sábado, 28 de noviembre de 2015

Moda femenina en la antigua Roma


“Ya veis con qué perifollos cargan las mujeres, y nosotros, como estúpidos, las dejamos desplumarnos” (Petronio – El Satiricón)


En la antigua Roma cada casa que podía permitírselo tenía varios sastres entre sus esclavos. De la tarea de hilar se ocupaban esclavas en el atrio del hogar, al principio supervisadas o asistidas por su ama, aunque esta pronto dejó de estar presente mientras se realizaban dichas tareas. En su lugar se ocupaba la sierva que recibía el nombre de lanipendia, encargada de pesar y repartir la lana entre las trabajadoras, y se destinaba a tales labores una habitación llamada textrina. Había gremios de sastres profesionales, así como de tintoreros. Además la limpieza de los tejidos de lana blanca requería medios artificiales que pronto dio origen al oficio de abatanador. El de los tejedores también llegó a ser muy próspero.

Las mujeres solían llevar una túnica doble. La interior consistía en una camisa de seda o lino con mangas ajustadas y que cubría hasta las rodillas. Para sujetar el busto usaban cintas de cuero. 

Sobre la túnica inferior se ponían una stola larga con muchos pliegues y cuyo material variaba dependiendo de la clase social, siendo la seda la preferida por las damas más acaudaladas desde finales de la República. Con anterioridad apenas se usaba otra cosa que no fuera la lana o el lino. Se trataba de una camisa rectangular, abierta en los dos lados superiores y cuyos extremos se sujetaban a los hombros mediante broches o tiras. Esta prenda, que indicaba que la mujer era casada, se ceñía al cuerpo con un cinturón que pasaba por debajo del pecho. Si la túnica tenía mangas, la estola no las llevaba, y viceversa. Estas mangas estaban abiertas, y se unían en los extremos por medio de broches o botones. La parte inferior de la stola terminaba en un borde ornamental. Las mujeres que tenían más de tres hijos adquirían el derecho a vestir la stolae matronae, símbolo de prestigio. 

Cuando salían, llevaban una capa o palla, de corte parecido al de una toga y dispuesto en pliegues al gusto de su portadora. La capa podía consistir en dos trozos de tela que se sujetaban con fíbulas a los hombros y que podía ceñirse con un cinturón. A veces la parte trasera se elevaba para cubrir la cabeza a modo de velo.

Antes de que se pusiera de moda la palla, las matronas romanas llevaban una capa más corta y ajustada llamada ricinium, relegada con posterioridad a ciertas ceremonias religiosas. Los velos transparentes color verdemar, hechos en la isla de Cos, aparecen abundantemente representados en las pinturas murales. El suffibulum, por su parte, era el velo de las vestales, mientras que las flamínicas, esposas de los sacerdotes flamines, debían vestir de color fuego y llevar impresa sobre la ropa la imagen del rayo.

Los trajes podían ser de diversos colores. Según Plinio, el favorito de las mujeres, especialmente para los velos de novia, era el amarillo. Los tejidos se teñían mediante una técnica que extraía el color de dos clases de caracoles que por medio de diversas mezclas y al bañar el tejido repetidas veces, conseguían trece matices diferentes. Los trajes color púrpura teñidos dos veces, especialmente los de origen tirio, alcanzaban los precios más elevados. Al principio solo se coloreaban de púrpura auténtica los bordes de togas y túnicas que llevaban senadores, magistrados y caballeros; para el resto se empleaba una imitación de púrpura.


No existían grandes diferencias entre el calzado masculino y el femenino. El material más empleado era el cuero, pero los diseños variaban en función del uso al que estuvieran destinados. Las patricias vestían en ocasiones sandalias decoradas con perlas y oro, aunque en general la sandalia que descubría la mayor parte del pie para los romanos era un tipo de calzado más bien propio del hogar, demasiado informal y no muy adecuado para lucir en público. Cuando un romano acudía a visitar a algún amigo o personaje relevante, se ponía zapatos, y llevaba consigo un esclavo cuya función era la de portar sus sandalias, que volvía a calzar al marcharse. No hubiera sido de buen tono llevarlas puestas mientras se sentaba a la mesa con su anfitrión. Por eso la expresión “pedir las sandalias” adquirió el significado de “prepararse para salir”. Sin embargo, durante el Imperio las costumbres se relajaron y los propios emperadores, entre ellos Tiberio o Calígula, aparecieron en público calzando sandalias, y así los representan las estatuas en ocasiones.

El calzado era confeccionado por el calceolarius (zapatero), generalmente un hombre libre que ejercía su oficio en pequeñas tiendas alquiladas llamadas tarberna sutrina. Trabajaba sobre una pieza de madera con la forma de un pie. Luego se introducía en una pieza de metal donde se terminaba de moldear a base de martillo y cincel. Los de las mujeres eran similares a los masculinos, pero el cuero resultaba más suave y ligero. No llevaban tacón. En cuanto a las botas femeninas, solo se usaban para caminar por el campo o cuando las calles estaban muy embarradas. 


Los romanos consideraban que el calzado ceñido resultaba más atractivo, algo que dejó reflejado Ovidio en su Arte de Amar: “Sea tu habla suave, luzcan tus dientes su esmalte y no vaguen tus pies en el ancho calzado”.

Mientras que la moda en el vestir cambiaba poco, los peinados femeninos evolucionaron de forma significativa desde la época republicana, en que la mujer llevaba raya al medio y moño, hasta las complicaciones del Imperio, época en la que se utilizaron trenzados y postizos. Las mujeres solían seguir la moda que imponía la emperatriz de turno. 

Las novias llevaban el peinado llamado sex crines, seis trenzas que eran también características de las vestales y constituían, por tanto, un símbolo de pureza y castidad, razón por la que estaba vedado a las prostitutas. Las trenzas se ceñían con unas cintas que, cuando era una matrona quien se peinaba de ese modo, eran dobles.

A los romanos les gustaba vivir rodeados de lujo, y en el caso de las mujeres esta inclinación se reflejaba en su propensión a los adornos y las joyas, a veces de forma desmesurada. Lo primero que hacía una matrona al levantarse cada mañana era ocuparse de su aseo y su atuendo. Después de peinarse y maquillarse, se colocaban toda clase de diademas, pulseras, collares, brazaletes y pendientes con la ayuda de las esclavas llamadas ornatrices, especializadas en el cuidado de la belleza. Pero en el año 215 a. C., tras la derrota que Roma sufrió a manos del cartaginés Aníbal, se hizo necesario imponer la austeridad para que pudiera producirse la recuperación económica, de modo que se votó la Lex Oppia, que debía su nombre al tribuno de la plebe Cayo Oppio. La ley regulaba estrictamente los límites a los que debía someterse el atuendo femenino: no se permitía llevar más de media onza de oro en joyas y quedaba prohibido el empleo de tintes caros.


Pero bajo el consulado de Catón, al haber dado un vuelco favorable la situación, las mujeres consideraron que ya no había motivo para seguir sometiéndose a la tiranía de tales criterios, por lo que se echaron a la calle en una manifestación de proporciones inimaginables y entraron en el Capitolio, ocupando todas las calles y los accesos al foro. Con el transcurso de los días, llegaban mujeres de otras ciudades para unirse a su protesta, y organizaron una rebelión de tales proporciones que Catón hubo de ceder y derogar la ley.



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Desde el Laberinto


Desde el Laberinto es un libro de relatos en los que razón y locura se confunden y se fusionan. Nos adentramos en laberintos mentales buscando la salida de un mundo de pesadillas, sabiendo que “si queremos gozar de la libertad, debemos combatir cada uno con nuestro propio minotauro”. Por sus páginas desfilan personajes que se niegan a seguir siendo como ovejas de un rebaño, como ratas de laboratorio describiendo eternos círculos infernales en la rueda de la jaula; prisioneros del miedo cuyo retrato podría haber firmado Munch; seres atormentados que se rebelan, asfixiados por las normas, por la rutina, por la injusticia, por la represión de un régimen, por todo aquello de lo que un día deciden escapar aunque sea saltando el muro de la mano de la muerte. 

La obra, repleta de referencias mitológicas, se mueve entre el realismo mágico de Cortázar y el expresionismo de Kafka, sin duda sus principales influencias. Desde el Laberinto ofrece una altísima calidad literaria y deja asomar en algún capítulo la vena poética del autor, como cuando aparece “una cosedora de bolsillos agujereados por los que se perdían los recuerdos” o “un traductor de palabras nunca dichas”. Se trata de una obra recomendable para cualquier amante de la buena literatura, un libro que se nos hace breve, nos abre el apetito y nos deja con ganas de más. Espero que esto sea tan solo el comienzo, un avance de lo que Cayetano Gea nos ofrecerá en un futuro.

Este es el enlace al blog del autor, a través del cual se puede adquirir un ejemplar. Cayetano destina el 10% de los beneficios obtenidos con su obra a la ONG Granito a Granito, que ayuda a los indigentes y a las familias con pocos recursos:


La Tinaja de Diógenes



lunes, 23 de noviembre de 2015

Mujeres de la Ilustración: Julie de Lespinasse


"Mon Dieu! que la passion m’est naturelle, et que la raison m’est étrangère!”


El nacimiento de Julie de Lespinasse fue clandestino. Hija ilegítima del conde de Chamrond y de la condesa de Albon, vino al mundo en Lyon el 9 de noviembre de 1732 con tanto secreto que fue bautizada con un nombre supuesto con el que ocultar sus aristocráticos orígenes. Para evitar el escándalo, se hizo pasar a Julie por hija legítima de un burgués llamado Claude Lespinasse, pero su verdadera madre no quiso separarse de ella y la llevó consigo a su casa de campo en Avanches, donde vivía separada de su esposo. 

Julie tuvo por compañero de juegos a su hermanastro Camille, el heredero de la condesa, que contaba ocho años. La niña recibió mucho afecto por parte de su madre y una esmerada educación, en un intento por compensarla de algún modo por no poder acceder a cuantos derechos le hubiera dado ser legítima. Pero la condesa de Albon falleció cuando ella tenía tan solo 16 años. Aunque en su testamento le dejaba una importante suma, en un acto impulsivo y con la generosidad que siempre la caracterizó, Julie renunció a favor de Camille.

El futuro se presentaba nublado para ella. Tenía talento, pero su carácter impetuoso limitaba sus posibilidades de encontrar una ocupación adecuada y que le permitiera ganarse la vida. Era sensible, rebelde, indisciplinada e imprudente, por lo que no muchas nobles familias la hubieran acogido en su hogar. Fue su hermanastra quien lo hizo, la marquesa de Vichy-Chamrond, mucho mayor que ella. La marquesa le ofreció un puesto como institutriz de sus hijos, con una condescendencia con la que dejaba muy claro que no le concedía el derecho a llamarla hermana. Julie no tenía otra alternativa mejor, así que aceptó. Al fin y al cabo, quería mucho a sus sobrinos, aunque nunca fue capaz de entenderse con la madre.


Los marqueses tenían una gran casa a orillas del Loira. Se avergonzaban de su pariente pobre, a la que trataban como una sirvienta, y temían que se atreviera a reclamar el nombre de su madre. Para Julie la situación había llegado a ser tan insoportable que había tomado la decisión de abandonar el hogar de su hermana para ingresar en un convento cuando Madame du Deffand, hermana del marqués, acudió a visitarlos un verano y todo cambió.

La simpatía entre las dos mujeres fue inmediata. Ambas eran muy parecidas: impulsivas, inteligentes y románticas. Marie de Vichy Chamrond, marquesa du Deffand, quiso llevarla consigo como dama de compañía. Se había quedado ciega y deseaba contar con la asistencia de una persona de cuya compañía pudiera disfrutar, de modo que decide que no podría encontrar otra más adecuada que aquella joven de 22 años. Julie acepta encantada, puesto que Marie era la anfitriona en uno de los salones más famosos de París, al que acudía lo más granado de la sociedad de su tiempo.

Julie no era bella ni tenía nombre ni fortuna, pero estar junto a Madame du Deffand le permitía rodearse de los más brillantes intelectuales y las personalidades más relevantes. La marquesa se levantaba muy tarde y recibía por la noche, a partir de las nueve. Eso le dejaba a ella tiempo libre para cultivarse en sus aposentos. Leía a Locke, a Tácito, a Montesquieu, Voltaire, Racine… Releía sus obras favoritas y se entusiasmaba con las de Rousseau. Su arrebato era tal que al cabo de un tiempo olvidó que estaba allí para atender a la marquesa y comenzó a pasar más tiempo con sus visitas, entre las que figuraban muchos caballeros que caían subyugados por su encanto, en especial d’Alembert, al que ella correspondía. 

D'Alembert

Julie recibía en sus propios apartamentos de cinco a seis, mientras Madame du Deffand dormía. Llevaba diez años al servicio de la marquesa cuando un día esta se despertó antes de su hora de costumbre y, al acudir a sus aposentos, descubrió el salón que mantenía su servidora sin su conocimiento. Allí estaban, fascinados con la conversación de la joven, aquellos grandes nombres que un día la habían buscado a ella. El disgusto de la anciana fue profundo al sentirse súbitamente desplazada por Julie, que había traicionado de tal modo su confianza. 

La discusión que siguió fue agria, y la reconciliación imposible. Julie abandonó el hogar de la marquesa y alquiló unos aposentos cerca del convento de San José. De ese modo permanecía lejos de su amado d’Alembert, pero al cabo de unos meses él cae enfermo y ella, abandonada toda prudencia, acude a la cabecera de su lecho y lo atiende hasta verlo recuperar la salud. Después tuvo la osadía de llevarlo consigo a su casa, desafiando todas las convenciones. La mayoría de sus amistades aceptaron la situación y continuaron visitándola en el salón que abrió en la Rue de Bellechasse en 1764. 

La pareja tenía París a sus pies. Cortesanos, filósofos, clérigos, militares, todos parecían hechizados por el encanto y el ingenio de Julie. En su salón se hablaba de política, de arte, de literatura; se propagaban las ideas que un día prenderían la mecha de la Revolución. Ella, alta, esbelta, se movía entre sus visitantes con su perrito, deteniéndose a hablar a unos y otros, siempre impetuosa en su discurso, siempre animada. 

Al cabo de tres años de convivencia con d’Alembert, Julie concibe una violenta pasión hacia el marqués de Mora, hijo del embajador español. El marqués era ardiente, caballeroso y diez años más joven que ella. Ambos eran demasiado apasionados como para esperar que no se abandonarían a sus sentimientos para comenzar una relación que iba a durar cinco años y en la que contemplaron la idea del matrimonio, unos planes que la familia de él hizo fracasar. Al cabo de ese tiempo el marqués hubo de viajar a España y, fatalmente enfermo de tuberculosis, aunque logró regresar a Francia para reunirse con ella, fallecía en Burdeos poco después.

D'Alembert

Durante su ausencia Julie conoció en su salón al que sería su gran amor: el conde de Guibert, el hombre de quien Voltaire dijo que quería ir a la gloria por todos los caminos. Cuando no estaban juntos le escribía constantemente. Su pasión era superior a la de él, que parecía encontrarse más cómodo cuando estaba viajando, lejos de Julie, agobiado por su exceso de devoción. 

Ella comenzaba a perder la salud. Se la veía más delgada, más pálida, y representaba más edad de los 42 años que tenía. Un día supo que él centraba sus preferencias en otra mujer con la que pensaba contraer matrimonio. “Me has hecho conocer todos los tormentos de los condenados”, le reprochaba, “arrepentimiento, odio, celos, remordimiento, desprecio por mí misma”.

El 23 de septiembre de 1775, le escribe:

“Tal vez uno nunca se recupera de las grandes humillaciones. Ojalá tu matrimonio te haga tan feliz como a mí me ha hecho desdichada.”

Cada vez más enferma, continuó escribiendo constantemente al hombre que la había abandonado. No dejaba de mantener abierto su salón a pesar de sus menguadas fuerzas, de su amargura, de “esta enfermedad tan lenta y tan cruel que se llama vida”. A veces permanecía en cama, buscando alivio en el opio, y se levantaba de noche para atender a sus huéspedes. Julie se moría. Antes de que llegara el momento, pidió perdón a d’Alembert por su infidelidad, pero sus últimas palabras fueron para Guibert.

—Adiós, amigo mío. Si un día volviera a la vida, quisiera emplearla en amaros de nuevo; pero ya no hay tiempo.



jueves, 5 de noviembre de 2015

La relación clientelar en la antigua Roma


Tan pronto como despuntaba el día, los romanos rara vez se quedaban en casa. Si tenían que trabajar, salían a desempeñar sus ocupaciones apenas amanecía. Madrugaban incluso aunque no los reclamara ningún trabajo y acudían a cumplir con sus deberes clientelares. Desde el hombre más insignificante al patricio, a excepción del emperador no había un romano que no se sintiera atado a alguien más poderoso que él por ciertas obligaciones, igual que las que ataban al antiguo esclavo con el amo que lo había manumitido. Era lo que llamaban el obsequium, el derecho del patrón al respeto del liberto. El patrón, a su vez, debía recibir al cliente en su casa, invitarlo a su mesa de vez en cuando, ayudarlo y hacerle regalos diversos que comprenden desde entradas para los espectáculos a viviendas exentas del pago de alquiler. A los clientes necesitados se les repartía comida que se llevaban en una cesta, o bien se les daba pequeñas cantidades de dinero. Por eso lo que recibían se llamaba sportula, que significa pequeña espuerta o cesta.

En tiempos de Trajano estas costumbres se habían extendido tanto que se había establecido una tarifa para alimentos: seis sestercios y un cuarto por cabeza y día. Para muchos maestros sin alumnos o artistas sin encargos este era su principal medio de subsistencia.

Los clientes también se beneficiaban de subvenciones en sus negocios, por lo que era muy importante para ellos no dejar de cumplir con sus obligaciones hacia el patrón. Por eso se apresuraban a acudir a visitarlo muy temprano, antes de comenzar el trabajo. Era la salutatio matutina, que podía prolongarse mucho. Y como la importancia de un magnate dependía de cuántos clientes tuviera, un romano arruinaba su prestigio si se quedaba en cama por la mañana, porque era indicativo de que apenas tenía nadie a quien atender. Tal relajación era posible en provincias, pero en Roma era preciso atender a las quejas, demandas y saludos de todos. En ocasiones, sin embargo, el patrón se quejaba de la ingratitud de un cliente, y llegaba a escabullirse por otra puerta para evitar a algún pesado que aguardaba en el atrio.


Patronos y clientes debían observar determinadas obligaciones. El patrón no podía defraudar la confianza de su cliente, pues pasaría a considerarse maldito por los dioses. Virgilio menciona un lugar en el inframundo reservado para el castigo de aquellos que incurren en dicha falta. Además unos y otros no podían llevarse ante los tribunales o prestar testimonio en contra. En tiempos de guerra el cliente debía acompañar al patrón, y si este era hecho prisionero, estaba obligado a contribuir a su rescate. Además debía apoyarlo durante los actos públicos y escoltarlo al foro. La ley prohibía incluso que un cliente tuviera distinta opinión a la de su patrón. Este debía a cambio protegerlo, ayudarlo económicamente o de cualquier otro modo y buscarle alojamiento si lo perdía. Tenía también la obligación de buscarle una esposa adecuada y prestarle asistencia legal

Las visitas eran reguladas por una estricta etiqueta. En primer lugar, aunque el cliente era libre de acudir a pie en lugar de en litera, no era concebible que se presentara sin la toga, que, por supuesto, debía de aparecer siempre limpia. Mantener el guardarropa podría haber consumido prácticamente todo el subsidio si no se hubiera convertido en costumbre que el patrón tuviera el detalle de regalar una toga en alguna ocasión solemne, además de cinco o seis libras de plata cada diciembre, como obsequio de Saturnalia.

Los clientes debían aguardar pacientemente su turno, pero ello no dependía del orden de llegada, sino de su rango. El pretor iba antes que el tribuno, el eques antes que el ciudadano común y el hombre libre antes que el esclavo. Por último, debían dirigirse al patrón llamándolo dominus, y nunca por su nombre. Dejar de hacerlo significaba volver a casa con las manos vacías. Sin embargo, era una señal de distinción hacia el cliente que el patrón le devolviera el saludo llamándolo por su nombre.


La relación clientelar era hereditaria. Hacía que un hombre perteneciera a la familia de su patrón, por lo que podía ser enterrado junto a él y llevaba como segundo nombre el de su gens.

Las mujeres estaban exentas de estas obligaciones. Ni eran clientes ni ejercían patrocinium. Las únicas excepciones eran viudas que representaban a su difunto esposo o bien alguna esposa que acudían en el lugar de su marido, al que una indisposición impedía acudir personalmente. La sportula solía ser en este caso más generosa, lo que originó cierta picaresca.



Disculpen si no me muestro muy activa estos días publicando o respondiendo a sus comentarios. Estoy inmersa en la redacción del prólogo de la nueva antología de Mujeres en la historia y en la revisión de los relatos, a punto de ser maquetados. Muchas gracias.