jueves, 24 de julio de 2014

María Tarnowskaya, La Condesa del Escándalo (II)


El conde Tarnowsky deseaba divorciarse, pero María se opone y demanda al esposo por su vida de libertinaje. Como la infidelidad, si era mutua, no era causa de divorcio, el conde no pudo salirse con la suya. Sin embargo, llegados a ese punto era inevitable la separación, algo que se llevó a cabo de común acuerdo.

María Nikolaiewna Tarnowskaya comenzaba así una vida errante, viajando de un lugar a otro y viviendo numerosas aventuras galantes. Uno de sus más ardientes admiradores fue el barón von Stahl, que llegó a firmarle la siguiente nota:

“…Bajo mi palabra de honor y por todo aquello que ha quedado en mí de valor y sin mancha, prometo a María Nikolaiewna hacer todo aquello que me ordene durante todo el tiempo que dure mi estancia en Kiew…”

María le ordenó que se suicidara. Y el barón obedeció.

Mientras agonizaba en la habitación de un hospital, von Stahl, adicto él también a la cocaína, sólo tenía un deseo: que ella pasara en su carruaje bajo su ventana para darle el último adiós.

Fueron muchos los que la amaron, aristócratas “en su mayoría desequilibrados y degenerados, masoquistas por deseo y por inclinación”; pero ella parecía tener alguna imposibilidad para hallar satisfacción en la unión carnal. Según se puso de manifiesto durante el proceso, ni Naumov ni Kamarowsky lograron jamás mantener relaciones plenas con ella. Sí lo consiguió Prilukoff, el abogado, pero éste admitió que habían sido pocas veces, porque resultaba muy doloroso para María. Realmente debía de serlo, dado que hay un informe ginecológico que diagnostica “cervicometritis parenquimatosa crónica por regresión uterina puerperal, endometritis, desplazamiento del útero, quistes bilaterales y pelvicelulitis crónica”, además de espasmos vaginales muy acentuados. Se rumoreaba que, debido a este problema, María hallaba mayor satisfacción con su complaciente sirvienta.


Donato Prilukoff era un brillante abogado moscovita, un joven que había hecho fortuna muy pronto. Tenía cuanto hubiera podido desear: una buena familia, una posición, prestigio profesional, una gran casa, una esposa que lo adoraba; pero todo lo abandonó por la condesa. Donato se fue a vivir a un hotel; derrochaba cuanto había ganado hasta entonces con tal de ocupar las habitaciones de lujo en los mejores hoteles. Como nada de esto era suficiente para María, alquila un apartamento sólo al alcance de un millonario, para que ella se instale como dueña y señora.

Los amigos de Donato se asombran. No parece el mismo. Tratan de hacerle recapacitar y hay un momento en que el abogado quiere echarse atrás y se aleja de ella, pero los encantos de María terminan venciendo sobre cualquier consideración. La condesa, para hacerlo regresar, se fingió enferma y le rogó que acudiera a la cabecera de su lecho. Donato está entre la espada y la pared. Atormentado, intenta suicidarse ingiriendo un veneno que no resulta demasiado eficaz. Esta vez es ella quien acude a su cabecera y lo atiende hasta verlo recuperarse.

Prilukoff pronto se arruina por ella. María disponía de una renta modesta, a todas luces insuficientes para el lujoso tren de vida que aspiraba a llevar, y él se esmeraba por complacer todos sus caprichos y pagar las facturas sin límite. En 1906 la condesa compraba de modo tan compulsivo que había contraído cuantiosas deudas por todas partes. Donato, desesperado, vuelve a considerar la idea del suicidio, pero junto a él está “aquella víbora de voz serena”. De poco serviría a María su muerte. Lo necesitaba con vida para obtener más dinero, así que el abogado, por tratar de complacerla una vez más, decide cobrar a finales de año y a modo de anticipo las retribuciones por todas las causas que aún no ha defendido. Reúne, en total, unos 80.000 rublos y ambos se fugan con el botín.

Cuando se separaban, se escribían cartas muy explícitas, sin ningún pudor y cargadas de erotismo. Cuando estaban juntos, su vida estaba condenada a ser un eterno peregrinar por Europa. Donato no podía volver a Rusia si no era capaz de devolver el dinero sustraído con los intereses correspondientes, algo impensable, porque la pareja se había dado buena prisa en gastarlo todo. Necesitaban más, y por eso acabarán planeando el asesinato del conde Kamarowsky.


Su primer destino fue París, por entonces nido de espías zaristas. La ciudad está repleta de rusos, por lo que estiman que tal vez podrán pasar desapercibidos allí. Vana esperanza, porque el lujo con el que ella continúa empeñada en rodearse es imposible no llamar la atención.

De París se trasladan a Argelia. Ella había comenzado a cansarse de Donato, de modo que le expresa su deseo de ver de nuevo a su hijo, al que ha dejado en Rusia, y hacia allá se dirige. Es durante ese regreso a su país cuando conoce a Naumov, el que será su brazo ejecutor.

Nicolás Naumov tenía unos orígenes nada despreciables: descendía de Turgueniev, pero en su familia también había antecedentes de locura y, además, bebía en exceso. Su infancia fue muy prometedora: destaca en los estudios, a los once años había publicado ya un libro, y poco después traducía a Baudelaire. Un primer indicio de lo que sería su trayectoria posterior es un poema que escribe sobre el masoquismo.

Un día, cuando tenía 16 años, se arrojó a las aguas del Volga. Al salir a la superficie, su cabeza golpeó contra una balsa cargada de madera causándole un traumatismo. Es a partir de ese momento cuando se vuelve más inestable: se sobresalta por cualquier movimiento un poco brusco y sufre violentos tics en el rostro. En el colegio se ríen de él a causa de eso.

Nicolás se licenció en Derecho y llegó a ser el secretario del gobernador de Orel. Ocupaba ese cargo cuando el conde Kamarowsky le presenta a María. La condesa llega a la conclusión de que aquel joven nervioso será presa fácil, y decide seducirlo. Habla mucho con él acerca del que pronto se revela que es su tema favorito: el masoquismo, y le sugiere probar algunas cosas. Nicolás conoció todo el dolor que aspiraba a sentir: el que causaban los cigarrillos apagados contra las palmas de su mano, los salvajes mordiscos de la condesa, los azotes que le hacían sangrar; un juego del que quedó cautivo. Ahora está dispuesto a seguirla a cualquier parte y a darle cuanto le pida. Se hizo un tatuaje en el brazo con las iniciales de la condesa y se entregó en cuerpo y alma, sin importarle que ese camino le condujera al crimen.


Continuará



13 comentarios:

  1. vaya. pues estaba fina de la cabeza la señora condesa. fina ella y finos ellos. luego dice uno lo del 'gen eslavo', y parece que exagera, pero vaya cuadrito.
    venga, que vamos para bingo.
    buen jueves, madame!
    bisous!

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    1. Ay, si es verdad que usted también es ruso siempre! El gen eslavo, sí, debe de ser eso. Menos mal que a usted, de momento, no le da por ahí. Pero un poco peculiar mire que es también, eh, monsieur?

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. Hola Madame:

    Vaya con la dama. Suicidarse por mandato de ella...Influencia nefasta la que tenía sobre los hombres.

    Besos. la continuación...Espere que voy por las palomitas :)

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    1. Dicen que nunca falta un roto para un descosido, monsieur. Lo que resulta curioso es que encontrase tantos "rotos".

      Feliz tarde

      Bisous

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  3. Yo me pregunto cuanto tendrá que ver el frio extremo y el concomitante consumo de alcohol en todas estas vidas alocadas que tan bien nos describen los autores rusos , ficcionadas, pero descriptivas de una sociedad, como el caso real que aquí gentilmente nos presenta. Besitos Claudia

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    1. Supongo que el consumo de alcohol tiene mucho que ver, aunque no estoy convencida acerca de la influencia del frío extremo. Parece que la condesa experimentaba tales impulsos en cualquier lugar de Europa donde se encontrase, fuera París o Venecia.
      En cualquier caso, yo recuerdo ahora a Madame de Brinvilliers, la asesina en serie cuya vida narramos en la corte. Ella era francesa. Supongo que en todas partes podríamos encontrar personajes escalofriantes.

      Feliz domingo, madame

      Bisous

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  4. Una novela negra en toda regla, que ni a una mente perversa se le podía ocurrir. Una vez más la realidad supera toa ficción. Vaya una biografía madame. Víbora es poco. Bisous y buen finde

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    1. Ya ve. Hay cosas que, narradas en una novela, parecerían una exageración, y sin embargo la realidad es a veces más cruda.

      Feliz domingo

      Bisous

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  5. Anaconda la señora y rllos de corderitos eso si esta ultima conquista de corderito na da.vaya cuadro peor que un spiquiatrico alli al menos tratan de estabilizarlos con medicamento pero la señora ni con eso.
    Ana

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  6. Buen finde para todos.
    Ana

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    1. Eran malos tiempos para los enfermos mentales. La ciencia estaba aún en pañales. Es seguramente una de las especialidades médicas que más ha avanzado en las últimas décadas, aunque aún falte tanto por hacer.

      Feliz domingo, madame

      Bisous

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  7. Vaya, cuánto me equivoqué en el comentario anterior, dije que era peligrosa para los hombres; no, debí decir letal.
    Beso su mano.

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    1. Pues sí, porque yo creo que más que el dinero le atraía la muerte. La de ellos, claro, no la suya. Una auténtica domina.

      Feliz domingo, monsieur.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)