jueves, 18 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (III)


Naturalmente Vidocq no podía llegar muy lejos. Era imposible librarse tan fácilmente de la acción de la justicia, y pronto era puesto a buen recaudo en un calabozo del que logrará evadirse tan sólo para terminar regresando a él. Su condena se agrava y se le ponen grilletes en manos y pies. Pero Eugène era irreductible; no dejaba de pensar en el modo de alcanzar de nuevo la libertad. Lo consiguió durante un interrogatorio, apoderándose de una capa y un sombrero de gendarme con los que salió sin ser molestado por la puerta de la prisión.

Francine vuelve a acogerlo, pero él la engaña con un nuevo amor, una traición que pagará muy caro. Se hallaba en brazos de su nueva conquista cuando aparece un grupo de gendarmes. Francine, despechada, se vengaba de él acusándolo de haber intentado asesinarla. 

Vidocq lucha por demostrar su inocencia, aunque, dado su historial carcelario, teme que no lo crean. Convencido de tener las probabilidades en su contra, decide evadirse nuevamente. Sueña de nuevo con viajar a América; quiere enrolarse en alguno de los buques a punto de zarpar, pero no es admitido. Necesita dinero para sobrevivir, y no encuentra otra salida más inmediata que dedicarse al contrabando. Obtiene poco provecho de ello y decide regresar a Lille, aunque nunca llegará: es detenido a las puertas de la ciudad.

La imaginación estaba siempre de parte de Vidocq, junto con una extraordinaria habilidad para disfrazarse. Los métodos que llegó a idear para evadirse son asombrosos, y no le costó esta vez volver a obtener el éxito con ellos. Desde allí fue a enrolarse en un regimiento de húsares adoptando el apellido Lannoy. Lamentablemente para él, había llegado a hacerse demasiado conocido para los gendarmes. Uno de ellos le reconoce y Vidocq ha de volver a prisión. Lo encierran en la cárcel de Douai, y allí se entera de que sus antiguos compañeros falsificadores lo acusan a él de ser el único responsable. El 27 de diciembre de 1796 comparece ante el tribunal y contempla cómo sus cómplices, a excepción de uno, son absueltos, mientras que él es condenado a ocho años de trabajos forzados. Él sólo tiene 21.


Esta vez parece imposible evadirse, incluso para él. Los presos van en cadena, sujetos de dos en dos por un brazalete de hierro y arrastrando cada uno una pesada bola. Pero Eugène es hombre de recursos: uno de sus compañeros, Desfosseux, esconde en el recto una provisión de limas y sierras con las que logran desprenderse de sus cadenas al entrar en el bosque de Compiègne. A una señal de Vidocq, los reclusos se vuelven contra los gendarmes. Dos de los presos mueren en la refriega, otros cinco resultan heridos y el resto se ve obligado a rendirse.

Vidocq llega a la prisión que le estaba destinada entre severísimas medidas de seguridad. Pero él no quiere resignarse a cumplir tan dura condena, de modo que, con las últimas monedas que le quedan, consigue un uniforme de marinero y se disfraza con su habilidad habitual. Así sale nuevamente por la puerta de la prisión, no sin antes permitirse la osadía de pedirle al portero fuego para encender su pipa.

En su huida atraviesa una región que le resulta desconocida, lo que no facilita sus propósitos. Se encuentra con unos gendarmes y, aunque afirma llamarse Augusto Duval, acaba en prisión mientras la policía investiga acerca de su identidad. Entonces se inventa una dolencia capaz de hacer que los médicos decidan trasladarlo al hospital. Allí le será más fácil fugarse. Lo hace disfrazado de monja, con los hábitos de una de las religiosas que atendían a los enfermos en el hospital. “Sor Francisca”, como elige llamarse, se va sin despertar sospechas.

Aún con su disfraz de monja, encuentra empleo por un tiempo como ama de llaves en la casa de un cura de aldea. Los hábitos le resultaban muy útiles, pero al mismo tiempo le obligaban a una castidad que encontraba difícil de sobrellevar. Una vez, alojado con una familia de labradores, al llegar la hora de acostarse se le ofreció a la supuesta religiosa compartir el lecho con dos de las hijas, ambas muy bonitas. Vidocq resiste estoicamente la tentación, pero cuando amanece decide que resulta imperativo recuperar su identidad masculina, para lo cual debe alejarse de la zona del presidio y acercarse a París.


Por fin, durante el camino, se siente lo bastante seguro para cambiar los hábitos de monja por un disfraz de campesino con el que encuentra ocupación como pastor que ayuda a conducir unos bueyes hasta París. Una vez allí, sin embargo, se da cuenta de que no está seguro, y que sería más prudente regresar a su Arras natal. Como necesita un trabajo, se le ocurre que le iría bien el de sacristán. Además desempeña también la tarea de maestro de escuela, algo que le resulta muy satisfactorio, porque tiene algunas alumnas que son lindas jovencitas y acogen favorablemente sus avances. Pero una noche es sorprendido con una de ellas por unos mozos de la comarca que se lo toman muy a mal y la emprenden a golpes con él. Vidocq se ve obligado a marcharse.

Se traslada a Holanda, donde se enrola en barcos piratas de poca monta. Así iba sobreviviendo hasta que un control policial le puso de nuevo en apuros. Es detenido y, descubierta su verdadera identidad, lo envían a prisión. Las medidas de seguridad son impresionantes esta vez: se ordena que sea puesto el primero de la cadena de reclusos, acoplado a un célebre bandido mediante esposas y doble collar.

Tras un penoso y largo viaje, llegan a Tolón. Las condiciones en esa prisión eran peores que nunca, insportables; y la fuga también era más difícil. Vidocq se dedica a ganarse las simpatías del tío Mathieu, jefe de los guardias, hasta convertirse en su protegido y conseguir que lo envíen al hospital. Allí recurre nuevamente a su arte con los disfraces para hacerse pasar por el médico, pero cuando intenta abandonar la prisión es descubierta la fuga; suena la alarma y se escuchan voces gritando que se ha escapado un preso. Vidocq, reuniendo toda su sangre fría, se suma a esas voces, como si fuera uno de los perseguidores en lugar del perseguido.

—¡Corred, corred, que se escapa un preso del hospital! ¡Venid, por aquí, rápido!

De nada sirvió su argucia, porque era descubierto y devuelto a su celda.


Ni las dobles cadenas lograban doblegar su espíritu. Totalmente resuelto a evadirse a cualquier precio, consigue que lo liberen de los grilletes que lo encadenaban a su celda para realizar los trabajos forzados. Esto le permitía encontrarse en el exterior de la prisión, y de ese modo le sería más fácil la fuga.

Una vez más lo consigue, y huye a través de Tolón. No había franqueado las puertas de la ciudad cuando unos cañonazos advertían de su huida, pero aún no está todo perdido: Vidocq recurre a una mujer que lo alberga en su casa y le ofrece ayuda para salir de allí.

Por el camino, ambos se cruzan con un entierro, y Vidocq se mezcla con el cortejo, fingiendo profundísimo dolor por aquel difunto al que no había visto en su vida. Acompaña al féretro hasta el cementerio, situado convenientemente fuera de la ciudad, y entonces desaparece.

Va camino de Lyon, pero durante la noche se refugia en un lugar de mala reputación donde es reconocido por unos antiguos reclusos que le proponen participar en algunos golpes que planean. Él no quiere; no desea ser un criminal ni continuar con aquella vida a la que se ve encadenado. Sus colegas se toman muy a mal el desaire de su negativa. Lo denuncian, y ello provoca que sea detenido y encarcelado de nuevo.

Vidocq se desespera. Ve claramente que se verá siempre sometido a este chantaje a menos que se pase al otro bando. Aunque, naturalmente, es una locura pensar siquiera que sería admitido en él…



Continuará.


9 comentarios:

  1. Escurridizo como una lagartija, con una habilidad enorme para fugarse una y otra vez, la misma habilidad que la que tenía para meterse en líos.
    Un saludo.

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  2. Inventiva e imaginación se suman a las ganas de fuga y a la astucia. No todos los presos tendrían una actitud tan positiva. Dotes de liderazgo tampoco le faltaban.
    ¿Un Mortadelo de otros tiempos?
    Un beso

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  3. Hola Madame:

    Me gusta su inventiva. Disfraces de cualquier tipo y sin hacerle asco a ninguno :D Hasta de monja. Lo imagino durmiendo con las chicas :D

    Ya veremos que depara el futuro para este caballero.

    Besos

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  4. Como Quevedo en Venecia, gritando contra sí mismo, sólo que aquél logro huir y Vidocq no.
    Desde luego no se puede negar que fue hombre de recursos
    Beso su mano.

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  5. Increíble esta historia de disfraces y fugas. La realidad sin embargo supera una vez más la ficción. Con este curriculum no me imagino como podrá ser policía a no ser por un nuevo disfraz.
    Bisous y buenas noches

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  6. pues no le veo yo buen futuro a Vidocq. demasiadas fugas y demasiado lío. eso no va a acabar bien. ahora, que osado el hombre lo es y mucho.
    buen fin de semana, madame.
    bisous!

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  7. Valgame es un buen escapista
    Quizás mejor que Houdini, esta marcado y será bueno verles como policía

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  8. tenía una imaginación increíble, siempre encontraba alguna manera de huir y escabullirse. Habrá que segujir sus andanazas para ver en qué termina.
    Bisous, Madame.

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  9. Mas listo k los zorros este hombre k bueno con los disfrazes aunke siempre termine en prision

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)