba el espectáculo:

—Señor, recibe al malvado Fulco, conde de Anjou, que te ha traicionado y ha renegado de Ti. Contempla, ¡oh, Cristo!, su alma arrepentida.

Los dominios de los condes de Anjou lindaban con los de Aquitania, y ello debió de resultar decisivo en su enlace con la reina Leonor. Juntos dominarían casi todo el oeste de Francia, desde el canal a los Pirineos, puesto que Enrique, además, era duque de Normandía. Grande era la ambición de ambos, aunque Leonor seguramente se sintió también atraída por su esposo, como se percibe en múltiples detalles de su vida. Y ella, por su parte, parecía contar también con suficientes atractivos para cautivar a Enrique.

El rey de Inglaterra era hombre elocuente, agradable y especialmente cortés mientras no sufriera uno de sus temibles arrebatos. Sus modales a la mesa eran exquisitos, y bebía con moderación. Se lo describe como valiente, instruido, prudente y generoso, pero a menudo se veía dominado por su pasión por el sexo opuesto. Las infidelidades a su esposa fueron numerosas, y algunas causaron gran conmoción, como su relación con la princesa de Francia que iba a convertirse en la esposa de su hijo Ricardo. El escándalo impidió que el matrimonio se llevara a cabo.

Vestía muy sencillamente. Se sentía cómodo con su ropa de caza y montado sobre su caballo, y no usaba guantes excepto cuando llevaba un halcón en el brazo. Amaba las aves y los perros, pero también solía retirarse en compañía de un buen libro, y gustaba de los debates intelectuales.

Oía misa diaria mientras permanecía todo el tiempo en pie, al igual que cuando asistía a consejos y a algún acto público. Prácticamente solo se sentaba a la hora de comer o al montar a caballo.


Resultaba muy accesible, y tenía la rara cualidad de no olvidar nunca un rostro. No se atenía a la rutina de ningún horario; con frecuencia improvisaba o decidía sobre la marcha, lo que tal vez contribuyó a desarrollar su habilidad para reaccionar con rapidez ante circunstancias imprevistas. Era capaz de hacer el camino de cuatro o cinco días en uno solo, y así desbarató alguna vez los complots de sus enemigos al llegar antes de lo previsto. No le gustaba permanecer en palacio, sino que prefería viajar por el reino y asegurarse de que se hacía justicia en todos los rincones. El ejercicio al que se entregaba le convenía, porque de ese modo quemaba la grasa que tendía a acumular en el abdomen.

Según Peter de Blois, “nadie es más astuto en el consejo, más exaltado en el discurso, más seguro en mitad del peligro, más cauto en la fortuna, más constante en la adversidad. Una vez que ha apreciado a alguien, es difícil que deje de amarlo; una vez ha odiado a alguien, es difícil que lo reciba en su gracia.”

Apreciaba la lealtad por encima de todas las cosas, y los mayores ataques de cólera surgían cuando se encontraba ante una traición. Más de una vez se dice que llegó a echar espuma por la boca mientras gritaba de rabia, y que, tirado en el suelo, masticaba la paja que lo cubría. Sin embargo, comprendía la oposición cuando era leal. A pesar de esta exigencia de lealtad, él mismo era tan infatigable en la persecución de sus derechos, que no tenía inconveniente en manipular e incluso romper su palabra.


Las que él percibió como traiciones, primero de Becket y después de Leonor, le dolieron profundamente. Pero las que más lamentó fueron las de sus propios hijos, a los que se había unido una parte de la nobleza y, ayudados por los reyes de Francia y de Escocia, levantaron una gran rebelión contra él. Enrique hizo prisionero al rey de Escocia y le obligó a rendirle homenaje por su reino. En cuanto a la rebelión de sus hijos, estaba tan mortificado por ello que cayó enfermo en Chinon. Al darse cuenta de que se acercaba su fin, ordenó que lo llevaran a la iglesia, donde murió ante el altar el 6 de julio de 1189, a los 57 años de edad y 35 de reinado. Sus ingratos asistentes dejaron su cuerpo desnudo en la iglesia, pero después fue enterrado en Fontevraud, en Anjou.

Enrique reunió las habilidades de un político, la sagacidad de un legislador y la magnanimidad de un héroe. Fue reverenciado por encima de los demás príncipes de su tiempo, y su muerte largamente lamentada por sus súbditos.


Nos vamos a Galicia. El sábado 27, a las 18 horas, presentaré "La leyenda del enmascarado" en la Feria del Libro de Burela, en un acto conducido por Miguel Ángel de Rus. Firmaré ejemplares el sábado 27 y el domingo 28.



16 comentarios:

  1. Dice bien al hablar de las traiciones que Enrique percibió como tales. Ya Tomás Becket le advirtió cuando le convenció para que aceptara el cargo de arzobispo de Canterbury, con indudable ánimo de manejar los asuntos de la Iglesia a través suyo, de que le pediría cosas que no le podría dar. También con Leoonor de Aquitania, mujer independiente y culta, y poco dispuesta a dejar su reina en manos de su esposo, fueron fáciles.

    Donde seguro que las cosas sí van a ser fáciles para usted es en Galicia. Seguro de las gentes de allí aprecian sus letras en lo que valen y no para usted de firmar.
    Beso su mano.

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    1. Pues ya le contaré, monsieur. Es posible que sí. Yo, por si acaso, llevo un bolígrafo.

      Buenas noches.

      Bisous

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  2. No todo iba a ser positivo. Hasta los ángeles hacen pipí.
    Mucha suerte por esas tierras gallegas.
    Saludos, madame.

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    1. Ya me parecía a mí que la lluvia tenía que salir de algún sitio. Serán cochinos! Claro que la culpa es del arquitecto, que no les puso ni un triste WC en el cielo. Pero vamos, que podían comprarse un orinal, al menos.

      Muchas gracias, monsieur.

      Bisous

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  3. madame, vaya pieza. así que nada, que se enrolla con la que va a ser mujer de su hijo y... pues nada. desde luego que eso de ser rey le da a uno un vigor...
    bueno, que le vaya bien la gira!
    bisous!

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    1. Bueno, bueno, a unos más vigor que a otros, no se crea. Hubo a quien no dio nada de vigor, cuando hubiese sido deseable que les diera un poco.

      Muchas gracias, monsieur.

      Feliz día

      Bisous

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  4. Buen perfil. Y buena tarde le deseo en Galicia, madame.

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    1. Muchas gracias, madame. Aquí estamos de nuevo.

      Buenas noches.

      Bisous

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  5. Hola Madame:
    Enrique II es uno de los plantagenet favoritos. También Ricardo. Pobre hombre...Imagino sus sentimientos encontrados sobre la rebelión de sus hijos. Dudar entre enfrentarles o parlamentar. Aunque ya sabemos lo que pasará.

    Besos. Mucho éxito en Galicia

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    1. Recuerdo su interés por el rey Ricardo, que se tradujo en alguna deliciosa entrada en su blog sobre Caracas y Londres :)

      Buenas noches y muchas gracias.

      Bisous

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  6. Para unos un rey de los mejores que tuvo Inglaterra, para otros el hereje que osó matar a Tomás de Canterbury. Como todo personaje histórico sus luces y sus sombras le engrandecen aún más en su leyenda.
    Todavía recuerdo a Peter O'Toole en su papel de rey Enrique junto a Catherine Hepburn, su reina Leonor, discutiendo en sus tiras y aflojas continuos. Buena película, "El león en invierno".
    Un beso

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    1. Maravillosa película la que usted nos recuerda. Una de mis películas históricas favoritas.

      Buenas noches

      Bisous

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  7. Un rey contradictorio -como cualquier hijo de vecino-, pero a quien no se le puede negar su resolución para enfrentar los conflictos.

    Que lo pase usted bien en esa preciosa población gallega.

    Bisous y buenas tardes

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    1. Muchas gracias, madame. Hemos disfrutado mucho de nuestro fin de semana gallego, y ha traído consigo interesantes ramificaciones y nuevos proyectos.

      Buenas noches

      Bisous

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  8. Sin duda Madame que ser un Plantagenet no era fácil, porque por un lado eran súbditos franceses y por otro un monarca extranjero de ahí que se enfrentará a la corona francesa.

    Enrique tuvo que enfrentar muchas deslealtades dentro de sus propios vasallos y entre sus familiares, además de enfrentarse a los reyes franceses.

    Enrique II el primer Plantagenet estableció una forma de gobierno muy absolutista y el incipiente refuerzo del poder real.

    Arnaud d'Aleman

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    1. Perdón, monsieur, de casualidad he visto su comentario ahora. Blogger lo había enviado a spam. Al revisar la carpeta he podido rescatarlo.

      Buenas noches.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)