lunes, 23 de noviembre de 2015

Mujeres de la Ilustración: Julie de Lespinasse


"Mon Dieu! que la passion m’est naturelle, et que la raison m’est étrangère!”


El nacimiento de Julie de Lespinasse fue clandestino. Hija ilegítima del conde de Chamrond y de la condesa de Albon, vino al mundo en Lyon el 9 de noviembre de 1732 con tanto secreto que fue bautizada con un nombre supuesto con el que ocultar sus aristocráticos orígenes. Para evitar el escándalo, se hizo pasar a Julie por hija legítima de un burgués llamado Claude Lespinasse, pero su verdadera madre no quiso separarse de ella y la llevó consigo a su casa de campo en Avanches, donde vivía separada de su esposo. 

Julie tuvo por compañero de juegos a su hermanastro Camille, el heredero de la condesa, que contaba ocho años. La niña recibió mucho afecto por parte de su madre y una esmerada educación, en un intento por compensarla de algún modo por no poder acceder a cuantos derechos le hubiera dado ser legítima. Pero la condesa de Albon falleció cuando ella tenía tan solo 16 años. Aunque en su testamento le dejaba una importante suma, en un acto impulsivo y con la generosidad que siempre la caracterizó, Julie renunció a favor de Camille.

El futuro se presentaba nublado para ella. Tenía talento, pero su carácter impetuoso limitaba sus posibilidades de encontrar una ocupación adecuada y que le permitiera ganarse la vida. Era sensible, rebelde, indisciplinada e imprudente, por lo que no muchas nobles familias la hubieran acogido en su hogar. Fue su hermanastra quien lo hizo, la marquesa de Vichy-Chamrond, mucho mayor que ella. La marquesa le ofreció un puesto como institutriz de sus hijos, con una condescendencia con la que dejaba muy claro que no le concedía el derecho a llamarla hermana. Julie no tenía otra alternativa mejor, así que aceptó. Al fin y al cabo, quería mucho a sus sobrinos, aunque nunca fue capaz de entenderse con la madre.


Los marqueses tenían una gran casa a orillas del Loira. Se avergonzaban de su pariente pobre, a la que trataban como una sirvienta, y temían que se atreviera a reclamar el nombre de su madre. Para Julie la situación había llegado a ser tan insoportable que había tomado la decisión de abandonar el hogar de su hermana para ingresar en un convento cuando Madame du Deffand, hermana del marqués, acudió a visitarlos un verano y todo cambió.

La simpatía entre las dos mujeres fue inmediata. Ambas eran muy parecidas: impulsivas, inteligentes y románticas. Marie de Vichy Chamrond, marquesa du Deffand, quiso llevarla consigo como dama de compañía. Se había quedado ciega y deseaba contar con la asistencia de una persona de cuya compañía pudiera disfrutar, de modo que decide que no podría encontrar otra más adecuada que aquella joven de 22 años. Julie acepta encantada, puesto que Marie era la anfitriona en uno de los salones más famosos de París, al que acudía lo más granado de la sociedad de su tiempo.

Julie no era bella ni tenía nombre ni fortuna, pero estar junto a Madame du Deffand le permitía rodearse de los más brillantes intelectuales y las personalidades más relevantes. La marquesa se levantaba muy tarde y recibía por la noche, a partir de las nueve. Eso le dejaba a ella tiempo libre para cultivarse en sus aposentos. Leía a Locke, a Tácito, a Montesquieu, Voltaire, Racine… Releía sus obras favoritas y se entusiasmaba con las de Rousseau. Su arrebato era tal que al cabo de un tiempo olvidó que estaba allí para atender a la marquesa y comenzó a pasar más tiempo con sus visitas, entre las que figuraban muchos caballeros que caían subyugados por su encanto, en especial d’Alembert, al que ella correspondía. 

D'Alembert

Julie recibía en sus propios apartamentos de cinco a seis, mientras Madame du Deffand dormía. Llevaba diez años al servicio de la marquesa cuando un día esta se despertó antes de su hora de costumbre y, al acudir a sus aposentos, descubrió el salón que mantenía su servidora sin su conocimiento. Allí estaban, fascinados con la conversación de la joven, aquellos grandes nombres que un día la habían buscado a ella. El disgusto de la anciana fue profundo al sentirse súbitamente desplazada por Julie, que había traicionado de tal modo su confianza. 

La discusión que siguió fue agria, y la reconciliación imposible. Julie abandonó el hogar de la marquesa y alquiló unos aposentos cerca del convento de San José. De ese modo permanecía lejos de su amado d’Alembert, pero al cabo de unos meses él cae enfermo y ella, abandonada toda prudencia, acude a la cabecera de su lecho y lo atiende hasta verlo recuperar la salud. Después tuvo la osadía de llevarlo consigo a su casa, desafiando todas las convenciones. La mayoría de sus amistades aceptaron la situación y continuaron visitándola en el salón que abrió en la Rue de Bellechasse en 1764. 

La pareja tenía París a sus pies. Cortesanos, filósofos, clérigos, militares, todos parecían hechizados por el encanto y el ingenio de Julie. En su salón se hablaba de política, de arte, de literatura; se propagaban las ideas que un día prenderían la mecha de la Revolución. Ella, alta, esbelta, se movía entre sus visitantes con su perrito, deteniéndose a hablar a unos y otros, siempre impetuosa en su discurso, siempre animada. 

Al cabo de tres años de convivencia con d’Alembert, Julie concibe una violenta pasión hacia el marqués de Mora, hijo del embajador español. El marqués era ardiente, caballeroso y diez años más joven que ella. Ambos eran demasiado apasionados como para esperar que no se abandonarían a sus sentimientos para comenzar una relación que iba a durar cinco años y en la que contemplaron la idea del matrimonio, unos planes que la familia de él hizo fracasar. Al cabo de ese tiempo el marqués hubo de viajar a España y, fatalmente enfermo de tuberculosis, aunque logró regresar a Francia para reunirse con ella, fallecía en Burdeos poco después.

D'Alembert

Durante su ausencia Julie conoció en su salón al que sería su gran amor: el conde de Guibert, el hombre de quien Voltaire dijo que quería ir a la gloria por todos los caminos. Cuando no estaban juntos le escribía constantemente. Su pasión era superior a la de él, que parecía encontrarse más cómodo cuando estaba viajando, lejos de Julie, agobiado por su exceso de devoción. 

Ella comenzaba a perder la salud. Se la veía más delgada, más pálida, y representaba más edad de los 42 años que tenía. Un día supo que él centraba sus preferencias en otra mujer con la que pensaba contraer matrimonio. “Me has hecho conocer todos los tormentos de los condenados”, le reprochaba, “arrepentimiento, odio, celos, remordimiento, desprecio por mí misma”.

El 23 de septiembre de 1775, le escribe:

“Tal vez uno nunca se recupera de las grandes humillaciones. Ojalá tu matrimonio te haga tan feliz como a mí me ha hecho desdichada.”

Cada vez más enferma, continuó escribiendo constantemente al hombre que la había abandonado. No dejaba de mantener abierto su salón a pesar de sus menguadas fuerzas, de su amargura, de “esta enfermedad tan lenta y tan cruel que se llama vida”. A veces permanecía en cama, buscando alivio en el opio, y se levantaba de noche para atender a sus huéspedes. Julie se moría. Antes de que llegara el momento, pidió perdón a d’Alembert por su infidelidad, pero sus últimas palabras fueron para Guibert.

—Adiós, amigo mío. Si un día volviera a la vida, quisiera emplearla en amaros de nuevo; pero ya no hay tiempo.



13 comentarios:

  1. el amor. el que lo entienda que publique el manual. y da igual lo ilustrado, lo culto, lo embrutecido, lo inteligente... como te de por caer, caes. y que sea para bien. aleccionadora historia, madame.

    bisous.

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  2. Cómo bien lo demuestra;cuando te enamoras no equilibras los pros y contras pero eso es lo que tiene enamorarse.

    Una dama afortunada a pesar de todo, supo sacarle sentido a su vida aunque sufriera por amor peor es no haberlo conocido.

    Vero que ya esta de nuevo por este rinconcito.

    Bisous.

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  3. Que gran alivio cuando una no se ve presa de las pasiones...bendito aburrimiento...

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  4. No perdió el tiempo. Su pasión amorosa estaba en consonancia con su pasión por la cultura.
    Un saludo.

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  5. "Mantenía abierto su salón, recibía en sus propios aposentos". La delicadeza marca la distancia con la vulgaridad, si bien para acabar apagando el fuero de Eros igualmente. Al fin, Madame, una vida tan apasionada como desdichada, pero un deleite como lectura.

    Bisous.

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  6. Una chica con orígenes tristes y una vida apasionante, pues en por su salón pasó lo más granado de la Ilustración francesa. Lo malo es que la fama y la sensibilidad intelectual no traen consigo la felicidad. ¿Murió acaso por amor?
    Bien parece...
    Un beso

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  7. Hola Madame:

    Me ha gustado conocer a está dama. Demostró pasión por todo, por la cultura, por el amor...Triste forma de morir...Como dice Carmen, quiz´s haya sido por amor.

    Besos

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  8. Entiendo ahora la frase "la passion m' est naturelle, et que la raison m'est étrangère". Así era ella.
    Bisous.

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  9. Una gran mujer sin un gran hombre...

    Bueno no siempre se tiene lo que se desea y mucho peor cuando todo gira por un interés sin razón ni sentimientos.
    Pasado tormentoso, vida refinada pero nunca correspondida por su voluble sentimentalismo dejo al que cuido por otro von título y se quedó sin nada.

    Arnaud d'Aleman

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  10. ¡Cuánto debemos a pioneras intelectuales como Julie!
    La cuestión, Madame, es que su inteligencia fue traicionada por su emoción amorosa. Perdió el compás con su último enamorado, sin comprender que cuando no se es correspondida en los sentimientos, la mejor decisión es poner tierra de por medio y a otra cosa mariposa.
    Bisous y pase usted una buena tarde.

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  11. Curiosa definición la que hace de sí misma, quien se educó y vivió en los tiempos del imperio de la razón y que no hizo de la fidelidad su vocación: primero traicionando a su benefactora, luego a D'alembert, para finalmente ser pagada con la misma moneda. Pero fijarse de ella sólo en eso no sé si sería justo.
    Beso su mano.

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  12. Los amores trastornan el espíritu. Buenas tardes, madame

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  13. Buena nota, pero debería corregirse que el hombre vestido de azul es el autorretrato del pintor Maurice Quintin de La Tour.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)