domingo, 17 de abril de 2016

Carlos V y los comuneros: la guerra civil


En enero de 1520 Carlos pretende dirigirse a Santiago. Quiere visitar la tumba del apóstol. Chièvres convoca a representantes de todas las ciudades de Castilla y León para que se reúnan allí y le entreguen el dinero con el que sufragar los gastos del nuevo viaje que deberá emprender el rey, que incluyen los de la ceremonia de coronación como Rey de Romanos. Es decir, se les pedía que pagasen los gastos de una lujosa y lejana ceremonia que nada tenía que ver con sus reinos. Además el dinero seguía saliendo en grandes cantidades rumbo a Flandes, a la vista de todos. Era el más cínico de los saqueos, cien veces peor que el de los turcos.

Por el camino el rey llega a Valladolid, donde los ánimos están muy agitados. Mediante presiones de toda índole, Chièvres consigue fondos, pero los castellanos comienzan a reaccionar con violencia. Grupos pobremente armados recorren las calles profiriendo gritos contra él, y uno de estos grupos intenta incluso impedir que Carlos abandone Castilla. La guardia se ve obligada a intervenir.

En Toledo la situación empeoraba. En Benavente el monarca recibe al portavoz de los descontentos, Pedro Laso de la Vega, pero no de muy buen talante.

—No me tengo por servido con lo que está sucediendo en Castilla, y particularmente en Toledo. Si no tuviera en cuenta que sois mis hijos, os mandaría castigar como bien os merecéis por dedicaros a lo que vos y yo sabemos. He querido advertiros claramente de lo peligroso de vuestra actitud, y espero haberme hecho entender. Si os queda alguna duda, acudid al presidente del Consejo y él os dirá qué es lo que más os conviene hacer.

Benavente

Y se negó a escuchar las quejas que el portavoz deseaba formularle. Pero Carlos no se libraría de él; Pedro Laso lo seguiría hasta Santiago. Allí el rey prometió regresar antes de tres años y se reafirmó en su juramento de no dar oficio en Castilla a personas que no fueran naturales de esas tierras. Sin embargo, a continuación nombra como regente al cardenal Adriano de Utrecht, que ni por aproximación era castellano.

Mientras tanto Chièvres hacía desterrar a Pedro Laso, el hombre más amado de Toledo, una decisión que no contribuyó a apaciguar los ánimos.

Adriano de Utrecht se encontraba en Benavente cuando le llegan noticias de que en Segovia el pueblo había asesinado a un procurador al que acusaban de haber traicionado sus intereses durante las cortes celebradas en Santiago. El procurador se había refugiado en la iglesia de San Miguel, pero fue sacado de allí a la fuerza, tan enfurecido el pueblo que ni siquiera se detuvo ante el Santísimo Sacramento que los sacerdotes exhibían en un intento por salvar la vida de aquel hombre. Acababan de nacer los comuneros, la revolución del pueblo contra un emperador extranjero, un regente extranjero y un hombre más extranjero aún que gobernaba de hecho por ambos.

Adriano decide imponer un castigo ejemplar y envía al licenciado Ronquillo como alcalde de corte, pero los segovianos le impiden la entrada. Ronquillo pide un ejército mientras en Segovia se buscan más armas y hombres. Toledo envía ayuda inmediata al mando de Juan de Padilla.

Adriano de Utrecht

El movimiento se extiende a otras ciudades: León, Zamora, Ávila, Salamanca… Los comuneros comienzan a controlar villas y ciudades, y el clero se va uniendo a ellos. Los rebeldes toman el alcázar de Madrid, donde capturan las armas que necesitan para enfrentarse al ejército. La guerra estaba a punto de comenzar.

Medina del Campo se niega a entregar su artillería al ejército imperial. Era una decisión unánime de su pueblo, al mando del alcaide de la fortaleza, don Diego de Padilla, hombre recto e intachable que había sido muy estimado por la Reina Católica. Hombres y mujeres luchan contra el ejército en las calles y en las casas. Los asaltantes, al ver que no podrían tomar la plaza, le prenden fuego, pero aun así el pueblo no se entrega. Los soldados entran en las casas matando a todas las mujeres y niños que encuentran a su paso. Fue inútil: Medina no se rindió, y el ejército se vio obligado a refugiarse en la fortaleza de Arévalo.

Ante el horror de esta noticia, se subleva Valladolid, donde residía el regente. La heroicidad de Medina del Campo llega hasta Burgos. Los comuneros se organizan y unen sus fuerzas en lo que denominan la Santa Junta. Tienen el propósito de dirigirse a Tordesillas y presentarse ante la reina doña Juana. No quieren derrocar al rey, sino tan solo que se tomen las medidas oportunas para que se ponga fin a aquel mal gobierno.

El 29 de agosto de 1520, Bravo, Padilla y Zapata entran en Valladolid con el ejército comunero para poner sitio a Tordesillas y entrevistarse con la reina. No fue necesario el cerco: el propio pueblo, harto del mal gobierno del marqués de Denia, les abrió las puertas. Padilla habló a la reina, pero ella se negó a firmar cualquier documento.

Juana I de Castilla
Al cabo de tres semanas llega la Junta a Tordesillas y se proclaman como el auténtico gobierno del reino. Comienzan las disensiones entre ellos: algunos ya eran partidarios de derrocar al rey. La alta nobleza comienza a apartarse del movimiento comunero ante esta actitud de extrema rebeldía. Los comuneros solicitan la ayuda al monarca portugués, pero este, indignado, no solo se la niega, sino que se la presta a Carlos. 

Padilla logra apresar a tres de los consejeros reales, aunque el regente logra huir a Medina de Rioseco, la villa del almirante de Castilla, donde comenzaban a concentrarse las tropas imperiales. 

Para tratar de apaciguar a los castellanos, en Lovaina Carlos reúne al Consejo de Estado y decide eliminar las causas que hacían que el pueblo apoyara a los comuneros. Promete regresar pronto y nombra a dos españoles para que gobiernen con Adriano, uno de ellos el almirante. A continuación designa al conde de Haro como capitán general de los ejércitos imperiales en Castilla. A partir de ese momento, advierte que sus tropas aniquilarán a quien continúe mostrando rebeldía.

La Junta comunera cometió entonces el error de nombrar capitán general de los suyos a Pedro Girón. Con ello pretendían atraerse a toda aquella nobleza que les era adversa, pero eso significaba renunciar al liderazgo de Juan de Padilla, que se retira a Toledo. La causa comunera vio cómo muchos hombres se alejaban para seguir al único hombre al que considerarían siempre su capitán.

Aun así, las fuerzas eran mucho más numerosas que las del enemigo, pero Girón no se demostró muy hábil. En lugar de asaltar Rioseco, se contentó con poner a sus tropas en orden de combate, esperando que los sitiados aceptaran la confrontación. El regente y el almirante enviaron al campamento enemigo a fray Antonio de Guevara para parlamentar, pues era famosa su elocuencia. La misión fracasó, pero no totalmente, porque Pedro Girón iba a abandonar la causa.

Otro de los rebeldes, el obispo Acuña, se mostraba tan implacable que el almirante decidió recurrir a un ardid. Se entrevistó con él y le prometió que Rioseco se declararía comunera. Acuña lo creyó, de modo que levantó el campamento situado frente a la villa y se dirigió con las tropas a Villalpando, lo que convenía mucho más a los imperiales, cuyos refuerzos, reunidos por el conde de Haro, llegaban ahora libres del cerco comunero. El ejército del rey propone entonces atacar Tordesillas, aún en poder enemigo, y rescatar a doña Juana.

Pedro Girón

El conde imprime a sus hombres un ritmo infernal y logra alcanzar la plaza en solo dos jornadas. Únicamente 300 clérigos armados y reclutados por Acuña permanecían allí para defender Tordesillas. Fue una tarea fácil tomar la villa la noche del martes 4 de diciembre de 1520. Los miembros de la Junta fueron hechos prisioneros.

La noticia siembra el terror y algunas ciudades comienzan a apartarse de la revolución. Días más tarde Carlos envía a los gobernadores una lista con 250 nombres de los cabecillas condenados a muerte y pérdida de todos sus bienes, acusados del crimen de lesa majestad. Adriano de Utrecht y el almirante le habían suplicado repetidamente que concediera un perdón general, pero Carlos estaba dispuesto a mostrarse firme y utilizar guante de hierro.

(El próximo día la última parte)


Muchas gracias a todos los asistentes a la presentación en Madrid de Mujeres en la historia.

De izquierda a derecha: Montserrat Suáñez, Charo Martínez, Carmen Martí, la vizcondesa de Saint-Luc, Elena Marqués y Rosi Serrano.

Teresa Iturriaga, Montserrat Suáñez, Carmen Martagón y Elena Marqués


También llevaron mi novela "La corte del diablo" para firmar. Mil gracias.


19 comentarios:

  1. Lo que empezó siendo un movimiento urbano antiflamenco de clase media derivó en revuelta popular antiseñorial que se radicalizó en el entorno rural, lo que asustó a la aristocracia y contribuyó a la participación determinante de ésta en la resolución final del conflicto. En la rebelión no faltaban cardadores, zapateros, tundidores, pellejeros, sastres, boneteros, pelaires, cordoneros, latoneros, carpinteros, sombrereros, barberos, caleros, labradores, cabestreros, herreros, ganapanes y tenderos. Gente modesta que daba a la revuelta un tinte social.
    Un saludo.

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    1. Un conato de revolución popular y burguesa ahogado con sangre y fuego.
      Feliz domingo, madame.

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    2. Uy, Cayetano, si pensé que te había respondido. No sé por qué no aparece el comentario.

      Sí, en efecto, llegó a ser la revolución de todo el pueblo, y se sentían lo bastante fuertes como para poner en jaque al rey.

      Buenas noches.


      Bisous

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  2. Qué torpeza ahogar el conflicto por las armas, mejor habría sido reconducirlo y aprovechar el empuje para fortalecer el Estado.

    Lucen ustedes muy bien en la presentación del libro. Felicidades.

    Bisous y buenas tardes

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    1. Sí, tuvieron una ocasión de oro y la desperdiciaron por lo mismo de siempre: la incapacidad para ponerse de acuerdo. Aún padecemos ese mal, por lo visto endémico.

      Buenas noches, madame

      Bisous

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  3. Tordesillas, Medina del Campo, Arévalo... No ha mucho he conocido esas ciudades sobrias, frías, escenarios de esta historia. Que poco cuesta asomarse al río Duero desde los miradores, casi como hacerlo desde las ventanas del palacio donde cautiva estaba la reina e imaginar cómo las los comuneros se llegaban hasta allí para entrevistarse con doña Juana.
    Beso su mano.

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    1. Ah, sí, monsieur! Precisamente en Tordesillas, desde el hotel Los Toreros, se divisa mucha historia de España. No sé si conoce el lugar, pero resulta un magnífico punto de partida aunque uno no se aloje allí.

      Buenas noches

      Bisous

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    2. ¿Ah, usted sí, aunque sea por referencias? Porque por allí, además de la propia Tordesillas, esta Medina del Campo, con su castillo y su gran plaza y muy cerquita Rueda, comarca de vinos famosos, y de gente muy generosa y amable.
      Beso su mano.

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    3. Ah, sí, cierto. Recuerdo que en alguna ocasión me comentó usted su extremada hospitalidad. Supongo que estará deseando volver por allí.

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  4. Hola Madame:
    Cuantas veces, he pasado por Tordesillas, camino de Galicia al pueblo de mi papá (Nogueiró, Ourense)y Benavente. Sin embargo, nunca he parado en Tordesilla, sede de las bulas papales que repartió en nuevo mundo entre España y Portugal. Si lo he hecho en Benanvente.

    Habla de incapacidad...Mejor me callo...

    El chico de corbata, con las gafas, en la última foto... Me suena de algo :D

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    1. Se refiere a ese chico tan guapo que aparece a la derecha de la imagen? Me pareció encantador :)

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  5. Ah Madame! Carlos V es otro personaje a quien la Providencia hizo uno de los más poderosos, pero siendo imparciales tenía una personalidad conflictiva, era tozudo e imbuido negativamente de su 'derecho divino' de gobernar.
    A pesar de contar con excelentes asesores como Adriano de Utrech (elegido papa en 1522), uno se da cuenta que Carlos era inflexible y no
    aceptaba los prudentes consejos para perdonar y pacificar sus dominios;
    nunca demostró piedad, ni siquiera en su nativa Flandes y esto fue determinante para que nunca fuese amado por su súbditos.
    Una vez más la pobre reina Juana era invocada para intervenir en los sucesos pero, ella se negó a todo... Ainss! si al menos hubiese tenido momentos de lucidez ¡cuánto bien habría hecho a Castilla y a sus hijos!
    Vemos las consecuencias de una alianza aparentemente espectacular pero
    que sólo trajo desgracias tanto a los Trastámara como a los reinos de la península; ahora gobernaba un extranjero que no se expresaba en castellano y lo más importante: no comprendía ni se identificaba con su pueblo.

    Aprovecho la oportunidad para felicitarla por el éxito del Tercer Volumen de 'Mujeres en la Historia', un verdadero logro que me alegra sinceramente.

    Buen inicio de semana
    Fred

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    1. Muchas gracias, monsieur. Lo hemos disfrutado todo mucho este fin de semana, que fue muy ajetreado y repleto pero también muy emocionante.

      Buenas noches.

      Bisous

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  6. Nunca leí sobre los Comuneros con tanta claridad y detalle. Felicidades, Madame.

    Bisous

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  7. claro que sí, qué es eso del perdón general... fíjese, se ganó unos 500 años sin rebeliones destacables en castilla. como el que no dice nada.
    a ver cómo acaba todo.

    bisous madame!

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    1. Tanto tiempo han sido capaces de estar sin guerras civiles? Eso es porque iban encontrando enemigos mejores contra los que alzarse en armas, no le quepa duda.

      Buenas noches.

      Bisous

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  8. El más cínico de los saqueos.Craso error nombrar a Pedro Girón y Velasco para defender esta causa, al fin y al cabo era uno de ellos(nobles) aunque enfadó muchísimo al Rey, pero entre ellos si que hacen borrón y cuenta nueva(los que siempre pierden son el pueblo llano).

    -Por las caras de alegría que se ve: ha sido una presentación redonda.Me alegro muchísimo por todas.

    Bisous y esperando el siguiente capítulo...

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    1. Tiene usted mucha razón. Al final los nobles suelen librarse con solo mostrarse arrepentidos. El resto nunca lo tuvo tan fácil.

      Sí, fue una velada magnífica. Espero repetir algo así con mis compañeras. Habrá que buscar el pretexto.

      Buenas noches.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)