sábado, 30 de enero de 2016

Mujeres de la Ilustración: Madame du Deffand


«Mme du Deffand es junto con Voltaire, en la prosa, el estilo clásico más puro de esta época, sin exceptuar a ninguno de los grandes escritores.» 
Saint-Beuve


Marie de Vichy Chamrond, marquesa du Deffand, nació en 1697 en el seno de una familia aristocrática, aunque con escasos recursos económicos. Su padre, el conde de Vichy, tenía sus dominios en Borgoña. Poco es lo que sabemos acerca de él y su esposa, al igual que sobre los restantes parientes de Marie, aunque conocemos a una tía contrahecha y muy inteligente que, contrariamente a las costumbres de la época, ni se había casado ni ingresado en un convento.

La niña fue enviada al convento de la Madeleine de Trénel, en París, donde recibió una pobre instrucción debido al escaso interés que ponía en el aprendizaje y en la resistencia que siempre prestó a la rutina. Ella misma escribe: “Apenas tenía diez años cuando comencé a no entender nada”.

Era aún muy joven cuando alarmó a las monjas y a su propia familia con su falta de fe. Su confesor discutía con ella, pero Marie era más inteligente y siempre encontraba argumentos con los que derrotar al sacerdote. Ante la alarma de la abadesa, su familia envió al gran predicador Massillon para convertir a la hereje, pero tampoco este lograría ningún resultado. Nadie lo conseguiría nunca. Madame du Deffand sería célebre por su ingenio mordaz y por ese escepticismo que siempre la caracterizó. Uno de sus más famosos comentarios fue aquel que hizo sobre el relato del decapitado San Dionisio caminando seis kilómetros con la cabeza entre las manos:

—Lo que cuesta es dar el primer paso.


Cuando terminó su instrucción regresó al campo, algo que le resultaba sumamente aburrido. No apreciaba la naturaleza; prefería encontrarse en sociedad, recibiendo elogios a su talento y belleza. Cuando tenía 21 años su familia decidió casarla con el coronel marqués du Deffand de la Lande. Marie no sentía la menor inclinación por él, pero el matrimonio le pareció la mejor forma de escapar al aburrimiento y monotonía de sus días, de modo que no se opuso a un arreglo que había sido hecho sin consultarle.

Pero, ¡ay!, Marie pronto comenzó a encontrar al marido al menos tan aburrido como el campo. Eso fue suficiente para que lo abandonara apenas cuatro años después de la boda. A partir de ese momento vivió en París, totalmente entregada a sus placeres y se diría que encantada con el escándalo que había provocado con su separación. Pero ella nunca mencionaba ese asunto, del que solo se hablaba a sus espaldas.

La marquesa era muy joven, bonita, atrevida e imprudente, y estaba sola, lo que alentaba a todos los galanes de la corte disipada del Regente, de quien Horace Walpole afirma que durante algún tiempo Marie fue su amante. 

Todo París continuaba a sus pies cuando se retiró al Château de la Rivière, en Bourdet, donde comenzó a dar sus famosas cenas, pero pronto se cansó también y decidió reconciliarse con su esposo. Durante seis semanas ambos vivieron como buenos amigos, pero al cabo de ese tiempo, “Madame, a su extremo de la mesa, siempre parecía triste y distraída; miraba por la ventana y suspiraba; respondía a los bienintencionados esfuerzos de marqués por mantener una conversación con delicada melancolía; al día siguiente aparecía aún más ausente; francamente aburrida al tercero; un poco llorosa al cuarto, y al final tan desesperadamente desdichada que el marqués, como caballero que era, lo único que podía hacer era regresar con su padre”. No discutieron. ¡Pelearse era tan burgués! Todo se resolvió con tacto, perfecta educación y autocontrol, poniendo así la guinda a un episodio que hizo reír a todo París.

Château de la Rivière

Para consolarse de su soledad, la marquesa frecuentaba el hogar de la duquesa de Maine en Sceaux, al que también acudía Voltaire. Allí conoció al presidente Hénault, con quien comenzó una relación.

Se cansó también de Sceaux, como de todo lo demás. Marie decidió que no quería limitarse a adornar el salón de otra persona; era lo bastante brillante para mantener uno propio, y además ya antes había ofrecido unas cuantas cenas en su casa de la rue de Beaune, unas veladas a las que había asistido Madame du Châtelet. El éxito obtenido había desatado su ambición, de modo que buscó alojamiento en la rue St Dominique, en el convento de San José. Sus apartamentos, sin embargo, no tenían nada de conventuales. De hecho, ocupaba la habitación que una vez había alojado a Madame de Montespan, y allí comenzó esas “cenas de los lunes” que causaron furor.

Cuando su esposo falleció, ella acudió a despedirse de él como de un viejo amigo; pero pronto olvidó cualquier duelo y se sumió de nuevo en la vorágine de la vida social. Hasta que un día, súbitamente, abandonó sus tertulias y reuniones y dejó París para acudir a refugiarse en la casa de campo de su hermano. Voltaire la persiguió con sus madrigales y sus amigos con mil peticiones para que regresara, pero ella todas las ignoraba. Una desgracia comenzaba a abatirla: debía enfrentarse al hecho de que, a sus 55 años, se estaba quedando ciega.

En casa de su hermano conoció a Julie de Lespinasse, la institutriz de sus hijos, una joven sin fortuna pero dotada de viva inteligencia. Ambas estaban destinadas a entenderse. A medida que perdía la vista, la marquesa necesitaba más de una persona que pudiera permanecer a su lado como dama de compañía, y Julie le pareció perfecta para este cometido.


Marie regresó a París y reanudó sus tertulias. Durante diez años Julie permaneció a su lado, ayudándola en su tarea de anfitriona a recibir a lo más granado de la sociedad de su época. Pero un día la marquesa descubrió que la mujer a la que empleaba a su servicio había abierto un salón rival en sus propios apartamentos, y que recibía en ellos a hora más temprana. La discusión que produjo este descubrimiento fue tormentosa. Julie amenazó incluso con envenenarse, y de hecho ingirió una pequeña cantidad de veneno, suficiente para sentirse indispuesta y asustar a quienes la rodeaban. Después ambas se separaron, llevándose Mademoiselle de Lespinasse consigo a la mitad de los asiduos de la marquesa, y en especial a D’Alembert.

Pero Marie no iba a rendirse. A una edad que comenzaba a ser avanzada, ciega y traicionada por algunos de sus mejores amigos, continuó reuniendo a muchos nombres importantes en su salón. Allí estaba el elegante Horace Walpole con su fluido mal francés y su gran sentido del humor; Hérault, ingenioso, aunque muy sordo; las duquesas de Choiseul y Luxemburgo y una docena de celebridades. Allí se elevaban al grado de perfección los buenos modales, el ingenio, el tacto y la delicadeza. Desde su sillón, la marquesa continuaba dirigiendo la conversación con la misma gracia de antaño. Ahora apenas salía de casa durante el día, porque no se levantaba antes de las seis de la tarde; en cambio, de noche siempre estaba en alguna fiesta, o acudía al teatro, a la ópera o a Versalles. Por las mañanas, antes de acostarse, un viejo soldado venía a leerle en voz alta. Marie mantenía a su secretario, Wiart, muy ocupado escribiendo las innumerables cartas que le dictaba para Walpole cuando este se encontraba en Inglaterra, unos mensajes cándidos e impulsivos como era ella. El inglés era veinte años más joven, pero Madame du Deffand lo amó mucho. Fue el único amor de su vida que resultó duradero.

“Puede que este cariño me ponga en ridículo; pero ¿qué me importa? ¿Qué me ha importado nunca eso?” 

Y cuando él respondía con enorme prudencia, ella le reprochaba cariñosamente: “¡Sois un hombre de piedra, de hielo, en una palabra, un inglés!”… “¿Podéis ignorar? …Pero me callo”.

Aunque no conseguía guardar silencio por más de unos cuantos días.

Horace Walpole

A medida que envejecía, ese aburrimiento que siempre había sido su enemigo la atacaba con más fuerza. Los libros ya no la entretenían; sus viejos amigos habían muerto en su mayoría. Cuando le dijeron que también Julie de Lespinasse había fallecido, comentó:

—Si hubiera muerto dieciséis años antes, yo no habría perdido a D’Alembert.

Ya tan solo le quedaba sentarse sobre las ruinas del ayer, recordar los viejos tiempos que añoraba. En julio y agosto de 1780 se quejó de sentirse más débil que de costumbre. El 22 de agosto escribía en una carta a Walpole: “Ya no tengo ni siquiera suficientes fuerzas para temer a la muerte; y no lamento nada excepto que no volveré a veros”.

Desde ese día no volvió a levantarse de la cama. Su antecámara se llenaba con aquellos personajes que habían visitado asiduamente su salón, y un poco antes de morir la marquesa oyó llorar a su secretario junto a su lecho.

—¿Me queréis, entonces? —preguntó, y su voz denotaba genuina sorpresa.

Poco después se sumía en un letargo del que ya no despertó. Dejaba a su perro Tonton al cuidado de su amado Walpole, al que también confió sus papeles, esa correspondencia que tan bien representa el espíritu de la Ilustración.


20 comentarios:

  1. Una mujer que al parecer se cansaba de todo. A veces no es una elección, sino una manera de tomarse la vida. Conozco algún caso actual parecido de gente que no encuentra acomodo con ninguna actividad de las emprendidas.
    ¿Es esta su contribución al elenco de mujeres de la Ilustración? ¿Es un "extra"?
    Lo digo porque todavía no lo he podido comprobar. No me ha llegado aún el libro que encargué a la editorial.
    Un saludo y feliz "dimanche".

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    1. No, esta no está en el libro, ni tampoco Julie de Lespinasse. Para abrir boca de vez en cuando subo un artículo sobre otras mujeres de la Ilustración no incluidas en el libro.

      Muchas gracias, Cayetano.

      Buenas noches.

      Bisous

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  2. Peculiar
    Sin duda peculiar

    Todos tenemos una manía o una peculiaridad que nos hace únicos, inimitable y exclusivo.
    Ella era única en su sociedad, muy independiente de las normas y costumbres sin duda resultaba una rareza en su época.

    En esa sociedad del siglo XVII, escapar de la religión era un suicidio social, pero para su independencia mental y su lógica, a Madame du Deffant le pareció quitarse el corsé.

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

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    1. Pues ya ve que eso no la suicidó a ella. Contrariamente a lo que solemos pensar, ni en su caso ni en tantos otros tuvo la menor relevancia en la consideración de la que gozó por parte de esa sociedad. Yo creo que fue más ñoña la sociedad del XIX, la moral victoriana... Todo eso.

      Feliz domingo.

      Bisous

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  3. Si lleva a vivir en esta época se le diría que era muy poco centrada ya que todo le aburría o casi todo, per osí, una gran conversadora y en cuanto a ironía se lleva el premio.-Acerca del comentario a San Dionisio, no tiene desperdicio jajaja.

    Era una mujer sin dobleces vivió según sus credos.

    Feliz domingo

    Bisous.

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    1. Sí, tenía que ser una carga terrible esa melancolía, esa tendencia a la depresión. Eso es no poder disfrutar de nada, al menos durante más de un rato. Una lástima.

      Feliz tarde, madame.

      Bisous

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  4. Tiene que haber de todo, y se me antoja, superficial y caprichosa, educada y deseable su compañía. Seguramente una gran relaciones públicas, pero de vida desgraciada. Quizás aquel Siglo de la Luces era de oro para algunos y oropel para otros.
    Beso sus manos.

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    1. Sí, lo tenía todo pero no consiguió ser feliz. No había nada capaz de satisfacerla, y eso es una gran desdicha.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  5. Hola Madame: Me ha parecido interesante, pero quizás no encajaba en aquella época. Muy culta, pero a lo mejor esa cultura no le sirvió en lo personal...

    Besos Madame. La semana que viene debe llegarme el libro. Lo estoy esperando

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    1. Muchas gracias, monsieur. Espero que le llegue pronto!

      Buenas noches.

      Bisous

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  6. Desde luego, ingenio, listeza y rapidez mental no le faltaba. Una mujer así triunfa en la vida social en cualquier tiempo. A veces esa proyección exterior y el devaneo sin medida provocan una soledad sentimental poco deseada. Parece el caso de Marie.

    Bisous y tenga usted una agradable semana

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    1. No sé, porque en realidad de niña ya era así. No cambió mucho su carácter ni su personalidad. En el convento fue igual que en su salón.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  7. Bonsoir madame

    Por lo leído la marquesa du Deffand siempre hizo su voluntad y se atrevió a enfrentarse y romper los esquemas establecidos. Lo más importante es que triunfó en la flemática sociedad de la época y debía de tener una personalidad realmente magnética para atraer tantas figuras notables como Voltaire y D'Alembert.

    Un cordial saludo
    Fred

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    1. Sin duda. Conseguir no solo ser aceptada, sino triunfar como hizo ella a pesar de su situación personal, tan irregular, no debía de ser cosa fácil.

      Feliz tarde

      Bisous

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  8. Asistir a uno de esos salones es algo que me hubiera gustado mucho. Imagino la lengua viperina de Moliere y la elegancia de Walpole. El ingenio quizá banal pero agudo de aquellas damas. Porque ilustradas lo serían, o no, pero listas….

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    1. La que entraba sin ilustrar, al poco tiempo tenía que salir ilustrada, a fuerza de conversar y debatir con los más ilustres. Se rodeaban de muy buena compañía.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  9. Atacada del mal del aburrimiento, una enfermedad que solo podían permitirse los miembros de la nobleza a los que los problemas de la vida no afectaban. En todo caso, su magnífica inmersión en la sociedad y su fuerza y coraje le permitieron crear una de las tertulias parisinas más importantes de la época.
    Un beso

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    1. Sí, lástima que su carácter tan tendente a la melancolía no le permitiera disfrutar de ellas tanto como seguramente disfrutaban sus tertulianos.

      Feliz tarde

      Bisous

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  10. Parece que tuvo una vida muy cómoda y plena de reuniones sociales, pero sin actividades de tipo profesional que le hubiera proporcionado mayor plenitud...

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    1. Tal vez lo que a ella le proporcionaba plenitud era escribir. A veces sucede :)

      Muchas gracias, monsieur. Buenas noches.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)