miércoles, 18 de marzo de 2015

La rebeldía de María Antonieta


María Antonieta adoraba a los niños y hallaba gran placer en tomar parte en sus juegos. Siendo Delfina, recibía en sus aposentos, con excesiva frecuencia para lo que dictaba la etiqueta, a los hijos de sus camareras. Ellos la distraían a menudo en “los momentos de lectura y de ocupaciones serias”, algo que suscita las protestas de su educador, el abate Vermond. La emperatriz María Teresa se ve obligada a intervenir para reconducir la situación. Pide a su hija “una especie de diario de las lecturas que hace con el abate”.

El problema es que María Antonieta no leía tanto como para poder llenar un diario. Durante todo el verano de 1770 solo lee dos libros: las Cartas del conde de Tessin y las Bagatelas morales del abate Coyer. Esto, aunque pudiera parecer lo contrario, era todo un logro. Cuando se le confió a Vermond en Viena la educación de María Antonieta, esta contaba trece años y no sabía leer ni escribir correctamente, ni en francés ni en alemán. El francés era la lengua que se hablaba en familia, pero ella, obviamente poco dotada para el aprendizaje, a esa edad tampoco era capaz de hablar correctamente aquello que practicaba a diario con los suyos desde la cuna. Al cabo de un año al menos esa cuestión mejoró sensiblemente, y la jovencita adquirió fluidez.

En lugar de leer, ella prefiere seguir jugando con sus perros y con los niños, frecuentemente al mismo tiempo. A veces paseaba por el parque de Versalles dejando a un lado todas las convenciones. Incluso se negaba a llevar corsé, asunto que tiene a la emperatriz al borde de la desesperación. Trata de hacer que su hija vista conforme dicta el decoro y la respetabilidad, pero durante dos meses María Antonieta persistirá en su negativa. Ella tiene calor, el corsé le estorba, la agobia, y el resto no importa; no se lo pondrá hasta entrado el mes de octubre.


La emperatriz lleva un nuevo disgusto al enterarse de que la Delfina se dedica a pasear a lomos de un asno tres o cuatro veces por semana. María Teresa se escandaliza, entiende que eso ya es “rayano en la disipación”. No sabe aún que todo iba a empeorar, porque con los asnos comienza a desarrollar un gusto por la equitación, y ahora se empeña en montar a caballo. Su madre lo prohíbe, pero María Antonieta desobedece y pasa con la suya. La emperatriz escribe a su hija:

“He llegado a un punto en el cual sin duda habéis tratado ya, con precipitación, de llevarme: se trata de eso de montar a caballo. Tenéis razón en creer que nunca podré aprobarlo a los quince años; vuestras tías, a quienes citáis, lo hicieron a los treinta. Eran las Señoras, y no la Delfina, y me siento un tanto molesta con ellas por haberos animado con sus ejemplos; pero me decís que el rey aprueba, y también el Delfín, y todo queda dicho para mí: ellos son quienes deben daros órdenes, en sus manos pongo a esta amable Antonieta. Montar a caballo arruina el cutis, y a la larga vuestro cuerpo se resentirá y parecerá mucho más grande”.

Esto último era lo único que podría haber hecho desistir a María Antonieta, eminentemente frívola. Pero ni siquiera eso sirvió de nada en esta ocasión. Ella continuó montando a caballo siempre que le apetecía.


Lo curioso es que practicaba la ley del embudo: la libertad que reclamaba para sí no la concedía en absoluto a su esposo, a quien manejaba con inusual tiranía. Sirva como ejemplo este que aparece recogido en una carta de Mercy:

Desde hace mucho tiempo, la señora Delfina exhorta al señor Delfín a no demorarse tanto en la caza, y ese día le había rogado que regresara a una hora razonable, para que estuviese vestido y no se hiciera esperar para el espectáculo. Mi señor el Delfín volvió tarde y, según su costumbre, mucho después que el rey. Encontró a la señora Delfina en los aposentos de Su Majestad; se acercó a ella con expresión un tanto turbada y le dijo:

—Ya veis que he llegado a tiempo.

La señora Delfina le respondió con tono bastante seco:

—¡Sí, bonita hora!

Fueron al espectáculo, donde mi señor el Delfín fue víctima todo el tiempo de la irritación de ella. Al regreso del teatro, trató él de pedir una explicación; entonces la señora Delfina le dirigió un pequeño sermón, muy enérgico, en el cual le expuso con vivacidad todos los inconvenientes de la vida salvaje que él hacía. Le hizo entender que nadie, en su séquito, podía resistir ese tipo de vida, tanto menos cuanto que su aire y sus modales groseros no ofrecían compensación alguna a sus seguidores, y que si continuaba con ese proceder, terminaría por destruir su salud y hacerse detestar. Mi señor el Delfín recibió esta lección con dulzura y sumisión; reconoció sus errores, prometió repararlos y pidió formalmente perdón a la señora Delfina.




Bibliografía:
Chère Marie-Antoinette – Jean Chalon
Marie Antoinette - Antonia Fraser


9 comentarios:

  1. Yo ya no sé si era díscola, frívola o, como se dice coloquialmente, "más corta que el asa de un cubo"; ahora que quien le dijo que montar a caballo era malo para el cutis no se quedaba atrás en "sabiduría".
    Un saludo.

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  2. Su disipación venía de serie y su severa madre no fue capaz de reconducirla. Su casamiento en tierras francesas a edad temprana no supuso mejora alguna y creo que la frívola vida que vivió allí empeoró aún más la situación si cabe. La blandura de su esposo tampoco le vino bien... En fin, que todo pareció conjugarse para que Mª Antonieta acabara siendo odiada por su pueblo.
    Un beso

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  3. Madame

    Es muy divertido ver que María Antonieta tenia doble paridad lo que no deseaba para ella lo imponía a otros

    Por lo del futuro Luís XVI no era muy fácil complacer a su mujer y hacer lo que Él deseaba y amaba, su carácter y formación no le preparó para lo que el destino le tenía preparado.

    Por otro lado, tampoco María Antonieta era la indicada para ser la consorte del rey de Francia. Si la elegida hubiera sido la futura reina de Nápoles y Sicilia quizás la historia hubiese sido distinta.

    Bisous

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  4. Hola Madame:

    Ya mostraba maneras desde pequeña...Ya sabemos como termina la historia...

    Besos. Ando disperso...

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  5. Mon dieu, con lo adorable que parece en los cuadros y vaya marimandona resultó ser la austríaca.
    Beso su mano.

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  6. Era una cabecita hueca, y ya sabemos dónde fue a parar la cabeza acompañada de sus encantadores rizos.

    Bisous y pase usted un buen fin de semana.

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  7. Cuando se casaron eran unos adolescentes aun.-Creo que al no sentir ningún apego hacia su esposo y la Corte le venía ancha aparte de sus encantos y que se la consideraba una personita agraciada , dicharachera y caprichosa.-Modestamente creo que de inteligente tenía la justa...Pero así y todo; que triste final para ambos.

    Bisous feliz finde.

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  8. Tenía unos aires de mandona, nada menos que riñe al Delfín.
    Bisous.
    No me deja comentar con el perfil de wordpress, así que lo haré con el de blogger aunque ya no publique nada allí.

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  9. no es que vayamos ahora a descubrir nada, pero esa muchacha no cae bien.
    espero que tenga un feliz comienzo de semana, madame.
    bisous!

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)