jueves, 19 de mayo de 2016

La vida de estudiante del marqués de Sade


Donatien Alphonse François de Sade no resultó un estudiante brillante durante los años de su formación en París, puesto que no se encuentra su nombre en las listas de premiados que cada año publicaba el colegio de jesuitas Louis-le-Grand, que su padre eligió para él por tratarse de la más prestigiosa institución académica de su tiempo. Allí se educaban tres mil estudiantes entre los que figuraban los vástagos de las más aristocráticas y poderosas familias del reino.

Con diez años de edad, no acudía solo a la capital: su padre contrató al abad Amblet como tutor, para que supervisara los estudios de Donatien. El sacrificio económico que suponía para la familia era enorme, pues la importancia de su linaje no se correspondía con la pobreza a la que habían quedado reducidos; sin embargo, era esencial para un miembro de la nobleza que su hijo pudiera contar con un tutor privado.

Los alumnos de familias más acomodadas residían en lujosas suites privadas, con espacio para alojar incluso a sus ayudas de cámara. Pero el padre de Donatien ya no podía alcanzar a tanto lujo, de modo que el niño no fue uno de los estudiantes internos. Probablemente vivió durante ese tiempo en el modesto apartamento del abad en la Rue des Fossés Monsieur le Prince.

En aquella época era costumbre fustigar a los alumnos. El libro de texto más importante del siglo, Manual de instrucciones para maestros cristianos, explicaba que, aunque debían evitarse los golpes en la cabeza y en el estómago, era necesario golpear las nalgas con la vara: “fomenta el buen comportamiento y debe utilizarse”.

Lycée Louis-le-Grand, París

Los jesuitas llevaban a cabo estos azotes con pródiga abundancia y considerable mano dura delante de toda la comunidad, una práctica que marcó el carácter de Donatien y sus inclinaciones sexuales. Sin embargo, a pesar de todo los jesuitas estaban considerados los mejores educadores que podían encontrarse, pues imponían una rutina menos piadosa que otras escuelas, reduciendo el tiempo de devoción a tres breves sesiones de oración diarias. Su misión era formar a la élite, al cuerpo de futuros dirigentes del Estado, a los que dotaban de una amplísima cultura. 

Cinco veces al año organizaban obras de teatro, óperas y oratorios, todo ello destinado a fomentar “la audacia y el criterio necesarios para hablar en público”, y a instruirlos para el posterior ejercicio de la abogacía y de la carrera eclesiástica. A menudo los bailarines y cantantes profesionales de la Ópera de París actuaban junto a los estudiantes, y esas obras atraían a un gran número de personas ajenas a la escuela, tanto nobles como burgueses. Solo podían participar los alumnos que obtuvieran las mejores notas, por lo que no es probable que Donatien haya figurado alguna vez en ellas.

Su rutina era espartana. La comida que ofrecía el colegio era, según testimonios, nauseabunda, y las camas de los internos solían estar infestadas de chinches. Su estancia en París supuso un alejamiento prácticamente total de la familia. Su madre, siempre fría y distante, se alojaba en un convento carmelita de la rue d’Enfer. Sin embargo, hubo otras mujeres en su entorno, damas de las que recibió el cariño que no pudo encontrar en su madre. Las primeras vacaciones de verano las pasó en el Château de Longeville, a unos 80 kilómetros al este de París, con Madame de Raimond, una antigua amante de su padre. De hecho, esta mujer se encariñó tanto con Donatien que a menudo se refería a él en sus cartas al conde de Sade como “nuestro hijo”, o “nuestro niño”, y él la llamaba “mamá”.

El padre del marqués

La dama tenía dos amigas, Madame de Saint-Germain y Madame de Vernouillet, que influirían en la vida emocional de Donatien apenas comenzar la adolescencia. La segunda, que también había sido amante de su padre, fue su primera pasión amorosa. Con solo trece años se enamorara perdidamente de ella, como cuenta Madame de Raimond en una carta:

“De verdad está enamorado de ella. Me hizo reír tanto que se me saltaron las lágrimas… Evidentemente experimentó sensaciones que no sabía expresar, lo cual le sorprendió y le enloqueció. Su confusión resultaba encantadora. Estaba enfadado, luego se quedó quieto, y después dio muestras de celos y otros signos del amor más tierno y cariñoso. Y su “amante” sin duda estaba emocionada y enternecida. Dijo: “Este niño es de lo más insólito”.

Al final de las vacaciones escolares rompió a llorar cuando se despidió de la que consideraba su mamá.

También Madame de Saint-Germain experimentaba sentimientos maternales hacia él, y lo invitó a pasar algunas temporadas en su casa solariega. Era tanto el cariño que sentía por el niño que a veces se negaba a devolverlo y rogaba que se lo dejaran un poco más de tiempo.

“Sí, disfruto queriendo a vuestro hijo. El tiempo, que todo lo consume, no hace más que incrementar mi pasión por él… Vuestro hermano ha intentado apartarlo de mí durante las dos últimas semanas. Me apena tanto que estoy desconsolada… ¿Seréis tan cruel como para privarme de mi niño y negarme el único placer que os pido de rodillas?”


Cuando Donatien se hizo adulto, su relación con estas mujeres continuó siendo afectuosa y profunda. Siempre quiso mucho a Madame de Saint-Germain. Una vez, décadas después, en una carta que escribió a su esposa desde la cárcel se refería a ella como “la única mujer del mundo a quien amo después de ti, a quien sin duda debo todo lo que un hijo puede deber a una madre”. Y en otra ocasión, interesándose por ella, decía: “Si ha muerto, no me lo digas, porque la amo, siempre la he amado mucho y nunca lo superaría”.

Durante su último año de estudios con los jesuitas, su padre tocó todos los resortes para encaminar a su hijo hacia la carrera militar. Donatien acababa de cumplir catorce cuando abandonó el colegio para inscribirse en una prestigiosa academia militar que lo formaría para servir en el regimiento de la Caballería Ligera de la Guardia del Rey, sin duda una de las unidades más elitistas. Tras veinte meses de instrucción, entraba en el regimiento a finales de 1755 con el rango de subteniente. 

Poco después, con solo quince años, iba a terminar abruptamente su infancia al entrar en batalla durante la Guerra de los Siete Años, cuando los franceses tomaron a los ingleses el puerto de Mahón, una de las fortalezas más inexpugnables de Europa. El teniente de Sade, al frente de cuatro compañías de granaderos, se distinguió en un asalto especialmente peligroso en el que perecieron más de 400 de sus compatriotas. La Gazette de París informaba:

"El marqués de Briqueville y el señor de Sade atacaron con energía el reducto de la reina y tras un acalorado y mortífero intercambio de fuego, consiguieron, mediante ataques frontales… tomar el objetivo y establecer una cabeza de puente."


14 comentarios:

  1. Una vida muy densa y agitada pese a su corta edad. Da la sensación de que lo hace todo apresurada e intensamente, antes de tiempo, dados sus pocos años.
    Saludos, madame.

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    1. Pues viendo sus comienzos, nadie hubiera apostado por el desenlace. Mire, mire:
      http://themaskedlady.blogspot.com.es/2009/03/laura-y-el-marques-de-sade.html

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. A saber dónde nació el gusto por sus perversiones. No sabemos si hubo algún suceso que le inclinó describir dolor y humillación en las jóvenes amantes, algunas forzadas, que se le pusieron a tiro. No es solo una literatura que exhibe el dolor de una parte,como parte del placer de la otra, también su biografía tiene episodios que repugnan.
    En fin, nunca he podido acabar de leerlo.

    Bisous y buenas tardes

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    1. El marqués era el típico aristócrata de su época, que creía estar por encima de las personas de clases sociales inferiores, a las que consideraba objetos para su placer, o incluso de su propiedad. Imaginaba que podía obrar con ellos a su antojo. Afortunadamente no todos hallaban placer en esas prácticas, pero él sí, y por tanto no se privaba de ellas.
      Ya me imagino que su literatura no es el estilo de madame Amaltea. Lo sospechaba :)

      Feliz tarde

      Bisous

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  3. No estoy seguro de que aquellas prácticas educativas fueran causa de sus aficiones posteriores, aún no llamada disciplina inglesa, supongo. Lo que sí parece evidente es que tuvo muy cerca de quien aprender a ser un libertino.
    Beso su mano.

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    1. No, no llamada disciplina inglesa porque en aquel tiempo era disciplina universal. Quien no es flagelado poca ocasión tienen de aficionarse a ello. Quien lo es corre ese riesgo.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  4. Como estudiante a lo mejor no era un fenómeno pero como amante por lo que leo y lo poco que he leído sobre él era un experto y ademas bastante sádico.

    La letra con sangre entra en España sin ser de alta alcurnia:"hasta no hace tanto era bastante frecuente en los centros castigar a los alumnos".El que no le guste estudiar ni que le arranquen la piel a tiras esta visto que se consigue más con miel que con hiel.

    Buen fin de semana bisous.

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    1. No sé qué le diga. Los nuevos sistemas no parecen capaces de producir mayor afición al estudio. El panorama educativo es para llorar.

      Feliz tarde

      Bisous

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  5. Yo también estudié con los jesuitas...Pero no me pegaban :D
    Influiría esa educación en su carácter sexual?? Es posible. Aun desconocemos por qué nos atraen las personas sexualmente (del mismo o diferente sexo), y nuestra manera de relacionarnos con esa persona.

    Besos

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    1. Es una suerte que ya no estén de moda los azotes en la escuela, monsieur. Sería terrible. Ahora parece que se lleva más el bullying, que también es terrible.

      Feliz día

      Bisous

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  6. lo que está claro es que al joven Sade ya le iba la marcha. ni un charco sin pisar.

    que tenga un buen fin de semana, madame.
    bisous!!

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    1. Qué va. Todavía no había despertado.

      Feliz día, monsieur. Y felicidades.

      Bisous

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  7. Esa dicotomía entre el prestigio social y la realidad de la tesorería familiar, ha espoleado muchos cerebros. Interesante este perfil de Sade, del que ignoraba su vida. Saludos.

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    1. Era ese orgullo curiosamente entendido.

      Feliz día, madame.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)