martes, 3 de febrero de 2015

Lady Castlemaine


Barbara Villiers era hija del vizconde de Grandison, al que apenas tuvo tiempo de conocer. El caballero, primo del duque de Buckingham, solo tenía 30 años cuando sucumbió a las heridas recibidas en campaña, durante el asedio a Bristol. La viuda y su hija quedaban en una delicada posición económica, algo que la belleza de Barbara iba a ser capaz de remediar en un futuro. 

La madre volvió a casarse, y la niña se educó en el campo hasta que al cumplir quince años la llevaron a Londres en la esperanza de encontrarle un esposo que aliviara la economía familiar. A los 18 contraía matrimonio con Roger Palmer, heredero de una inmensa fortuna. El enlace se llevó a cabo a pesar de la oposición de la familia del novio. Su padre le advirtió que la hermosa joven le convertiría en el más desgraciado de los hombres, pero de nada sirvieron sus llamadas a la sensatez. 

Eran, verdaderamente, una extraña pareja: él tan devoto, tan estudioso, con la esmerada educación recibida en Eton. Ella, en cambio, mostraba unos modales más que cuestionables, parecía sentir una especial atracción por el escándalo, tenía un temperamento endiablado que contrastaba con la mansedumbre de él y, desde luego, no le gustaba pasar desapercibida.

Fue al año siguiente cuando ambos formaron parte integrante la corte de Carlos II en su exilio en los Países Bajos. La pareja fue muy bien recibida: el marido por su dinero, y la esposa por sus encantos. 

En realidad la dama había comenzado a ser admirada antes de su matrimonio, y se decía que alguno de sus enamorados, notablemente Lord Chesterfield, había obtenido tanto éxito en su empresa que la hija mayor del matrimonio en realidad era suya. El propio Carlos II se mostraría posteriormente celoso de esta relación, que ninguno de los dos interesados se molestaba en negar. Curiosamente, fue el rey quien reconoció a esa primera hija de Lady Castlemaine, al igual que haría con los cuatro siguientes.

Al producirse la Restauración, Barbara regresó a Inglaterra con la misma celeridad con la que se había apropiado del corazón del soberano, que prefirió pasar en su compañía la primera noche en lugar de sumarse a las celebraciones en su honor.

Cuando el rey se casó con la portuguesa Catalina de Braganza, todos esperaban que la llegada de una nueva reina contribuiría a debilitar la influencia que ejercía sobre el rey, pero se equivocaron. Por el contrario, el lazo con esta mujer que, según el propio Carlos, conocía todos los secretos del placer, parecía fortalecerse de día en día. El monarca otorgó a la favorita un puesto entre las damas de su esposa, tan importante que requería que el marido de Barbara fuera nombrado Par del reino. En 1662 Roger aceptaba el título de conde de Castlemaine.

El idilio de Lady Castlemaine con el rey no perjudicaba demasiado el trato entre ambos cónyuges, que básicamente se limitaban a ignorarse el uno al otro. Sin embargo, pronto ocurrió algo que provocó finalmente su separación: el conde, católico, quiso que uno de sus hijos —o al menos hijo de su esposa—, fuera bautizado de acuerdo con su fe. Ella dio su consentimiento, pero días más tarde expresó su intención de que un clérigo protestante oficiara una nueva ceremonia. Ambos discutieron, una escena definitiva y que terminó con el conde abandonando Inglaterra. Ella, anticipándose a los movimientos del esposo, se había mudado a Richmond, donde podría estar más cerca de Hampton Court y del rey. Hizo el viaje sin olvidar cargar en su equipaje cuanto dinero y joyas fue capaz de llevar consigo.

El destino de Roger iba a complicarse mucho a partir de ese momento. Fue acusado de formar parte de un supuesto complot católico para matar al rey, algo que solo estaba en la mente de Titus Oates. Según su acusador, los celos habrían impulsado a Castlemaine a desear cometer el crimen. 

Durante los tres años siguientes, muchos inocentes fueron condenados a muerte. La imaginación y el fanatismo de Oates se aliaban para correr sin freno; no tuvo empacho en acusar no ya solo a muchos nobles de la corte y a centenares de miembros de órdenes religiosas, sino al propio médico de la reina, de quien afirmó que planeaba envenenar al rey. Las mismas graves acusaciones recayeron sobre el secretario de la duquesa de York. Este fue condenado por haber mantenido correspondencia con un jesuita francés.


Roger Palmer fue encerrado en la Torre de Londres y juzgado por alta traición, pero, tal vez gracias a las altísimas conexiones de su esposa, no sufrió el mismo destino.

Carlos, mientras tanto, se mostraba sumamente generoso con la favorita, y no le importaba derrochar en ella grandes sumas de dinero que no le sobraban. Un año le ofreció cuantos regalos le habían hecho a él sus cortesanos por Navidad, y, desde luego, pagaba sin rechistar todas sus deudas de juego, que solían ser tan grandes como la propia rapacidad de la bella. A Barbara le gustaba hacer ostentación de la generosidad con la que era tratada, y a menudo aparecía luciendo más joyas que la reina y la duquesa de York juntas.

Lady Castlemaine se mantuvo en la cúspide durante casi diez años. Al cabo de ese tiempo, su propia conducta insensata la llevó al desastre. El rey amaba la tranquilidad, especialmente en su ambiente doméstico. No le gustaban las discusiones, los enojos, ni las escenas de celos, que encontraba sumamente molestas. Pero ella lo importunaba constantemente con ese asunto, y otras veces agotaba su paciencia con sus estallidos de mal genio. Lo curioso es que, mientras le hacía escenas de celos a su amante con lágrimas y amenazas, ella misma no era precisamente un ejemplo de fidelidad. Por el contrario, su voracidad sexual era superior a la de Carlos. Debido al carácter de la duquesa, la relación entre ambos llegaba a ser muy tormentosa, como observa Burnet:

“Su pasión por ella, y el extraño comportamiento de ella hacia él, lo trastornaba tanto que con frecuencia no era dueño de sí, ni capaz de ocuparse de asuntos que, en una época tan crítica, requerían gran dedicación”.


Continuará

8 comentarios:

  1. Caramba con la duquesa. Una joya. Debió ser tremenda, una fuera de serie en materia amatoria, para tener a más de uno prendado de ella de esa forma. Relaciones tormentosas, nada serenas, las que hacen falta para mantener el equilibrio personal y, por lo que veo, el del propio reino.
    Unsaludo.

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  2. Valgame que amazona en la cama debió tener el rey Carlos II, de lo que se salvo mademoiselle de Montpensier de los cuernos más grandes y con lo poco paciente que era a discreción de Catalina de Portugal.

    Pero si la vida de Carlos II de Inglaterra y esta bella amazona fue muy tórrida

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

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  3. Seguro que después de su caída se diría a si misma :que me mequiten lo bailao.

    Esto, en esta primera parte : vamos a ver, si aun la suerte le sigue sonriendo en la siguiente entrada?

    Esperando saber más de este elemento de mujer...

    Feliz semana





    Y

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  4. Todo un personaje la duquesa; ansió leer la segunda parte. Un beso

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  5. vamos, que lo tenía tonto perdido. qué peligro, por favor.
    vaya día de frío, madame.

    bisous!!

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  6. Hola Madame:

    :D Bueno no me voy a repetir, pero...La dama... :D
    Estamos nevados Madame...Hasta nos quedamos sin luz.

    Besos

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  7. Una dama insaciable por lo que leo, en el lecho y en llenar su bolsa, y encima con mal genio. Excesos soportables unos, no tanto otros.
    Beso su mano.

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  8. Ah pero que buen personaje. Una mujer tan o tal vez más detestable que la mismísima Athenais . Y otro ejemplo de un gran personaje masculino totalmente embobado por esta bruja libertina y malvada al extremo . Bueno no es patrimonio de reyes ni del pasado. Claudia

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)