lunes, 29 de diciembre de 2014

Entrevista sobre La Corte del Diablo



El blog de Ediciones Áltera se ocupa hoy de la novela y publica una entrevista con la autora:


Les recuerdo que está prevista su salida para el 27 de enero.

Muchas gracias, y aprovecho para desearles un feliz Año Nuevo. Nos veremos después de las fiestas.


Montserrat Suáñez


domingo, 14 de diciembre de 2014

Fernando VI


Fernando fue el cuarto hijo del rey Felipe V y su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya. Nació el 23 de septiembre de 1713 tras un parto que ofreció la peculiaridad de haber intervenido hombres en la atención debida a la reina, algo que en aquel tiempo era aún muy poco corriente.

El recién nacido fue puesto bajo los cuidados del doctor Legendre, que había llegado a España entre el séquito de Felipe. De su crianza se ocuparon sucesivamente ocho nodrizas, ninguna de las cuales parece haber durado mucho en su puesto. Cuando cumplió siete años, su educación pasó a estar en manos exclusivamente masculinas, siendo nombrado el conde de Salazar como gobernador de su casa.

María Luisa Gabriela fallecía al cabo de tan sólo cinco meses del nacimiento de su hijo, y al poco tiempo el rey volvía a casarse. La nueva reina, Isabel de Farnesio, velaba por los intereses de sus propios retoños, por lo que el niño no pudo encontrar en ella una segunda madre.

En 1724 Felipe V abdicó en su hijo mayor, Luis, que fallecía sin descendencia meses después, a consecuencia de la viruela. Lo lógico era que el sucesor hubiera sido entonces Fernando, pero Isabel Farnesio maniobró para que su esposo recuperara el trono, logrando imponer su voluntad sobre aquel amplio sector que consideraba que una abdicación era irrevocable. Poco después Fernando era proclamado Príncipe de Asturias.

Bárbara de Braganza

Tenía tan sólo once años cuando comenzaron a buscarle esposa. La elegida fue Bárbara de Braganza, hija del rey de Portugal y dos años mayor que él, pero pronto surgió el primer problema al procederse al habitual intercambio de retratos entre los prometidos. Cuando el enviado español quiso obtener el de Bárbara, se le ofrecieron toda clase de pretextos para no entregarlo. El embajador, intrigado por unas evasivas y demoras que no resultaban naturales, indagó la causa, y no tardó en escribir a Madrid contando la resolución del misterio: “La cara de la señora infanta ha quedado muy maltratada después de unas viruelas, y tanto que afírmase haber dicho su padre que sólo sentía hubiese de salir del reino cosa tan fea”. Más adelante ofrece detalles mucho más demoledores: “He sabido que desde hace algún tiempo se le vienen aplicando a su alteza ciertos remedios por si fuera posible igualar los hoyos de la cara y hacer remitir el humor que destila por los ojos a causa de la cruel enfermedad, con lo que hasta concluida la curación no quieren los reyes permitir la vista de su hija”.

Finalmente el embajador se hizo con un retrato, pero, al parecer, muy poco realista, según advierte él mismo: “No está nada semejante, porque además de encubrir las señales de la viruela se han favorecido considerablemente los ojos, la nariz y la boca, facciones harto defectuosas”.

Fernando debió de encontrar decepcionante incluso el retrato que había pretendido ser halagador, porque cuando lo recibió, lo guardó en sus aposentos y nunca quiso mostrárselo a nadie en los tres años que tardaría en celebrarse la boda.

La primera entrevista entre los prometidos tuvo lugar en Caya. Fernando iba preparado para encontrar una jovencita fea, pero no tanto. Según el embajador inglés, “la infanta, aunque estaba cubierta de perlas y diamantes, desagradó al príncipe, que pese a sus prevenciones la miraba como no dando crédito a lo que veía. Claro que si bien la desposada es un verdadero adefesio, este defecto se halla compensado por su conocimiento de seis lenguas”.

Fernando VI

Y, ciertamente, una de las virtudes de la novia era su esmerada cultura. Bárbara era, además, muy aficionada a la música, pasión que compartiría con su esposo, y estaba dotada de un carácter tan agradable que no le costaba esfuerzo hacerse querer por quienes la rodeaban. Fernando, a pesar de esta primera impresión penosa, no iba a ser precisamente la excepción. Como escribió un contemporáneo, “era tal la bondad de la reina, que la hacía resplandecer como hermosísima”. Aunque, eso sí, también hay que anotar que era muy avara, y que la obsesión por quedarse en la miseria si perdía a su marido la impulsaba a acumular dinero sin medida.

Ambos contrajeron matrimonio en la catedral de Badajoz. Isabel de Farnesio no estaba inquieta por las consecuencias que este enlace pudiera traer para su propio hijo, puesto que sabía perfectamente que no saldría de allí descendencia alguna que pudiera hacerle sombra. Se conserva un informe enviado a París en el que se lee lo siguiente acerca del novio:

“Aunque por su gran juventud se encuentran en él los movimientos necesarios para contentar a una mujer, sin embargo le falta naturalmente lo que por artificio se quita en Italia a los que se quiere hacer entrar en la música, de manera que el príncipe tenía muchos fuegos, pero no producía ninguna llama ni resultado alguno propio de la generación”.

En 1746, a la muerte de su padre, Fernando alcanza la corona. Mantuvo buenas relaciones con sus hermanastros y permitió que su madrastra se quedara en la corte, pese a lo mal que Isabel se había portado con él y con su esposa mientras vivió el rey Felipe. Continuar teniéndola cerca era una fuente de continua perturbación, dado que Isabel aspiraba a manejarlo todo. 

Isabel de Farnesio

Bárbara, mientras tanto, era feliz al lado de su esposo, y su única pena era la de no poder darle un heredero. Sabía que por ello no podría ser enterrada en El Escorial, de modo que fundó el convento de las salesas reales para que sus restos descansaran allí junto a los de Fernando. No fue, sin embargo, una buena idea, porque, a pesar de ser muy querida por el pueblo, en esta ocasión apareció un pasquín en la puerta de la iglesia:

Bárbaro edificio.
Bárbara renta.
Bárbaro gasto.
Bárbara reina.

Bárbara de Braganza moría el 27 de agosto de 1758, una pérdida que causó profunda depresión en su esposo, ya de por sí muy inclinado a la melancolía. 

Cuentan que Fernando no mudó de ropa durante un año, y que no se acostó en una cama, limitándose a dormir en su butaca. Se encerró en el castillo de Villaviciosa; se negaba a hablar o a ocuparse de los asuntos de Estado. Le daban ataques de locura que lo impulsaban a arrojar vasos y platos a la cabeza de sus servidores y a tratar de estrangularse con sus sábanas o servilletas. Perdía la memoria, gritaba y suplicaba a los presentes que le dieran ideas, porque “decía que no tenía pensamientos y que era forzoso morir por falta de ellos”. Además se esforzaba por no evacuar, y para ello utilizaba como tapón los pomos puntiagudos de las sillas de su cuarto, sobre los cuales se sentaba. En esa posición podía pasar hasta 18 horas. Como mordía los vasos, fue preciso sustituir los de cristal por otros de plata, que también mordisqueaba. Había que vigilar que no se lesionara, porque quería suicidarse y pedía que le dieran veneno. Cuando cayó agotado en cama, se hacía encima sus necesidades y las arrojaba a cualquier servidor que se acercara. 

Al cabo de un año, también él descansaba al fin en paz.


domingo, 7 de diciembre de 2014

La cocina romana


Los romanos no tenían una hora determinada para el desayuno (iantaculum o ientaculum); dependía de la hora a la que se levantaran. Comían entonces pan empapado en vino o con sal, además de uvas, aceitunas, queso, leche y huevos.

El almuerzo o prandium se tomaba a mediodía, y consistía en platos tanto calientes como fríos. No era el prandium, sin embargo, la comida principal, sino que este puesto le correspondía a la cena.

El alimento básico de las clases humildes eran las gachas (puls), y los vegetales como la col, nabos, rábanos, cebollas, ajo, legumbres, pepino y calabazas. Solamente comían carne los días de fiesta.

En los primeros tiempos todo era muy sencillo, y amos y esclavos tomaban la misma comida. Para las ocasiones especiales podían alquilarse cocineros que ofrecían sus servicios en el mercado. Pero después de las conquistas de Roma, la dieta de las clases acomodadas fue adquiriendo más variedad y complicación. El número de platos, así como su elaboración, pasó a requerir toda una plantilla de cocineros con sus ayudantes. Cuando se trataba de profesionales expertos, recibían una excelente paga. Los hogares contaban también con un esclavo cuya misión era cocer al horno los pasteles, cuando al principio esta tarea la habían llevado a cabo las mujeres de la familia. 

Los pobres comían las clases más pequeñas de pescado, mientras que los mújoles de gran tamaño eran uno de los bocados más apreciados y caros. Otros peces que satisfacían el paladar romano eran el lucio, que mantenían en estanques, la platija que solían importar de Ravena, y la morena, recogida principalmente en Sicilia y Tartessos. Gustaban de condimentarlos con salsas y contaban además con pescados en conserva, importados de Cerdeña y España. Entre los mariscos y moluscos, mostraban preferencia por la ostra.



Para disponer siempre de pescado construyeron viveros con agua salada o dulce y que se comunicaban con canales para renovar el agua. Durante la época de la República, Lucio Licinio Lúculo hizo excavar un canal que atravesaba una cadena montañosa hasta llegar al mar, con tal de suministrar agua salada a su vivero. Lúculo fue un victorioso militar que, una vez retirado del ejército, se dedicó a disfrutar del botín y a llevar una vida de lujo y refinamiento. Los banquetes que ofrecía a sus amistades fueron famosos, y hay al respecto una anécdota que cuenta que una noche se quejó a sus servidores de lo escasa que le parecía la cena para lo que él acostumbraba. Ellos le respondieron que, al no haber invitados en esa ocasión, lo habían estimado suficiente. Indignado, el viejo militar replicó:

—¿Acaso no sabíais que hoy Lúculo cena con Lúculo?

La expresión “Lúculo cena con Lúculo” o “Lúculo come en casa de Lúculo” ha pasado al idioma castellano para designar a aquellos que se obsequian a sí mismos con banquetes suculentos.

Además de viveros, los romanos tenían reservas de pájaros o aviaria. Allí podían encontrarse aves de corral, tordos, faisanes o pavos reales. Los zorzales y los huevos de faisán estaban considerados bocados exquisitos.

En ocasiones viveros y pajareras se convertían en una fuente de ingresos considerable, porque destinaban los ejemplares a la venta además de al consumo propio.


Liebres y conejos eran también muy apreciados, junto con los cabritos importados de Ambracia, los cerdos y verracos. El cerdo era sumamente aprovechado, y los romanos gustaban mucho del jamón (perna) y las salchichas, que los vendedores llevaban por las calles en hornos portátiles mientras voceaban la mercancía.

Contaban con magníficas ensaladas a base de ruda, lechuga, berro o malva, a las cuales se añadían otras traídas de provincias. Además, la península era rica en árboles frutales, por lo que contaban con manzanas, peras, ciruelas, membrillos, cerezas, melocotones, granadas, higos, nueces, castañas y un sinfín de frutas. Sin embargo, algunas de las más comunes hoy, no crecían en la antigua Italia. Los melones comenzaron a cultivarse en el siglo I, mientras que limones y pomelos no llegaron hasta la época de las Cruzadas. La naranja amarga fue introducida en Europa por los árabes desde España y Sicilia, pero la dulce que conocemos hoy habría de esperar aún más: la importaron los portugueses desde China en el siglo XVI. Eran las “naranjas de la China” o “mandarinas”. En cuanto a los cereales, los romanos sólo conocían el trigo y la cebada.

Los romanos empleaban cuchara, pero no tenedor. Comían con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetaban la vajilla.

Se bebía mulsum con los entrantes (gustatio o promulsis) de la cena, una mezcla de un quinto de miel y cuatro de vino o mosto. Con esta mezcla se preparaba el estómago para los vinos más fuertes. Después venía la cena propiamente dicha o prima mensa, que consistía en tres platos llamados prima, altera y tertia. Todos se traían sobre una bandeja o repositorium. El postre, secunda mensa, era a base de dulces, confituras y frutos secos y frescos.


Al igual que los griegos, los romanos solían mezclar el vino con agua. Beberlo sin mezcla o utilizando muy poca cantidad de agua estaba mal visto, por considerarse señal de intemperancia. Los esclavos jóvenes eran los encargados de preparar la mezcla, añadiendo agua caliente o nieve, según el gusto del comensal. La bebida caliente se llamaba calda. Se preparaba en vasijas con asas y tapadera, con una caja cilíndrica para el carbón caliente, un receptáculo en el fondo para las cenizas y un grifo en el centro.

Durante la cena se bebía con moderación, pero cuando esta terminaba y se daba paso a la comissatio o velada, era frecuente continuar hasta embriagarse. Se elegía al rey de la fiesta tirando los dados, se brindaba por los presentes con las palabras “bene tibi, vivas”, o bien a la salud de los amigos ausentes. En tiempos posteriores se incluyó el brindis a la salud del emperador y del ejército. Cuando el objeto del brindis era una mujer, el número de vasos que debía apurar cada invitado era igual al número de letras del nombre de ella.

Sin embargo, no todo el mundo en Roma podía disfrutar de estos lujos y refinamientos. Allí residía también la masa de gente llamada plebs frumentaria, pobres entre los que el Estado debía distribuir raciones de grano para alimentarlos. Su número no era pequeño: desde que la ley de Clodio del año 58 a. C. había establecido que la distribución fuera completamente gratis, el volumen de esta plebs había crecido de modo alarmante. Los intentos de Pompeyo por reducirla fracasaron a causa del incendio del templo de las Ninfas, donde se custodiaba la lista de beneficiarios. Habría que esperar a que César fijara nuevos criterios para el reparto, logrando rebajar la cifra de 320.000 a 170.000 beneficiarios.



lunes, 1 de diciembre de 2014

LA CORTE DEL DIABLO: PORTADA Y SINOPSIS



En Francia reina Carlos IX. Apenas dos años antes de la masacre de la Noche de San Bartolomé, las intrigas proliferan en el palacio del Louvre, donde es la reina madre, la formidable y astuta Catalina de Médicis, quien lleva las riendas del gobierno. En esta época concurren las guerras entre católicos y hugonotes, los desdichados amores entre el duque de Guisa y la hermana del rey, los disturbios en las calles, el cautiverio de María Estuardo, la batalla de Lepanto y los planes para arrebatar Flandes a España. En medio de este ambiente enrarecido, un polaco de origen francés viaja a Francia con motivo de la boda de Carlos IX. Al llegar se enamora de la amante del duque de Anjou y su destino se complicará hasta lo inimaginable…

Ediciones Áltera publica hoy en su blog una reseña de mi novela, cuya salida al mercado les recuerdo que está prevista para finales de enero.

Encontrarán la reseña en este enlace, donde pueden dejar también sus comentarios si lo desean:


Muchas gracias a todos,


Montserrat Suáñez