jueves, 25 de junio de 2015

Los símbolos jacobitas

Retrato de una dama jacobita, 1740 – 1750 – Cosmo Alexander

La dama del retrato no ha sido identificada con toda certeza, pero se cree que podría tratarse de Jenny Cameron, amante de Bonnie Prince Charlie. Se aprecia que es jacobita porque sujeta en su mano derecha la rosa blanca de York. Los Estuardo descendían de Isabel de York a través de su hija Margarita Tudor, y en ello fundaban su derecho al trono de Inglaterra. 

Otro de los símbolos es la rosa y los capullos que exhibe en su tocado. Esa rosa representa al exiliado rey Jacobo, y los capullos son sus herederos, Carlos y Enrique.

También llevaban una escarapela blanca en el sombrero azul, como la que aparece en el relato de Bonnie Prince Charlie. Estos símbolos solían ir prendidos a una ramita de la planta que identificara la pertenencia a un determinado clan. De ese modo los escoceses distinguían a los amigos de los enemigos.

Bonnie Prince Charlie, el Joven Pretendiente

Los jacobitas también elegían como símbolo una mariposa: la vanesa de los cardos, puesto que el cardo es la flor nacional de Escocia y emblema de los Estuardo desde Jacobo III. Una leyenda dice que cuando los daneses invadieron escocia, uno de los soldados invasores pisó un cardo en la oscuridad con su pie descalzo, y los escoceses, alertados por su grito de dolor, pudieron así defenderse. Por eso en adelante llamaron a esta planta “El Cardo Guardián”.

O a veces preferían la polilla que es atraída por la luz, y que significaba el modo en que seguían a su líder. Por la misma razón aparece a veces el girasol, que siempre sigue al astro rey y era para ellos símbolo de lealtad, igual que la brújula. 

Si el cardo representaba a Escocia, el narciso es un emblema galés, y para los jacobitas se identificaba, por tanto, con el titulo de Príncipe de Gales. Y los haces de leña significaban la importancia de permanecer todos unidos. 

Igualmente eligieron las hojas de roble y las bellotas. Con la hoja de roble recordaban cuando Carlos II se ocultó en uno de estos árboles tras la batalla de Worcester contra las fuerzas de Cromwell. Carlos, que contaba principalmente con tropas escocesas, trataba de recuperar el trono tras la ejecución de su padre. El roble salvó así la vida del rey tras una derrota en la que se habían perdido muchos hombres. 

El Príncipe Carlos Eduardo Estuardo (Bonnie Prince Charlie) en Edimburgo, por William Brassey Hole

En ocasiones los jacobitas representaban con una estrella el nacimiento de Bonnie Prince Charlie, y con el sol las esperanzas del regreso de su monarca. Otras veces expresaban este anhelo con la palabra latina Redeat (que regrese), o con el número 8, por un futuro rey Jacobo VIII. Y, por último, recurrían a la cabeza de Medusa, identificando a Bonnie Prince Charlie con la figura de Perseo.

Un ritual que solían practicar era el de pasar el vaso sobre un recipiente con agua antes de beber. Así recordaban al rey “sobre el agua” (over the water), es decir, exiliado en el extranjero, al otro lado del mar (overseas).

Para brindar por la causa, utilizaban los llamados Amen glass, por ser Amen la última palabra de su himno The Origin of Our Own. Estaban grabados con dibujos y lemas alusivos y que llevaban frecuentemente una burbuja en forma de lágrima en el tallo, simbolizando el dolor por la ausencia de los Estuardo. 

Hoy terminamos con Bonnie Charlie, también conocida como Will ye no come back again?, un poema de Carolina Oliphant (Lady Nairne) convertido en canción tradicional escocesa. Después de la derrota de Bonnie Prince Charlie en Culloden en 1746 y su huida a Francia, muchos jacobitas esperaban que un día regresara. Lady Nairne escribió sobre este sentimiento a comienzos del siglo XIX.


Bonnie Chairlie's noo awa', 
Safely ower the friendly main; 
Mony a heart will break in twa', 
Should he ne'er come back again. 

Will ye no come back again? 
Will ye no come back again? 
Better lo'ed ye canna be, 
Will ye no come back again? 

Ye trusted in your Hielan' men, 
They trusted you dear Chairlie. 
They kent your hidin' in the glen, 
Death or exile bravin'. 

We watched thee in the gloamin' hour, 
We watched thee in the mornin' grey. 
Tho' thirty thousand pounds they gie, 
O there is nane that wad betray. 

Sweet the laverock' s note and lang, 
Liltin' wildly up the glen. 
But aye tae me he sings ae sang, 
Will ye no' come back again? 


sábado, 20 de junio de 2015

Ghillie Callum: la danza escocesa de las espadas


La danza de las espadas, llamada Ghillie Callum, es la antigua danza guerrera escocesa. Su nombre deriva de Gille Chaluim, cuyo significado es “el sirviente de Calum”. Según la tradición, se remonta a tiempos medievales. Una romántica leyenda sitúa su origen a los tiempos del rey Malcolm III Canmore, una época que sirvió de inspiración a Shakespeare para su obra escocesa. Ghillie Callum fue un guerrero que combatía en el ejército de Malcolm y sostuvo un combate a muerte contra uno de los generales del rey rival en 1054. Para celebrar su victoria, cruzó su espada en el suelo sobre la de su enemigo y comenzó a bailar sobre ellas. Según otra versión, más legendaria aún, sería el propio Malcolm quien ejecutó la danza.

Existe la opinión de que el baile ya formaba parte de los ejercicios que realizaban los diversos clanes para desarrollar las habilidades de sus guerreros, pero, sea cual sea su origen, se supone que acabó por convertirse en un modo habitual para los highlanders de celebrar sus victorias. 

De acuerdo con otra opinión, para estos guerreros no era solamente una forma de demostrar su agilidad y destreza, sino que incluía un componente supersticioso: bailaban sobre las espadas la noche anterior a la batalla, y creían que conseguir terminar sin tocarlas era un buen presagio que auguraba la victoria. Si el guerrero la tocaba, resultaría herido, y si la desplazaba con el pie, encontraría la muerte.


Con el tiempo han ido surgiendo muchas variantes, como la jacobita, o la de los clanes, o los sables de Argyll. Una de las más antiguas es la de Papa Stour, una pequeña isla de las Shetland. La ejecutan siete bailarines que representan a los siete campeones de la cristiandad: San Andrés de Escocia, San Jorge de Inglaterra, San David de Gales, San Patricio de Irlanda, San Dionisio de Francia, Santiago de España y San Antonio de Italia.

El texto más antiguo en el que aparece recogida la danza de las espadas es el Scotichronicon, compilado en torno a 1440. Se trata del pasaje que narra el segundo matrimonio de Alejandro III con Yolanda de Dreux el 14 de octubre de 1285.

Se cuenta que en 1573 la danza fue utilizada como estrategia por unos mercenarios escoceses que se sirvieron de ella para introducir armas en el castillo del rey Juan III de Suecia durante un banquete. Tenían intención de asesinarlo con las espadas sobre las que bailaban, pero al final nunca llegó a darse la señal convenida. Juan III había destronado a su hermanastro, Eric XIV, a quien retenía prisionero. Carlos de Mornay, antiguo favorito de Eric, pretendía ahora aprovechar la situación para coronarse él mismo, pero en el momento decisivo no se atrevió a dar la señal. Al año siguiente se descubría el complot y Mornay era ejecutado.

La danza fue representada posteriormente como recepción y agasajo de diversos reyes: Ana de Dinamarca en 1589, Jacobo VI en 1617 y Carlos I en 1633. Pero tras la batalla de Culloden en 1746, que supuso el aplastamiento de la causa jacobita, el gobierno de Londres intentó purgar las Tierras Altas de todo elemento que pudiera resultar perturbador, de modo que llevar armas o incluso el tradicional kilt escocés se convertía en un delito. La danza fue así cayendo en desuso, al no contar con el equipo necesario para ella.

El renacimiento de la cultura Highlander tuvo lugar con la reina Victoria, que impulsó los modernos juegos de las Highlands. La danza forma parte de ellos junto a pruebas deportivas y musicales. En la actualidad también las mujeres pueden ejecutarla, aunque les estuvo vedado hasta finales del siglo XIX.

El origen de estos juegos también se hace remontar al rey Malcolm III, cuando organizó una carrera a pie hasta la cima de Craig Choinnich, junto a Braemar, con la intención de convertir en su correo personal al hombre más rápido.


Los actuales juegos se celebran de mayo a septiembre por todo el país, sea en pequeñas localidades o en viejos castillos, y admiten a participantes de todo el mundo. Es tradición que el primer sábado de septiembre la familia real británica acuda a presenciar los de Braemar, a los que la reina Victoria concedió en su día el patrocinio real y que este año celebran su bicentenario.



Dedico este texto a mi amiga de Namibia, con mi gratitud por todo su apoyo. Hoy es mi turno para brindarle el mío. Fuerza y ánimo, Pilar.


Muchas gracias a Inktense por la estupenda reseña de La Corte del Diablo. Para mí es una enorme satisfacción conocer cuánto han disfrutado con la lectura.

"La corte del diablo se convierte en uno esos libros que te despiertan en la madrugada para continuarlo."

miércoles, 17 de junio de 2015

Mi estreno como editora literaria


M.A.R. Editor me ha encomendado la edición literaria de su nuevo proyecto, una tercera antología de Mujeres en la Historia que hoy mismo hemos comenzado a elaborar. Esta vez nos adentraremos en la Ilustración para rescatar algunos nombres femeninos que dejaron su impronta en el siglo XVIII, llamado de las Luces.

Nos esperan unos meses de mucho y grato trabajo, un tiempo que trataremos de agilizar para que pronto se vea materializada la obra. Para mí se trata de una aventura fascinante, un nuevo reto que me divertirá abordar. 

Muchas gracias a Miguel Ángel de Rus y Vera Kujareva por la confianza que han depositado en mí para llevar a buen puerto este proyecto. Espero no defraudaros.

Y a ustedes les pido disculpas por no estar muy presente por aquí estos días. Este fin de semana continuaré con la actividad del blog, si me es posible.


Montserrat Suáñez


sábado, 13 de junio de 2015

El complot de Babington

María Estuardo

Seguramente la conspiración más dramática de cuantas se urdieron en torno a Isabel I de Inglaterra fue el complot de Babington, que terminó con la condena a muerte de María Estuardo. 

En el punto de partida de esta historia se encuentra Walsingham, principal secretario de la reina. Walsingham había sido embajador en Francia por la época en la que tuvo lugar la masacre de San Bartolomé contra los hugonotes. Fue el jefe del servicio de espionaje de Isabel, para la que organizó una enmarañada red capaz de desbaratar cuantas conspiraciones había en marcha, unas intrigas que tenían por objetivo acabar con la vida de la reina. El secretario veía claro que para ponerles fin era preciso eliminar de raíz la amenaza que suponía María Estuardo, y para ello decidió tenderle una trampa. Si la escocesa caía en ella, Isabel se decidiría al fin a firmar su sentencia de muerte.

La idea era hacer llegar a la reina de Escocia las cartas que su gente le escribía en París, y entregar posteriormente las respuestas de María a través de un cervecero que en realidad trabajaba para él. Ella recibía los mensajes que eran introducidos en una bolsa de cuero oculta en un tapón hueco de un barril de cerveza. Cuando el barril llegaba al castillo de Fotheringhay, donde se hallaba recluida, un servidor extraía los documentos y los entregaba a María, que no sospechaba que la correspondencia era interceptada antes de llegar a sus manos. 


Como reacción contra la política abiertamente anticatólica que estaba siendo llevada a cabo en Inglaterra, un joven llamado Anthony Babington urdió un complot para rescatar a María Estuardo y sentarla en el trono de Isabel, cuya legitimidad no era aceptada por los papistas. Estos juzgaban nulo el matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, y por tanto consideraban que la hija habida de dicha unión no tenía derecho a ceñir la corona. Una vez destronada Isabel, la heredera más próxima era la escocesa, cuya abuela había sido Margarita Tudor.

Babington y algunos amigos se reunían en The Plough, una posada a las afueras junto a Temple Bar, y allí ultimaban el plan. Gracias a la extensa red de espionaje, Walsingham pronto descubrió la existencia de este complot y envió como infiltrado a un doble agente, un sacerdote llamado Gifford. Este había estado implicado en otras conspiraciones anteriores para asesinar a Isabel, y en octubre de 1585 había viajado a París, donde se puso en contacto con un agente de María. A su regreso, dos meses después, fue arrestado. Dicen que entonces se dirigió a Walsingham en estos términos:

—He oído hablar del trabajo que hacéis y quiero serviros. Carezco de escrúpulos y no temo al peligro. Haré cualquier cosa que me ordenéis.

Aceptados sus servicios, comenzó a trabajar por la causa de Isabel y se puso de acuerdo con el cervecero para apoderarse de la correspondencia que recibía María Estuardo. Dados sus antecedentes, ningún partidario de la escocesa hubiera sospechado de él.

Cuando se infiltró entre los conjurados, le dijo a Babington que se había enterado del complot a través del agente de María al que había visitado en Francia, y a continuación se ofreció a facilitarle la entrega de mensajes a la prisionera a través de su amigo el cervecero.


Babington confió en él y comenzó así a enviar cartas cifradas por este medio, sin imaginar que estaban siendo interceptadas por Walsingham. En julio de 1586 el joven le escribía a la reina de Escocia que él y un grupo de amigos planeaban asesinar a Isabel y ponerla a ella en su lugar con ayuda de una invasión extranjera, para lo cual solicitaba su autorización. María cometió el error de responder. En su respuesta resultaba obvio que aspiraba a mucho más que a quedar en libertad, y que contemplaba con agrado las perspectivas de sentarse en el trono inglés. Pedía que no se hiciera nada hasta que la invasión estuviera bien preparada y dejaba el asunto del asesinato de Isabel a decisión de Babington; es decir, no aprobaba expresamente el crimen, pero tampoco se oponía.

Walsingham empleaba falsificadores que rompían el sello de las cartas, hacían copia y luego volvían a sellar el original de modo idéntico a como había sido entregado antes de devolverlas a Gifford. El jefe de este equipo era Thomas Phelippes, un falsificador experto en descifrar códigos secretos. Esto resultaba necesario, puesto que los mensajes estaban codificados con 23 símbolos que sustituían a las letras del alfabeto y otros 35 que representaban palabras o frases, además de alguna otra complicación. De ese modo los conspiradores creían estar a salvo en caso de que la carta cayera en manos enemigas.

Para poder atrapar también a los cómplices, el astuto Walsingham ordena a Phelippes que añada una postdata igualmente cifrada en la respuesta de María, simulando que ha sido escrita por la propia reina de Escocia: 

“Quisiera saber los nombres y cualidades de los seis caballeros que llevarán a cabo el plan, porque, al conocer de quiénes se trata, tal vez podría daros yo algún consejo sobre cómo proceder; con el mismo propósito me gustaría saber, en cuanto podáis decírmelo, quiénes están ya al tanto, y hasta qué punto, de los detalles de este asunto.”

Sir Francis Walsingham

Babington, que no era una lumbrera, cayó en la trampa y reveló cuanto Walsingham precisaba saber. El 3 de septiembre era enviado a la Torre. Al ser interrogado, confesó que María había escrito la carta apoyando el complot. Fue juzgado junto a sus cómplices y condenado por por alta traición. Se erigió un patíbulo en St Giles in the Field, cerca de Holborn, y allí fue colgado, castrado, eviscerado y descuartizado junto a siete de ellos. Después de la ejecución, el verdugo distribuyó por diversos puntos de la ciudad los pedazos a los que habían quedado reducidos los cuerpos, para advertir de las consecuencias que traería ceder a la tentación de seguir el ejemplo de Babington.

Los otros siete conjurados fueron ejecutados al día siguiente. Tuvieron una muerte menos cruel por orden de Isabel, a quien había resultado excesivo el espectáculo anterior. Se los colgó hasta que murieron, y solo después sufrieron el resto del suplicio.

Gifford, tras recibir de Walsingham una pensión de cien libras por el relevante papel que había desempeñado, se trasladó a Francia. Al año siguiente era arrestado en un burdel y, como sacerdote, confinado en la prisión del arzobispo, donde al parecer falleció en 1590.

A María Estuardo el complot le costó la vida. El tribunal que se reunió en Westminster la encontró culpable de “urdir e imaginar la muerte y destrucción de la reina de Inglaterra”. Isabel I firmaba la sentencia y el 8 de febrero de 1587 la reina de Escocia era decapitada en el castillo de Fotheringhay.

Dieciséis años después era el hijo de María quien se sentaba en ese trono que la muerte de Isabel dejaba vacante. Los Estuardo sumaban la corona de Inglaterra a la de Escocia.


martes, 9 de junio de 2015

La Reina Virgen


Uno de los sobrenombres con los que Isabel I de Inglaterra pasó a la historia es el de Reina Virgen. A pesar de encontrarse entre los deberes de todo monarca procurar un heredero para su reino, Isabel nunca llegó a casarse, y con ello hizo correr ríos de tinta. Se han expresado las teorías más variopintas para justificar esta extraña circunstancia. Si en aquel tiempo una mujer sin hijos era aún contemplada como algo contra natura, esto era doblemente incomprensible en el caso de una reina que, aparentemente, renunciaba a ser madre. Lo más importante eran los intereses dinásticos; de hecho, para su padre, Enrique VIII, el empeño por conseguir un heredero varón había llegado casi a la obsesión, y resultaba desconcertante que Isabel no hubiera antepuesto también este objetivo. 

No procurar descendencia era, además, condenable, dado que podía desatar las ambiciones de otros poderosos señores que veían en ello la ocasión de alcanzar la corona y, de ese modo, el reino se sumiría en el caos de una guerra civil. Su propia persona se vería constantemente amenazada, rodeada de intrigas, de disputas; su vida estaría frecuentemente pendiente de un hilo, a merced de los intereses que su situación provocaba y que sus enemigos nunca dejarían de aprovechar. Isabel tenía que enfrentarse a Francia, España, el Imperio y el Papa y controlar, al mismo tiempo, las facciones que surgían en sus dominios. 

Para explicar el hecho de que no pusiera fin a tanta conspiración contrayendo matrimonio, se ha recurrido a todo tipo de argumentos basados no en la política, sino en la propia persona de la reina. Se ha pensado en ocasiones en motivos psicológicos derivados del matrimonio de su propia madre y las traumáticas vivencias de su infancia, todo lo cual produciría en ella una fuerte inhibición. Otras veces se ha alegado que tenía alguna clase de incapacidad física de la que era conocedora.


Su contemporáneo, el dramaturgo Ben Jonson, en una conversación con Drummond afirmó que Isabel tenía una malformación, una membrana anormal sobre las mucosas que hacía imposible la penetración. Jonson también decía que, a pesar de ello, la reina “ensayó a muchos hombres”, con lo cual su proclamada virginidad sería una mera cuestión técnica. Las palabras del dramaturgo se encuentran en consonancia con las que pronunció María Estuardo en una ocasión: la reina de Escocia dijo que Isabel no podía tener hijos porque “no estaba normalmente constituida como mujer”. No se sabe, sin embargo, de dónde procedía tal afirmación ni cómo había llegado a su conocimiento, por lo que no podemos aceptar ni rechazar la hipótesis.

El embajador de España, el duque de Feria, dejó escrito en sus informes que no era capaz de traer al mundo un hijo, pero tampoco sabemos cómo podía estar en posesión de este dato, a qué se refería exactamente ni cuánto tenía de veraz. Podría tratarse de una simple suposición por su parte.

Los médicos, en cambio, no mencionan nada al respecto. Por el contrario, su médico dijo una vez: “Si el rey de Francia la desposa, yo respondo de que tendrá diez hijos, y no hay hombre en el mundo que conozca mejor su temperamento que yo”. Aunque si en aquel momento se buscaba una alianza con Carlos IX, lo que se esperaba del médico era que apoyara esta pretensión afirmando lo que los franceses deseaban oír, fuera o no cierto.

Algunos comentaristas hablan de la masculinidad de Isabel, pero esto es más difícil de aceptar. Sus gustos eran siempre muy femeninos, y, desde luego, su coquetería y su atracción por los hombres eran sobradamente conocidas.

En cualquier caso, la castidad de Isabel no era ejemplar. El escándalo saltó por primera vez con Thomas Seymour cuando ella era apenas una adolescente, y desde entonces nunca se privó de flirtear con los hombres más guapos: Leicester, Hatton, Essex y muchos otros se cuentan entre sus relaciones, si bien no es posible saber hasta qué punto llegaron.

Para complicar más las cosas, también se ha llegado a afirmar que Isabel tuvo un hijo secreto. El escritor Paul Streitz, con tal de vender libros, no tiene empacho en asegurar que en realidad tuvo varios. El mayor de ellos sería el conde de Oxford. Según esta teoría, la paternidad correspondería a Seymour, pero las fechas que se aceptan comúnmente resultan difíciles de encajar con dicha hipótesis, porque la criatura habría nacido trece meses después de que el conde fuera decapitado. Para solventar el problema, Streitz adelanta en un par de años el nacimiento del niño y lo hace coincidir con un alejamiento de Isabel por motivos de salud. En tal caso, lo extraño es que Seymour tardase tanto en ser ejecutado.

Sysley Huddleston, biógrafo de la reina, es más partidario de las razones políticas, y para explicarlas establece un debate consigo misma al estilo de los coloquios de Panurgo y Pantagruel:

—Si me caso con un príncipe francés, hago una alianza diplomática que me permitirá soslayar muchas dificultades.

—Sí, pero para encontrarme en más dificultades con Europa, con el Imperio.

—Si no me caso, atraigo sobre mí la daga de un asesino, porque mi vida es lo único que se interpone entre los pretendientes y el trono.

—Sí, pero si me caso y no tengo hijos, el peligro será aún mayor.

—Si me caso, alguien compartirá conmigo las pesadas tareas que me incumben y me ayudará en las dudas que me asalten.

—Sí, pero, precisamente yo no quiero repartir, quiero ser libre.

—Si no me caso, seré objeto de intrigas, nadie me dirá la verdad, se pensará más en la mujer que en la reina.

—Ahora bien, si me caso se pensará más en la reina y mi marido me dirá verdades desagradables.

—Si no me caso, no conoceré las siete alegrías conyugales.

—Pero yo no quiero esas alegrías que se cambian fácilmente en penas.

—Si me caso, podrá arreglarse el problema sucesorio, que ha sacudido a Inglaterra tras la muerte de mi padre.

—Sí, pero a condición de que yo tenga herederos, ¿y es esto seguro? Mi padre se casó seis veces y aun así la dinastía no quedó asegurada.

—Si no me caso, seré una mujer incompleta.

—Si me caso, puede que sea una reina de poder limitado.


jueves, 4 de junio de 2015

Las normas de urbanidad de George Washington


En la biblioteca del Congreso se conserva un manuscrito de diez páginas que se remonta a 1748, cuando Washington contaba 16 años. En el documento aparecen recogidas 110 normas para regular los buenos modales, unas reglas que al parecer fueron escritas por primera vez en 1595 por jesuitas franceses. En 1640 fueron traducidas al inglés.

Sería excesivamente prolijo hacer aquí una recopilación de todas ellas, de modo que nos conformaremos con exponer algunas:

-Cuando estés acompañado, no pongas las manos en ninguna parte del cuerpo que normalmente esté cubierta.

-No enseñes a un amigo nada que pueda asustarlo.

-Cuando estés en presencia de otras personas no debes tararear, ni tamborilear con los dedos o repiquetear con los pies.

-Cuando tosas, estornudes, suspires o bosteces, debes hacerlo lo más silenciosamente posible. No hables mientras bostezas; cúbrete el rostro con un pañuelo y gira la cabeza.

-Si estás acompañado, no menees la cabeza, los pies o las piernas. No pongas los ojos en blanco ni levantes una ceja. No hagas muecas ni tuerzas la boca. Al hablar no te aproximes tanto a la gente como para poder salpicarlos de saliva sin querer.


-No mates pulgas, piojos, garrapatas, etc, delante de otros. Si ves suciedad o un esputo, tápalo con el pie. Si lo ves en la ropa de tu acompañante, quítalo discretamente. Si otros te lo quitan a ti, da las gracias. 

-Mantén las uñas limpias y arregladas. Las manos y los dientes también deben estar limpios, pero sin mostrar excesiva preocupación por ellos.

-Aunque en el fondo puedas alegrarte, muestra siempre compasión por un criminal cuando sea castigado.

-Al caminar, en la mayoría de los países el lugar más importante parece ser el de la derecha. Por tanto, colócate a la izquierda de aquella persona a la que desees honrar. Pero si son tres las personas que van caminando juntas, entonces el lugar preferente es el central. Si dos personas caminan juntas, el lado de la pared es el que se cede habitualmente al más distinguido.

-Cuando visites a un enfermo, no juegues a ser médico a menos que hayas estudiado medicina.

-No hables de cosas tristes en tiempo de alegría o sentado a la mesa. No debes hablar de cosas como la muerte o heridas, y si otros lo mencionan harás lo posible por cambiar de tema. Revela tus sueños solo a tu íntimo amigo.

-Cuando dos personas discuten, no te pongas de parte de ninguno a menos que sea estrictamente necesario. No te obstines en tus opiniones. En asuntos neutrales, alíate con la mayoría.

-No mires las marcas y cicatrices de la gente ni les preguntes cómo se las hicieron.


-No establezcas comparaciones, y si alguien entre los presentes es alabado en la conversación por alguna virtud, no elogies a otro de tus acompañantes por la misma razón.

-Si te sientas a comer, no escupas, tosas ni te suenes a menos que sea necesario.

-Actúa con discreción al mostrar tu agrado por la comida que se sirve. No comas con gula. Al servirte de la barra de pan compartida con el resto, utiliza el cuchillo para cortar una rebanada. Pero no uses un cuchillo que ya hayas empleado para comer. No te apoyes sobre la mesa ni critiques la comida.

-Si mojas pan en la salsa, asegúrate de que no tiene un tamaño mayor que el de un solo bocado. A la mesa no soples la sopa para enfriarla; mejor espera un poco y deja que se enfríe sola.

-No comas directamente del cuchillo; no escupas las pepitas de la fruta y no arrojes nada debajo de la mesa.

-No limpies los dientes con el mantel, la servilleta, el tenedor o el cuchillo, pero si ves que otros usan un palillo, puedes hacerlo tú también.

-Ya no es costumbre animar repetidas veces a los invitados a servirse de nuevo un plato. Y no hace falta brindar cada vez que se toma vino.

-Que tus diversiones sean masculinas, pero no pecaminosas.

-Esfuérzate por mantener viva en tu pecho esa chispita de gracia celestial llamada conciencia.




Muchas gracias a Miguel Ángel Gómez Juárez por su estupenda reseña de La Corte del Diablo en "Me gustan los libros":

"...Humor, drama, aventuras e historia se dan la mano en esta entretenida novela que nos ofrece una lectura amena y divertida..."

La Corte del Diablo también está en Globedia

Y comienzan a llegar las opiniones a Amazon. "Un gran descubrimiento", dice una lectora.