viernes, 7 de agosto de 2015

El crimen de René de Villequier


René de Villequier, barón de Clairvaux, de Aubigny y de Evrey, Caballero de la Orden del Espíritu Santo, fue uno de los favoritos de Enrique III de Francia y primer gentilhombre de su cámara desde 1574. 

La familia, originaria de Normandía, toma su nombre de la tierra de Villequier, a orillas del río Sena. El antepasado más antiguo de René fue Robert, que formó parte de los caballeros que siguieron al hijo de Guillermo el Conquistador, Roberto Curthose, cuando partió hacia Jerusalén en 1097. Los Villequier entran al servicio de la corona con Carlos VII, y desde entonces ocupan cargos importantes tanto en el ejército como en la corte.

El ascenso comenzó con André de Villequier, que compró el vizcondado de La Guerche y con ello desplazó las posesiones familiares hasta situarse más cerca del poder central. Él fue el primer mignon de la historia de Francia. Llegó a la corte en 1442 y se convirtió en chambelán del rey, miembro del Gran Consejo y posteriormente Gran Chambelán. André no tuvo inconveniente en desposar en octubre de 1450 a la amante del rey, Antoinette de Maignelais, que había sucedido en el favor real a su fallecida prima Agnès Sorel. 

René, nacido en torno a 1535, aparece en las crónicas como un hombre depravado, pero también refinado, amante del lujo y los placeres. Por ejemplo, en una ocasión hizo servir en su mesa una tortilla rociada con perlas trituradas.


Su carrera comienza al servicio del mariscal de San André, y después va acaparando cargos en tiempos de Carlos IX, gracias al favor con el que lo distinguía Catalina de Médicis. René participa en las campañas militares del duque de Anjou, futuro Enrique III, y está presente en la batalla de Jarnac contra los hugonotes. Es a él a quien Enrique designa para llevar la noticia de la victoria al rey de España.

Pero Villequier no encaja con la figura del mignon, ni por su físico ni por su edad, pues es 15 años mayor que Anjou. En 1574 se lo describe como un hombre “viejo y pesado” que bebía sin moderación. Célebre por su sobrepeso, en la corte lo llamaban “el gordo Villequier”. A pesar de todo, el embajador de Saboya lo acusa de haber iniciado al joven Enrique en “el vicio que la naturaleza detesta”, y Brantôme lo responsabiliza de lo que él llama “juegos infames” que el rey habría practicado.

Su fidelidad al soberano ha sido muy cuestionada, puesto que se dijo que había llegado a entrar en la Liga de los Guisa. Lucinge, el embajador de Saboya, lo presenta como cortesano ambicioso y desprovisto de convicciones religiosas sinceras en aquellos tiempos de confrontación entre católicos y hugonotes, y afirma que la reina madre, Catalina de Médicis, se servía de él para manejar a su hijo a su través.

René contrajo matrimonio con Françoise de la Marck el 17 de enero de 1558, una unión que tendría un trágico final. El caballero la asesinó, al parecer por una cuestión de celos no suficientemente esclarecida. No se sabe a ciencia cierta si ella imitaba las licenciosas costumbres de su esposo o si sus reproches hacia él, excesivamente frecuentes, colmaron la paciencia de Villequier. Una fuente afirma que René había recibido un anónimo informándole del comportamiento de su esposa. Françoise esperaba un hijo. En aquellas líneas le revelaban que él no era el padre, y que su esposa planeaba envenenarlo antes de que su deshonra se hiciera pública. René hizo registrar en secreto los aposentos de la dama y encontró un paquete de cartas de su amante y un pastel que le resultó sospechoso de contener el veneno que iba a serle administrado.

Ambos se encontraban en la villa de Poitiers en septiembre de 1577, alojados bajo el mismo techo que el propio rey. Una mañana Villequier entró en la alcoba de su esposa, que acababa de levantarse y peinaba su cabello ante el espejo que una servidora sujetaba. El esposo se precipitó hacia ella, le hundió un puñal en el costado y luego desenvainó su espada y se ensañó con ella hasta dejarla muerta sobre el suelo. Luego persiguió a la servidora y le asestó varias puñaladas. Según una versión, la mujer se habría arrojado por una ventana para escapar a su violencia.

Después se presentó en la alcoba del rey, le confesó lo que había hecho y solicitó su perdón, pues consideraba que había tenido justa causa para obrar de tal modo. Mientras tanto todo era confusión en el castillo. Los cortesanos, conmocionados, gritaban contra el asesino con tal vehemencia que Enrique vaciló y consideró entregar a su favorito a la justicia. La reina madre así se lo exigía, y lo exhortaba a castigar el crimen con rigor ejemplar.

Villequier abandonó secretamente el lugar en dirección a París, y para cuando la corte emprendió el regreso los ánimos ya se habían calmado en buena medida. Las magníficas fiestas que el asesino ofrecía en el Hôtel de Ville, como gobernador de París, contribuyeron enormemente en disipar la indignación popular.


El crimen no fue castigado; por el contrario, poco después Villequier era recompensado con la Orden del Espíritu Santo, lo que hace sospechar a l’Estoile que todo había sido hecho por secreto mandato del rey, que odiaba a esta dama por haberlo rechazado. Se decía que en un tiempo ambos habían sido amantes, pero que ella no quiso continuar la relación y hablaba mal de él, causando su despecho. En cualquier caso, Enrique no guardó ningún luto por ella; por el contrario, en una carta a Souvré la llamaba “putain de fame” (estoy segura de que no necesitan traducción) y felicitaba al marido por haberse librado de ella.

Sin embargo, el ensañamiento y la furia ciega que se aprecia en el brutal ataque no se corresponden bien con el mero cumplimiento de una orden. Tampoco justificaría el asesinato de la servidora, a la que Villequier más bien parece haber considerado cómplice de algún desmán. Aunque de Thou, por su parte, opina que la dama era inocente de toda acusación, y que había provocado las iras del rey y de René por reprocharles a ambos sus excesos. 

El matrimonio había tenido una hija, Charlotte Catherine, casada con el barón de Chappes. El 8 de julio de 1586 René se casaba de nuevo, esta vez con Louise de Savonnières, una de las damas de Catalina de Médicis, vástago de una gran familia angevina. Curiosamente, el comportamiento de Villequier con su segunda esposa se dice que fue ejemplar.

De esta segunda unión nació un hijo, Claude, que no pasó de la adolescencia. Se extinguía así con él el linaje de los Villequier.


15 comentarios:

  1. Me resulta indignante que no hubiera castigo para el asesino pero no me sorprende en lo más mínimo. Por la brutalidad con que la asesinó también me hace dudar de que haya sido un simple encargo; tiene toda la pinta de un crimen pasional.
    Besos



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    1. Sí, seguramente el hijo no podía ser suyo, y si encima creyó que ella pretendía envenenarlo... Encaja más bien con algo así.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  2. Qué valor el de Louise de Savonnières. Otra, ni loca.
    Beso su mano.

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    1. Me imagino que no le dejarían mucha posibilidad de elección. Estas cosas solían venir impuestas, y al favorito no se lo podía rechazar. Sin embargo, mire usted, a la segunda le salió bien.

      Buenas noches

      Bisous

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  3. Hola Madame:

    Yo pensaba lo mismo que nuestro amigo Marques...La segunda esposa tuvo mucho valor en casarse con él después de lo sucedido...

    En la política, todo tiene una razón de ser...Incluso en situaciones como está. Quien sabe cual sería el verdadero motivo para matarla tan brutalmente

    Besos Madame

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    1. Todo parece indicar que nada político. La política es considerablemente más fría. No da para tanto arrebato.

      Feliz fin de semana

      Bisous

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  4. Gente depravada cuyos desmanes y crímenes se quedaron sin castigo... Por desgracia, algo muy frecuente en la historia. Y este caso no sería una excepción.
    Un saludo.

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    1. Sí, parece que las cuestiones de honor se entendían de un modo muy sui generis y poco equitativo para con las esposas.

      Feliz tarde

      Bisous

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  5. Se tomó la justicia por su mano sin contemplaciones y como favorito del rey no obtuvo su condena, sino su aprobación. Me da en la nariz que es posible que lapareja se llevase mal o que incluso el esposo quisiese medrar y casarse de nuevo y qué mejor que quitársela de encima. Una vergüenza que se sigue cometiendo hoy día y a veces con menores penas que las que se deberían de aplicar.
    Un beso

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    1. No creo que en ese momento pensase en casarse de nuevo, porque de hecho tardó nueve años nada menos en volver a hacerlo.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  6. No tenia desperdicio el caballero pero claro entre ellos no se podían reprochar nada.Seguro que el monarca le temía más por lo que callaba que por lo que era evidente y por eso quedo libre de culpas... Aunque la forma de justicia no fuese la más adecuada para lavar el honor de este asesino con o sin razón.

    Bisous

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    1. Pues no, no fue la forma más adecuada, aunque sí una forma muy socorrida en aquel tiempo. Y tal vez también hoy.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  7. no hay nada como tener mano con la autoridad.
    ya estamos de vuelta, madame.
    feliz jueves!

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    1. Monsieur, se le extrañaba por aquí!
      Bienvenido de regreso. Ya nos contará qué tal las vacaciones.

      Feliz fin de semana

      Bisous

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  8. Me gusta creer que aquel crimen quedaré sin castigo, aunque es posible que hubiera razones desconocidas para que el rey no tomará cartas en el asunto.
    Bisous.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)