miércoles, 8 de junio de 2016

Carlos III más de cerca


El conde de Fernán Núñez, biógrafo de Carlos III, nos ha dejado una descripción detallada de cómo transcurría una jornada en la vida del rey. Nos lo describe como un hombre contrario a toda etiqueta en el vestir, cómodo con su ropa vieja, su calzón negro y gastado, siempre deseando despojarse cuanto antes de los trajes de gala. Cuando al fin podía hacerlo, exclamaba: “¡Gracias a Dios!”. Según el conde, el soberano no debió ponérselo fácil a su sastre, porque “no le tomó medida para ninguna prenda en más de 30 años”. Descuidado con la ropa, sí, pero aseado, pues “no podía sufrir una mancha, ni que, al quitarle la camisa, le rompiesen los encajes de que usaba siempre. Entonces solía decir, aunque sin un enfado formal: “Poca maña, poca maña, amigo”. Sobre su físico, dice:

"Era el Rey Carlos de una estatura de cinco pies y dos pulgadas, poco más; bien hecho, sumamente robusto, seco, curtido, nariz larga y aguileña […] Había sido en su niñez muy rubio, hermoso y blanco; pero el ejercicio de la caza le había desfigurado enteramente, de modo que cuando estaba sin camisa, como le vi muchas veces cuando le servía como su gentil hombre de cámara, parecía que sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y unas manos de pórfido, pues la mucha blancura de la parte del cuerpo que estaba cubierta, obscurecía aún más el color obscuro de la que estaba expuesta continuamente a la intemperie […] La magnitud de su nariz ofrecía a la primera vista un rostro muy feo; pero pasada esta impresión, sucedía a la primera sorpresa otra aún mayor, que era la de hallar en el mismo semblante que quiso espantarnos una bondad, un atractivo y una gracia que inspiraba amor y confianza".

El biógrafo nos lo describe como un hombre bondadoso y familiar, religioso pero no supersticioso, de trato sencillo y carácter alegre, con talento y gracia para la imitación, aunque su dignidad le prohibía entregarse en exceso a estas chanzas. Odiaba la mentira y el engaño, y “nada le era más contrario que la afectación, la ficción y la vanidad, llevando en algún modo al exceso su aborrecimiento a estos defectos”. Dice el conde, además, que jamás se le vio pasar del enojo a la cólera, ni se le escuchó proferir una mala palabra. Recto e irreprochable, huía de todo hábito libertino. “Su castidad era extrema, y, no obstante que su temperamento robusto y la costumbre contraída en su matrimonio exigía aún su continuación en la edad de cuarenta y cuatro años, en que perdió su mujer, jamás quiso volverse a casar, y para minorar y resistir las tentaciones de la carne, dormía siempre sobre una cama dura como una piedra, y si de noche se hallaba agitado, salía fuera de ella y se paseaba descalzo por el cuarto".


Sus gustos eran tan sencillos como su carácter. Amaba la agricultura y las fábricas, pero también las artes, y muy especialmente la arquitectura. “Trajo de Nápoles una porción de artistas que trabajaban en mosaico de piedra dura, de la que se trabaja en Toscana, donde la usan, con la mayor perfección, y una fábrica de porcelana, que estableció en el Retiro, y que sirvió más para su propia diversión que para utilidad pública, pues la pasta no era buena”. Había aprendido a trabajar al torno, tarea en la que se mostraba hábil, y hacía él mismo los puños de sus bastones.

Carlos III tenía perfectamente regulada su jornada, porque “conocía que la regularidad en la vida y la distribución inalterable de las horas de un Monarca es tan necesaria para la seguridad y tranquilidad de los que le rodean, como la invariabilidad del curso del sol y de los planetas para reglar sobre ella las estaciones […] Nunca adelantaba ni atrasaba un minuto la hora que daba para cada cosa, y le he visto estar con la mano sobre el picaporte para no salir de su interior hasta dar la hora que había indicado a los que le esperaban fuera”. Consiguió evitar las depresiones a las que su familia se mostraba tan vulnerable, en especial su padre y hermanos. Estaba convencido de que el mejor remedio era no mantenerse ocioso y ocupar sus horas con toda clase de actividades. Cazaba con suma frecuencia, y sin embargo no le gustaba la caza: “Yo le he oído decir en El Pardo, estándole sirviendo a la mesa: Si muchos supieran lo poco que me divierto a veces en la caza, me compadecerían más de lo que podrían envidiarme esta inocente diversión. Me dirán muchos: podría ocuparse en otras cosas más que en la caza. A lo que responderé: lo uno, que ninguna otra ocupación reunía la ventaja del ejercicio; y lo otro, que no amando la música, y poco el juego, el demasiado estudio y lectura no era tan conveniente para el fin que se proponía como dicho ejercicio.”


Su día transcurría del modo siguiente:

A las seis entraba a despertarle su ayuda de cámara […] Se vestía, rezaba un cuarto de hora y estaba solo, ocupado en su alcoba, hasta las siete menos diez minutos que entraba el sumiller. A las siete en punto se vestía, lavaba y tomaba chocolate. Oía la misa, pasaba a ver a sus hijos y a las ocho estaba ya de vuelta y se encerraba a trabajar solo hasta las once, el día que no había despacho. A esta hora venían a su cuarto sus hijos, pasaba con ellos un rato y luego otro con su confesor o algún ministro.

Salía después al salón grande, donde estaban esperando los embajadores extranjeros, departía con todos un buen rato y pasaba a almorzar en público, hablando con unos y con otros durante la mesa. Aunque comía bien, porque lo exigía el continuo ejercicio que hacía, siempre eran cosas sanas y las mismas. Bebía dos vasos de agua templada mezclada con vino de Borgoña en cada yantar. Después de comer dormía la siesta en verano, pero no en invierno, y salía luego de caza hasta la noche, primero con su hermano el infante don Luis y después con el príncipe de Asturias, su hijo.

Al volver del campo lo esperaba toda la familia real. Se contaba y repartía la caza, hablaba de lo que sus acompañantes habían hecho por su lado y, despedidos los hijos, daba el santo y seña para el otro día y pasaba al cuarto de sus nietos. Después tenía despacho y si entre este y la cena, que era a las nueve y media en punto, quedaba algún rato, jugaba a los naipes para ocuparlo. Cenaba siempre la misma cosa: su sopa, un pedazo de asado de ternera, un huevo fresco, ensalada con agua, azúcar y vinagre, y una copa de vino de Canarias dulce en que mojaba dos pedazos de pan tostado y bebía el resto. Se ponía siempre en la mesa un gran plato con pedazos de pan, pues a la mitad de la cena se soltaban los perros de caza y entraban como furias, se abalanzaban sobre la mesa y el rey les daba los trozos de pan. Otra cosa muy singular sucedía en la cena, y era que después de que su majestad comía el huevo, que ponía en una huevera alta, en forma de cáliz, la volvía, le daba un golpe con la cucharita, y tenía tomado el rey de tal modo el tino que quedaba derecha la cuchara y el huevo sin más lesión que la precisa para introducirla […]


Rezaba Su Majestad otro cuarto de hora o veinte minutos antes de recogerse y después salía a la cámara, se desnudaba y se metía en la cama.

Esta era la norma de vida del monarca, jamás alterada. Tanto es así que en cualquier parte del mundo en que estuviera, podía decirse casi sin errar dónde se encontraba el rey y lo que hacía en aquel día y hora, según la estación del año.




Sábado 11 de junio, de 12h a 13:30h y de 18h a 20h, firmo "La leyenda del enmascarado" y "Mujeres en la historia" en la Feria del Libro de Valladolid, caseta 41, Plaza Mayor.


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9 comentarios:

  1. No ha pasado a la historia como un mal rey, no. Claro que tampoco hace falta mucho para ello, pues en general no hemos tenido mucha suerte con los que nos ha tocado.
    Pero al menos trajo cierta modernidad y modos del Nápoles del que fue rey. Lo que no trajo de allí fue su gusto por la música, no. Él fue quien despidió de un modo un tanto vulgar a Farinelli, cuando dijo aquello de "a los capones sólo los quiero en la mesa". Y se quedó tan pancho.
    Suerte a su paso por Valladolid.
    Beso su mano.

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  2. Es verdad, la música no le gustaba, aunque sí el resto de las artes. En su día escribí algo sobre Farinelli y precisamente incluía esa anécdota, que por un lado deja en bastante mal lugar a Carlos III por la poca delicadeza con la que se expresa, pero por otro demuestra lo que opinaba de esas prácticas salvajes, y eso lo salva:

    http://themaskedlady.blogspot.com.es/2013/05/un-solo-dios-un-solo-farinelli.html

    Feliz día, monsieur.

    Bisous

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  3. Sin duda el Borbón más potable de la dinastía Borbón en españa, siempre admiré de él su humildad, sencillez e inteligencia. Poco conocido en general, más allá de los buenos ojos con que le miran los madrileños (por eso le apodan el Alcalde de Madrid), a este rey parece haberle olvidado la historiografía, como todo el siglo XVIII español, todo sea de paso. Así que me alegra mucho "verle" por aquí, madame.
    Un beso

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  4. Hace poco, estuve con uno de mis hijos, estudiando sobre Carlos III y luego me picó el gusanillo de saber más. Inteligente, metódico y humano. No todo puede ser perfecto (con la anécdota de Farinelli), pero quizás supo entender la "cosa pública".

    Besos Madame. Mucho éxito en la capital Castellano Leonesa.

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  5. Madame

    Sin duda es uno de los mejores reyes que ha tenido España, supo rodearse se excelentes ministros y hábiles consejeros.

    No fue una mente brillante como muchos creemos que los fueron otros reyes a los que la historia llama grandes pero relega a sus ministros al olvido o un segundo plano.

    Con Carlos III España marcó el cenit de la época de las reformas borbónicas, sin duda su función real dio el equilibrio perfecto.

    Su vida fue resumida en que fue un tipo flemático, internamente ponderado, calmoso, frío y firme; poco cuidadoso en su apariencia, aunque sin perder la pulcritud y el decoro; tenaz y consecuente, le dominaban la rutina y las costumbres. Su inteligencia era lenta, pero profunda y reflexiva, servida de una memoria excelente y una lógica rigurosa, sin demasiada imaginación. Poco brillante en sociedad, fue orador pausado y dominaba seis idiomas.
    Sus aficiones principales eran la caza, los oficios manuales y las artes.

    Así de simple.

    Bisous

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  6. Le hicieron bueno sus sucesores. El mejor entre los borbones.
    Saludos.

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  7. La descripción revela un hombre razonable, sensato y encantador.
    Un rey que mereció el título por propios méritos.

    Bisous y buenas tardes

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  8. Por lo que deja constancia en su biografía es que no era su prioridad ser monarca sino que llegó a serlo por no tener descendencia su hermano.

    Nos consta que amaba y mucho la arquitectura y el ejemplo esta en su empeño de recuperar las ciudades sepultadas por el Vesuvio.Y su Reformismo Ilustrado pero...mal Aconsejado, o falto de criterios nos dejó muchos problemas.

    Aunque su obsesión era la configuración de España como nación, también tenemos que reprocharle sus constantes batallas contra Inglaterra: que nos dejaron con lo puesto y el agua hasta el cuello en deudas con medio mundo.

    SE QUEDÓ VIUDO PRONTO PERO QUE SEMENTAL MON DIEU...;)

    Bisous.

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  9. Estos gobernantes que lo han sido por carambola a veces salen bastante apañados. Como el emperador Claudio

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)