sábado, 27 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (IV)


«Después de mi última fuga, en el año VII [1799], me trasladé a Lyon, donde tuve que codearme con muchos evadidos y liberados que quisieron arrastrarme al mal. Pero, llevado de mis deseos de poner fin a sus presiones, me dirigí al señor Dubois, prefecto del Ródano. Le expliqué mi posición y le propuse detener a un buen número de los evadidos. Él comenzó por preguntarme qué garantías podía darle respecto a la sinceridad de mis promesas, y yo le contesté que sólo podía darle mi palabra de honor. Entonces el señor Dubois me dijo que no tenía más remedio que ordenar mi detención, pero que si yo conseguía evadirme de manos de los agentes que me condujeran, aceptaría mi propuesta. Y, en efecto, apenas salí de la prefectura, dejé en una esquina a los agentes que me llevaban.

»Pocos días después, más de veinte criminales fueron detenidos, incautándoseles objetos robados y una enorme cantidad de herramientas, de las usadas por los ladrones; varios encubridores famosos sufrieron la misma suerte. Poco más tarde, los dos hermanos Quinay asesinaron a una mujer en la calle Belle-Cordelière de Lyon, donde hacía dos meses que los buscaban inútilmente; pero yo los puse en manos de la autoridad en pocos días. Todos estos hechos son ciertos y pueden ser confirmados por el señor Garnier, antiguo comisario de la policía de París, que entonces era secretario general de la prefectura del Ródano.

»Después de otras operaciones muy importantes, conseguí un pasaporte y me puse al servicio de Holanda. Alcancé el grado de oficial de marina, pero descubrieron mis antecedentes y me vi obligado a dejar ese país y el cargo bastante alto que supe ganarme allí.»

En Lyon se había convertido en agente secreto. Tenía dos sueños: uno era contribuir a una reforma de la justicia, cuyas deficiencias había sufrido en propia carne; el otro era ayudar a llevar una nueva vida a aquellos reclusos que salían de prisión, para que no se vieran obligados a seguir aquel círculo vicioso en el que él mismo había caído. Pero primero tenía que lograrlo él, y no iba a ser un camino fácil. Oficialmente aún era un proscrito, condenado a ocho años de trabajos forzados y buscado por haberse evadido. Su colaboración temporal y clandestina con la policía no había solucionado sus problemas.


Decide viajar a Arras, donde espera llevar una existencia tranquila junto a su madre. Era mucho esperar. Es reconocido durante el transcurso de un baile al que acude disfrazado de marqués. Nuevamente se escapa, consigue un pasaporte falso que le proporciona un amigo y va a París. Allí encuentra trabajo junto a una mujer que vende mercancías en ferias y mercados. El problema es que ella se siente muy atraída por Vidocq y pretende convertirlo en su amante, mientras que él, aunque con gustos muy amplios en cuestión de mujeres, encuentra que su patrona no entra en ellos. Termina sucumbiendo cuando no ve mejor alternativa, pero no podía pedírsele que además le fuera fiel, y pronto la engaña con una de las chicas que trabajan en el taller. Ella se entera y se enfurece tanto que Vidocq decide poner pies en polvorosa para evitar cualquier idea de venganza. No tiene más remedio que regresar a Arras.

Durante unas semanas lleva en Arras una vida relativamente tranquila, entregado a diversiones inofensivas. Hace una nueva conquista, y esta vez se trata precisamente en la hija de un gendarme. Según Vidocq, la joven reunía el doble mérito de ser “una amante exquisita y un magnífico agente de información”, al proporcionarle todo tipo de detalles sobre cuanto se tramaba contra él en la comisaría.

La inconstancia de sus afectos volvía a procurarle la desgracia al poco tiempo, porque la novia, al saberse engañada, lo denuncia. Vidocq tiene el tiempo justo de arrojarse al río para escapar a los ocho guardias que venían a por él. 

Un año más tarde se encuentra en Rouen, donde regenta una mercería. El negocio marcha bien, y Vidocq, que ha encontrado una pareja estable, goza de buena reputación. Pero entonces, una fatídica noche, encuentra a su amada en brazos de otro hombre. Es el fin de la relación; ambos dividen los bienes que habían compartido y él se marcha de la ciudad para instalarse en Versalles. Allí abre una tienda, un negocio que también funciona debidamente y que parecía señalar el fin de sus calamidades, pero eso era demasiado esperar. En la feria de Nantes se encuentra con un viejo conocido que le guarda rencor, y pronto se ve denunciado y detenido. Lo llevan a Saint-Denis. Protagoniza un nuevo intento de evasión que no culmina con éxito debido a que se lesiona un pie. Conducido a la ciudadela de Bapaume, se escabulle aprovechando un tumulto de prisioneros y guardias en el patio, y abandona el lugar escondido debajo de un carruaje.


En una taberna conoce a un corsario, el capitán Paulet, que está celebrando una captura reciente. Seducido por los relatos del capitán, Vidocq decide enrolarse, pero su expedición no tendrá la misma suerte: terminará con un encuentro con un barco inglés, y un abordaje que causará doce víctimas. Es suficiente para que se dé cuenta de que no está hecho para ser un pirata, así que se apodera del pasaporte de uno de los fallecidos y se enrola en una compañía de cañoneros con el nombre de Lebel. Desde un principio destaca por su valentía, algo que le vale ser admitido en una sociedad secreta militar que era una especie de masonería cuyo objetivo era extender su influencia entre los mandos del ejército y del Estado. 

Pero también pretende reclutarlo el llamado Ejército de la Luna, una asociación criminal mucho más peligrosa cuyo jefe era un estafador, antiguo recluso de Tolón. Vidocq rechaza las invitaciones del tal Fessard para participar en sus fechorías, algo que lo conducirá nuevamente a la perdición. Fessard lo denuncia; lo acusa de una minucia a modo de advertencia, y Vidocq para 24 horas en arresto preventivo. El castigo era leve, pero durante ese tiempo los gendarmes averiguan su verdadera identidad. Las cosas se habían puesto lo bastante feas como para que deba tomar la determinación de huir.

La suerte seguía sin estar de su parte, y durante un alto del camino es detenido durante un registro rutinario. Al ser trasladado a prisión vuelve a encontrarse con el procurador general Ranson, responsable de su vieja condena a ocho años de trabajos forzados.

Vidocq decide solicitar un indulto, pero la respuesta no termina de llegar. Él se desespera y el 28 de noviembre de 1805 se arroja al río y logra cruzar a la otra orilla. La policía le persigue mientras huye disfrazado de militar.

Llega a París, y allí toma el traspaso de una tienda de sastrería. Sin embargo, no puede desprenderse de su pasado. Aparecen de nuevo dos viejos conocidos que pretenden que participe en sus planes delictivos. O los ayuda, o lo denuncian. Vidocq se libra de ellos dándoles 50 francos, pero sabe que es sólo un respiro momentáneo, y que volverán. No se equivoca. Sus antiguos camaradas pretenden que les compre la mercancía que roban y que luego él la venda en las ferias. Además se llevan su carro para realizar sus oscuros manejos. Un día Vidocq observa que hay sangre cuando se lo devuelven. Se entera de que han asesinado a un carretero y han transportado el cadáver en su carruaje. Para que el vehículo no se convierta en una prueba de peso contra él, lo lleva a un lugar apartado y allí le prende fuego.

Pero no logra deshacerse con igual facilidad de los dos criminales, cuyas exigencias cada vez son mayores. Vidocq no ve otra salida que recurrir por segunda vez a aquella acción audaz y presentarse ante el jefe de la División de Seguridad. Se entrevista con él y le propone que le firme un salvoconducto con el que pueda permanecer a salvo en París a cambio de información sobre los muchos bandidos que infestan la ciudad, pero el policía no acepta. Quiere primero la información, y calibrar su relevancia antes de hacer un trato que le repugna.

Sin obtener un acuerdo, Vidocq regresa con las manos vacías, obligado a continuar bajo el chantaje de los bandidos con los que se cruza.


Continuará


9 comentarios:

  1. Una vida azarosa que repartida entre diez personas ya parecería excesiva en acontecimientos, situaciones de riesgo, "amistades" y relaciones. Una persona que como él vivió siempre en el filo de la navaja tenía una facilidad pasmosa para complicarse la vida, algo así como un magnetismo especial para buscarse situaciones problemáticas.
    Un saludo.

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  2. Hola Madame:

    Cuando leo la vida de Vidoq, me canso de todo lo agitada que fue. Su pasado siempre juega en su contra, por más que desee dejarle atrás

    Pero está historia me tiene atrapado.

    Besos Madame. Mañana termina mi jaleo de guardias :D

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  3. ¡Buenos días, Madame!
    El final del verano me devuelve a sus páginas y es un verdadero placer encontrarla con tanta energía y ganas como siempre.
    ¡Vidocq! La primera vez que supe del personaje - mis lagunas son grandes - fue a través de la película de Depardieu. Cuando he estado leyendo el retrato que usted le hace en esta serie me han venido a la cabeza nuestro Lazarillo, Gil Blas de Santillana y hasta un Tom Jones (el que no canta) menos fiel a sus amadas. Quedo pendiente de conocer el paso definitivo al lado bueno de la ley.
    Feliz domingo, Madame.

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  4. Valgame

    Que tan.mala suerte y que destreza para evadirse de todos tiene este francés...

    Me imagino alguna vez el sino deparará un tipo de suerte distinta a la actual.

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  5. Qué frenesí de peripecias. Ahora comprendo bien su afición a regentar mercerías o sastrerías, una buena ayuda para preparar los disfraces a los que tan aficionado era.
    Beso su mano.

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  6. hay una canción de un tal 'el bicho', que a mí no me gusta demasiado la verdad, que dice algo así como que 'yo que soy de los malos, quisiera volverme bueno', que parece que le viene como un guante a Vidocq. qué continuo escapar y escapar de un pasado que siempre vuelve.
    que tenga buena semana, madame.
    bisous!

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  7. A la vista de los sucesos, Madame, me atrevo a asegurar que los verdaderos profesionales son los delincuentes, y los guardianes meros funcionarios. Una divertida historia.
    Bisous.

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  8. Cada vez me gusta más este personaje d tan complicado. Debatiéndose entre las fugas y el bien y el mal. Su vida supera la de muchos aventureros de novela.
    Bisous y buenas noches

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  9. Desde luego son aventuras y desventuras sin fin, además de intentar regenerarse y no poder. Esperemos la continuación.
    Bisous.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)