martes, 22 de julio de 2014

María Tarnowskaya, La Condesa del Escándalo


El 21 de mayo de 1910 apareció en el Corriere Della Sera la sentencia completa que condenaba a una mujer por su participación en un complot que terminaría con el asesinato de un noble ruso. Esta mujer era María Tarnowskaia, “la condesa del escándalo”. Ella es quien me ha servido de inspiración para escribir Gambito Veneciano, un relato que forma parte de la antología de género negro Tras las huellas de Arsenio Lupin.

Tres años antes de la publicación de esta sentencia, en un viejo palacio veneciano del Campo del Giglio, vivía el conde Pablo Kamarowsky, considerado invencible en la esgrima. El conde es muy conocido en los ambientes políticos y la policía lo vigila porque, debido a sus abiertas simpatías zaristas, corren rumores de que se pretende acabar con su vida.

A las ocho de la mañana de aquel 4 de septiembre, Pablo se encontraba en su habitación del palacio Maurogonato. Aún no se había levantado; comenzaba a desperezarse cuando entró una sirvienta para anunciarle que un joven ruso deseaba hablarle de un asunto muy urgente. El conde conoce muy bien al joven. Pide que le haga esperar unos minutos mientras se prepara para bajar a su encuentro. Pero no va a disponer de tanto tiempo. Cuando se levanta, la puerta de la alcoba se abre con estrépito y surge ante él el misterioso visitante, que le dispara a quemarropa.

Kamarowsky, aún con vida, es trasladado al hospital. Todavía encuentra fuerzas para denunciar a su asesino, al que ha reconocido perfectamente. Luego escribe una nota a su amada, María Tarnowskaia, quien se encontraba en Viena:

“En nombre del cielo, ven rápidamente. Me encuentro muy mal. Pablo”.

El conde obtiene este otro telegrama como respuesta:

“¿Qué te ha sucedido? Estoy terriblemente inquieta por saber los particulares. Amor desesperado. No puedo partir hoy. Cariño sin fin. María”.


Pablo se hunde. Sabe que no logrará vivir, y le hace enviar un último telegrama. Pero él ya no tiene fuerzas, y es un amigo común quien debe encargarse de redactarlo:

“El conde, asesinado por Naumov. Cuatro disparos. Estado grave. Hecha una operación de laparotomía. El herido os llama continuamente”.

Pero María no hubiera podido acudir: la policía se había movido deprisa y detuvo a Naumov cuando viajaba hacia Roma. El ruso intentó negarlo todo y ocultar su identidad. Fingió ser un ciudadano belga llamado Enrico Durand, pero de nada sirvieron sus protestas de inocencia. Finalmente confesó. Ahora también ella había sido arrestada.

Horas más tarde moría Pablo. Sus últimas palabras fueron las que le dijo al juez instructor: “Me ha asesinado Naumov… Estábamos enamorados de la misma mujer”. Pero no revelaba quién era ella.

María y Naumov no fueron los únicos detenidos. Un abogado ruso llamado Prilukoff compartía su suerte, sospechoso de haber ordenado el crimen. No se engañaban. Ella, siempre ávida de dinero, había persuadido al abogado para que planeara el asesinato. El plan consistía en convencer a Pablo de que se hiciera un seguro de vida en una compañía vienesa. La beneficiaria, naturalmente, sería la condesa. No fueron cautos, sin embargo, y la policía descubrió sin esfuerzo que algunas de las acciones habían sido perpetradas de modo muy poco discreto, entre un ir y venir de telegramas.

María Tarnowskaya, descrita como “alta, sutil, cabellos castaños, mirada insinuante”, era una mujer elegante, refinada, dueña de une hermosa voz y ornamento de los salones de media Europa: la última persona que la sociedad de su tiempo hubiera imaginado implicada en un asunto tan turbio. Y, sin embargo, sus genes parecían abocarla al desastre. Según un informe, “las anomalías psíquicas fueron preparadas largamente por las generaciones que precedieron su llegada al mundo; y he aquí que, buscando, fue fácil descubrir contaminada su herencia por parte materna. Locura en una tía materna y en la abuela, locura en los primos; y ella misma minada por la neurastenia, con desórdenes sexuales, destruida por el tifus del que derivaban huellas indelebles, arruinada por los tóxicos tan funestos como el éter, la morfina y la cocaína…”


Había nacido en 1877 en Kiew, hija de los condes O’Rourk. Aunque educada en el seno de una familia acaudalada e influyente, su juventud fue sumamente turbulenta. Dejó el colegio a los 16 años, y entonces tuvo la desdicha de conocer al conde Vassili Tarnowsky. Este se lanza a hacerle la corte y, tras ganarse las simpatías de la madre, pide a María en matrimonio. El padre no lo veía con buenos ojos, pues lo consideraba un jugador empedernido y un libertino, de modo que, mientras discutía el asunto con su esposa, María se fugó con Vassili el 10 de abril de 1894.

Tiene 20 años cuando nace su primer hijo en junio de 1897, un parto del que tarda en recuperarse. Retirada en la Riviera, contrae unas fiebres tifoideas de gran virulencia, una enfermedad para la que la ciencia de la época no ofrecía remedios demasiado eficaces.

Una vez recuperada, se reúne en Rusia con su esposo. Lamentablemente pronto queda embarazada de nuevo, y tiene un segundo parto más complicado aún, con una fuerte hemorragia. María, además, sufre porque nunca es capaz de amamantar a sus hijos: cuando lo intenta, padece una dolorosa mastitis.

Un día su esposo se fugó con una bailarina y la dejó sola con sus dos hijos, Tioka y Tatiana. Pero mucho antes de eso habían comenzado ya a sucederse los escándalos en torno a ella. En Niza, el conde Tolstoi se batió con el esposo por ella. Y después, cuando el eco de ese asunto se apagó, llegó el episodio de Borgewsky

Borgewsky era un húsar, joven romántico, apuesto, valeroso y espléndido en su uniforme. María coqueteaba con él. Le había pedido que la enseñara a disparar, y él no perdía ocasión de tomarse ciertas libertades, como rodear con el brazo a su alumna al hacerlo. Un día, cuando ella apuntaba con la pistola en dirección al blanco, él tapó con su mano la boca del cañón y le dijo:

—Antes debéis decirme que me amáis.

Pero ella, en lugar de bajar el arma, apretó el gatillo y destrozó la mano del húsar. A pesar de eso, él continuaba adorándola, y cuanto más humillaciones recibía, más se postraba a sus pies. Ella encontraba divertida la situación e incluso había comenzado a habarle de un proyecto que le rondaba hacía tiempo por la cabeza: la idea de que un hombre fuera capaz de matar por amor a ella, algo que alcanzaba su perfección si la víctima era un caballero acaudalado al que pudiera heredar, como por ejemplo… su marido.

Borgewsky, naturalmente, comprendía que ella deseara librarse de él, porque María se lo representaba como “un bruto alcoholizado y vicioso” que no la amaba. Hombre honorable, el húsar se resuelve a proponer un duelo a tres pasos al conde, pero a éste no le gustaban esas situaciones en las que uno de los dos rivales moriría de forma segura, si el elegido por la suerte podía ser él. Tarnowsky sugiere, en cambio, celebrar un banquete de conciliación y olvidar el asunto. Borgewsky accede, se organiza la comida y todo termina entre brindis de amistad, pero cuando el joven se dispone a despedirse, en el preciso instante en que besaba la mano de la condesa, el esposo extrajo su revólver y le disparó un tiro en la nuca.

Borgewsky cae al suelo en medio de un charco de sangre. La condesa se desmaya. La víctima aún logrará vivir dos meses de larga agonía, entre atroces sufrimientos, hasta morir en brazos de María en un hotel de Yalta.

Hubo un proceso contra Tarnowsky, pero salió absuelto. Se alegó que había sufrido constantes provocaciones, que el comportamiento de la víctima había sido indigno, tratando de destruir un hogar y, en suma, se trataba de uno de esos crímenes de honor para los que la época solía admitir justificación.


Continuará




12 comentarios:

  1. ¡Hola de nuevo Madame! gracias por compartir esta publicación, apenas conocía nada de esta condesa y he aprendido mucho :)
    Un abrazo

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    1. Espero que no de ella, monsieur! La dama no resulta un ejemplo aleccionador precisamente.

      Muchas gracias a usted.

      Buenas noches

      Bisous

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  2. Hola Madame:
    Una vida algo complicada de una dama que no conocía.
    Y me ha dejado intrigado :)
    Besos

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    1. Pronto pondremos fin a la intriga, aunque creo que dará para varios capítulos. La señora llevó una vida bastante intensa.

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  3. Vaya con las locuras. Siempre barren para el mismo lado. Menuda mujer tenía que ser esta, que no la achanta nada. Curiosa biografía de una aparente e inofensiva dama. Bisous y buenas noches

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    1. Hay también benditas locuras, pero tal vez esas tienen más difícil pasar a la historia en ocasiones.
      Verá, verá usted hasta qué punto la dama distaba de ser inofensiva.

      Buenas noches

      Bisous

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  4. No me extraña que sirviera de inspiración inicial para su relato, La historia se las trae. Una mujer peligrosa, sobre todo para los hombres.
    Beso su mano.

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    1. Eso parece, monsieur. Supongo que tenía buen ojo para elegirlos. Y claro, si superaban pruebas como la de destrozarles una mano, el candidato servía.

      Buenas noches

      Bisous

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  5. ahora no sé si se publicó mi comentario. le decía que vaya con la condesa, que aunque no pareciera un dechado de virtudes, traía loco al personal. y que este personal tampoco estaba muy cuerdo ya de saque.
    a ver cómo termina.
    bisous, madame!

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    1. Pues no, no se había publicado su comentario. No me acuerdo de cuándo fue la última vez que blogger funcionó bien. Creo que eran otros tiempos.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  6. Madame, he leido su relato en la antología. Bueno, los dos, que conste. Me han gustado mucho. La sigo desde que encontré casualmente su blog buscando información sobre la Maupin, pero mi sorpresa fue que cuando escribe ficción me gusta aún más! Para cuando una novela??
    Solo quería que lo supiera.
    Saludos!!

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    1. Ay, madame, qué maja, muchas gracias!
      Todo se andará, quién sabe.

      Feliz día

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)