jueves, 11 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (II)


En aquel tiempo el feroz Lebon gobernaba Arras. La madre de Vidocq recurre a su adjunto, Chevalier, para que interceda ante él, pero sin demasiado resultado. La salvación vendría para Eugène de la mano de una mujer: Ana María Luisa, la hermana de Chevalier, que se muestra más que sensible a los encantos del prisionero y logra convencer a su hermano.

Vidocq regresa al ejército, donde sus muchas cualidades para la vida militar le valen el grado de oficial. Vuelve a combatir a los austriacos y se enamora de una joven llamada Delfina. Está a punto de comprometerse con ella cuando se entera de que, lejos de ser el dechado de virtudes que él imaginaba, había mantenido relaciones con otros militares.

Más tarde se entera de que Ana María espera un hijo suyo. No cabía esperar que Chevalier tolerase que su hermana fuera abandonada en tal estado, de modo que Eugène no tiene otra alternativa que casarse con ella. Acaba de cumplir 19 años cuando se ve obligado a pasar por el altar el 8 de agosto de 1794.

Puesto que Ana María ha logrado su propósito, ya no ve la necesidad de seguir fingiendo algo que no tardaría en descubrirse, y le confiesa toda la verdad: no viene ningún niño en camino; todo fue una treta suya para conseguirlo por marido.

Con semejantes comienzos, el matrimonio estaba destinado a salir mal. Las desavenencias no tardan en surgir. Ella, que lleva una mercería, es derrochadora y frívola, y él vuelve a alistarse en el ejército para huir de su realidad cotidiana.


Pocos días después, aprovechando que lo envían a Arras con una misión, va a hacer una visita a su esposa, pero se lleva una desagradable sorpresa. Nota que tardan mucho en abrirle; se oye ruido en una ventana, seguido del que hace alguien al saltar a la calle. Eugène persigue al militar intruso, lo alcanza y lo reta para el día siguiente, pero interviene el poderoso Chevalier y Vidocq se ve obligado a retirarse discretamente y regresar con el ejército a Tournai.

Cuando llega, el general al que debe dar cuenta de su misión ha partido hacia Bruselas. Vidocq va a buscarlo, pero no lo encuentra; ha emprendido ya el camino a París. Ahora Eugène es un oficial sin regimiento, dedicado al juego y al amor. Acaba por ser detenido, y para evitar nuevos problemas adopta el apellido Rousseau. Después regresa a Bruselas con la falsa documentación que han fabricado para él, gracias a la cual aparece como soltero.

Como no tiene dinero, unos compañeros de juego le sugieren la solución. ¿Por qué no seguir con las falsificaciones para resolver también sus problemas económicos? Podría elaborarse una hoja de ruta a nombre de Rousseau, teniente de Cazadores “que viaja en su caballo y tiene derecho a alojamientos y a suministros”. Eugène acepta el plan y respira tranquilo, sin saber que aquello no iba a salirle gratis.

En Bruselas se aloja en casa de una rica baronesa viuda que cae rendida ante sus encantos, y sus amigos ven en ello su fortuna. Pretenden casarlo con su anfitriona, y de ese modo, cuando Eugène entrara en posesión de las riquezas de su esposa, ellos sacarían su buena tajada. Vidocq se resiste cuanto puede; no le apetece nada, pero finalmente debe claudicar. Todo estaba ya dispuesto para la boda cuando una serie de incidentes obligan a sus malas compañías a abandonar la ciudad. Es entonces cuando Eugène se sincera con la viuda y le confiesa que es un desertor que ha dejado una esposa en Arras. Debió de explicarse con suma maestría, porque su enamorada baronesa no se lo toma a mal. Por el contrario, en el momento de separarse le regala un cofrecillo con quince mil libras. Por fin, con esa suma, puede hacer lo que siempre ha querido: irse a París.


Llega a comienzos de marzo de 1796, pero no tarda en arruinarse debido a su marcada tendencia hacia cierto tipo de mujer. Se convierte en amante de Rosina, quien no sólo lo engaña con todo aquel que puede, sino que le saca todo el dinero que Eugène ha obtenido de la baronesa.

Vidocq viaja entonces a Lille. Allí desempeña algunos trabajos temporales para subsistir y comienza una relación con Francine, la cual, por supuesto, lo simultanea con otros amantes a pesar de todas sus promesas de fidelidad. Una noche Vidocq la sorprende cenando en público con un capitán de ingenieros y, furioso, le propina una paliza al militar. Su arrebato le valió una condena a tres meses de cárcel. 

Sus condiciones en el llamado “tragaluz” de la prisión eran bastante buenas, y hasta podía recibir las visitas de Francine. Allí, además, conoce a bandidos de todas clases, de los que aprende a despojar al prójimo, engañar a la policía y escaparse cuando las cosas se ponen feas. Dos de los prisioneros maquinan un plan de fuga para un tercero, que a cambio los recompensaría generosamente. La idea era falsificar una orden de puesta en libertad. A Eugène le faltaban pocos días para terminar de cumplir su condena. No le convenía involucrarse, pero lo hace porque la pena que le ha sido impuesta a aquel hombre, sentenciado por robar cereales para alimentar a sus hijos, le parece injusta. Vidocq es un bribón, un aventurero, pero no un desalmado. Llevado por ese impulso, permite que todo ello se redacte en su habitación, y, para dar autenticidad al documento, les presta un sello militar que conserva. Desde el exterior, otro cómplice, disfrazado de oficial, muestra el documento al conserje, y al poco tiempo el preso logra abandonar su celda.

Al día siguiente un inspector descubre el engaño. El prisionero es detenido de nuevo en su casa e incomunicado en la prisión. Al ser interrogado, delata a todos sus cómplices, entre ellos Eugène. Las cosas pintan muy mal para él, y comprende que lo único que cabe hacer en tales circunstancias es evadirse. 

Encuentra una estupenda colaboradora en Francine, que cuando le visita le lleva en pequeños paquetes disimulados las prendas que componían el traje que vestían los inspectores de prisiones. Así, el día fijado, se disfraza y abandona de esa guisa la prisión mientras el verdadero inspector procedía a la revisión semanal de la torre.

Lo primero que hace es ocultarse en casa de una amiga de Francine, pero no aguanta mucho tiempo recluido. Cuando abandona su escondite, tiene la mala fortuna de ir a topar con un agente al que había conodido en la cárcel. Con mucha astucia, consigue que le acompañe a casa de Francine con el pretexto de que desea despedirse de ella antes de volver a prisión. Allí se sientan a la mesa para obsequiarse con la última copa en libertad. Francine, que comprende bien la treta y las disimuladas instrucciones de su amante, aprovecha el abrazo de despedida para deslizar en su bolsillo un paquete que contiene ceniza. Vidocq acompaña entonces al agente, pero antes de llegar a la prisión, en una calle solitaria, arroja la ceniza a los ojos del policía y se escabulle hacia el lugar en el que había permanecido refugiado los primeros días.


La policía lo busca sin tregua. El propio comisario Jacquard ha convertido en una prioridad su captura y dirige personalmente los registros. Vidocq se divierte de lo lindo viendo este halagador despliegue. Una vez más, se disfraza y se mezcla entre la gente, llegando al extremo de presentarse ante el comisario para proponerle atrapar a Vidocq cuando regrese al escondite que suele utilizar. Les advierte que el fugitivo es un tipo muy peligroso, por lo que sería conveniente tenderle una emboscada en un gabinete que constituía, según él, un inmejorable puesto de observación.

Jacquard y sus agentes muerden el anzuelo y van a instalarse allí. Cuando se encuentran en el interior, Eugène los encierra con doble llave y se despide gritándoles:

—¿No buscabais a Vidocq? ¡Pues es Vidocq quien os mete en la jaula!


Continuará


9 comentarios:

  1. Valgame Dios con un tipo así de resuelto, bribon y con mucha suerte
    Será Dios o el diablo quien le ayuda

    Pero interesante la vida de este Vidocq, no me extrañaría tuviese alguna suerte y llegar a buen término, sin embargo a fe mía creo no encontraría sosiego en la paz y la tranquilidad del del hogar

    Magníficas entradas Madame

    Espero la siguiente entrega

    Bisous

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  2. Pero cómo es posible que le sucedan todas estas aventuras a la misma personas y vaya saliendo de sus problemas de una u otra manera. Es asombroso.
    Bisous.

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  3. Parece que tenía tanta habilidad para meterse en problemas como para salir de ellos. Una indiscutible forma de hacerse notar.
    Beso su mano.

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  4. Una vida agitada, muy estresante. Y vaya con las mujeres que se topó, salvo la baronesa, las otras eran expertas en el arte de la infidelidad; aunque él tampoco se quedaba atrás.
    Un saludo.

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  5. ay que ver, la diferencia entre estar con la ley a hacer cumplir la ley... es tan tenue.
    veremos hasta donde le dura la guasa a Vidocq. que cae bien, pero no sé, tiene un fondillo ahí...
    buen finde madame.
    bisous.

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  6. Hola Madame: Me he cansado con todo lo sucedido a Vidoq y parece que falta más. Ya sabe que quien juega al borde de la ley, se cae...Aunque pienso como Tolya que cae bien.

    Besos

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  7. Siempre al filo...Como era un villano, pero no un desalmado... al final salia de una para meterse en otra...

    A la tercera va la vencida vamos a esperar en que queda todo.

    Feliz domingo madame.

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  8. Un trapisondista del amor que acaba siendo engañado con sus mismas artes por una mujer. No debió de sentarle nada bien que Ana María le encadenara con los gruesos grilletes del matrimonio con una treta de principiante. ¡Ay, los hombres, qué inocentes en las cuestiones femeninas!
    Un beso

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  9. Ya de vuelta madame a tiempo de seguir las correrías de nuestro interesante personaje. Tuvo que ser muy inteligente para poder seguir jugando al gato y al ratón. Pero eso si mujeriego a tope. Seguro que al final asentará la cabeza ¿O no?
    Bisous y feliz semana

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)