lunes, 24 de marzo de 2014

Madame Récamier (III)


Chateaubriand se había casado el 29 de marzo de 1792, pero su mujer ocupaba poco lugar en su vida y ninguno en su corazón. El caballero acumulaba una larga lista de amantes, algo que en absoluto era desconocido para la esposa. Ella lo llamaba “le chat”, por su egoísmo y su inconstancia, pero se mostraba indulgente. Todo ello hacía que los amigos de Madame Récamier se inquietaran al ver cómo ambos se aproximaban en exceso. En pocos meses Juliette, que tan bien había sabido manejar hasta entonces las pasiones que inspiraba, caía totalmente subyugada.

Ella había perdido una fuerte suma a consecuencia de los negocios de su marido, y en lo sucesivo tendría que sufragar los gastos de Monsieur Récamier mediante su fortuna personal. Juliette aceptó la carga, pero renunció a vivir con él y alquiló un apartamento en la Abbaye-au-Bois, una abadía del siglo XVII que había servido de cárcel durante la Revolución. Había tomado su decisión y comenzaba abiertamente su relación sentimental con Chateaubriand.

Apenas instalada en la Abbaye-au-Bois, Juliette reemprendió la dirección de su salón y volvió a reunir a sus asiduos, a los que se sumaban algunos nuevos personajes que se convertían igualmente en sus admiradores. Chateaubriend le enviaba una nota cada mañana, y diariamente acudía a verla a las tres.

Chateaubriand

El 30 de noviembre de 1820 aceptaba la embajada en Berlín. Ambos debían separarse, aunque la ausencia del nuevo embajador no duraría más que unos meses. Iba a regresar a París poco después para ser nombrado ministro de Estado.

Cuando más adelante dimite de su cargo, se le envía como embajador a Londres, y desde allí acude al congreso que se reúne en Verona. “No os entristezcáis, mi bello ángel”, le escribe a Juliette. “Os amo. Siempre os amaré. Nunca cambiaré. Regresaré pronto. Todo esto durará poco. Y luego seré vuestro para siempre”.

Pero al parecer eso no resultó ser rigurosamente cierto. Madame Récamier, disgustada con él y celosa de Madame de Castellane, parte hacia Italia en compañía de dos amigos y de su sobrina, con el pretexto de buscar una mejoría en la salud de esta última. Él la acusa de “obcecación y de injusticia”. Le escribe: “Debéis reconocer que os habéis equivocado. Creedme, nada ha cambiado, y algún día lo comprenderéis”. Era noviembre de 1823. El galán no cesaba de escribir cartas melancólicas que encontraban respuestas bastante secas y cortas.

En Roma Juliette alquiló un apartamento cerca de la plaza de España y allí retomaba sus costumbres parisinas mientras hallaba consuelo en la compañía de su fiel Ampère. A fines de febrero de 1824 llegaba la reina Hortensia con sus dos hijos. Ambas se vieron con frecuencia y paseaban juntas. Madame Récamier continuaba decepcionada, y no muy dispuesta a emprender un pronto regreso, como escribe a un amigo:

“Temo encontrar en la abadía agitaciones que me son odiosas. Se me pide que regrese, pero con una persona que carece de sinceridad no es posible vivir, y estoy completamente decidida a no volver a caer en esas agitaciones”.

Chateaubriand sufría un revés político: el 6 de junio de 1824 era fulminantemente destituido. Dos horas después de serle notificada la orden real, dejaba el ministerio con sus dos gatas. Solo le quedaba consolarse con su nueva pasión, Madame de Castellane.

Juliette se encontraba de visita en Nápoles cuando conoció la desgracia de su amigo. Poco después llegaban noticias de la muerte de Luis XVIII. 

En la primavera de 1825 abandonaba Italia para regresar a París. A su llegada, Chateaubriand se encontraba en Reims para asistir a la consagración de Carlos X. Cuando finalmente ambos pudieron reunirse, fue ella quien dio el primer paso para la reconciliación. No hubo reproches ni explicaciones; la prolongada ausencia había apaciguado su ánimo y le había perdonado sus infidelidades. 

Poco después el siempre enamorado Ampère hacía un audaz intento de conquista y le ofrecía matrimonio, puesto que Monsieur Récamier ya era anciano y no podía durar mucho tiempo más. El pretendiente fue rechazado.

Juliette continuaba con sus recepciones, en las que se hacía música, lecturas y se declamaban versos, pero también se hablaba de política. Nunca había estado más animado su salón, en el que continuaba reinando Chateaubriand. Ella organizaba perfectamente sus reuniones: hacía formar con sillas cinco o seis círculos bastante separados los unos de los otros. Las mujeres permanecían sentadas mientras los hombres circulaban entre las filas. Juliette conducía a los que llegaban junto a sus amigos, agrupando a personas unidas por gustos comunes. No podía ofrecer fiestas como las que su amiga Madame de Staël daba en su día, porque no disponía de los mismos recursos económicos, pero a sus invitados les bastaba con el placer de encontrarse en su casa.

El amor no alejaba a Chateaubriand de la política. En 1827 el restablecimiento de la censura fue el pretexto para escribir artículos extremadamente violentos. Juliette trataba de calmarlo, pero los liberales del salón aplaudían estos arrebatos. Al año siguiente era nombrado embajador en Roma, y el 14 de septiembre partía a tomar posesión de su cargo.

Su partida resultó amarga para Madame Récamier. Para ella significaba la constatación de que Chateaubriend anteponía la política, a pesar de todas las muestras de ternura que recibía con sus cartas.


En mayo de 1829 se encuentran de nuevo en París. Seguramente él hubo de responder a algunas preguntas, como por ejemplo qué había significado para él aquella Hortense Allart a quien iba a visitar en la Vía delle quattro Fontane, o esa condesa del Drago, a quien hacía que sus jóvenes ayudantes llevasen flores. Probablemente fue también interrogado acerca de la romántica correspondencia que mantenía con la marquesa de Vichet, o con Madame de Cottens. Y es que el afecto de Chateaubrieand hacia Juliette era sincero, pero no exclusivo.

El 29 de marzo de 1830 moría Monsieur Récamier. Al cabo de un par de meses ella se traslada a Dieppe, donde Chateaubriand fue a reunírsele. Allí les llega la noticia de la revolución de julio. Él regresa de inmediato a París y ella le sigue pocos días después.

Chateaubriand no podía unirse al nuevo régimen. Rechazó los ofrecimientos, renunció a su pensión de Par de Francia y con ello se vio inmerso en graves problemas económicos. Después de vender sus muebles partió hacia Suiza en compañía de su esposa. Allí permanecería una temporada, aunque no dejaba de escribir a Juliette.

A su regreso, Chateaubriand recuperaba su reinado en el salón de Madame Récamier, pero pronto aparecerían nuevas preocupaciones. La duquesa de Berry lo había nombrado miembro de su gobierno secreto, y él había aceptado. En abril de 1832 fue detenido un emisario que llevaba un correo suyo a la duquesa. Chateaubriand fue arrestado bajo la acusación de conspiración contra la seguridad del Estado. Cuando fueron a detenerlo, a las seis de la mañana, lo encontraron acostado entre dos jovencitas.


Juliette fue a visitarlo, se ocupó de tranquilizar a la esposa y movió los hilos para obtener su libertad. La obtuvo con la condición de que el acusado abandonase París, de modo que Chateaubriand parte de nuevo hacia Suiza. Poco después una epidemia de cólera hace que también Juliette huya de la ciudad, y en agosto ambos se reúnen en Constanza.

La turbulencia política permite la vuelta de Chateaubriand a París, y poco después la duquesa lo llama a Venecia. Mientras tanto escribía magníficas páginas en sus memorias, y a su regreso trae el manuscrito envuelto en un chal de seda. Se organizan entonces lecturas en el salón de Madame Récamier.

En 1835 ella cumple 58 años y su salud es mala. Tal vez lo más difícil de sobrellevar es el modo en que se debilita su vista. Chateaubriand también está enfermo, duerme mal y sufre trastornos nerviosos, aunque aún viviría diez años más. “No habléis nunca de lo que yo sería sin vos; si me lo preguntaseis, no lo sabría. No he hecho suficiente daño al cielo para que no me llame antes que a vos. Veo con placer que estoy enfermo, que ayer me he vuelto a encontrar mal, que no recupero fuerzas. Para lo único que ahora sirvo es para amaros”. 

Juliette se adentra en una etapa melancólica, la última de su vida. Enterarse de fallecimiento del príncipe de Prusia, su amor de juventud, acentúa su estado de ánimo. Poco a poco la muerte le iba arrebatando a todos sus viejos amigos, y en su salón se vivía más en el pasado que en el presente.

Cuando estalló la Revolución de 1848, Madame Récamier estaba ciega. Se había sometido a dos operaciones de cataratas que no lograron devolverle la vista. Aun así, estaba junto a Chateaubriand cuando él murió el 8 de julio de ese año. Ella solo iba a sobrevivirle unos meses: instalada en casa de su sobrina, una repentina indisposición la obligó a guardar cama y terminaba con su vida el 11 de mayo de 1849. Había sido presa de un violento ataque de cólera que la fulminó en doce horas.


17 comentarios:

  1. ¿"Entre dos jovencitas"? No sabía que era tan libertino el poeta. Me gustó mas el tal Ampere con eso de ofrecerle matrimonio a Juliette cuando el marido todavía vivía.
    Bisous

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  2. La enfermedad que les esperaba al final de sus vidas parece que los juntó más que cuando disfrutaban de salud. Muy promiscuo resultó el amigo escritor, siempre metido en diversas salsas, como el filete aderezado que lleva su apellido y del que parece haber sido inventor.
    Un saludo.

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  3. Las memorias de Chateaubriand dan cuenta de lo muy egocéntrico y maniático que era el personaje. Desde luego, dominaba el arte de la pluma y con ella supo mostrar su mejor semblante y ornamentar a fondo sus habilidades.
    Juliette tuvo mal ojo cuando se fijó en él, pobrecilla, que final más desagradable, ciega y encolerizada.

    Bisous y pase usted una buena semana

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  4. ¿y quiere decir que en toda su vida no solucionó el asunto que le impedía mantener relaciones más allá de lo platónico? porque viendo a Chateaubriand... no sé si estaba como para andar con relaciones intelectuales.
    una vida interesante y movidita, como no podía ser de otra manera viviendo en la época y en el lugar en que se desenvolvió.
    un placer leerla como siempre.
    y... feliz aniversario madame!!!
    que tenga un felicísimo día!!!

    bisous!!!

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  5. Muy interesante esta continuación madame, gracias por compartir!!
    ¡Un abrazo!

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  6. felicidades madame.
    excelente historia como de costumbre.lastima que se enamorara de un libertino y se entendiaran al final de su vida mejor que cuando gozaban de buena salud
    ana

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  7. El poeta era demasiado ligero de cascos, aun teniendo en cuenta que todos los hombres de entonces se les presuponía aventuras sin fin. De todos modos las vidas agitadas de ambos no les llevaban precisamente a quedarse en los ámbitos cerrados de París y menos en el caso de Chateaubriand, político a la vez que poeta.
    Un beso

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  8. Quiero creer, por el bien de Juliette, que los sentimientos de Chateaubriend fueron sinceros y no se limitó a cobrar la pieza más codiciada de los salones de París. Parece que sí, pero con estos escritores tan apasionados nunca se sabe, jejeje
    Feliz semana, Madame

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  9. Por lo menos paso sus últimos días, con el amor de su vida ; le aguanto bastante y le perdonó sin rencores.Una mujer enamorada hasta la médula.

    Me ha encantado la vida de esta bella mujer: los retratos le hacen justicia.

    Feliz semana madame.

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  10. Hola Madame:

    Vida agitada, que desde mi punto de vista no mereció ese final. Bueno al final se entendieron...Posiblemente por la costumbre.

    Besos madame Un mosquetero ha partido con un mensaje tecnológico ;D

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  11. Ambos fueron muy liberales, quizás por eso se entendieron hasta el último momento.
    Beso su mano.

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  12. VAYA sorpresas que da la dama que se retrataba en camison y en patas, lo mas in del neoclasico que se enamora de un ministro poea de pelos revueltos como por el Twiser (para que vean que ahora tener el pelo parado no es novedad) enamoradizo y de si facil. Todo un 'animal policito' la señora que no le falto valor para someterse a dos cirugias en aquella epoca qe era algo que arredraba a los mas machos. Triste, energico y revelador personaje, la señora que decian por aqui seducia a la luz de las velas en camison .

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  13. Y algo bueno el poeta tenia, no abandono a sus gatas. tanmamlo no era se ve despues de todo.

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  14. La enfermedad, en esta ocasión, no es tan dura como ese amor desenamorado en brazos de la política con sus vaivenes al ritmo de los acontecimientos y no del corazón.
    Bisous.

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  15. ¡Vaya con Chateaubriand, amaba a Madame Récamier, pero eso no evitaba que tuviera otras aventuras! De todas las maneras, tenían la misma forma de vivir las relaciones amorosas y quizás por eso se entendieron y se amaron hasta el final de sus vidas.
    Un saludo.

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  16. ¡Magnífico relato! Desconocía la vida tan apasionada y trágica de la etérea Récamier. Lo curioso es que se nos presenta su retrato como un emblema del periodo napoleónico, y no solo sus relaciones con el Emperador fueron agrias, sino que acabó enamoradísima de uno de los más firmes partidarios del legitimismo y de Charles X.
    Bisous :)

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  17. Acabo de leer las "Memorias de Ultratumba" del vizconde de Chateaubriand. Aunque de origen aristocrático y costumbres conservadoras, en cuanto al amor y al sexo eran liberales, tanto él, como Madame de Recamier y por lo visto, tampoco eran demasiado celosos. Madame de Chateaubriand era una consentida.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)