lunes, 26 de octubre de 2015

Enrique IV de Polonia


La muerte del rey Segismundo Augusto ponía fin a la dinastía de los Jagellon, que había ocupado el trono de Polonia durante dos siglos. Era preciso encontrar un nuevo monarca, y la nobleza del país se disponía a elegirlo. Los soberanos europeos tomaban posiciones para hacerse con la ambicionada corona. El emperador proponía a su hijo mientras el rey de Suecia aguardaba su momento. Hasta el mismísimo zar de Rusia, el detestado Iván el Terrible, “tuvo el descaro de presentarse”, si bien no contaba con muchas posibilidades: lo único que podía ofrecer era dejar de atacar al fin a Polonia.

En Francia Catalina de Médicis no se mostraba menos ávida por hacerse con el trofeo. Era la ocasión perfecta para procurarle un trono a su hijo favorito, Enrique de Anjou. No era la primera vez que hacía sus cálculos para verlo coronado, pero hasta ahora todos sus proyectos habían terminado en fracaso. Ahora, en cambio, se abrían oportunidades inesperadas. 

Los franceses consideraban Polonia como “un país perdido entre los hielos del norte” y habitado por bárbaros. Sin embargo, esto distaba de ser así. El país, mayoritariamente católico, contaba también con importantes minorías protestante, ortodoxa y judía. Todas ellas vivían en armonía, tolerancia y libertad de culto, al contrario de lo que sucedía en Francia. Por esas fechas el suelo francés se cubría de sangre la noche de San Bartolomé, culminación de varias guerras de religión que habían enfrentado a católicos y protestantes. 

Enrique era muy joven, pero ya había acumulado amplia experiencia en la batalla. Para los católicos era el héroe que había aplastado a las tropas protestantes en Jarnac y Moncontour; para el resto encarnaba al demonio. Además, junto con su madre había sido el instigador y uno de los protagonistas de la matanza de aquella noche trágica. 


Catalina eligió cuidadosamente al hombre que enviaría a Polonia para defender su causa. Se decidió por Monluc, obispo de Valence, y resultó ser una magnífica elección. El obispo realizó una gran labor elaborando un relato muy suavizado de la masacre, que según él había sido una simple revuelta del populacho en la que Anjou no había tomado parte alguna. También negó categóricamente los rumores que circulaban acerca de la pasión de su candidato por los perfumes, las joyas y otras cosas que contrastaban vivamente con el concepto de virilidad de la nobleza polaca. 

El obispo hacía sus discursos en latín, que hablaba admirablemente. En dicha lengua terminó por alzarse un grito entre los cuarenta mil electores reunidos: “¡Gallum! ¡Gallum!" (¡El francés! ¡El francés!). 

Anjou se hallaba sitiando La Rochelle cuando le llegó la noticia de que para los polacos se había convertido en Henryk IV Walezy (Enrique IV de Valois), un logro que recibió sin ningún entusiasmo. Hubo de dirigirse hacia París, donde le aguardaba una delegación polaca. Allí hizo de tripas corazón y trató de componer su mejor gesto, pero lo cierto es que no podía compartir la ilusión de su madre ni veía ningún motivo de regocijo en tener que partir rumbo a Polonia. No le atraían las costumbres ni la idea preconcebida que tenía acerca del lugar al que debería dirigirse, pero tampoco los límites que sus súbditos habían puesto a su poder, uno de los cuales era la supresión de la sucesión hereditaria. También exigían libertad de culto, algo que Enrique se negó a jurar. Entonces uno de aquellos rudos polacos dio un paso al frente y exclamó con voz potente: 

—Jurabis aut non regnabis!

Es decir, “o juras, o no reinarás”. Y, como no bromeaba, Anjou juró, dando así comienzo a la que él mismo afirmó que fue la época más triste de su vida. 


Aquel viaje le resultaba de lo más inoportuno. No le convenía alejarse de Francia ahora que la salud de su hermano, Carlos IX, se había deteriorado gravemente. Se temía que no viviría mucho tiempo, y no tenía heredero varón. Eso convertía a Enrique en su sucesor, pero la aceptación de la corona polaca lo ponía en una situación que su hermano menor, Alençon, sin duda sabría aprovechar en su beneficio. Catalina comenzaba a lamentar haberse embarcado en esa empresa que alejaba a su hijo de un trono más importante que el de Polonia. 

Él también lo lamentaba, y no sólo por esos motivos. Anjou ocultaba una razón mucho más personal: en esos momentos no deseaba separarse de su amada María de Clèves. Aunque la habían casado con el Príncipe de Condé, el nuevo rey de Polonia alentaba la esperanza de anular ese matrimonio y desposarla él mismo. Pero su hermano Carlos, ansioso por deshacerse de él, le dio un ultimátum. Enrique debía abandonar la corte del diablo. 

La coronación tuvo lugar el 21 de febrero de 1574 en Cracovia. Cuatro días después se produjo una pelea que se saldó con un muerto. Un caballero polaco resultó mortalmente herido al pretender impedir un duelo entre dos clanes. Y es que en Polonia aquellos asuntos movilizaban a clanes enteros y podían desembocar en guerras particulares. Enrique no tuvo éxito a la hora de resolver el asunto, puesto que pronunció una sentencia salomónica que no contentó a ninguna de las partes. El senado buscaba un castigo ejemplar, pero el rey se limitó a condenar al autor al exilio. Además tuvo el poco tacto de conceder a su hermano la dignidad de palatino de Cracovia, en agradecimiento al papel que su familia había representado en su elección.


El asunto dio lugar al comienzo de los muchos libelos que circularon sobre Enrique. La mala suerte parecía perseguirlo con saña implacable: antes de que se aplacaran los ánimos, un terrible incendio destruía una parte de Cracovia, y se culpó a los franceses. El rey acudía decidido a imponer la concordia y la justicia en su reino, pero todo se aliaba para entorpecer sus intenciones y envenenar las relaciones con su pueblo. “No encontraba más que miserias, disputas, calumnias”.

Enrique se aburría. No podía recaudar impuestos, legislar ni declarar la guerra, y estaba sometido a un consejo que debía ratificar cualquiera de sus decisiones. Los caballeros franceses no se mezclaban con los polacos; las camas les parecían muy duras y no les gustaba la cerveza del país. Algunos de sus nobles le hablaban con tal rudeza que sus ojos se empañaban con lágrimas de rabia e impotencia. Pero lo peor de todo era que pretendieran casarlo con Ana Jagellón, hermana del difunto rey de Polonia, soltera a sus 48 años, monjil y sumamente fea. Ella, en cambio, estaba entusiasmada desde que vio el retrato de Enrique.

Él la había visitado el día de su llegada y cumplió con otras visitas sucesivas que imponía el protocolo y la conveniencia. Digno hijo de su madre y consumado maestro en el arte de la duplicidad, llegó a fingir que cortejaba a Ana Jagellon. En una ocasión tomó su mano, y la pobre princesa experimentó tal conmoción que después fue incapaz de ingerir alimento alguno ese día. Pero a lo único a lo que Enrique estaba dispuesto era a disimular, no a casarse.

Como cuenta un contemporáneo, “llevaba aquella corona como una roca sobre su cabeza. En el languidecer de su exilio, Enrique no encontraba más consuelo que el de escribir a Francia”. Esas misivas eran enviadas en paquetes que contenían cuarenta o cincuenta, y algunas de las que dirigía a María estaban escritas con su propia sangre...

Continuará


Muchas gracias, Lady Allirya Dondarrion.



14 comentarios:

  1. con su propia sangre, qué exageración... en fin. que nunca estamos contentos con nada. si somos reyes no nos gusta el reino... qué cosas.
    buena entrada de semana, madame!

    bisous!

    ResponderEliminar
  2. Una pena corta, apenas un purgatorio de poco más de un año. Ya se resarcirá de las "heridas" cuando salga corriendo de nuevo para Francia.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Es que era un exilio muy duro para un príncipe como él.
    No dudo que Carlos IX respiraba aliviado, Francisco Hércules d'Alencon mejor aun por tener más próxima la corona en caso de morir el rey.

    Los polacos tampoco es que fuesen bárbaros pero su tipo de vida contrastaba con el refinamiento de Enrique IV Walezy, sus modales tampoco ayudaban y menos aún su comportamiento.

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

    ResponderEliminar
  4. Una amarga experiencia para Enrique Valois
    Separado de su amor y en un país salvaje para su estilo de vida y refinamiento, además Carlos IX se sentía aliviado y Alencon muy a gusto con tener a Enrique muy lejos, Condé debió respirar algo bien por no tener cerca a quien le podría coronar con una cornamenta sus sienes.

    Aprenderá algo de esta experiencia Enrique ya nos lo relatará usted Madame
    Todo es bonito su usted lo relata.

    Bisous

    ResponderEliminar
  5. Bonsoir madame

    Ha traído un extraordinario tema que evoca mi adolescencia cuando leí por vez primera "La Reina Margot" de Dumas.
    En efecto Enrique de Valois se hallaba en una encrucijada al ser elegido rey de Polonia, (que para aquellos tiempos estaba situado en lo más remoto de Europa).
    Típico de un infante francés, codiciaba la corona de su hermano y más aún por ser el predilecto de la Reina Madre.

    Lo que ignoraba era la pasión por Marie de Clèves, ella también despierta nuestro interés, ojalá y nos presente un retrato.

    Esperamos gratamente la continuación de esta historia...

    Un cordial saludo
    Fred

    ResponderEliminar
  6. Es normal que le fuera duro el exilio casi era un cero a la izquierda y después alejado de todos sus caprichos y consentimientos poverello.Pero para eso tenía una madre que le sacaba de todos los embrollos.Deseando saber un poco más de este bello príncipe que el pobre toda hay que decirlo lo han querido casar con las más feas y ademas con una diferencia de edad considerable.

    Feliz martes bisous.

    ResponderEliminar
  7. ¡Qué bien nos narra, Madame, las vicisitudes y las intrigas históricas! Es un gozo leer los apasionantes relatos con los que nos regala.

    Bisous.

    ResponderEliminar
  8. Ay, María de Medicis siempre velando por sus polluelos, aunque en este caso le salió el tiro por la culata, casi; porque estuvo poco tiempo y salió con las alforjas llenas. Tampoco estuvo tan mal.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Catalina, Catalina de Mécidis, que me ha traicionado el subconsciente. Como en el otro blog suyo, tenemos a María en acción, el lapsus lo entenderá comprensible, aunque evitable.
      Beso su otra mano.

      Eliminar
  9. A ver si consigo que lleguen estas palabras porque blogger está hoy fatal.
    Decía que, al menos tuvo el consuelo del ejercicio epistolar. Por lo que cuenta no escatimó tiempo ni variedad de tinta.

    Y el ten con ten con la Jagellón, con la consiguiente desilusión posterior, le debió causar a la mujer una enfermedad.

    Bisous y buena semana

    ResponderEliminar
  10. Hola Madame:

    Pobre Enrique...Quería una corona, pero no esa...Y además...con novia incluida :D. Imagino la cara de Enrique cuando la vio.

    Ya veremos como termina todo.

    Besos

    ResponderEliminar
  11. Lady Allyria Dondarrion28 de octubre de 2015, 20:56

    ¡Vaya sorpresa!. Entro a leer las nuevas entradas y me encuentro con un agradecimiento nada merecido, ya que te he recomendado simplemente porque tu blog es magnífico.

    Ya que me he animado, pido disculpas por demorarme en realizar mi primer comentario tras tanto tiempo leyendo sus textos, pero es que el nivel de conocimientos de Madame y sus contertulios abruma a una pobre ignorante como yo.

    Saludos Madame

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues igual de sorprendida quedé yo el otro día al encontrarme aquel comentario en el foro, Lady Allyria. Me pareció un detalle encantador, y tenía que agradecerlo de algún modo.

      Buenas noches

      Bisous

      Eliminar
  12. Lo he leído al revés, pero no importa. Está muy bien narrado y me ha ayudado a entender la segunda parte.
    Bisous.

    ResponderEliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)