miércoles, 28 de octubre de 2015

La huida del rey de Polonia


El rey de Polonia recibía noticias de París, unas noticias que le detallaban la fatal evolución de la enfermedad de su hermano, Carlos IX. No tenía en mente otra cosa que la de escapar de allí a tiempo de hacerse con el trono de Francia antes de que su hermano menor se le adelantara, pero, naturalmente, se guardó mucho de manifestar abiertamente sus intenciones. Por el contrario, disimuló cuanto pudo, vistiéndose a la polaca y organizando un sinfín de fiestas y banquetes con los que entretener a sus nobles, a quienes dio buena muestra de su prodigalidad. 

En junio de 1574 Enrique tuvo conocimiento de la muerte de Carlos IX por el embajador del Imperio, apenas una hora antes de que llegara el mensajero de Catalina de Médicis con la noticia. El jinete había cubierto 900 leguas en 17 días, despistando a espías y evitando emboscadas. El joven rey de Francia había sucumbido a la tuberculosis, pero en la corte circulaban todo tipo de rumores: para unos habría sido un veneno; para otros, la cólera divina, que caía sobre él por haber ordenado la masacre de la noche de San Bartolomé. 

El rey de Polonia no siente pena cuando el mismo día anuncia oficialmente la muerte de su hermano y ordena el luto oficial de la corte. En la sala del trono, cubierto de telas en colores fúnebres, recibe las condolencias de la nobleza. Los polacos sospechan que la nueva situación suponga la partida del rey, pero él les ofrece toda clase de seguridades.

Cuando Bellièvre, el embajador de Francia, acude a saludarlo, Enrique lo despide, pues la muerte de Carlos IX ponía fin a su misión. Al partir, el embajador se lleva consigo a muchos de los franceses del entorno del rey de Polonia, entre ellos a Bellegarde, portador de las joyas de su amo y de los documentos más importantes.

Esa noche Enrique se reúne con sus amigos y se toma una decisión: había llegado el momento de dejar de ser el Henryk IV de los polacos para convertirse en el Enrique III de los franceses.


A la noche siguiente ofreció un suntuoso banquete en palacio, pródigo en vino. Antes de la medianoche los polacos roncaban sobre la mesa, completamente ebrios. 

El rey se dirige a sus apartamentos y se acuesta siguiendo el ceremonial de costumbre. El mariscal de palacio cierra las cortinas y sale. Apenas lo hace, el primer valet introduce a algunos amigos de Enrique, entre ellos Villequier y Le Guast. Todo es silencio. Con el camino despejado, da comienzo una fuga que había sido cuidadosamente preparada. 

Unos caballos aguardan junto a una pequeña capilla abandonada mientras el rey se viste con unos ropajes similares a los del valet, para propiciar la confusión. Villequier y Le Guast se apoderan de los diamantes de la corona y los ocultan entre sus ropas. El rey, llegados a ese punto, muestra ciertos escrúpulos, pero sus amigos se ocupan de persuadirlo de que debe considerar esas joyas como una de sus propiedades.

Se había abierto un boquete en la pared de la habitación para evitar a los guardias polacos apostados a su puerta. Los fugitivos llegan hasta una de las poternas de la muralla, pero el jefe de cocina los había visto cuando se dirigían hacia allá. Dio la alarma, lo que hizo que el conde de Tenczinski, gran chambelán, sintiera cómo se disipaban los últimos vapores del vino con el que se había atiborrado esa noche. Los polacos, furiosos, celebran un rápido consejo de guerra y encargan al chambelán que se lance en pos del rey con unos cuantos hombres. 

Al cabo de seis leguas, los franceses llegan al Vístula. Sin conocer cuál era el camino a seguir, Enrique desmonta y arroja una vara al río para averiguar la dirección de la corriente, sabiendo que debían dirigirse siempre en sentido contrario a esta. Así orientados, se adentran en un bosque hasta llegar a una cabaña. El propietario despierta sobresaltado con un puñal apuntando a su cuello mientras unos caballeros le exigen que les sirva de guía.


Al alcanzar Oswiecim, Enrique se ve obligado a continuar sin dos de sus amigos, puesto que sus caballos desfallecen. Los franceses, perseguidos por un centenar de tártaros, cruzan el puente de madera y luego le prenden fuego. El estarosta de Oswiecim, incapaz de seguirles, se arroja al agua gritando mientras nada hacia ellos: “Serenissima Majestas, cur fugis?” (Serenísima Majestad, ¿por qué huyes?). El uso del latín en esas circunstancias les resultaba tan insólito a Enrique y sus hombres que de pronto la escena se les antoja muy cómica y estallan en carcajadas. 

Sus perseguidores, mejor montados, van acortando distancias. Los fugitivos los divisan dramáticamente cerca cuando faltan solo unas cuantas leguas para alcanzar la frontera. La carrera se hace frenética: Enrique sabe que si lo atrapan en territorio polaco, ya no podrá regresar a Francia.

El conde Tenczynski le da alcance cuando ya han llegado a una aldea de soberanía austriaca. Enrique había tenido que detenerse allí, porque su montura, exhausta, se desplomaba sin vida, y era preciso conseguir caballos de refresco. Con la seguridad que le da verse escoltado por su guardia, permite que el chambelán se acerque. 

—¿Venís como amigo o como enemigo? —le preguntan.

—Como humilde servidor del rey.

—En ese caso, haced que se retiren vuestros tártaros.

Allí mismo el polaco, arrojándose a los pies del rey, intenta convencerle para que regrese, mas todo en vano. 

—Conde, amigo mío —responde Enrique—, tomando lo que Dios me da por sucesión, no dejo lo que me ha dado por elección, puesto que, gracias a Dios, mis hombros son suficientemente anchos para sostener una y otra corona. 

Como el conde insiste, él se muestra aún más firme: 

—Señor conde, he hecho demasiado camino para volver atrás. Aunque todas las fuerzas de Polonia estuvieran aquí, no lo haría, y antes clavaría mi daga en el cuerpo del primero que tuviera la osadía de hablarme. 


Con lágrimas en los ojos, el gran chambelán se abre una vena con la punta del puñal, recoge la sangre en la palma de la mano y la bebe. En Polonia aquel gesto simbolizaba una fidelidad indestructible. Luego ofrece su brazalete al rey, a cambio del cual recibe un diamante. 

Enrique volvía a casa tan solo unos meses después de haber llegado. Por el camino escribía a su madre: “Francia y vos valéis más que Polonia”.


15 comentarios:

  1. Sin duda la muerte de Carlos IX fue una liberación para Enrique de esa jaula de oro polaca.

    El escape siempre supe que fue muy preparado pero no sabia quienes le habían acompañado que estuviere le guast junto al rey no se me había ocurrido.

    Lo jocoso debió ser que se dirigieron a el en latín, en ese trance no dudo resultó una liberación.

    Beso su mano

    Arnaud d'Aleman

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  2. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y considerando que no hay mal que por bien venga, el rey se dio a la fuga.
    Se libró por los pelos de que lo capturaran. Polonia se rebelaba contra el desaire como una novia despechada.
    Un saludo, madame.

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  3. ¡Cuánto atractivo ejerce el poder! Demasiadas maldades ha provocado, provoca y provocará. Muy interesante su entrada, bueno, como todas. Buenas tardes.

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  4. Nació de pie; si en vez de ser él, hubiera sido una bella persona :seguro que lo capturan o se parte la cabeza contra una piedra.

    Polonia se presenta poco atractiva para este galán de la corte francesa y como bien dice a su estimada madre que no me extraña que fuese su preferido porqué labia tenía y mucha...

    La verdad que con la vida que llevó seguro que no hubo un hueco para el aburrimiento.

    Feliz jueves.

    Bisous.

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  5. Bonne nuit madame

    Una fuga cuidadosamente planeada por el taimado Enrique; me hubiese encantado que le capturanse en el camino y obligado a retornar a Varsovia. Mire que vergonzoso eso de robarse las alhajas.

    Me pregunto si en el hipotético caso de que los polacos lo capturasen, hubiesen coronado rey de Francia a su hermano François, duque de d'Alençon.

    Un cordial saludo
    Fred

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  6. Hola Madame:

    Imagino la vergüenza que hubiese pasado Enrique de tener que regresar a Varsovia...Y lo de las joyas de la corona polaca...No parece digno de un Medici...

    Besos Madame.

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  7. Madame, tengo una duda, ¿por qué no simplemente abdicó, en vez de armar tanto tango? ¿Esa no era opción?
    Saludos, María.

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  8. Su gesto era juicioso. Entre la corona de Francia con todo lo que suponía y la de Polonia, no había espacio para la duda.

    Madame, la anécdota del gran chambelán bebiéndose su propia sangre como muestra de fidelidad es de las que se elevan a categoría

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  9. vaya morro que le echa enrique. de verdad. y los polacos corriendo detrás de él... anda que vaya otros, qué ojo para elegir mandatario.
    en fin.
    que tenga buen jueves, madame.

    bisous.

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  10. Una escapada a tiempo nunca es una victoria, Madame, pero antes huír que perder la vida.

    Bisous.

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  11. ¿Por qué no abdicar en vez de huir? La huida no me parece propia de un rey.
    Bisous.

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  12. Al rey de Polonia le interesaba más ser rey de la poderosa Francia. En ella había nacido y, al fin y al cabo, de Polonia lo era de prestado, sin entusiasmo. La hora de ponerse la corona de su padre había llegado y había que llegar a tiempo para destruir cualquier complot por parte de su hermano. ¿Huir? ¿Y por qué no? El rey de Francia no tenía que dar explicaciones a nadie.
    Un beso

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  13. Bueno creo todos nos preguntamos en porque huir y no abdicara la corona.

    En fin contestando a ustedes y con el beneplácito de Madame

    A Enrique se le podría complicar la salida si abdicara en el sentido de que era el parlamento de la mancomunidad polaco-lituana quienes debían aceptar o no su renuncia.

    Por oto lado se exponía a perder tiempo valioso con ese proceso, además de que no fuere aceptada su renuncia a la corona y si que se vería más custodiado para impedir su salida de Polonia.

    Quizá por eso es que optará por huir en lugar de abdicar.

    Espero haber despejado algunas dudas y que madame me perdone por esta intromisión.

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  14. Ufff... Se me había pasado esta entrada. Creo que es la primera vez que me pasa, mas parece haber sido providencial mi olvido, pues respuesta a mis dudas me ha dado, quien a este comentario ha precedido. Muchas gracias.
    Y a usted, señora, beso mi mano.

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    Respuestas
    1. Huy, disculpe señora, que no me bautizaron Narciso y quise besar su mano, que no la mía. Ya es que no sé ni lo que digo.
      Hala, pues la otra mano también se la beso. Si le parece.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)