martes, 29 de septiembre de 2015

Carlos XII más de cerca


Cuando Carlos XII sube al trono, Suecia poseía Finlandia y la mayor parte de los Estados bálticos, lo que la convertía en una gran potencia. Pero el nuevo rey tenía tan solo quince años, una circunstancia que situaba al país en una posición vulnerable frente a aquellos gobernantes europeos que veían en ello la ocasión de anexionarse territorios. El rey de Polonia, el de Dinamarca y el zar de Rusia volvían sus ojos hacia Suecia y se aliaban dispuestos a repartirse los despojos.

No sabían que aquel jovenzuelo resultaría ser, en palabras de Voltaire, “tal vez el hombre más extraordinario que haya existido sobre la tierra”. Y, sin embargo, en opinión de muchos también fue lo peor que pudo pasarle a Suecia. Sobre la visión de Voltaire, Chesterfield escribió: “¡Qué deliciosa es su obra sobre el Bruto del Norte, el rey de Suecia! Porque no puedo llamarlo hombre, y lamentaría mucho hacerlo pasar por héroe, por el respeto que merecen esos héroes de verdad como Julio César, Tito, Trajano y el actual rey de Prusia [Federico el Grande], que cultivaron e impulsaron las artes y las ciencias, cuyo coraje animal iba acompañado de sentimientos de humanidad y que hallaban más placer en hacer progresar a sus semejantes que en destruirlos.”

Y es que Carlos XII sentía pasión por la guerra. Obsesionado por las sagas vikingas, se mostraba hábil en el manejo de las armas y era de una frugalidad extrema, capaz de dormir sobre la nieve envuelto tan solo en su manto. En combate no había soldado con más sangre fría, inasequible a la fatiga o el desaliento, insensible a los placeres y al amor. Él decía que no había nada imposible para un hombre valiente y perseverante. Sin embargo, resultaba tímido y reservado cuando se trataba de reuniones sociales. No le gustaban las multitudes, ni tampoco la pompa y la ceremonia. 

Ignoraba por completo a las mujeres, a pesar de haberse criado con su madre y sus hermanas hasta cumplir los seis años. Su desprecio por todo lo femenino llegaba hasta el punto de que cuando jugaba al ajedrez —otra de sus pasiones— llamaba mariscales a las reinas. Pero era capaz de afecto, de cultivar amistades, y solía mostrarse generoso con el enemigo en la victoria.

Nunca se le conoció una amante, algo que ha llevado a sugerir que era homosexual, aunque tampoco de esto hay evidencias y no es una opinión compartida por la mayoría de los estudiosos. La teoría más común hoy día es que tenía intención de casarse y tener hijos cuando terminara la guerra, y que era demasiado religioso y disciplinado para mantener relaciones extramatrimoniales mientras tanto, o que tal vez era asexual

Se puso al mando del ejército a los 18 años. Venció primero a los daneses, obligó al rey de Polonia a levantar el sitio de Riga y marchó después contra Pedro el Grande, su enemigo más temible, que se acercaba al frente de un ejército cinco veces más numeroso que el suyo. El choque se produjo bajo una intensa tormenta de nieve. Al terminar, más de veinte mil rusos cubrían el suelo de Narva, mientras que las bajas en el ejército sueco no llegaban a seiscientas. Durante esa primera campaña, al escuchar los cañones, exclamó:

—¡Esta será desde ahora mi música!

Carlos XII había nacido en el castillo de Tre Kronor, en Estocolmo, en 1682. Recibió una esmerada educación luterana, hablaba varios idiomas y demostró ser un alumno brillante capaz de asimilar las materias más diversas, destacando en matemáticas. Desde un principio mostró un carácter sumamente autoritario y obstinado —los otomanos lo llamaron “cabeza de hierro”—, pero capaz de disciplina, esfuerzo y sacrificio. También con los ejercicios físicos resultó alumno aventajado: manejaba bien la espada, tenía buena puntería y era un magnífico jinete desde edad temprana. Contaba apenas trece años cuando mató a un jabalí armado tan solo con un cuchillo.


Alto, de ojos azules y cabello castaño oscuro, era delgado pero ancho de hombros y, aunque cojeaba desde que se fracturó el fémur, caminaba muy erguido. El sarampión había dejado desagradables marcas en un rostro dominado por una gran nariz aguileña y un labio inferior prominente, sin duda sus rasgos más característicos junto con una mirada que resultaba inquietante debido a que tenía el ojo derecho un poco más abierto que el izquierdo. 

Un contemporáneo que tuvo ocasión de conocerlo dijo de él que era “Siempre sonríe, sea lo que sea lo que se hable. Demuestra su devoción cuando, arrodillado, reza sus oraciones por la mañana y por la noche. Por lo demás, se comporta como un soberano. Sus ropas no se diferencian de las de su más simple soldado… Su servidumbre se compone de dos cocineros y un camarero… Su comportamiento es sencillo y sin afectación. Es inquieto y parece volar más que caminar… No se le puede dirigir la palabra cuando come, porque se arroja sobre la comida más como un desquiciado que como un rey… Se ha acostado a la una en punto de la mañana, con botas y espuelas, espada y capa, sobre un montón de heno. Dicen que siempre lo hace así… En mi casa no bebió otra cosa que no fuera agua fría y sin hervir, pero no hubo problema con la comida. A las cuatro de la mañana ya estaba en pie de nuevo."

Era abstemio, aunque alguna vez se desmandó. Cuando el duque de Holstein-Gottorp llegó a Estocolmo para casarse con su hermana, ambos festejaron la ocasión bebiendo en exceso, cabalgando ebrios, arrancando sombreros y pelucas a la gente por las calles y arrojando pepitas de cereza a ministros y consejeros. No satisfechos, lanzaron los muebles por las ventanas de palacio. Cuentan que Carlos y su cuñado se entregaron a una competición de fuerza cortando las cabezas a algunas vacas y otros animales en el interior del edificio, y que los suelos y escaleras se llenaron de sangre. En otra ocasión hicieron que los animales del zoo bebieran con ellos, y cuando un oso que había ingerido demasiado alcohol se mató al caer por una ventana al patio, el rey, completamente ebrio, prometió no volver a beber nunca, una promesa que mantuvo durante toda su vida.

Su política belicista hacía que siempre estuviera combatiendo fuera de su reino, lo que le obligaba a dejar los asuntos de gobierno en manos de su hermana y sucesora, Ulrica Leonora. Las consecuencias, a pesar de sus incontables victorias, resultaron calamitosas para Suecia: su ausencia sumía al país en la anarquía, un 30% de la población masculina perdió la vida durante las continuas guerras, y el gasto militar llevó al país a la ruina.

Para muchos, en cambio, fue su muerte, y no su política, lo que causó el desastre. Carlos XII moría asesinado de un disparo en la cabeza durante el sitio de Fredriskshald, en el transcurso de una campaña militar en Noruega. En 1721, tres años después de su fallecimiento, se firmaba la Paz de Nystad, que ponía fin a la llamada Gran Guerra del Norte y sentenciaba la decadencia de Suecia y la pérdida de su dominio sobre el Báltico.



martes, 22 de septiembre de 2015

Enrique V más de cerca


Enrique de Monmouth contaba 25 años cuando era coronado el 9 de abril de 1413 en la abadía de Westminster. Comenzaba así su reinado como Enrique V.

Los contemporáneos lo describen como “apuesto, con el rostro ovalado, frente amplia, nariz recta, mejillas rubicundas, labios rojos, barbilla muy hendida, orejas pequeñas y bien formadas, espesa cabellera color castaño, brillantes ojos color avellana y una estatura por encima de la media”. Durante su juventud aparecía rasurado y con el pelo corto al estilo militar normando. Era esbelto, pero musculoso, ágil y muy fuerte. Embajadores franceses lo describieron en una ocasión como “un príncipe de aspecto distinguido e imponente estatura”.

Era un líder nato. Había ganado su primera batalla a los quince años, lo que le granjeó desde tan temprana edad una reputación de brillante estratega, magnífico general y caudillo valeroso. Se preocupaba por sus hombres, pero no toleraba la desobediencia y estaba dispuesto a ejecutar a cualquiera que no cumpliera sus órdenes. 

A pesar de estas inclinaciones bélicas, Enrique tenía dotes artísticas: le interesaba la arquitectura, le gustaba cantar y tenía cierto talento como músico. También disfrutaba con el deporte. Se entregaba a la caza, la cetrería, la pesca, la lucha, los saltos y las carreras, en todo lo cual destacaba. De él decían que era más veloz que una flecha. Pero, curiosamente, mostraba poco interés por justas y torneos.

Los libros eran su mayor tesoro. Poseía una importante biblioteca y hablaba tanto francés como inglés, latín y galés. Sentía un gran interés por la historia y la teología, y era admirador de la obra de Chaucer, Hoccleve y Lydgate.


Encarnaba el ideal de caballería de la época, por lo que las crónicas coinciden en prodigarle elogios: prudente, previsor, magnánimo, firme o constante son algunos de los adjetivos con los que describen a Enrique. Sin embargo, aquellos que lo conocían más de cerca lo tachaban de frío, y decían que inspiraba más respeto que amor. Era seco, taciturno, hombre de pocas palabras que iba directo al grano y que en ocasiones podía resultar pedante al hacer gala de sus virtudes y transmitir la imagen de “Don Perfecto”, aunque sabía escuchar y estaba dotado de ingenio. Su nivel de autoexigencia era alto; se imponía a sí mismo una disciplina que esperaba encontrar también en los demás. De humor melancólico, no era propenso a manifestar alegría ni siquiera en los momentos de triunfo, pero sabía reaccionar con optimismo ante la adversidad, sin desanimarse nunca.

Poseía un gran sentido común. Sabía juzgar los caracteres, y también ser persuasivo, o incluso agresivo cuando se trataba de defender sus derechos, si bien siempre con una decidida voluntad de hacer justicia. Protegía a los pobres contra los abusos de los poderosos, lo que hacía que los desfavorecidos lo amaran aún más que el resto de sus súbditos. Con ellos era generoso y siempre cercano. Sus enemigos, en cambio, temían su venganza, porque no era inclinado a la clemencia.

Discreto, reservado, su carácter serio no impedía que tratara a todo el mundo con gran amabilidad, aunque pudiera volverse brutal cuando se desafiaba su autoridad. Profundamente piadoso, pasaba horas rezando, hacía peregrinajes a diversos santuarios y liberar Jerusalén fue siempre uno de sus sueños. Severo con la herejía, logró arrancar de raíz el lolardismo.

Enrique heredó las inseguridades de su padre, relativas, sobre todo, a la legitimidad de la Casa de Lancaster, que había usurpado el trono. Sin embargo, la dinastía había ido ganando aceptación durante los años transcurridos, y el nuevo rey consideró una prioridad reforzarla. Su principal objetivo al comienzo de su reinado fue distanciarse de la forma de gobernar de su padre, Enrique IV, y de ese modo ganar popularidad y apoyo para la causa.


Como gobernante fue un político aventajado y buen administrador, convencido de que la prosperidad de un reino dependía de la integridad de su soberano, y que cualquier amenaza a la monarquía lo era a su vez contra el orden establecido por Dios. No derrochaba y evitaba pedir préstamos. Todo lo planificaba con antelación, y con tan buen criterio que las finanzas reales gozaron de una recuperación. Él vigilaba de cerca a los administradores y se ocupaba de despedir a los culpables de corrupción. Hizo notables esfuerzos por atraerse a todos sus barones, y de hecho su política belicista fue capaz de unir a todas las facciones por encima de sus diferencias, y situó a Inglaterra en la primera línea europea.

Pero Enrique no siempre fue el hombre que describen las crónicas, y que poco tiene que ver con el de los primeros años de su juventud. Su ascensión al trono produjo el efecto de cambiar radicalmente su comportamiento. Según Walsingham, tan pronto como ciñó la corona “se convirtió en otro hombre, celoso de su honor, modesto y serio, sin que hubiera virtud alguna que no estuviera ansioso por mostrar”. Su biógrafo Tito Livio Frulovisi dice que se reformó y enderezó su vida; abandonó a los amigos libertinos con cuya compañía había disfrutado cuando era príncipe y prestaba atención a sus consejeros con experiencia en asuntos de Estado. 

Durante su juventud, en efecto, había llevado una vida disipada. El cronista Thomas Elmham dice al respecto que “fue el servidor de Venus”, y que se complacía con los excesos propios de su edad. Sin embargo, guardó castidad durante siete años después de alcanzar el trono, hasta que se celebró su matrimonio con Catalina de Valois. Ella era una joven muy hermosa, y cuentan que Enrique se enamoró de ella apenas la vio en Meulan. Lamentablemente la muerte prematura del rey durante el sitio de Meaux el 31 de agosto de 1422 puso fin a un matrimonio que apenas había durado dos años. Enrique no llegó a conocer a su hijo y sucesor, nacido mientras él dirigía la campaña militar en suelo francés, donde aún se libraba la Guerra de los Cien Años.



Fuente:
Lancaster and York, The Wars of the Roses - Alison Weir

domingo, 13 de septiembre de 2015

La iluminación en la antigua Roma


Entre los utensilios domésticos que se han excavado, destacan las lámparas de aceite o lucernae, que contaban con una gran variedad de formas y diseños. No se conocían aún los tubos de cristal del quinqué, y cada mañana los esclavos tenían que limpiar con una esponja los muebles y pinturas murales que se habían tiznado con las lámparas de aceite de oliva. Estas consistían en un depósito de forma circular o elíptica en cuyo centro había un orificio para rellenarlas de combustible, el asa y la boca por la que salía la mecha. Podían tener una sola mecha o varias, hasta una docena. Para apagarlas y extraerlas se solían utilizar unas pinzas pequeñas.

El material más común era la terracota de color amarillo, rojo, pardo o escarlata, aunque también podían ser de piedra. Se fabricaban con moldes y no de forma artesanal, lo que permitía la producción barata y a gran escala, pero en Herculano y Pompeya se han encontrado abundantes lámparas de bronce, lujosas y de elegante diseño. Los discos y asas aparecen muchas veces adornados con bajorrelieves que representan diversas escenas: batallas, luchas de gladiadores, escenas eróticas, santuarios, motivos mitológicos, guirnaldas, etc. Algunas contienen inscripciones grabadas sobre sus bases en las que figura el nombre del alfarero, el propietario o el reinado del emperador, e incluso con marcas comerciales. Estas lámparas constituían en ocasiones regalos de año nuevo entre amigos, puesto que para algunos romanos eran objeto de colección y tenían un precio que podía ser muy asequible. También las portaban los actores en las obras, además de tener un uso ritual.


Para iluminar habitaciones grandes, se colocaban sobre plataformas o se colgaban de un portalámparas o del techo mediante cadenas. Las plataformas o portalámparas (candelabrum) eran de madera o metal corriente entre los pobres. Los más acaudalados poseían lámparas con diseños elegantes e imaginativos. El tronco, a veces estriado, imitaba a veces al de un árbol y se elevaba sobre una base formada generalmente por tres garras de animales. Sobre el tronco descansaba un pequeño capitel o una figura humana que sostenía el plato sobre el que iba colocada la lámpara. También era frecuente que el tronco se adornara con figuras de animales, por ejemplo con un gato que se desliza por él intentando atrapar a las palomas que se posan sobre el plato.

Diferente del candelabro es el lampadarium, cuyo tronco recuerda a una columna cuyo capitel o parte superior se ramifica para suspender de esos brazos las lámparas por medio de cadenas.

En Pompeya también se han encontrado linternas (laterna). Consisten en fundas cilíndricas protegidas con una tapa y atadas a una cadena. Al principio en lugar de cristal se empleaban materiales transparentes: cuerno, lonas impregnadas en aceite.

Lámpara romana hallada en Lorca, España

Algunos grandes candelabros de mármol eran demasiado pesados para moverlos. Se colocaban como ofrendas en los templos o en las salas de las casas más lujosas, y en los días festivos se encendían. Por tener carácter sagrado, a veces la base tenía forma de altar que puede descansar sobre esfinges. Cicerón menciona un candelabro que se adornaba con joyas y estaba destinado al templo de Júpiter Capitolino. Su tronco está sostenido por atlantes arrodillados.

Plinio el Joven mencionaba luces hechas con sebo encendido, es decir, velas. Se han encontrado en Avignon restos de una que se remonta al siglo I. Los romanos las fabricaban con mechas para las que utilizaban un rollo de papiro con la intención de que se consumieran más lentamente. La mecha se sumergía en un recipiente con cera fundida o sebo. El sebo era lo habitual, puesto que la cera resultaba demasiado cara. Después se sacaba y se esperaba a que se solidificara al enfriar. El proceso se repetía varias veces hasta obtener el grosor deseado.

La iluminación en las calles era escasa, lo que propiciaba la inseguridad ciudadana. En realidad no existía el alumbrado público, sino solamente algunos faroles delante de las posadas, restaurantes o lupanares. Los ciudadanos acaudalados salían de noche en compañía de esclavos cuya misión era portar las antorchas con las que iluminaban a su amo el camino. Los que no podían permitirse estos lujos, solo contaban con las rondas de los sebaciaria, cuadrillas de vigilantes nocturnos que recorrían el barrio con antorchas. 

Es de señalar que los antiguos romanos se servían del lapis specularis, una variedad de yeso muy resistente y traslúcido que se extraía en Hispania y que se empleaba a modo de cristal en las ventanas, para permitir el paso de la luz natural sin que el hogar quedara desprotegido ante las inclemencias del tiempo.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Causas de la Guerra de los Treinta Años


La Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648) fue una de las grandes contiendas europeas. Iniciada en Bohemia por motivos religiosos entre partidarios de la Reforma y la Contrarreforma, se extendió por el Imperio y llegó a afectar a las principales potencias, que aprovechaban el conflicto para dirimir otras cuestiones. De este modo, a los motivos religiosos se fueron uniendo otros, generándose guerras paralelas entre las diversas potencias. Entre estos conflictos, cabe destacar el que sostenía España con las Provincias Unidas, el de España con Francia y la pugna entre Suecia y Polonia por el control del Báltico.

Las causas religiosas tuvieron un gran peso en sus primeras fases. La Paz de Augsburgo, decretada en 1555 por el emperador Fernando I en representación de su hermano de Carlos V, se basaba en el reconocimiento del luteranismo en un plan de igualdad con el catolicismo dentro del Imperio. Se reconocía la libertad religiosa a los príncipes, pero no a sus súbditos. La religión oficial era la del soberano de cada territorio, y a los súbditos que profesaran otra diferente solo se les reconocía el derecho al culto privado.

Pero no solo había estallado el conflicto entre católicos y luteranos. La Paz de Augsburgo no había tenido en cuenta a los calvinistas, minoritarios pero muy activos. Algunas importantes ciudades del Imperio habían abrazado esta fe como religión oficial, y era especialmente popular en Bohemia y Hungría. Excluidos de ese tratado, se convertían en un factor de inestabilidad y descontento. 


El emperador Rodolfo II, siguiendo una política de tolerancia, concedió a los protestantes bohemios en 1609 una Carta de Majestad que les proporcionaba una amplia libertad religiosa a condición de que alcanzaran la unión. Pero luteranos, calvinistas, hussitas y hermanos moravos solo se ponían de acuerdo en el odio a los católicos, que a su vez tomaron a mal las concesiones a los protestantes.

Carlos V había sido el último emperador consagrado por un Papa. Su idea de restaurar la unidad religiosa y política de Alemania terminó en un fracaso. A su muerte, no transmitió a su hijo la totalidad de sus Estados: Austria, con el reino de Bohemia y Hungría fueron para su hermano Fernando. Desde entonces hubo dos ramas de los Habsburgo. La austriaca, mucho más débil, dependía de la española y recibía subsidios de ella. Una parte de la plata americana iba a parar a la corte de Viena o de Praga. Los príncipes del Imperio, fueran católicos o protestantes, no deseaban un poder imperial fuerte que pudiera amenazar su posición de independencia, y los turcos controlaban parte del territorio y suponían una constante amenaza. Todo se aliaba para debilitar la autoridad y el poder de los emperadores, cuya soberanía sobre algunos lugares era casi ilusoria.

En 1617 Fernando de Estiria fue designado sucesor de Matías en el reino de Bohemia y la corona imperial. Fernando, discípulo de los jesuitas, absolutista e intolerante, había impuesto una auténtica cruzada en sus dominios para devolver al catolicismo a sus súbditos. La nobleza bohemia se opuso a su coronación y prefirió proclamar soberano al elector del Palatinado, Federico V, un calvinista. Cuando Fernando envió a sus representantes al castillo de Hradcany en Praga, en mayo de 1618, los calvinistas bohemios los arrojaron por una ventana. El suceso es conocido como la “defenestración de Praga”, y se considera el episodio que da inicio a la guerra. El método de los bohemios no resultaba nuevo para ellos, puesto que la historia registra otros dos episodios anteriores, en 1419 y 1483.


Pero España, que apoyaba a Fernando, no podía permitir que los acontecimientos tomaran ese rumbo, y ello no solo por considerarse aliada de los Habsburgo, sino porque el Palatinado estaba incómodamente situado en la ruta imperial Milán-Flandes.

Francia, a su vez, no podía consentir que España aprovechase los pretextos religiosos para apoderarse de una comarca situada en su frontera oriental, algo que dejaría cercado al reino. De este modo el conflicto religioso se iba convirtiendo en político. Ya no se trataba de católicos contra protestantes, sino de Borbón contra Habsburgo.

Hubo, también, motivaciones económicas relacionadas con el intento de España de provocar la asfixia comercial de Holanda en el Báltico. Suecia, Dinamarca y Holanda, aunque aliadas en su fe protestante, eran rivales que luchaban por la hegemonía en el mar del Norte y el Báltico.

Uno de los factores que contribuyó a los horrores de aquella terrible contienda fue la abundancia de aventureros y gente al margen de la ley, criminales que se enrolaban en los ejércitos y fueron responsables de las mayores atrocidades contra una población que ya no distinguía entre amigos y enemigos.