domingo, 27 de abril de 2014

Teodora de Verdion: un transexual en el siglo XVIII


Teodora Grahn, conocida como Caballero Juan Teodora de Verdion, nació en Alemania en 1744, dentro de un cuerpo femenino que parece haberse correspondido mal con su propia naturaleza. Era la única descendencia de un arquitecto que construyó varios edificios en la ciudad de Berlín, entre los que destaca la iglesia de San Pedro. 

Como perdió a sus padres cuando contaba apenas seis años, fue una tía quien se ocupó de su educación en adelante. La inteligencia de Teodora se manifestó desde un principio, mostrando precoces habilidades para el lenguaje, y destacando después en el estudio de las matemáticas y los idiomas. 

La tía falleció unos años después. Le dejaba una herencia suficiente para cubrir sus necesidades, y Teodora fue capaz de aumentar el capital mediante inversiones en bolsa.

Tenía poco más de veinte años cuando, después de una larga estancia en Prusia, a su regreso comenzó a adoptar atuendo masculino. Se hacía llamar “Barón de Verdion”, pero fue descubierta. Por entonces trabajaba como secretario del pedagogo y reformador Basedow. Al conocerse que era una mujer, comenzaron a difundirse toda clase de rumores maliciosos acerca de la relación entre ambos, encerrados a veces a solas durante días enteros. Esto perjudicaba enormemente la causa de Basedow, que se vio obligado a prescindir de ella. 

Un día unos jóvenes la invitaron a una taberna y la emborracharon para proceder a comprobar su sexo sin oposición aprovechándose de su embriaguez. Teodora no puede soportar la humillación; no quiere permanecer más tiempo en Berlín, de modo que decide emigrar a Inglaterra. Corría el año 1770.

Al llegar a Londres se instala en una casa de Hatton Gardens. Siempre con identidad masculina, se ganaba la vida como traductor y profesor de alemán, francés e inglés. Su nombre era ahora “Doctor Juan de Verdion”. Su figura resultaba excéntrica, con una enorme peluca y un sombrero de dos picos que parecía demasiado grande para su cabeza. Los transeúntes contemplaban curiosos al doctor Juan caminando siempre apoyado en un bastón, con varios libros bajo un brazo y un paraguas bajo el otro aunque hiciera sol, una figura que no podía pasar desapercibida para la sátira. Era considerado una autoridad en libros antiguos, monedas y medallas, por lo que mucha gente le consultaba al respecto. De hecho, otra de sus fuentes de ingresos era la venta de libros, especialmente los escritos en lengua extranjera.

Tarjeta del Caballero Juan Teodora, conservada en la Biblioteca Británica

Al principio tuvo la fortuna de contar con el apoyo de una compatriota: la señora Swellemberg, que había llegado a Inglaterra entre el séquito de la reina. Se cree que ella le prestaba ayuda económica cuando no conseguía suficientes ingresos, lo que no ocurría siempre, ya que entre sus alumnos figuraron algunos nombres de relevancia en la sociedad inglesa. Uno de ellos fue William Cavendish-Bentinck el duque de Portland y futuro Primer Ministro, a quien enseñó alemán. Otro de sus discípulos fue el embajador de Prusia, que recibió lecciones de inglés, mientras que varios aristócratas británicos optaban por el francés. El mismísimo Edward Gibbon recurrió al doctor Juan para aprender alemán antes de visitar dicho país.

De vez en cuando Juan aparecía por la corte vestido con sus mejores galas y portando una magnífica espada que no le servía de gran cosa. En realidad era muy miedoso, y si tenía que regresar a casa cuando ya había oscurecido, no se atrevía a hacerlo solo. Una vez, mientras atravesaba Lincoln’s-inn-fields, se topó con unos hombres que corrían y pensó que se proponían atacarlo. Profirió un grito tan tremendo que congregó a una multitud a su alrededor. En otra ocasión unos jóvenes, conocedores de su debilidad y sospechando que se trataba de una mujer, decidieron gastarle una broma; lo siguieron desde la taberna y de pronto lo rodearon acusándole de haberles robado. Juan trató de justificarse y los remitió al dueño de la taberna de la que acababa de salir. Regresó allí con ellos, y el hombre, por supuesto, habló en su favor. Los bromistas fingieron encontrar satisfactorias las explicaciones y se fueron sin más, cumplido su objetivo de asustarlo.

También era frecuente verlo en las subastas de libros, en las que siempre solía comprar viejos volúmenes. Luego los llevaba a algún librero y obtenía un beneficio cambiándolos por otros o simplemente vendiéndoselos más caros.

A pesar de haber contado con personas de calidad entre sus alumnos, la reputación del doctor Juan no era muy buena, porque frecuentaba las tabernas y, aunque exquisito en sus apetencias culinarias, se entregaba a un consumo inmoderado tanto en la comida como en la bebida. Un amigo contaba que una vez lo había visto devorar 18 huevos y una cantidad proporcional de bacon. En cuanto al alcohol, en una ocasión ingirió tanto que tuvo que ser conducido de regreso a casa por dos personas que la dejaron acostado en su cama. No llegaron a desnudarlo por completo, pero para entonces ya muchos sospechaban que el doctor era una mujer. Una noche varios caballeros expresaron incluso su intención de abandonar la taberna si el doctor Juan no era expulsado de inmediato, pues estaban seguros de que se trataba de una mujer disfrazada. Teodora replicó con un juramento y los llamó sinvergüenzas

Nunca permitía que nadie entraba en su habitación; ni siquiera admitía servidores, y se ocupaba personalmente de la limpieza. Parece ser que esas eran las únicas ocasiones en las que adoptaba un atuendo femenino.

Sus finanzas comenzaron a ir mal. Su amigo el tabernero le ofreció hacer una colecta para ayudarla, pero ella se ofendió y respondió que si quisiera podría recurrir a los personajes más importantes del reino. Sin embargo tuvo que acabar tragándose su orgullo y aceptando sumas de diversos caballeros. Como ya no podía pagarse las comilonas de antaño, se presentaba en casa de los amigos para que la invitaran a comer, haciéndoles toda clase de promesas de devolverles el favor y recordarlos en su testamento.

Teodora murió en junio de 1802 a consecuencia de un cáncer de mama, o de un edema relacionado con la enfermedad. Fue enterrada en el cementerio de San Andrés, en Holborn. Tenía tal pavor a que la sepultaran viva que en su última voluntad dejó escrito su deseo de no ser enterrada hasta pasados ocho días de su muerte. 

Había hecho testamento como “Juan de Verdion, también llamado Teodora, profesor de idiomas de Upper Charles Street Hatton Garden”, y en él legaba todas sus posesiones al señor Denner, el dueño de la taberna en la que solía cenar. Lamentablemente el tabernero demostró poca sensibilidad hacia sus preciados libros, monedas y medallas. Nunca más se supo de la gran colección de monedas de oro y plata, ni tampoco de la espada del Caballero Teodora.



Fuentes:
Kirby's Wonderful and Scientific Museum
The lives and portraits of curious and odd characters
britishlibrary.typepad.co.uk/european/2014/03/theodora-grahn-language-teacher.html
The Eccentric Mirror - G. H. Wilson
zagria.blogspot.com.es/2011/11/john-de-verdion-1744-1802-book-dealer.html#.U10NemdZodU





sábado, 19 de abril de 2014

La fundación de una ciudad romana


Cuando los romanos se disponían a fundar una ciudad, era preciso llevar a cabo ciertas ceremonias religiosas para invocar la protección de los dioses, una antiquísima tradición heredada de los etruscos y que recibía el nombre de inauguratio. Este término proviene del augur, a quien era preceptivo consultar para asegurarse de haber elegido el lugar adecuado. El augur procedía primero a la contemplatio, observando el cielo desde un punto elevado y alerta a cualquier señal divina que pudiera ser enviada. A través de esta contemplación decidirá si es oportuno fundar una ciudad en dicho emplazamiento, y en caso afirmativo elegirá las coordenadas o ejes principales de la ciudad.

Se examinaban entonces las entrañas de algunos animales. Generalmente se elegía un águila, por ser  las águilas mensajeras de la voluntad divina. El ave se abría en canal y se extraía el hígado, que era dividido en partes, cada una destinada a una divinidad. Vitrubio, en su tratado De Arquitectura, nos explica que según el estado de las vísceras de los animales sacrificados, comprobaban si el aire y las aguas del lugar eran lo bastante salubres para levantar allí una población. 

Si los auspicios resultaban favorables, se enganchaba un toro y una vaca a un arado de bronce para trazar con un surco la zona destinada a albergar a la población. Las reses debían ser blancas y no haber llevado nunca yugo. El toro, evocador de la fertilidad de la tierra, de la masculinidad y la guerra, debía caminar por la parte exterior del surco, mientras la hembra, símbolo del hogar, iba por el lado interior.


El fundador manejaba el arado de forma oblicua, para que la tierra levantada cayera del lado de la ciudad, y aquella que caía fuera era recogida de inmediato por los ayudantes y arrojada hacia el interior. Donde el lugar lo permitía, el espacio se diseñaba en forma cuadrada. Para las puertas, cuyo número se determinaba también por medio de tradiciones sagradas, se dejaba un espacio libre levantando el arado. El acto de llevar levantado el arado se llamaba portare, de donde proviene la palabra puerta. El surco tenía carácter inviolable, y se consideraba un sacrilegio saltar por encima.

El centro del área así delimitada era sagrado. Allí se abría una fosa circular —mundus— en la que se depositaban los restos del águila sacrificada, ofrendas y una arqueta con tierra procedente del lugar de origen de los fundadores, simbolizando así que traían a sus dioses consigo. Luego se taponaba con una piedra cuadrada sobre la que se erigía un altar. En él ardía un fuego, el focus. Era el momento en que el fundador daba nombre a la ciudad. La piedra era retirada tres veces al año, y durante esos días en los que se abría el mundus todos los asuntos de la ciudad se paralizaban, porque entendían que, al quedar abierta la comunicación con el inframundo, cualquier proyecto estaba destinado a salir mal.


El surco abierto con el arado trazaba exactamente el lugar en el que debía erigirse la muralla. Fuera de ella se marcaba un perímetro para delimitar el pomerium, un espacio sagrado destinado en exclusiva a los dioses romanos cuya protección invocaban. Para señalar los límites se empleaban pilares de piedra llamados cippi pomoerii. Se consideraba que Roma existía tan solo hasta los límites del pomerium, y que todo aquello que quedase más allá de ellos era territorio perteneciente a los romanos, pero no propiamente Roma. La zona así delimitada no era habitable, ni podía ser cultivada. Tampoco se permitían los enterramientos, ni portar armas, un acto que hubiera sido sacrílego. Los generales tenían prohibida la entrada, a excepción del día en que se celebraba la ceremonia del triunfo. Hasta ese momento debía aguardar con sus tropas fuera del pomerium.

La última parte de los rituales era la consecratio, consistente en un sacrificio a los dioses capitolinos. Después se llevaba a cabo la centuriación o división por parcelas del terreno de la ciudad, que era así repartido entre los colonos. Esta parte corría a cargo del agrimensor, quien dividía el suelo primero en centurias numeradas que a su vez se dividían en lotes más pequeños. Utilizando un instrumento llamado gnomon, comenzaba por trazar sobre el mundus una cruz que señalaría las dos calles principales. El trazo que iba de este a oeste correspondía a la llamada decumanus Maximus, y el que iba de norte a sur era la cardo Maximus. Mediante esta cruz la ciudad quedaba dividida en cuatro regiones: siniestra, dextra, antica y postica. El foro se señalaba en el lugar de intersección de las dos calles principales.


domingo, 13 de abril de 2014

Madame de Sévigné


"Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar." (Madame de Sévigné)


Marie de Rabutin Chantal nació en París el 5 de febrero de 1626. Perdió muy pronto a su padre, el barón de Chantal, y después también a su madre cuando contaba apenas siete años, de modo que no conoció ese amor maternal que ella prodigaría después a su propia hija, y que dejó de manifiesto en su abundante correspondencia.

Pasó de un orfanato al cuidado de sus abuelos maternos, y al fallecer el abuelo fue su tío, el abate de Coulanges, quien tomó el relevo. Educada en el campo, Marie aprendió latín, español e italiano, demostrando desde un principio gran capacidad para el estudio. 

Solo tenía 16 años cuando fue presentada en la brillante corte de Ana de Austria, donde se la recibió con entusiasmo. La jovencita resultaba brillante, rezumaba alegría y frescura y poseía un encanto natural realzado por unos maravillosos ojos azules.

Habían transcurrido dos años desde su llegada cuando Marie se enamoró de Monsieur de Sévigné, un valeroso y apuesto soldado. Fue correspondida, aunque hubiera tenido mejor fortuna de no haber sido así: Henri de Sévigné era voluble en sus afectos, lo cual parecía indicar que no iba a ser el mejor marido. Pero la familia de Marie aprobó esta unión, y, sin obstáculos que se interpusieran entre ambos, el matrimonio se celebró en agosto de 1644.

Château de Rochers-Sévigné

Sévigné presentó a su esposa en el salón de Madame de Rambouillet, y el matrimonio comenzó a relacionarse con los grandes nombres de su tiempo: Molière, Corneille, Racine, Pascal y La Rochefoucauld, todos ellos pertenecían a su círculo. Ella era lo bastante instruida para desenvolverse a la perfección en esa sociedad, y además tenía tacto, buen gusto y gran ingenio, cualidades que la ayudaban a triunfar. Los poetas le escribían sonetos, y todos la adoraban.

Monsieur de Sévigné pronto llevó a su esposa a Les Rochers, su posesión en Bretaña. Marie había aprendido desde niña a amar el campo, y también fue feliz allí, entre sus bellas rosaledas y rodeada de idílicos paisajes.

El matrimonio tuvo dos hijos: la mayor fue una niña, su queridísima Françoise, que se convertiría en condesa de Grignan. El menor fue Charles, barón de Sévigné.

Había estallado la Fronda, y el esposo de Marie recibió órdenes de reunirse con su regimiento. Ambos regresaron a París, con todos los peligros que eso suponía para la frágil fidelidad de Henri. Llegaron a la capital cuando Luis XIV entraba triunfal en compañía de su madre y del cardenal Mazarino.

En París Marie se encontraba con su famoso primo Bussy-Rabutin mientras Monsieur de Sévigné caía subyugado por los encantos de Ninon de Lenclos. Fue Bussy quien le abrió los ojos a la esposa engañada. El asunto fue sumamente doloroso para ella, pero guardó silencio. Aconsejada por su tío, se limitó a regresar a Les Rochers con sus hijos.

Roger de Bussy-Rabutin

Allá en el campo seguramente le irían llegando noticias de otras infidelidades de su marido, hasta que finalmente hubo de enfrentarse a la peor de todas: Henri había recibido una herida mortal al batirse en duelo por otra mujer. Marie quedaba viuda un día después de cumplir 25 años. Nunca volvería a casarse.

Henri la dejaba arruinada. Le era preciso vivir con gran sencillez y recurrir a la ayuda de su tío. Marie administró personalmente sus propiedades con gran sentido común hasta lograr rehacer razonablemente su economía, y entonces regresó a París. Había aprovechado el tiempo para cultivar su mente, y había ganado encanto, ingenio y simpatía. Siempre tenía la palabra adecuada, y sabía cómo decirla. No había en su carácter el menor rastro de amargura, ni siquiera en la adversidad. 

Era joven, amaba la vida y aún quería disfrutarla, así que se deleitaba con los bailes y las fiestas que ofrecía la corte. Contaba entre sus amigos al Príncipe de Condé y a Madame de la Fayette; Conti y Fouquet la adoraban, y todos querían conocerla. En cuanto a sus propios sentimientos, se dijo una vez que había sido para Fouquet menos que una amante, pero algo más que una amiga. Se ha afirmado, en efecto, que si alguna vez hubo un hombre que tocó su corazón después de su marido, ese fue el poderoso superintendente.

Marie presentó a su hija Françoise en la corte. Se preocupaba por encontrarle un buen partido, algo difícil, porque Françoise no solo carecía de su brillo, sino que pertenecía a una familia no demasiado bien vista por el rey: Luis XIV no veía con buen ojo la inquebrantable amistad de Madame de Sévigné hacia Fouquet tras caer este en desgracia. Además Marie coqueteaba con el impopular jansenismo.

Françoise de Sévigné, condesa de Grignan

Madre e hija participaron en las fiestas que dio Madame de Montespan después de firmarse la paz de Aix-la-Chapelle, y el rey les hizo el honor de distinguir a Françoise bailando con ella. Poco después la joven se prometía al conde de Grignan, un hombre inmensamente rico y, al parecer, encantador, pero con reputación de ser terriblemente feo y ya viudo por segunda vez. Tenía 36 años, y se había enamorado de la joven de 23. Para la novia se trataba, simplemente, de un esposo muy conveniente.

Marie esperaba que su yerno obtuviera un puesto de importancia en la corte, algo que le permitiera tener a su hija junto a ella en París. Mientras tanto le escribía a Françoise esas cartas maravillosas que la hicieron pasar a la posteridad. Le escribía de la mañana a la noche, incluso cuando regresaba de un baile en la corte a las cinco de la madrugada. Nunca había cansancio ni pereza a la hora de tomar la pluma para dirigirse a su hija; no había correo que no saliera con una carta suya para ella. Le escribía sobre todo: los bailes y las comedias en Saint-Germain, los sermones de Bourdalue, los escándalos de la corte o el retiro de Luisa de La Vallière al convento. Le confesaba su pasión por las viejas novelas, o su admiración por Corneille.

Grignan fue nombrado gobernador de Provenza. Para entonces el matrimonio había hecho abuela por dos veces a Marie. Mientras tanto su otro hijo parecía seguir los pasos de su padre, algo que Madame de Sévigné se tomaba con filosofía. Cuando Charles se enamoró de una actriz a la que llamaban la Champmêlé, ella la llamaba alegremente “mi nuera”. Seguramente no dejaría de sorprenderle el hecho de que un día él decidiera casarse y sentar la cabeza, hasta el punto de resultar un hombre devoto en extremo.

Madame de Sévigné

Marie tenía 70 años cuando una grave enfermedad de Françoise la hizo acudió a su cabecera. La atendió hasta verla recuperada, pero lamentablemente ella misma acabó contrayendo las fiebres, con fatales consecuencias: la enfermedad le causó la muerte.

Madame de Sévigné fue enterrada en el panteón familiar. Casi treinta años más tarde algunas de sus cartas eran editadas de modo clandestino. Su nieta decidió entonces publicarlas oficialmente.


"En cuanto recibo una carta, me gustaría recibir otra al instante, sólo vivo para ellas. Pocas personas son dignas de comprender lo que siento."



martes, 8 de abril de 2014

"Tras las huellas de Arsenio Lupin", ya disponible


Ya está a la venta la antología de relato negro Tras las huellas de Arsenio Lupin, en la que participo con Gambito Veneciano

El libro, con prólogo de Miguel Ángel de Rus, reúne historias de Maurice Leblanc, Marcel Schwob, Ambrose Bierce, Arthur Conan Doyle y Guillaume Apollinaire, junto con las de otros de autores contemporáneos de España e Hispanoamérica. Todas ellas están ambientadas entre mediados del siglo XIX y la Belle Époque. 

“Volvemos a encontrarnos con los más extraordinarios detectives y los más sublimes delincuentes. Regresamos a aquella época en que el interés se centraba en el argumento, la trama se aclaraba mediante el método deductivo, interesaban la explicación psicológica de los hechos y el estudio del comportamiento de los personajes.”

Pueden encargar su ejemplar a través de la librería de M.A.R. Editor, pinchando en este enlace.

Espero que disfruten de la lectura. ¡Muchas gracias!


domingo, 6 de abril de 2014

La Guerra de los Cien Años

Carlos VII el Victorioso

Al extinguirse en Francia la dinastía de los Capeto, pasó la corona a un primo de éstos, el primer Valois, que reinó con el nombre de Felipe VI. El rey de Inglaterra, Eduardo III, era hijo de Isabel de Francia, hermana de aquellos últimos reyes Capeto. Por tanto, Eduardo sostenía que él tenía más derecho que Felipe al trono francés, como heredero de su madre. 

En Francia imperaba la ley sálica, según la cual una mujer no tenía derecho al trono. Muchos deducían de esto que Isabel no podía, por tanto, transmitir aquello que nunca había tenido. Otros, en cambio, opinaban que la ley sólo impedía reinar, pero no la transmisión del derecho a un heredero varón. Sin embargo, entendían que contraer matrimonio con un soberano de otro país implicaba una renuncia a todo derecho sobre Francia mientras hubiera un heredero francés.

Tras mucho discutir y reclamar, finalmente estalló una guerra que se prolongó entre 1337 y 1453. La contienda tuvo lugar en suelo francés, aunque los escoceses aprovecharon para invadir el norte de Inglaterra con el apoyo de Francia. Los ingleses ganaron batallas muy importantes: Crécy (1346), Poitiers (1356), Agincourt (1415). Una buena parte del secreto de sus éxitos militares radicaba en los eficaces arqueros galeses, cuyos largos arcos estaban fabricados con una clase especial de madera que no abundaba en Francia, de modo que resultaba imposible competir con ellos. También resultó decisivo a la hora de conseguir victorias Eduardo, el Príncipe de Gales, conocido como el Príncipe Negro. Irónicamente Eduardo era rubio, pero debía su sobrenombre a la coraza negra que llevaba en las batallas, regalo de su padre. Se distinguió desde su adolescencia en las batallas más importantes, y obtuvo aplastantes victorias para los ingleses. No llegó a reinar, pues una enfermedad se lo llevó un año antes de que falleciera Eduardo III. (1376).
Juana de Arco
Y entonces fue cuando apareció en escena una joven campesina llamada Juana de Arco y dio la vuelta a la historia. Juana, que afirmaba oír voces de santos, consiguió varias victorias para los franceses, gracias a las cuales Carlos VII pudo ser coronado en Reims. Posteriormente fue capturada por los borgoñones, aliados de los ingleses, a quienes la vendieron. La joven fue acusada de brujería y quemada en una hoguera en Rouen. 

Durante el transcurso de esta dura y prolongada contienda, Inglaterra perdió todas sus posesiones continentales a excepción de Calais. El suelo francés resultó devastado, y ambos países gastaron sumas astronómicas. La población, especialmente en Francia, sufrió un importante descenso. La ley y el orden no existían, los pillajes eran frecuentes, porque los soldados que hubieran podido impedirlo estaban lejos, luchando en la guerra. El comercio se interrumpió, y para cubrir las pérdidas financieras se acribilló a impuestos a los campesinos.

En Francia había distintas facciones que le disputaban al rey su poder, aprovechando que se habían hecho demasiado necesarios para él durante la larga guerra, gracias a lo cual habían ido acumulando unas prerrogativas prácticamente ilimitadas. Otra de las consecuencias de la guerra fue la práctica situación de independencia en que había quedado el ducado de Borgoña.

En Inglaterra las necesidades económicas llevaron a los reyes a reunir a los Parlamentos con más frecuencia. Esto dio a los nobles y a los mercaderes más poder, pues no se podía recaudar impuestos sin la aprobación del Parlamento. Los procedimientos fueron cambiando para dar a los nobles mayor control sobre el gobierno. Además, al terminar la Guerra de los Cien Años la nobleza inglesa continuó enfrentándose entre sí en la Guerra de las Dos Rosas (1450-1485), entre la Casa de York y la de Lancaster.