lunes, 28 de diciembre de 2015

Vigilantes y bomberos en la antigua Roma


La mayoría de los ciudadanos de Roma se veían indefensos frente a los múltiples peligros que deparaba la noche. Por algo decía Juvenal que quien saliera solo en Roma por la noche merecía ser tachado de negligente por no haber hecho testamento antes. Algunos contrataban guardaespaldas para acompañarlos en sus salidas, mientras que burdeles, tabernas y almacenes recurrían a porteros que protegieran su negocio. Para esos menesteres solía elegirse a veteranos del ejército, que lograban un efecto muy disuasorio. Los romanos más acomodados podían aspirar a llevar su propia escolta de varios esclavos armados con garrotes y provistos de antorchas, pero para proteger al resto de los ciudadanos surgieron las patrullas de centinelas llamadas sebaciaria. Su misión era patrullar las calles con antorchas durante las horas nocturnas y acudir a las llamadas de auxilio cuando se producía uno de aquellos frecuentes incendios en las ínsulas, cuyos pisos superiores, ocupados por los ciudadanos más humildes, estaban construidos con materiales tan baratos que cualquier cosa podía desencadenar la tragedia. 

En el año 6 hubo un incendio tan pavoroso que Augusto se decidió a tomar medidas para mejorar la eficacia de las patrullas, convirtiéndolas en una especie de policía profesional. Eran las cohortes vigiles, que además hacían las veces de bomberos y se encargaban de mantener el orden en una ciudad que se tornaba especialmente peligrosa en la oscuridad. Formaban este cuerpo esclavos liberados que adquirían la ciudadanía tras seis años de servicio, aunque a partir del siglo II también se permitió enrolarse a los ciudadanos. Para financiar su creación, el emperador gravó la venta de esclavos con un impuesto del 4%.

Los vigiles se dividían en siete cohortes. Al frente de cada una, compuesta a su vez de centurias, se situaba un tribuno. Este cuerpo tenía su propio prefecto, que tenía que ser un caballero romano designado por el emperador. Se ocupaba de que se hicieran las rondas nocturnas, de que se tomaran precauciones para evitar incendios y, además, debía estar informado de todo aquel delito relacionado con la salud pública o con los robos con daños. En tiempos de Alejandro Severo se añadió la función de vigilantes de los baños públicos, que permanecían abiertos durante la noche.

Las patrullas daban caza a esclavos fugitivos y debían hacer frente a cualquier posible malhechor, o a esos grupos de jovencitos ociosos de buenas familias que se entregaban a toda clase de tropelías, una de las cuales era arrojar a las cloacas al desdichado que se cruzara con ellos. Para reducirlos llevaban porras de madera, escudo, coraza y una lanza terminada en un pomo cuya función era retener en el suelo al delincuente. Augusto no quiso que fueran armados con espadas, sino que optó por medidas de carácter más defensivo que ofensivo. Además los dotó de un cinturón de campanillas con el que anunciaban su presencia y ahuyentaban a los criminales. 

El equipo para luchar contra el fuego era bastante sofisticado para la época: cubos con tierra, palas, hachas y mantas empapadas en vinagre. Para abastecerse de agua contaban con los sifones, primitivos camiones de bomberos que consistían en una bomba de agua que se acoplaba a un carro tirado por caballos. Disponían de cuatro médicos al servicio de cada cohorte, y en el aspecto religioso contaban con sus propios victimarii, encargados de hacer sacrificios. 

Los bomberos recibían distinta denominación según la ocupación concreta que tuvieran: los aquarii formaban una cadena para transportar el agua, los sifonarii manejaban bombas de mano y los uncinarii se sujetaban mediante ganchos a techos y paredes. Una de las tareas de los vigiles era recordar a los ciudadanos que debían tener su hogar debidamente equipado con todo lo necesario para combatir un eventual incendio. Si se encontraba que alguien no había seguido sus recomendaciones y había actuado con negligencia, el prefecto podía ordenar que fuera azotado.

La ciudad se dividía en catorce distritos, en cada uno de los cuales había una comisaría que era al mismo tiempo cuartel de bomberos, pero el territorio a patrullar era demasiado extenso, y no siempre resultaban eficaces las rondas. Los vigilantes debían enfrentarse a los sicarii, asesinos a sueldo que cumplían encargos por poco dinero. Su nombre deriva del cuchillo de hoja curva que ocultaban los criminales entre los pliegues de su ropa. También debían ocuparse de los atracadores (efractores) y de los raptores. Como el trabajo de los vigiles estaba mal pagado, resultaba frecuente que admitieran sobornos. A pesar de todo, la seguridad mejoró de modo notable.

Su labor estaba bien considerada socialmente. Aunque nunca alcanzaron el prestigio de las Cohortes Urbanas o la Guardia Pretoriana, el tiempo que permanecían como vigiles les abría después las puertas a puestos más lucrativos y honorables. 

En cambio, los porteros de las casas particulares, llamados ostiarios, eran esclavos cuya función merecía escasa consideración. 

Las casas romanas tenían sus propias medidas de seguridad a base de puertas, cerrojos y cerraduras. Al entrar al ostium desde la calle, el romano encontraba unas puertas (fores o bifores), de madera y frecuentemente con incrustaciones de marfil o de tortuga. Cuando se trataba de edificios públicos o de templos, siempre se abrían hacia afuera, pero en las casas privadas, por el contrario, abrían hacia adentro. No tenían bisagras, sino que se movían sobre ejes. Un SALVE inscrito sobre el umbral daba la bienvenida al visitante, y los romanos que podían permitírselo tenían jambas de mármol o de carpintería muy elaborada. Los llamadores estaban sujetos al centro del panel. Dentro del hogar, las puertas de los armarios se abrían hacia el exterior y, al contrario que las de la casa, no se cerraban mediante cerrojos, sino con llave. Estas eran de hierro o de bronce y sus tamaños variaban mucho. Hay llaves pequeñas que se unían al anillo que se llevaba en el dedo, pero en otras ocasiones eran muy grandes. A veces presentaban formas especiales para cerraduras que eran verdaderos ingenios mecánicos. Las habitaciones individuales no contaban con puertas de separación. En su lugar se cerraban mediante cortinas (vela), que permitían que las estancias pequeñas se airearan mejor.


Los ciudadanos más afortunados contaban, además, con un portero, que ocupaba una caseta cerca de la puerta. En tiempos remotos el pobre ostiario permanecía encadenado a la entrada. Era una especie de perro guardián y disponía de una vara (virga o arundo) para impedir la entrada al intruso que no era bien recibido por su amo y para repeler por la noche a los malhechores.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Curiosas costumbres funerarias


En tiempos de las antiguas dinastías chinas, los féretros que contenían los restos de los difuntos se colocaban en lo alto de acantilados rocosos para que estuvieran cerca del cielo. En las alturas pensaban también los parsis de Bombay, que, siguiendo su religión zoroástrica, practicaban un rito que en los últimos cien años ha caído en desuso. Los parsis bañaban a los muertos y los vestían con ropas de algodón blanco para luego colocarlos en lo alto de las llamadas torres del silencio, construidas en la cima de una colina lejos de la población y a las que solo unos pocos tenían acceso. Allí la carne era devorada por los buitres y de ese modo no contaminaría la tierra. Luego los huesos, una vez limpios de todo elemento impuro, eran arrojados al osario situado en el centro del edificio. Los cadáveres se depositaban siguiendo un orden preciso: los niños en la parte más interior, las mujeres en el centro y los hombres en el lado más externo. Pero antes de conducirlos hasta las torres, hacían que un perro viera el cadáver. Se trataba de perros destinados especialmente a confirmar que la persona no estaba viva, y llevaban marcados dos ojos sobre los suyos reales.

Resulta curioso constatar que las desigualdades sociales ya estaban presentes en el Neolítico. Un equipo de la Universidad del País Vasco al investigar enterramientos de Álava y La Rioja no encontró en ellos mujeres ni niños menores de cinco años, lo que indica que los enterramientos colectivos no eran igualitarios.

El suicidio no siempre fue contemplado del mismo modo por todas las civilizaciones y en todas las épocas. Aunque en la antigüedad solía admitirse, en Roma el rey Tarquino el Soberbio decretó que se pusiera una cruz en los cadáveres de los suicidas, que debían ser abandonados a merced de los animales salvajes. Se trató de una medida que se vio obligado a adoptar para combatir una fuerte oleada de suicidios que se estaban produciendo.


En Occidente quitarse la vida estaba tan mal visto que las familias procuraban ocultarlo. En Inglaterra, al ser considerado el suicida como criminal, sus propiedades eran confiscadas, por lo que la familia se quedaba sin la herencia. Pero más preocupación aún causaba el temor que inspiraban quienes elegían darse muerte, dado que era creencia común que sus espíritus volvían a la tierra. Para impedirlo, sus parientes los enterraban en los cruces de los caminos. De ese modo pensaban que creaban confusión y evitaban que encontraran el camino de regreso. Por si esto no era suficiente, se les solía clavar una estaca en el corazón, método considerado infalible.

Era la misma medida empleada contra los vampiros. En Europa Oriental era práctica corriente introducir un ajo en la boca, y a veces en todos los orificios corporales, además de atravesarles el corazón antes de enterrarlos. En las regiones sajonas de Alemania en lugar de ajo era un limón lo que se ponía en la boca de cualquier difunto sospechoso de ser un vampiro. Los gitanos tenían sus propios ritos al respecto: clavaban agujas de hierro y acero en el corazón y depositaban en la boca, orejas, dedos y sobre los ojos pequeños fragmentos de acero. Introducían espino en el calcetín del difunto y le clavaban una estaca de espino en las piernas o ponían una barrera de plantas espinosas alrededor de la tumba. En Polonia eran decapitados y luego se colocaba la cabeza entre las piernas.

General Santa Anna

A veces no solo eran seres humanos los que se enterraban con todos los honores; podían inhumarse las cosas más curiosas, como por ejemplo la pierna amputada del general mexicano Antonio López de Santa Anna. El 4 de diciembre de 1938, durante una escaramuza en Veracruz con el ejército francés, una bala de cañón le destrozó la pierna, siendo necesario amputarla por debajo de la rodilla. El general hizo celebrar una misa de réquiem por ella en la iglesia de Zempoala, seguida de un funeral de Estado. Finalmente la pierna fue enterrada en el cementerio de Santa Paula. Más tarde sería trasladada a Ciudad de México, donde volvería a ser inhumada con toda pompa y ceremonia. No descansó en paz la pierna, porque años después, durante el transcurso de una revuelta popular, fue desenterrada y arrastrada por las calles. Mientras tanto el general, conocido como el “quince uñas”, llevaba una prótesis de corcho que también acabaría perdiendo en la batalla de Cerro Gordo contra Estados Unidos.

La pierna posiblemente no sea lo más extraño que ha llegado a ser enterrado con todo boato. La mosca de Virgilio ofrece dura competencia a la hora de reclamar el título. El gobierno planeaba confiscar las tierras de Virgilio y parcelarlas para entregárselas a los veteranos de guerra, pero la ley permitía excluir aquellas propiedades en las que hubiera un mausoleo. Para poder acogerse a la excepción, el romano organizó un costoso funeral con plañideras, músicos, invitados célebres y lectura poética, todo para enterrar a una mosca que hizo pasar por su amada mascota. La burla le costó cara, pero consiguió retener sus tierras.

Durante la Edad Media morir lejos de casa llegó a ser un problema de proporciones considerables. Los nobles caballeros deseaban que su cuerpo reposara en sus tierras, junto a los suyos, pero el viaje era largo y los métodos para conservar el cadáver mientras tanto dejaban bastante que desear. Se empapaba en vinagre o se le trataba con sal y luego se envolvía en pieles de animales, pero ninguna precaución solía ser eficaz para evitar la pestilencia. Debido a ello se introdujo un nuevo método llamado mos teutonicus, consistente en cortar al difunto en pedazos y luego hervirlo. De esta manera el hueso quedaba separado de la carne; esta era enterrada en el lugar en el que había fallecido y solo los huesos eran transportados hasta su hogar.


Las campanillas de los muertos fueron un elemento habitual durante esos siglos oscuros. En Escocia el funeral era acompañado del sonido de las campanas, una de las cuales quedaba instalada en la lápida para ahuyentar a los espíritus malignos. Pero tenían también un uso considerablemente más práctico, y que dio origen a la expresión “salvados por la campana”. Muchas veces se cometían errores al dar por muerta a una persona que en realidad aún vivía. Para tratar de evitarlo, el cuerpo solía estar en la casa durante dos días en los que era velado por la familia, pasados los cuales era trasladado al cementerio para ser inhumado. Allí la familia sujetaba la muñeca del muerto con un hilo que pasaba a través de un agujero en el ataúd y se ataba en el otro extremo a una campanilla. Si esta se movía, era la señal de que la persona se encontraba con vida.

Otra práctica, especialmente común en el este de Escocia durante los siglos XVII y XVIII fue la de contratar a un campanero que anunciara por los pueblos el nombre del difunto.

El inconveniente de la campanilla que se ponía a disposición del difunto era que no siempre había alguien cerca para escuchar su sonido. En la Europa del siglo XIX continuaban siendo relativamente frecuentes los errores que se cometían a la hora de declarar fallecida a una persona, de modo que para combatir el problema se crearon hospitales para muertos, lugares a los que eran conducidos los cadáveres para ser vigilados. Cuando daban señales de putrefacción, era que el difunto había muerto de verdad.

Osario de Sedlec

En cuanto a la tumba más macabra, probablemente sea el Osario de Sedlec, en la República Checa. En 1278 el rey Otocar II de Bohemia envió a Tierra Santa al abad de la Orden del Císter. A su regreso, el abad trajo consigo tierra del monte del Calvario y roció con ella el cementerio de la abadía, por lo que todo el mundo deseaba ser enterrado en aquel lugar santo. Durante la época de la peste y las guerras husitas fueron tantos los inhumados allí que hubo que ampliar el cementerio y se construyó una iglesia en el centro. Bajo ella se encuentra la pequeña capilla que contiene el espectacular osario, sueño de cualquier gótico. Cuando en 1870 un carpintero fue contratado para poner los montones de huesos en orden, este desató su creatividad y elaboró con ellos una enorme lámpara de araña que contiene unidades de cada hueso del cuerpo humano, guirnaldas de cráneos que cubren las bóvedas y otros motivos ornamentales elaborados con los mismos materiales. Un total de entre 40.000 y 70.000 esqueletos están dispuestos artísticamente para decorar el lugar.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Subasta de esposas


En otro tiempo no tan lejano, y en algunos lugares también en la actualidad, la mujer era una más de las propiedades de su esposo, y como tal, a finales del siglo XVII llegó a oficializarse en Inglaterra la costumbre de venderla al mejor postor en pública subasta. Al parecer la venta era anunciada con antelación, seguramente a través de anuncios en el periódico local y de un modo denigrante que la ofrecía describiéndola como “pechugona”, o “para disfrutar de la diversión del corazón”. Otros maridos buscaban su propio método publicitario: en 1825 un hombre decidió ir cantando por las calles una canción en la que describía los méritos de su esposa y que se había ocupado de imprimir para repartir copias.

La subasta solía llevarse a cabo en algún mercado, ya que de una mercancía se trataba al fin y al cabo. Ella comparecía con un ronzal alrededor del cuello, la cintura o el pecho. Cuando el evento terminaba, la mujer pasaba a manos del hombre que la había comprado, y que se convertía así en su nuevo esposo. Se trataba de acontecimientos que llegaron a ser tan populares que en 1806 hubo que suspender una subasta en Hull debido a la enorme cantidad de público que se había dado cita aquel día para observar o participar.  Durante la época victoriana se batieron records de asistencia en Inglaterra, y sin embargo se trataba de algo prácticamente desconocido tanto en Gales como en Escocia.

Favoreció la implantación de esta práctica el hecho de que hasta 1753 no se registraban los matrimonios ni se exigía una ceremonia formal. Pero las subastas se mantuvieron hasta comienzos del siglo XX. En fecha tan tardía como 1913 una mujer se presentó ante la policía de Leeds para denunciar que su marido la había vendido a uno de sus compañeros de trabajo por una libra.


Para el marido que no podía costearse un divorcio, la subasta era el mejor modo de desembarazarse de una esposa que ya no deseaba. Semejante abuso no tenía ninguna base legal, pero se mantuvo durante tanto tiempo ante la absoluta pasividad de las autoridades, que hasta la segunda mitad del XIX no comenzaron a perseguir tímidamente estas ventas. A comienzos de ese siglo los comisionados de las Poor Laws, el sistema de ayuda a los pobres, llegaban a obligar a recurrir a este método a los maridos que no pudieran mantener a sus familias.

Solo a partir de entonces constan registros de algunas esposas que manifestaban su oposición a ser vendidas, una resistencia que hubiera sido impensable durante el siglo anterior. En Lincolnshire, a finales del XVIII, un jurado dictaminó que un marido no tenía derecho a reclamar a su esposa una vez vendida, con lo cual estaban legitimando dicha práctica. Hasta mediados del XIX, si un magistrado trataba de impedir una de estas subastas se arriesgaba a ser golpeado por la multitud, pues la gente no quería renunciar a costumbre tan arraigada.

En algunos casos, sin embargo, era la forma que tenía la mujer de desembarazarse de un matrimonio indeseable, y ella misma promovía la subasta e incluso aportaba el dinero que debía servir para su compra. A veces el comprador era ya el amante de la mujer. El antiguo esposo quedaba así eximido de cualquier responsabilidad económica hacia ella, y el amante no podía recibir por parte de él ninguna reclamación por daños a su propiedad, detalles que a veces se plasmaban en un contrato en el momento de efectuarse la venta. Así se resolvió, por ejemplo, un incidente en 1804, cuando el marido sorprendió a su mujer en la cama con otro hombre.


Otro de los motivos para efectuarse una compra de este tipo fueron los arranques caballerosos que pretendían liberar a la mujer de los malos tratos que sufría a manos de su esposo. The Gentleman’s Magazine nos cuenta este caso, acaecido en 1832:

“El duque de Chandos, estando en una pequeña posada rural, vio al hostelero golpear a su mujer de una manera sumamente cruel. Interfirió y literalmente la compró por media corona. Ella era joven y bonita; el duque la educó, y a la muerte del esposo se casó con ella…”

A veces el comprador no quedaba satisfecho con el producto y volvía a subastarla. En 1824 se subastó en Manchester una mujer cuyo nuevo dueño decidió revenderla por casi la mitad de lo que había pagado por ella. También se admitían pagos en especie. De hecho, existe constancia de una mujer que fue vendida por cincuenta guineas y un caballo.

Ha quedado registro de algún caso en que la decisión de vender a la esposa fue producto del arrebato momentáneo durante una pelea conyugal o de una borrachera en la taberna, un asunto que terminaba con el arrepentimiento una vez sobrio de nuevo. Sin embargo, para un carpintero de Southwark, víctima de su propia embriaguez en 1766, fue demasiado tarde: cuando tomó conciencia de lo que había hecho, se apresuró a pedir a su mujer que regresara a su lado, pero ella no quiso hacerlo, y él, desesperado, se ahorcó.

En cuanto a los precios alcanzados, podríamos decir que el más bajo fue un vaso de cerveza si no fuera porque en alguna ocasión la mujer fue cedida con inusitada generosidad, de modo completamente gratuito.