lunes, 21 de marzo de 2016

Historia de las mujeres


La historia, tradicionalmente contada por hombres, está repleta de hazañas masculinas, pero resulta injusta con la mujer, a la que relega casi invariablemente a un segundo plano. Desde la antigüedad más remota, la mujer se ha visto postergada, silenciada y discriminada con respecto al varón. En civilizaciones tan avanzadas como la ateniense, permanecía en el gineceo, que abandonaba tan sólo para hacer contadas visitas a sus vecinos o asistir a ceremonias y festivales religiosos. En las casas se mantenían esclavas para acompañar a las señoras en sus salidas, porque se consideraba impropio que fueran solas. En el gineceo crecían en la ignorancia. El cuidado que prestaban a los deberes domésticos y a su atuendo constituía todo el interés de su monótona existencia, y no había relación intelectual alguna con el otro sexo. Incluso en las ceremonias participaban apartadas de los hombres.

El matrimonio no cambiaba su situación. El marido vigilaba su honor con celo y no consideraba que la esposa tuviera muchos más derechos que los de un esclavo doméstico. Los griegos pensaban, desde luego, que la mujer era un ser de naturaleza inferior a la del hombre.

Los espartanos concedían más libertad a las solteras para mostrarse en público y fortalecerse por medio del ejercicio físico. Ahora bien, esta libertad no obedecía a ninguna consideración de igualdad, sino que se fundaba en el deseo de producir niños fuertes mediante la adecuada preparación del cuerpo de las mujeres, porque ser madres era, para los griegos, su única misión en la vida. Demóstenes decía:

“Tenemos a las hetairas para el placer, a las criadas para que atiendan nuestras necesidades diarias y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean fieles guardianes de nuestros hogares”.


En Roma, en tiempos de la República, a la mujer se le imponía un férreo sistema patriarcal en virtud del cual el esposo tenía autoridad absoluta sobre ella y sus hijos. La lista de prohibiciones a la que se enfrentaba cada día era interminable. No se le permitía ni siquiera beber vino. El marido la besaba en la boca para asegurarse de que no lo había hecho, y si comprobaba que había desobedecido, tenía la facultad de castigarla severamente, algo que no excluía matarla a golpes.

La mujer fue adquiriendo algunas libertades durante el Imperio, esencialmente financieras. Las patricias tenían acceso a la cultura y participaban en actividades de la vida social y comercial. El estoico Musonio Rufo, que enseñaba filosofía en Roma en tiempos de Nerón, se atrevió a declarar la igualdad intelectual entre hombres y mujeres.

Sin embargo, lo cierto es que la mujer romana estuvo privada de los derechos conferidos a los varones: no podía votar, no tenía acceso a los cargos públicos ni a los principales oficios. Además, mientras los hombres gozaban de gran permisividad, ellas debían ser castas y fértiles, se consideraban aptas para el matrimonio al cumplir doce años y era su deber dar hijos al Estado. Las leyes de Augusto premiaban a las madres de dos o más hijos y penalizaban a las que hubieran alcanzado la edad de 21 años solteras y sin descendencia. De ahí que la familia se apresurara a elegirles un esposo adecuado, sin que fuera necesario que ambos se conocieran apenas. 

Con la caída del Imperio Romano, la humanidad se sumió en las tinieblas de la Edad Media, una época profundamente misógina. Las religiones monoteístas no se preocuparon por favorecerla más de lo que habían hecho las politeístas, tal como reflejan los textos de los autores cristianos.

“Dios creó a la mujer más imperfecta que el hombre, por tanto debe ésta obedecerle, ya que el hombre posee más sensatez y razón”. (Santo Tomás de Aquino).

La posición de la mujer pareció retroceder con respecto a la relativa libertad de la que habían gozado las patricias romanas. No sólo el padre, sino cualquier varón de la familia esperaba obediencia ciega e inmediata. A ellas se les continuaba inculcando que su única función en la vida era casarse y tener hijos. La ley otorgaba al esposo un poder absoluto, y la esposa era una más de sus propiedades. El adulterio femenino podía conllevar pena de muerte. Aún en la Inglaterra de Enrique VIII, si el rey daba su aquiescencia, cualquier noble caballero tenía permiso para quemar a su mujer en una hoguera, y azotarla o golpearla era práctica común y aceptada. El propio Enrique dio ejemplo deshaciéndose en el cadalso de las esposas que le estorbaban.

El Renacimiento había traído la luz, pero sólo a los hombres. Mientras el humanismo convertía al hombre en medida de todas las cosas, tal consideración no se extendía a la mujer, que continuaba ocupando el mismo lugar de sumisión y obediencia. Algunos autores, como Fray Luis de León, comenzaban una tímida apertura al permitirles la lectura de ciertos libros, aunque sin mucha libertad de elección más allá de los textos piadosos o los clásicos grecolatinos. Se les enseñaba que eran inferiores a los hombres, ya que así había sido ordenado por Dios. Ni siquiera la Reforma cambió un ápice su posición subordinada, si tenemos en cuenta las palabras de un líder como John Knox:

“La mujer, en su más grandiosa perfección, fue hecha para servir y obedecer al hombre”.

Pero en toda época hubo mujeres dispuestas a encontrar su lugar en una sociedad hecha a medida del hombre. Durante la Edad Media nacieron en Aquitania y en Provenza las Cortes del Amor, tribunales femeninos que aspiraban a refinar a aquellos rudos caballeros. Más adelante ese espíritu fue recogido en la Francia de Luis XIV por un grupo de mujeres que tuvieron por pionera a la marquesa de Rambouillet. Eran las llamadas Preciosas, damas instruidas que fomentaron la cultura abriendo sus salones a la intelectualidad de su tiempo, y también, desde luego, a toda clase de conspiraciones y revoluciones que se tramaban a su amparo. De hecho la Fronda que hizo temblar el trono de Luis XIV durante su infancia fue, en buena medida, una guerra hecha por las mujeres desde su salón.


Sin embargo, se esperaba de estas damas que se contentaran con su papel de perfectas anfitrionas. Cuando intentaban ir más allá y formar parte ellas mismas de la élite intelectual de la época, sufrían las burlas y el escarnio de los varones. El propio Molière se mofó de ellas en su comedia Las Preciosas Ridículas.

Los salones femeninos proliferaron durante la Ilustración y se convirtieron en útiles instrumentos para difundir la nueva ideología de libertades con la que combatir al Antiguo Régimen, un movimiento que acabaría cristalizando en la Revolución Francesa. Parecía que estos cambios en el pensamiento terminarían con la desigualdad a la que continuaba condenada la mujer, pero no fue así. A pesar de que fueron muchas las que tomaron parte activa en los acontecimientos, no lograron la igualdad. Théroigne de Méricourt había organizado un escuadrón de amazonas para combatir al lado de los hombres, pero recibieron un mal pago. Su voz cayó en el vacío al clamar ante la Asamblea:

“Ustedes anularon todos los privilegios, anulen también los del sexo masculino. Trece millones de esclavas llevan las cadenas que les colocaron trece millones de déspotas.”


El siglo XIX trajo consigo una asfixiante moral victoriana que, una vez más, no nos favoreció. Eran tiempos en los que las pintoras eran infravaloradas y las escritoras tenían que disfrazar su identidad firmando sus obras con nombre masculino para ser tomadas en serio. Y si la mujer encontraba toda clase de obstáculos para entrar en el mundo del arte, no eran menores los que debía sortear para adentrarse en la ciencia. La misoginia estaba presente también en científicos como Einstein. Su esposa, Mileva Maric, una gran física y matemática, constituyó una extraordinaria colaboradora para él. De hecho, y aunque nunca recibió el menor reconocimiento, participó en la primera etapa de su teoría, según se desprende de una carta que escribió a una amiga:

“Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido.”

M.A.R. Editor ha lanzado tres antologías para tratar de desintegrar ese prejuicio que ha perseguido siempre a la mujer y rescatar del olvido un puñado de nombres femeninos que merecieron destacar en todos los ámbitos. Se trata de relatos de ficción sobre personajes reales, obra tanto de escritoras clásicas como actuales. 

El primer volumen abarca el periodo comprendido entre 1800 y 1940, y cuenta con autoras de la talla de Josefina Aldecoa o Edith Wharton, la primera mujer en ganar un premio Pulitzer. Por sus páginas desfilan heroínas como Manuela Malasaña o Anita Garibaldi; artistas como Frida Kahlo o Camille Claudel; escritoras como Virginia Woolf o Alfonsina Storni.

El segundo se ocupa de las décadas transcurridas desde la Segunda Guerra Mundial, un volumen repleto de heroínas que ejercieron una gran influencia sobre los procesos sociales y la evolución de la sociedad. El lector encontrará fotógrafas, egiptólogas, espías, periodistas y mujeres cuya labor abarcó todos los ámbitos imaginables.

El tercero, de reciente aparición, rescata del olvido a mujeres que dejaron su impronta durante la época de la Ilustración. Las autoras traen a sus páginas personajes a veces tan conocidos como Catalina la Grande, Olympe de Gouges o la duquesa de Alba, pero también otros cuyo nombre se ha visto injustamente opacado, junto con textos clásicos que fueron publicados durante el siglo XVIII, entre ellos un relato de Madame de La Fayette y la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.

Son libros sobre mujeres escritos por mujeres. No se trata de una revancha, sino de una reparación, de hacer justicia a todos esos nombres femeninos que han pasado de puntillas por la historia, sin encontrar el lugar que les corresponde. Es un homenaje con el que pretendemos rescatar y reivindicar su memoria.

Tras su presentación en Bilbao y en el festival Tenerife Noir, os esperamos en Gijón, en la librería Central, el lunes 28, a las 19:30.



domingo, 13 de marzo de 2016

La Cloaca Máxima y la diosa Cloacina


Al estar Roma situada sobre varias colinas con un río que fluye por ella, era probable la formación de ciénagas insalubres en las partes más bajas de la ciudad. Para evitarlo se construyó un sistema de canales subterráneos que después de dos mil quinientos años aún sirven perfectamente al propósito para el que fueron diseñados. Se trataba de recoger el agua por medio de un sistema de canales que iban a dar a uno grande cuya misión era llevarla hasta el río junto con las inmundicias de la ciudad, procedentes de baños y retretes públicos. Las residencias privadas, en cambio, contaban con un pozo ciego que recogía las descargas de sus habitantes. Las de los patricios más afortunados tenían canalizaciones que conectaban con el sistema de alcantarillado, pero esto no era lo ideal, porque con las crecidas del río las aguas fecales regresaban, salían por las letrinas —situadas en lugar próximo a la cocina para aprovechar el agua con el que lavaban los utensilios— e inundaban el hogar.

Este canal principal, conocido como la Cloaca Máxima, todavía se conserva. Con una longitud de 600 metros, conducía el agua desde las colinas y atravesaba el foro para desaguar en el Tíber. El canal estaba parcialmente descubierto, mientras que otra parte era abovedada.

El origen de la construcción de cloacas en general se suele atribuir a los tres últimos reyes. En particular la de la Cloaca Máxima se dice que data de los tiempos de Tarquinio el Viejo, hacia el 600 a. C., una obra realizada bajo la dirección de ingenieros etruscos y terminada durante el reinado de Tarquinio el Soberbio. Pero tuvo que ser aumentada en varias ocasiones a medida que crecía la ciudad. Una de las ampliaciones se atribuye a Marco Agripa. Parece ser que él construyó un sistema nuevo de canales debajo del Campo de Marte, uno de los cuales aún pasa bajo el suelo del Panteón.


La construcción requirió una ingente cantidad de mano de obra extraída de entre las clases más bajas de Roma, obreros que se veían forzados a realizar jornadas inhumanas en penosas condiciones. Muchos fueron los que optaron por la huida, e incluso por el suicidio. El asunto fue causa de sublevaciones que Tarquinio el Soberbio reprimió con severidad

Debido a la acumulación de lodo, se requerían limpiezas frecuentes. Algunas de ellas supusieron un gran gasto para Roma, y aparecen mencionadas por los escritores de la época. 

La cloaca máxima tenía su propia divinidad: Cloacina, a veces llamada Colatina, la Purificadora, diosa de las heces y las letrinas que tenía el dudoso honor de presidir el sistema de alcantarillado de Roma. Su culto se remontaba a los etruscos, siendo también protectora del coito en el matrimonio. Tenía su santuario en la Vía Sacra, en el foro, sobre la cloaca. Se desconoce el origen del templo. Sabemos que existía ya a comienzos del siglo II a. C., pero se pretende que es tan antiguo que la leyenda lo hace remontarse a los tiempos de Tito Tacio, el rey sabino que compartió con Rómulo el trono de Roma. Un relato igualmente legendario dice que fue en ese lugar donde en el 449 a. C. la virtuosa Virginia fue apuñalada por su padre para impedir que fuera víctima de las atenciones deshonestas de Apio Claudio.

Camillo Miola - Il fatto di Virginia

Con el tiempo la diosa llegó a ser identificada con Venus. Existen monedas del siglo I a. C. con la imagen de la diosa en su santuario de Venus Cloacina, circular y descubierto, provisto de una balaustrada de metal y con una puerta que daba a la cloaca. En él había dos estatuas de diosas, tal vez ambas de Cloacina o probablemente una de ellas fuera Venus. Cada una apoyaba la mano derecha sobre lo que podría ser un quemador de incienso con aspecto de pequeña columna. En la izquierda, una de ellas sujeta una flor, seguramente un ramo de mirto, puesto que sabemos por Plinio que antes de construirse el santuario crecía allí dicha planta.




miércoles, 9 de marzo de 2016

Eduviges I, Rey de Polonia


La ceremonia de coronación que tuvo lugar en la cathedral de Cracovia el 16 de octubre de 1384 fue un acontecimiento realmente fastuoso. Los nobles polacos no repararon en gastos, y la grandeza de la coronación impresionó a todos los presentes. Pero la significación histórica fue aún mayor: era una niña de diez años quien estaba siendo coronada, e iba a pasar a la historia del país como uno de sus más amados y mejores monarcas; pero no se coronaba como reina de Polonia, sino como rey.

La decisión de hacerlo así se tomó por motivos prácticos. La ley polaca determinaba claramente que el gobernante tenía que ser un rey, pero no establecía que tuviera que tratarse de un varón. De modo que, en lugar de cambiar la ley y para enfatizar el hecho de que era gobernante por derecho propio, se decidió coronarla como Hedvig Rex Poloniae.

Eduviges de Anjou-Hungría nació el 18 de febrero de 1374 en el palacio real de los Anjou en Budapest. Heredó el trono polaco de su padre, Luis el Grande, mientras su hermana mayor, María, heredaba el de Hungría. Durante su infancia gobernó con la asistencia de su madre, Isabel de Bosnia. 

Al nuevo rey se le presentaban muchos problemas: los Caballeros Teutónicos atacaban Polonia y Lituania en la esperanza de recuperar las tierras tomadas por Casimiro III, mientras que algunos descendientes de este aspiraban a reclamar partes de Polonia también. Además el país se veía constantemente amenazado por sus poderosos vecinos y por cualquier posible invasión de mongoles y tártaros. Eduviges estaba prometida a un príncipe austriaco, pero las circunstancias que vivía Polonia no permitían en esos momentos aceptarlo como consorte, de modo que a los trece años la casaron con el Gran Duque de Lituania, fundador de la dinastía Jagellon, que hubo de convertirse al cristianismo para poder celebrar esta boda, y con él lo hizo todo su pueblo lituano. El cambio no fue aceptado sin oposición por la novia. Su disgusto fue grande al conocer que debía renunciar al príncipe que había sido su compañero de infancia y cambiarlo por un hombre mayor que ella y que además era un pagano. Cuentan que sus consejeros tuvieron que encerrarla en sus aposentos para hacer que reconsiderara su posición. Al final prevaleció su sentido del deber para con su país y se entregó al sacrificio.

El esposo tomó el nombre de Ladislao. Ambos gobernaron juntos, y aunque él detentaba la mayor parte del poder, Eduviges tomaba parte en la vida política y cultural, viajaba con él en misiones diplomáticas y se entregaba a actividades benéficas por las que aún hoy es recordada. Fundadora de hospitales y centros de asistencia, vivió dedicada a pobres y enfermos. Fundó, además, la facultad de teología de la Universidad de Cracovia, por la que desfilarían nombres del relieve de Copérnico o Juan Pablo II, y un colegio para lituanos en Praga. En realidad era a ella, y no a Ladislao, a quien los polacos consideraron su verdadero rey mientras vivió.

De Eduviges cuentan que en una ocasión, durante un encuentro con el Gran Maestre de la Orden Teutónica lo amonestó por su codicia y sed de sangre, con tal elocuencia que durante un tiempo la Orden cesó en sus actividades. Pero no siempre empleaba la dureza, y la diplomacia fue una de sus grandes habilidades. Mediante ella fue capaz de reconciliar a Ladislao con su primo Witoldo, que había pretendido el trono de Lituania

Eduviges falleció en 1399, con solo 25 años, tras las complicaciones de un parto. Fue canonizada en 1997 y se considera la patrona tanto de las reinas como de la Unión Europea.


martes, 8 de marzo de 2016

Ellas


…He olvidado tu nombre, Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María, tienes todos los rostros y ninguno, eres todas las horas y ninguna, te pareces al árbol y a la nube, eres todos los pájaros y un astro, te pareces al filo de la espada y a la copa de sangre del verdugo, yedra que avanza, envuelve y desarraiga al alma y la divide de sí misma, escritura de fuego sobre el jade, grieta en la roca, reina de serpientes, columna de vapor, fuente en la peña, circo lunar, peñasco de las águilas, grano de anís, espina diminuta y mortal que da penas inmortales, pastora de los valles submarinos y guardiana del valle de los muertos, liana que cuelga del cantil del vértigo, enredadera, planta venenosa, flor de resurrección, uva de vida, señora de la flauta y del relámpago, terraza del jazmín, sal en la herida, ramo de rosas para el fusilado, nieve en agosto, luna del patíbulo, escritura del mar sobre el basalto, escritura del viento en el desierto, testamento del sol, granada, espiga, rostro de llamas, rostro devorado, adolescente rostro perseguido años, fantasmas, días circulares que dan al mismo patio, al mismo muro, arde el instante y son un solo rostro los sucesivos rostros de la llama, todos los nombres son un solo nombre, todos los rostros son un solo rostro, todos los siglos son un solo instante y por todos los siglos de los siglos cierra el paso al futuro un par de ojos……


(Piedra de Sol - Octavio Paz)


Feliz día Internacional de la Mujer. Nosotros lo celebraremos con la presentación en Bilbao de los tres volúmenes de Mujeres en la historia. 

Está confirmada también la presencia del tercer volumen, dedicado a la Ilustración, esta semana en las islas Canarias, en el festival literario Tenerife Noir.

Y el miércoles día 9, a las 11.15 de la mañana si no hay cambios, me entrevistarán en directo para la emisora madrileña Cadena Ibérica, que pueden escuchar también online:

http://cadenaiberica.radio.es/

El periódico Irreverentes se hace eco del proyecto Mujeres en la historia:

http://periodicoirreverentes.org/2016/03/07/proyecto-mujeres-en-la-historia-en-el-dia-internacional-de-la-mujer/

Es todo por el momento. Pasadas las celebraciones retomaremos la actividad en el blog. Muchas gracias.