martes, 4 de noviembre de 2014

Isabel de Aragón, Reina de Portugal


Isabel fue hija del rey Pedro III, nieta de Jaime I el Conquistador y del emperador Federico II. Su madre fue Constanza de Sicilia, hija del rey Manfredo de Nápoles. Según algunas fuentes nació en Barcelona, aunque la mayoría de ellas apunta a que vino al mundo en Zaragoza, en el palacio de La Aljafería en 1271.

La princesa se educó en la corte de su padre, el rey de Aragón, dando muestras de ser muy inclinada a la religión desde su más tierna infancia. Contaba apenas diez años cuando se concertó su matrimonio con Dionís de Portugal, aunque había alcanzado ya los 17 cuando se celebraron los esponsales por poderes en Barcelona en febrero de 1288. Isabel emprendía así el viaje al encuentro de su esposo y era recibida por él en Trancoso junto con toda la corte portuguesa. Allí se celebró la ceremonia el 24 de junio, seguida de grandes festejos con los que celebrar el acontecimiento.

La nueva reina continuó con sus devociones y su especial atención a los pobres. Allá donde se establecía la corte, ella los hacía acudir a su lado, les servía de comer, curaba sus llagas y les lavaba los pies. Después los despedía con limosnas, de modo que su generosidad y los extremos a los que llevaba la práctica de la caridad pronto se convirtió en un asunto conocido por todo su pueblo.

Lamentablemente el carácter de su esposo era opuesto al suyo. Dionís, diez años mayor, era hombre violento y mostraba un comportamiento libertino que el matrimonio no cambió en absoluto. La relación con su hermano Alfonso era desastrosa, e Isabel se veía obligada a mediar frecuentemente entre ambos. Ella sobrellevaba con paciencia y resignación las constantes infidelidades del esposo, llegando a acoger en palacio a los hijos habidos de esas relaciones con otras mujeres. Isabel tuvo dos: Alfonso, que un día reinaría como Alfonso IV, y Constanza, quien se casaría con el rey Fernando IV de Castilla.

Su hijo había heredado el carácter turbulento del padre. Le disgustaba ver cómo éste manifestaba sus preferencias sin ningún disimulo hacia uno de sus bastardos, dos años mayor que él y también de nombre Alfonso. Temía que el rey se propusiera excluirlo de la sucesión para poner en su lugar al bastardo, y así lo denunció públicamente. Estaba convencido, aunque sin ninguna razón, de que Dionís se había puesto de acuerdo con el Papa Juan XXII para que su hermanastro fuera legitimado para poder así heredar el trono. 

A partir de ese momento se lanzó a conspirar contra su padre, al que exigió que le entregara la corona. El monarca rechaza de plano las pretensiones de su hijo y en 1320 publica un manifiesto en el que le demuestra su ingratitud y le recuerda los beneficios que le debía. Pero mientras tanto el infante arrasaba el reino, recorriendo con su ejército el norte del país para aplastar a cuantos se declaraban partidarios del rey. Luego marchó sobre Coimbra y Leiría y tomó el castillo de aquella localidad, propiedad de su madre. Dionís se dirigió hacia allá con sus tropas y Alfonso se retiró a Santarem para evitar empuñar las armas directamente contra la persona de su padre, aunque no depuso su actitud, sino que aún sostendría la pugna durante dos años.

El rey estaba convencido de que su esposa alentaba secretamente la rebelión de su hijo, unas sospechas que lo impulsaron a enviarla custodiada a Alemquer y privarla de las rentas que le procuraban su señorío de Leiría. Ella, sin embargo, no hacía más que intentar mediar entre ambos, igual que en su día había hecho cuando surgían los conflictos entre Dionís y su hermano. En una ocasión abandonó Alemquer para entrevistarse con su hijo en el campamento que éste levantaba entonces ante Guimaraes y persuadirlo para que depusiera las armas, si bien la obstinación de Alfonso hizo fracasar su intento.

Ambos se encontraban aún en el campamento cuando el infante supo que su padre marchaba sobre Coimbra. Alfonso se puso al frente de sus tropas para acudir en auxilio de los partidarios que allí tenía, e Isabel lo siguió. Los dos ejércitos estaban a punto de entablar el combate abierto y decisivo que hasta entonces habían evitado, pero la reina, resuelta a impedirlo, se dirigió al real de su esposo, que no quiso escucharla. Entonces regresó al de su hijo y esta vez logró persuadirlo de que sus derechos sucesorios estaban bien asegurados y no había razón para que continuara el enfrentamiento. Alfonso, convencido, pidió al fin la paz.

Isabel contaba con la inestimable colaboración de otro de los bastardos de Dionís, el conde de Barcelos, que militaba en las filas del infante. El conde logró que su padre los recibiera a él y a la reina y obtuvieron una tregua de cuatro días. Lamentablemente terminado el plazo se desencadenó una sangrienta batalla que, sin embargo, no hizo que ambos desistieran de su papel de mediadores en aquel conflicto. No cejaron en su empeño hasta que finalmente el rey accedió a entablar negociaciones de paz. El tratado se firmó en mayo de 1322.

A pesar de tanto esfuerzo, pronto se desencadenó de nuevo la guerra. Algunos consejeros de Alfonso no cesaban de envenenarlo, animándolo a rebelarse contra su padre. El infante volvió a ponerse al frente de las tropas y marchó con ellas en dirección a Lisboa, con intención de tomar la ciudad. Dionís despachó a sus mensajeros, portadores de órdenes de detener su avance. Al ser ignoradas las órdenes, el rey, furioso, le salió al encuentro en persona con sus hombres.

Ambos ejércitos estaban a punto de entablar combate cuando apareció de pronto la reina cabalgando sobre una mula y se interpuso entre ellos. Con su decidida actitud evitó el enfrentamiento y logró una nueva reconciliación entre padre e hijo. El primero regresó a Lisboa, y el segundo a Santarem. Para conmemorar el acontecimiento, Isabel hizo levantar un sencillo monumento en el Campo Grande de la capital portuguesa.

Dionís fallecía poco después. Isabel se retiraba al convento de Santa Clara de Coimbra, que ella misma había ampliado además de fundar junto a él un hospital para pobres. Su deseo era tomar los hábitos, pero sus allegados le desaconsejaron tal proceder, por lo que se contentó con llevar una vida retirada sin hacer los votos.

Isabel de Portugal sentía gran devoción por el apóstol Santiago. Peregrinó a Santiago en dos ocasiones, con el hábito tradicional y dos de sus damas por única compañía. A su regreso del segundo viaje supo que su hijo, ahora Alfonso IV, andaba en malas relaciones con el rey de Castilla, Alfonso XI. Éste era nieto de Isabel, por ser hijo de su hija Constanza. Castilla y Portugal se hallaban al borde de la guerra, y la reina se dirigió al encuentro del castellano con la intención de impedir la lucha.


Isabel no sabía que vivía sus últimos días. Estando en el castillo de Estremoz, se sintió indispuesta y falleció de modo repentino el 4 de julio de 1336. Junto a ella se encontraban sus nietos y su nuera, Beatriz de Castilla.

El féretro fue llevado a Coimbra con toda la ceremonia para ser depositado en un túmulo de la iglesia del convento de Santa Clara, según constaba como voluntad en su testamento.

Desde un principio el pueblo rindió culto a su memoria. La llamaban la Rainha Santa, y comenzaron a surgir numerosas leyendas acerca de hechos milagrosos que se le atribuían. Isabel fue beatificada por León X en 1516. Cuarenta años más tarde Paulo IV concedió que el aniversario de su muerte fuera declarado festivo en todo el reino, y en 1612, siendo rey de Portugal Felipe III de España, se abrió el sepulcro para dar comienzo el proceso de su canonización, que concluyó el 25 de mayo de 1625. A partir de ese momento, los aragoneses le dedicaron un templo con su nombre en Zaragoza, y antes de que se extendiera la devoción por la Virgen del Pilar fue Santa Isabel de Portugal, junto con San Jorge, quien era tenida por patrona de Aragón.



Bibliografía:
A Rainha Santa, Isabel de Portugal - Joseph M. Walker


20 comentarios:

  1. Al final todos cascan, hasta las reinas. Y algunas bien jóvenes. Esta tendría unos 65 años. Y qué poco romántico una reina en una mula.
    Un saludo.

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  2. 65 años en la Edad Media ya era vivir. Lo de la mula quedó muy poco glamouroso, en efecto, pero resultó de lo más eficaz.

    Feliz tarde, monsieur

    Bisous

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  3. Pobre mujer, si que le toco el gordo con este dúo de exaltados y violentos: uno de ellos su propio hijo.Podría haber heredado la bondad de su madre.

    Bisous.

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    1. Tuvo que bregar con ambos, en efecto. A pesar de sus esfuerzos llegó la sangre al río, pero de algo sirvió su misión pacificadora.

      Buenas noches, madame.

      Bisous

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  4. Hola Madame:

    La historia de la península, siempre ha sido una sola, independientemente de estar juntos o separados. Reyes y gente común de una u otra forma están ligada. Cuando estuve en Portugal, muchos no ve con malos ojos una península unida.

    Besos

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    1. Qué cosas, monsieur. Quien no está unido no vería mal la unión, y en cambio quien está unido la ve mal. Nada, que el que tiene el pelo rizado siempre quiere tenerlo liso, y viceversa.

      Buenas noches

      Bisous

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  5. Muy buena entrada Madame, conocía bastante de esta historia pues soy de Aragón y, además, de Zaragoza. De hecho, hace no mucho he pasado cerca de la Aljafería jejeje ¡increíble pensar que allí mismo nació Isabel!
    ¡Besos!

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    1. Ah, pues no sabía yo que era usted aragonés. Me alegra haber dado con un tema que le toca tan de cerca, monsieur.

      Buenas noches.

      Bisous

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  6. De bonnes nuits à tous!

    Una figura digna de admiración esta reina y santa. Hay que tomar lápiz y papel para no confundir los innumerables Alfonsos..... tal y como escribe don Manuel la historia de los reinos peninsulares (antes de la unificación) se entrelazan de forma continua.

    Aprovecho para agradecerle por haberme incorporado a su selecto grupo
    Madame Masquée! ...siento una infinita alegria

    A sus pies
    Frederick

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    1. En efecto, monsieur, hubo muchos alfonsos entre Portugal, Castilla y Aragón. Es correoso el modo en que se repiten los nombres de los monarcas a veces.

      Muchas gracias a usted, monsieur.

      Buenas noches.

      Bisous

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  7. Después de tantas guerras intestinas, los reinos, destrozados, se mantienen incólumes ya bien sea con la corona ciñendo unas sienes u otras. Y mientras tanto muerte, hambre y desolación. Y las mujeres mediando y sufriendo, como siempre, observando el rastro de destrucción sin saber qué partido tomar.
    Un beso

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    1. Seguramente Portugal hubiera sido un reino más pacífico si la reina titular hubiera sido ella en lugar de su esposo.

      Feliz tarde, madame.

      Bisous

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  8. No estuvieron muy bien avenidos por estos tiempos los reyes portugueses con sus hijos herederos del trono. Si la reina santa medio entre Dionis y Alfonso IV, algo parecido iba a suceder entre éste y su hijo Pedro, tras pensar que Alfonso tenía mucho que ver en el asesinato de su amada Inés de Castro. Otra vez la reina, ahora Beatriz, esposa de Alfonso, madre de Pedro, tuvo que mediar en el conflicto entre padre e hijo, aunque ésta no fuera canonizada,
    Coincidimos, señora, en dedicar algunas entradas a la historia portuguesa, tan cercana y a la vez lejana, y tan interesante como la española, con la que tiene tanto en común.
    Beso su mano.

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    1. Una historia estremecedora la que vendría después. La historia de Portugal no fue menos agitada que la de sus vecinos.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

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  9. No se le puede negar a la mujer que dedicó su vida a ejercer de mediadora para evitar males peores y que ayudaría a más de un pobre a sobrellevar su pobreza, pero me parece que la santidad se la dieron con mucha ligereza. Pero bueno, así es la iglesia. Si viene bien, cualquiera es susceptible de ser santificado.

    Abrazos, madame!!

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    1. Ignoro qué criterios se siguen para otorgar la santidad. Quiero decir, qué criterios se siguen para considerar demostrados la mínima cantidad de milagros atribuibles. Imagino que ha de ser un poco complicado, y más lo sería cuando la ciencia estaba en pañales.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  10. Madame, no tenía idea de la advocación Isabelina de Aragón. Pues es un personaje que merece esta y aún más crónicas. Primero por su voluntad pacificadora y en segundo lugar, porque una mujer biperegrina,en esa época no era cosa fácil. Los caminos de peregrinación estaban llenos de peligros.
    Y, sobre todo, era una mujer buena y aunque no consiguiera evitar que esos dos cenutrios se avinieran a entenderse, su esfuerzo bien estuvo.
    Bisous y pase usted una buena noche.

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    1. A pesar de que el hábito de peregrino solía ser respetado incluso por los bandidos, yo imagino que iría bien escoltada, aunque la escolta no contara en las crónicas como compañía. Entiendo que se refiere a que no llevaba un gran séquito de servidores y damas, lo cual acarreaba incomodidades a una reina que estaba acostumbrada a ser mejor servida, pero nada más.

      Buenas noches, madame

      Bisous

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  11. Pobre reina...

    Creo todas y cada una de las reinas tienen su historia.

    Pero tener que lidiar con dos cretinos y sobre vivir en tiempos convulsos fue una gran tarea
    Además vivió demasiado para la carga que llevó, pero que entereza y sangre fría ella era una verdadera monarca e hija de reyes.

    Bisous

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    1. No sabemos qué tal lo habría hecho de haber tenido que ser ella quien tomara decisiones de gobierno, pero al menos parece que no estaba desprovista de sensatez.

      Feliz fin de semana, monsieur.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)