domingo, 18 de octubre de 2015

William Cecil, Lord Burghley

William Cecil retratado en 1571

Cuando recibió la noticia de la muerte de su hermanastra, Isabel se encontraba en Hatfield, leyendo a la sombra de una famosa encina que aún existía tres siglos después. Once días atrás María Tudor había firmado el documento en el que la designaba como su sucesora, y desde entonces los cortesanos no dejaban de afluir a Hatfield, ávidos por señalarse a la atención quien estaba a punto de convertirse en la nueva reina de Inglaterra.

Entre aquellos que acudieron a visitarla se encontraba un hombre de 38 años que se distinguía por su seriedad. El caballero de mirada penetrante y rasgos acusados era Sir William Cecil, nieto de un terrateniente galés de oscuro linaje que había llegado a Londres con Enrique VII, fundador de la dinastía Tudor y abuelo de Isabel. Cecil se ocupó de elaborar un árbol genealógico que le hacía remontarse a los tiempos del rey Harold, pero no sabemos hasta qué punto era veraz. El primer antepasado cuya autenticidad puede ser comprobada fue ese abuelo, David, del que sus enemigos decían que había regentado la mejor posada de Stamford. David fue distinguido con el favor real por su participación en la batalla de Bosworth contra Ricardo III; fue sheriff de Northamptonshire en 1532, y su hijo, Richard, ya tuvo una presencia destacada en la corte de Enrique VIII como maestro de ceremonias. Richard aumentó la fortuna familiar realizando un matrimonio ventajoso y acompañó al rey durante las famosas fiestas del Campo del Paño de Oro.

William Cecil no había cumplido quince años cuando comenzó sus estudios en la Universidad de Cambridge. Allí destacó en el aprendizaje del griego clásico y fue alumno de John Cheeke, uno de los grandes humanistas de la época, con cuya hermana contrajo un primer matrimonio. El padre de Cecil trató de impedir esta unión que consideraba poco brillante para sus ambiciones, ya que la novia contaba con escasos recursos. Para ello hizo que su hijo abandonara la universidad y se trasladara a Grays Inn. Sus esfuerzos resultaron vanos, puesto que él, en uno de los pocos actos impulsivos que cometió en toda su vida, se casó en secreto a pesar de la prohibición paterna.


Su esposa murió al cabo de dos años, meses después de dar a luz un hijo al que llamó Thomas. Siempre fiel e irreprochable en su vida conyugal, más adelante Cecil se casará de nuevo con Mildred Cooke, una protestante sumamente culta y tía de Francis Bacon. Esta nueva unión le granjeará la amistad de influyentes personajes, entre ellos Catalina Parr y el duque de Somerset. Cuando este cae en desgracia, Cecil es encerrado en la Torre de Londres, pero logrará salir gracias a su prudencia y tras pagar una fianza.

En 1543 ingresó en el Parlamento y fue miembro de la Cámara de los Comunes. Llegó a ser secretario del Consejo Privado de Eduardo VI antes de cumplir 30 años, convirtiéndose después en el principal secretario real, cargo que después se denominaría “secretario de Estado”. 

El advenimiento de María Tudor lo alejó un tanto de la corte. Partidario de la Reforma, aunque sin pertenecer plenamente a ninguna confesión religiosa, se salvó de la prisión fingiendo aceptar el catolicismo. No tuvo empacho en asistir a misa y confesarse. Como además no había tomado parte en el divorcio de Catalina de Aragón ni en las humillaciones que sufrió María durante el reinado de su padre, ella, que reconocía sus méritos, estaba dispuesta a contar con sus servicios. Sin embargo, Cecil siempre rechazó cortésmente las propuestas de formar parte del gobierno.

Cuando Isabel sube al trono, hacía tiempo que Cecil mantenía correspondencia con ella. La nueva reina lo apreciaba mucho. Estimaba su inteligencia, sus conocimientos, su prudencia y lucidez y su extrema sutileza, no exenta de socarronería a pesar de su seriedad. De hecho, el primer acto de Isabel como soberana fue nombrarlo su secretario principal.

Isabel I

“Os confío estas funciones y las de consejero privado, pensando que no ahorraréis ningún esfuerzo para servirme y servir a mi reino. Segura estoy de que no os dejaréis corromper por agasajo alguno, seréis siempre fiel al Estado y, sin tratar de adivinar mis secretos deseos, me daréis siempre el consejo que juzguéis mejor. Si llega a vuestros oídos algo que no debáis explicar más que a mí y en secreto, podéis estar seguro de mi discreción.”

William Cecil reforzó la autoridad real en el Parlamento, así como el ejército y la armada; fomentó las exportaciones y consiguió dar un impulso económico a Inglaterra, adoptando un sistema monetario nuevo que sustituyó las monedas de plata, cuyo valor había ido disminuyendo durante los últimos reinados. Con él se inauguró también la Bolsa Real de Londres y la Cámara de Comercio. En lo social y religioso, puso fin a la guerra con Francia, que estaba arruinando al reino, y fue el impulsor de la creación de la Iglesia anglicana con el monarca a la cabeza de la misma. Para él era esencial terminar con la división religiosa, porque decía que “el Estado nunca podría estar seguro donde se toleraran dos religiones… Aquellos que difieren en el servicio a su Dios, nunca podrán ponerse de acuerdo al servir a su país”. Toleraba a los católicos siempre que fueran leales a la Corona, pero aquellos que traicionaran a la reina se enfrentaban a las consecuencias más severas. Por esa razón se convirtió en el principal inductor del proceso contra María Estuardo, cuya existencia constituía un enorme peligro para Isabel al ser el centro en torno al que se congregaban los católicos desleales. Él se mostró dispuesto a asumir la responsabilidad que la reina se negaba repetidamente a afrontar.

Su política fue hostil hacia España, a la que consideraba el principal enemigo de Inglaterra. Fue él también el impulsor de la tupida red de espionaje a cuyo frente se situaba Sir Francis Walsingham su principal colaborador. Pero de Cecil se ha criticado los pocos escrúpulos que mostraba a la hora de extraer una confesión, puesto que no dudaba en autorizar el empleo de la tortura aunque fuera ilegal.


En 1571 fue nombrado Par del reino, recibiendo el título de barón de Burghley (o Burleigh, como aparece escrito algunas veces) en premio a los servicios prestados a la Corona. Al año siguiente sería ministro del Tesoro.

Lord Burghley fue un amante de los libros y de las antigüedades, interesado especialmente por la heráldica y la genealogía. Trabajador infatigable, cauto, maquiavélico e incorruptible, escribió interminables informes y memorandos. Se negó a aceptar beneficio alguno por actos o decisiones derivados de su cargo. Nunca se dejó sobornar por Catalina de Médicis y rechazó incluso la parte que Drake le ofreció del oro capturado a los españoles. 

Con lealtad inquebrantable, continuó siendo el primer consejero de la reina durante 40 años, hasta el momento de su muerte, a pesar de todas las cábalas que sus enemigos organizaron contra él y aunque se había quedado sordo en 1590. Algunas veces, sin embargo, Isabel y él se distanciaron por disensiones temporales que nunca enturbiaron el respeto y la amistad que ambos se profesaban. Buena parte de estos desacuerdos eran motivados por la aversión de Cecil hacia Robert Dudley, conde de Leicester, cuyo favor ante la reina era tan alto que lo convertían en un poderoso rival a batir a la hora de imponer su criterio. Pero Lord Burghley sabía ser paciente, y no olvidaba que siempre debía permitir que Isabel tuviera la última palabra. Fue un hombre contradictorio: implacable cuando lo consideraba necesario, a veces mostraba una ternura que nunca se le hubiera supuesto. 

Robert Dudley, conde de Leicester

Cecil fallecía en su casa de Londres el 4 de agosto de 1598, un mes antes de cumplir 78 años. Era sucedido por su hijo Robert, el único que le sobrevivió junto con Thomas. Robert Cecil se mantuvo en el poder con la llegada al trono de Jacobo Estuardo, cuya ascensión había favorecido. 

Lord Burghley había tenido otros dos hijos, ambos llamados William, que no superaron la infancia, y dos hijas. La mayor, Francisca, siguió el mismo triste destino, mientras que su hermana Anne contrajo un matrimonio desdichado con Edward de Vere, conde de Oxford, a quien algunos se empeñan en atribuir la autoría de las obras de Shakespeare y que mantuvo unas deplorables relaciones con su suegro. Lord Burghley se negó a obtener el perdón para el primo de Oxford, el duque de Norfolk, ejecutado por traición en 1572 por participar en el complot de Ridolfi, cuyo objetivo era liberar a María Estuardo y sentarla en el trono inglés. En venganza, su yerno juró convertir la vida de Anne en un infierno, y lo cumplió. El hecho de que Cecil empleara a los propios servidores del conde para espiarlo en su casa no contribuyó a disminuir el rigor con el que trató a su esposa.

La reina recibió con gran pesar la noticia de la muerte de su inestimable colaborador. Dicen que durante su enfermedad, ella misma lo había alimentado con su propia mano.


“Cor Unum Via Una” (Un corazón, un camino)


28 comentarios:

  1. Por lo que se ve, un hombre fiel a su reina, aunque implacable con los demás. No es de extrañar que la reina tuviera esa deferencia en el trato hacia un enfermo terminal. En todo caso, le estaría sumamente agradecida por su lealtad.
    Un saludo y feliz domingo, madame.

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    1. Sí, es difícil encontrar a alguien en quien poder confiar tan plenamente, y que no se pone un precio.

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. Hacía su trabajo. La reina seguro estimaba mucho eso, independientemente de las desavenencias que pudiesen tener, como en toda relación.

    Besos Madame

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    1. Sí, así es. Resulta imposible no tener algún enfrentamiento en cuarenta años, pero Isabel nunca prescindió de él, ni las escasas veces en que estuvo enfadada.

      Feliz tarde

      Bisous

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  3. Cecil era muy bueno en su trabajo y cuya lealtad a Isabel I fue muy fundamental para el reinado de ésta gran mujer.

    Por otro lado se cree que jamás cayó al lado oscuro de la corrupción y la ambición desmedida, si bien nunca fue muy bueno con Robert Dudley, ya que le consideraba un rival y un potencial hervidero de cabeza para la reina.

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

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    1. Sí, la labor de Cecil fue fundamental. Y en realidad su opinión sobre Dudley era de lo más natural. Ambos estaban condenados a no entenderse, dadas las circunstancias.

      Feliz tarde

      Bisous

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  4. Acerca del árbol genealógico que razón tiene esta observación :siempre se olvida o se pierde lo que no interesa que salga a la luz...

    Que afortunada fue Isabel de contar con un caballero con tantos valores y de ese calibre por lo menos aunque barría para adentro solucionó más que enredó, tan fiel a la corona y cuando se terciaba no le importaba ser cruel .Siempre para favorecer los intereses de esa Monarquía.

    Tuvo que ser duro para ella quedarse sin este buen amigo y mejor colaborador.

    Feliz tarde.

    Bisous..



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    1. Sí, lo fue, pero afortunadamente para ella pudo retenerlo muchos años. Alcanzó una edad algo avanzada para la época.

      Feliz tarde

      Bisous

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  5. Un servidor fiel y un personaje importante para la reina Isabel. Noto como está usted disfrutando en estas últimas entradas, abordando una época que tan bien conoce, como bien sabemos quienes hemos podido disfrutar de su novela.
    Beso su mano.

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    1. Pues sí, en efecto. Aprovechando el estudio de los personajes hecho como base para la novela, he pensado que podía compartir parte de él en el blog también.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  6. Una historia muy interesante la de Mr. Cecil, cuya inteligencia y socarronería le aupó a los más altos estrados. Como de costumbre, Madame, un retazo de historia muy interesante y muy amenamente contada.

    Bisous.

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  7. Bonsoir Madame

    Esperaba desde hace mucho esta entrada, por ser William Cecil personaje clave en el reinado de la gran Elizabeth Tudor.
    Ud. sabe que es está época la que más interés despierta en mi, por los trascendentales acontecimientos que cambiaron el curso de la historia de Inglaterra y del mundo.

    Tal y como lo han mencionado, Elizabeth I fue muy afortunada en tener como brazo derecho a Cecil, un ministro honesto y sobretodo leal a su reina y a su país.
    No se puede decir lo mismo de otros monarcas contemporáneos como Felipe II, quien pese a su formidable poder, fue traicionado por su secretario del consejo.

    Sin duda Cecil fue fundamental en la organización y red de espionaje que velaron por la seguridad de la Reina y sobretodo descubrir la Conspiración de Ridolfi. Imaginemos sólo por un instante que Cecil no fuese ministro... quién sabe si los católicos ingleses al mando del duque de Norfolk hubiesen derrocado a Elizabeth, sustituyéndola por la
    desdichada María Estuardo.

    En fin... me dejo llevar por mi pasión histórica... jeje más que encantado con esta entrada...

    Un cordial saludo
    Fred


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    1. Seguramente sin la valía de Lord Burghley la historia inglesa hubiera sido muy diferente, y tal vez menos brillante, desde luego.
      Me alegra haber acertado con sus inclinaciones al traer este tema.

      Feliz tarde

      Bisous

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  8. La lealtad se encuentra cuando no hay intereses personales. Excelente entrada. saludos.

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  9. A la vista de tan larga y exitosa colaboración con una gobernante de los registros de Isabel I, no hay duda de que las principales cualidades que debió desplegar el secretario real debieron ser esas que usted apunta: La paciencia, y el no olvidar nunca que la última palabra debía ser la de la reina.

    Un placer leerla.

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    1. Debía de tener un carácter muy templado para saber llevar a Isabel. Mantenerse a su lado durante cuarenta años no tuvo que ser nada fácil.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  10. santísimo jesús. con su propia mano!!
    uno de esos personajes que hicieron de Inglaterra una nación temible.
    gran retrato, madame.

    bisous!

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    1. A veces basta una sola persona para forjar páginas decisivas de la historia, como ve.

      Muchas gracias, monsieur.

      Bisous

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  11. Era una joya -y lo sería hoy- contar con los servicios de Cecil, por leal, coherente y responsable de sus decisiones y actos. No es raro, Madame, que una reina inteligente supiera valorar y reconocer los méritos de un servidor tan cualificado.
    ¡Cómo no le iba a dar de comer con su propia mano! Era seguro que no encontraría otro como él.

    Bisous y pase usted una buena tarde.

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    1. En efecto, también en aquellos tiempos debía de ser difícil de encontrar alguien tan leal e incorruptible. Tuvo buen ojo la reina al confiar en él desde un principio.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  12. Bueno detrás de una gran mujer...
    Esta un gran hombre

    Para una reina como lo fue Isabel Tudor
    Estaba un gran ministro como Cecil
    Fue leal, fue su consejero
    Su principal apoyo y que le apoyaba sinceramente

    No dudo que esta dupla hizo grande a Inglaterra en el momento que más lo necesitaba y preparó la grandeza que el Reino Unido tuvo por varios siglos.

    Bisous

    PD extrañaba día a día sus entradas y leer sus blog ya que estuve mucho tiempo desconectado del mundo virtual.

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    1. Gracias, monsieur. Me alegra su regreso.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

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  13. Me quedo con las frases que le dedica la reina Isabel I, mostrando la confianza que tenía en él y esperando que siempre le aconsejara bien aunque no estuviera de acuerdo con ella. Importante tener al lado una persona con esta personalidad y que puedas plantearle las dudas que puedas tener, especialmente en tareas de gobierno. Por lo que se ve, fue un gran hombre para su país y para su reina.
    Bous.

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    1. Sí, me costó encontrar su lado negativo. Tuve que buscar mucho para sacarle algún defectillo.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

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  14. Un zorro muy propio de aquella corte: taciturno, taimado, astuto, sin escrúpulos. No se podía ser de otra forma si se quería llegar a la más alta cumbre del poder en el reinado de Isabel I.
    Un beso

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    1. Bueno, eso de sin escrúpulos, según para qué. Honesto era mucho. Por otra parte, Isabel tuvo buen ojo, porque en realidad él llegó a la más alta cumbre del poder antes incluso de que fuera coronada. La primera decisión que tomó como reina fue el nombramiento de Cecil, y nunca se arrepintió.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)