viernes, 28 de febrero de 2014

Curias y comicios


Poco es lo que se sabe acerca de los lugares donde los romanos mantenían reuniones durante los tiempos de la República. En la mayoría de los casos se utilizaban espacios abiertos sin gran decoración monumental. La única excepción eran las curias, es decir, las divisiones del pueblo según tradiciones tribales. Las curias estaban unidas a santuarios o sacella, dedicados a Juno Quiritis, la diosa protectora de las antiguas uniones tribales. Estos lugares estaban destinados a deliberaciones y sacrificios, pero también a comidas comunes de los miembros, llamados curiales. Todo ello se hacía bajo la presidencia del curio, que era el máximo representante de cada gens curiales.

El primer santuario de las curias, situado en la parte antigua de la ciudad, se quedó demasiado pequeño, de modo que se realizó el traslado a una zona más moderna, pero siete curias se negaron a abandonar su tradicional punto de reunión, dando lugar a la distinción entre curiae veteres y curiae novae.

En tiempos del Imperio recibió el nombre de curia todo edificio donde se desempeñaran funciones gubernamentales.


Los comitia, por otra parte, eran los lugares de reunión de todo el pueblo soberano. El nombre de comitium se aplicó tanto a las asambleas allí reunidas como a la parte superior del Foro Romano, que era donde se mantenían. Se celebraron al aire libre hasta el año 208 a. C., cuando se cubrió por primera vez con ocasión de un censo que fijó el número de ciudadanos en 137.108. Es posible que se hiciera con lonas, como en los teatros y anfiteatros.

Había distintas clases de comicios. Según Aulo Gelio, “si se vota por clases, los comicios son Curiata, por curias; si se vota según el censo y la edad son Centuriata, por centurias: en fin, se les llama Tributa, por tribus, cuando se vota según el domicilio”.

Los comitia tributa o asamblea de las tribus estaba compuesta por las cuatro tribus que pertenecían propiamente a la ciudad, junto con todas las de las inmediaciones. Cada tribu tenía un único voto. Estos comicios elegían a los magistrados llamados cuestores y a los ediles curules patricios.

Los comitia curiata, convocados por el rey, fueron los primeros comicios, y la forma más antigua de poder legislativo, puesto que sus decisiones tenían fuerza de ley. Además eran ellos quienes investían a los reyes y a los magistrados electos con el imperium. Sus miembros son lictores, presididos por el pontifex Maximus. Eran, además, testigos de los nombramientos de los sacerdotes y sacerdotisas de la sacra publica romana.


Los comitia centuriata elegía a los pretores, a dos cónsules y a uno de los censores. Se reunían en casos de declaración de guerra, y para cuestiones de reclutamiento de soldados entre la población. Otra de sus funciones es entender de casos que pueden conllevar la pérdida de la ciudadanía.

Los comitia tributa y comitia centuriata se reunían con frecuencia en el Campo de Marte. A tal efecto se crearon lugares llamados primero rediles (ovile), y después septa o vallas. Se hicieron de madera hasta que Julio César hizo erigir unas espléndidas de mármol. El espacio en el interior tiene que haber sido enorme, si se tiene en cuenta que con posterioridad se celebraban allí luchas de gladiadores y batallas navales. 

En el mismo Campo de Marte se encontraba el diribitorium, un edificio espléndido destinado al recuento de votos por parte de los diribitores, oficiales electos. Los votos eran emitidos en la septa adyacente. La construcción, famosa por su tejado de vigas de extraordinaria longitud, fue iniciada por Agripa en el 25 a. C., y posteriormente Calígula hizo instalar bancos lo utilizó como teatro de verano, cuando el sol resultaba insoportable en el exterior. Claudio lo empeló como base para organizar el socorro durante un incendio en la zona. Había perdido ya su tejado cuando otro fuego, el gran incendio del año 80, destruyó el edificio, que ya no fue reconstruido.


domingo, 23 de febrero de 2014

El mundo no es bastante grande para mí y Picasso

John William Godward

Los grandes pintores han sido en ocasiones espíritus torturados con vidas de tragedia. Seguramente el ejemplo más conocido es van Gogh, un hombre azotado por las depresiones, por un trastorno bipolar y por crisis epilépticas debidas tal vez al abuso de absenta. Según cuenta Gauguin en sus memorias, en uno de sus arrebatados impulsos van Gogh se cortó una oreja a raíz de una discusión que había mantenido con él. Cuatro semanas después tuvo que ser ingresado, atacado por una paranoia que le hacía creer que pretendían envenenarlo. Sus últimos años fueron un largo peregrinaje por sanatorios psiquiátricos. En el de Saint-Rémy llegó a tener dos habitaciones, una de las cuales le servía de taller. Solo tenía 37 años cuando ponía fin a su vida disparándose en el pecho con un revólver mientras paseaba por el campo. No murió de modo inmediato, sino que fue capaz de regresar a la pensión, donde fallecía al cabo de dos días. 

Van Gogh

Hace un par de años se expuso la teoría de que su muerte tal vez no fue un suicidio, sino que se debió a un disparo accidental efectuado por dos adolescentes mientras jugaban con el arma. La hipótesis propone que van Gogh no quiso delatarlos porque los conocía y los apreciaba, de modo que optó por la autoinculpación.

Gauguin

El propio Gauguin tampoco disfrutaba de una envidiable estabilidad mental. Padecía frecuentes depresiones que lo llevaron a un intento de suicidio. Una fría mañana de diciembre buscó un sendero apartado y comenzó a ingerir arsénico, pero los vómitos que le produjo impidieron que pudiera tomar más de dos o tres tragos, salvando así la vida a su pesar.

Simeon Solomon

Simeon Solomon fue otro de los artistas que conoció la desgracia. Nacido en Londres el 9 de octubre de 1840, fue el menor de los ocho hijos de un matrimonio judío de clase media con inclinaciones artísticas. Sus primeras obras de juventud revelan la influencia de los entonces tan populares pre-rafaelitas, en especial de Dante Gabriel Rossetti. Algunas de sus pinturas parecen un intento de explorar su propia homosexualidad, un tema considerado tabú en la época victoriana que le tocó vivir. Dentro de aquella sociedad, una pasión homosexual era un delito y no podía ser expresada.

Solomon

En febrero de 1873 Solomon fue arrestado en un servicio público londinense cuando se encontraba en actitud comprometida en compañía de otro hombre. Fue procesado por ello, acusado de conducta inmoral e intento de sodomía. Hallado culpable, se le impuso una condena de 18 meses a trabajos forzados. Al cabo de dos meses quedó en libertad bajo fianza, y un mes después se le conmutó la pena, que quedó reducida a libertad vigilada y al pago de una multa.

Pero el daño estaba hecho. El escándalo era de tales proporciones que todo el mundo le dio la espalda, salvo algunas honrosas excepciones que incluían, además de a miembros de su familia, al fotógrafo Frederick Hoyller. Solomon comenzó a distanciarse de los que habían sido sus amigos. Viajó a Francia, pero rn 1874 volvía a ser arrestado y condenado a tres meses de prisión. 

Solomon

Once años más tarde tuvo que ser acogido en un hogar para pobres. Allí pudo continuar trabajando, pero para entonces su talento se veía opacado por el alcohol en el que se refugiaba. El alcoholismo, junto con una bronquitis, determinaron su muerte el 14 de agosto de 1905, provocándole un fallo cardiaco. El gran pintor moría en la miseria y era enterrado en el cementerio judío de Willesden.

Godward

John William Godward también terminó su vida de un modo trágico. Nacido el 9 de agosto de 1861, fue el protegido de Sir Lawrence Alma-Tadema, pero sus comienzos no fueron fáciles: su vocación artística le costó romper con su familia, que no aprobaba su decisión de dedicarse a la pintura. El disgusto de sus parientes fue tan patente que llegaron al extremo de retirar todas sus fotografías de los álbumes familiares. En aquellas en las que no aparecía solo, recortaban la parte correspondiente a su imagen, simbolizando con ello el más absoluto destierro al que le condenaban.

Godward

Su obra pertenece al final de las eras pre-rafaelista y neoclasicista, un estilo al que llegaba demasiado tarde, pues decaía ya, y en su madurez se veía sustituido por nuevos estilos que traían talentos como el de Picasso. Godward, atormentado, se sentía ante él como el Salieri de Mozart. Incapaz de soportar la idea de que su tiempo había acabado, se suicidó. Tenía 61 años, y dicen que dejó escrita una nota de su puño y letra en la que decía:

“El mundo no es lo bastante grande para Picasso y para mí”.

Su suicidio aumentó la desaprobación de su familia, cuyos miembros, avergonzados por ello, quemaron algunos de sus papeles en su particular cruzada por borrar todo rastro de su existencia.


viernes, 14 de febrero de 2014

Enrique VI de Inglaterra (II)


Gloucester era uno de los más firmes partidarios de la continuación de la Guerra de los Cien Años. En 1447 hubo de comparecer ante el Parlamento para responder a una acusación de traición, una medida promovida por sus enemigos: el cardenal Beufort y su sobrino Somerset junto con Suffolk. Gloucester fue recluido en Bury St Edmunds a la espera de que se abriera el proceso, pero el duque fallecía allí al poco tiempo. La causa más probable fue una apoplejía o ataque cardiaco, aunque su muerte desencadenó una serie de rumores según los cuales tanto Beaufort como Suffolk, la reina Margarita de Anjou y el propio Enrique VI lo habían envenenado. 

En 1449 Inglaterra perdía toda Normandía. El odiado Suffolk era asesinado, y al año siguiente una insurrección hacía tambalearse el trono. 

El gran rival de Enrique hizo su aparición al año siguiente. Se trataba de un descendiente de Enrique III: Ricardo, duque de York. En apariencia, al principio tan solo pretendía apartar del rey a aquellos a los que consideraba malos consejeros, y particularmente a la familia Beaufort. Seguramente el débil Enrique hubiera cedido a cualquier cosa en aras de la concordia, pero su esposa no era del mismo parecer. Margarita se enfrentó a las pretensiones de los York e hizo un llamamiento a sus partidarios para que tomaran las armas.

La pérdida de Aquitania en 1453, la última de las posesiones inglesas en Francia a excepción de Calais, no contribuyó a arreglar las cosas. El país se llenaba de veteranos de guerra que regresaban a casa y no encontraban otra ocupación que no fuera seguir sirviéndose de las armas. Todo se iba preparando para el estallido de la guerra civil.

Margarita de Anjou

A raíz de la pérdida de Burdeos, Enrique comenzó a dar muestras de desequilibrio mental. Durante más de un año la enfermedad se apoderó de él haciendo que no fuera consciente de nada de cuanto ocurría a su alrededor, ni siquiera del nacimiento de su hijo y heredero, el príncipe Eduardo. Es posible que Enrique hubiera heredado la enfermedad de su abuelo materno, Carlos VI de Francia, quien durante los últimos treinta años de vida se vio asaltado por periodos intermitentes de locura.

En 1455 daba comienzo la Guerra de las Dos Rosas con la batalla de St Albans. Allí se enfrentaron las tropas de la Casa de Lancaster, conducidas por Somerset, contra las del duque de York y su aliado Warwick. Somerset perdió la vida en la batalla y York capturó a Enrique, herido en el cuello por una flecha. Con el rey en su poder, se hizo nombrar Lord Protector de Inglaterra. Era vital para él que Enrique continuara con vida, puesto que York, con escaso apoyo entre la nobleza, no hubiera obtenido la corona, sino que esta habría ido a parar al príncipe Eduardo, de solo dos años. Y, desde luego, el consejo de regencia hubiera estado dominado entonces por la irreductible Margarita.

En 1459, tras un nuevo enfrentamiento, esta vez en Ludford Bridge, York se vio obligado a huir a Irlanda, pero al año siguiente regresaba e iba más allá, reclamando formalmente la corona para sí. Llegó a Londres y se alojó en el palacio real. Entró en el Parlamento, avanzó hacia el trono y colocó su mano sobre él, como si tuviera intención de ocuparlo. Seguramente esperaba que la asamblea lo proclamara rey, como habían hecho con Bolingbroke en 1399; sin embargo, se hizo un gran silencio roto al fin por la voz del arzobispo de Canterbury, quien le preguntó si deseaba ver al rey. York replicó:

—No conozco a nadie en este reino que no deba esperar por mí, en lugar de esperar yo por él.

El cardenal Beaufort por van Eyck

Al día siguiente proclamó su aspiración a la corona por derecho hereditario, pero el escaso apoyo entre sus pares impidió que sus ambiciones prosperaran. Tras varias semanas de negociaciones, se alcanzó un acuerdo mediante el cual Enrique podría conservar el título de rey de por vida, pero York y sus descendientes serían reconocidos como únicos herederos de la corona. York sería nombrado Príncipe de Gales y Protector del Reino.

Naturalmente Margarita de Anjou jamás iba a consentir que su hijo fuera despojado, y lucharía hasta las últimas consecuencias por sus derechos.

Ambos ejércitos volvieron a encontrarse en una nueva batalla, y esta vez era York quien perdía la vida sobre el campo de Wakefield. 

Pero el ambicioso duque dejaba un hijo que reaccionó con rapidez y logró apoderarse del trono, convirtiéndose en Eduardo IV. El nuevo rey empujó a Enrique y Margarita hacia el norte y derrotó a sus tropas en Towton. El 4 de marzo de 1461 Enrique era hecho prisionero. Para entonces su estado mental era tal que cuentan que mientras se desarrollaba la segunda batalla de St Albans, aquella que lograría liberarle, reía y cantaba como un lunático.

Eduardo IV
Aunque Eduardo pudo retener el trono tras la batalla, Enrique y Margarita se le escaparon. Durante tres años el rey depuesto fue tan solo un vagabundo que erraba por la frontera de Escocia, viviendo de la caridad del rey de aquellas tierras mientras la reina asumía el liderazgo de la resistencia. 

En 1464 un nuevo enfrentamiento entre ambos bandos condujo a otra derrota de los Lancaster. Enrique vagaba disfrazado por Lancashire y Westmoreland hasta que finalmente fue capturado y conducido a la Torre de Londres. Allí habría de permanecer prisionero durante cinco años.

Cuando los yorkistas comenzaron a pelearse entre sí y el conde de Warwick expulsó a Eduardo IV, Enrique pudo abandonar la Torre y fue tratado de nuevo como rey. Fue una breve restauración que terminó cuando Eduardo regresó y derrotó a Warwick y a Margarita en Tewkesbury. Allí caía el hijo de Enrique, que perdía la vida con solo diecisiete años.

Enrique VI fue asesinado en la Torre la noche del 21 al 22 de mayo de 1471, a pesar de que una crónica escrita para limpiar la memoria de Eduardo afirma que murió de pena al enterarse de la derrota y de la muerte de su hijo. Dicha versión ni siquiera fue aceptada por sus contemporáneos.

Hasta entonces no había sido conveniente deshacerse de él, porque su hijo tomaría el relevo y era un contrincante más temible que aquel pobre loco que accedía a todo. Pero, muerto el príncipe, ya no necesitaban mantenerlo a él con vida. En ese sentido se expresa el embajador de Milán: “El rey Eduardo ha optado por no prolongar más el cautiverio del rey Enrique… Muertos el príncipe su hijo y el conde de Warwick, así como todos aquellos partidarios suyos que tenían alguna fuerza, hizo asesinar secretamente al rey en la Torre, donde se encontraba prisionero. Ha optado, en definitiva, por cortar de raíz”.

Tomás Moro afirmaba que había sido el duque de Gloucester, futuro Ricardo III, la mano criminal, pero esto no está demostrado. Podría ser fruto de los esfuerzos de Moro por limpiar, a su vez, el nombre del primer Tudor. Sin embargo, es de notar que Ricardo estaba presente en la Torre la noche en que Enrique murió. También sería interesante considerar que Moro no fue el primero en acusar a Ricardo, sino que la primera mención corrió a cargo de Felipe de Commines. Commines era un francés que no tenía por qué hacerle el juego a ningún Tudor inglés.


El rey que odiaba toda clase de violencia, aquel que nunca hubiera querido combatir, fue enterrado en la abadía de Chertsey, hasta que en 1484 Ricardo III autorizó su traslado a Windsor. De Enrique dijo un contemporáneo que “nunca hizo daño conscientemente a nadie”, y que “la rectitud y la justicia rigió su conducta en todos los asuntos públicos”. Una muestra de su carácter y de su sensibilidad, nada medieval, la hallamos aquel día que pasaba de St Albans a Cripplegate y vio expuestos los restos de un hombre que había sido descuartizado por traidor. Con enorme horror y sobresalto, Enrique exclamó:

—¡Quitadlo! ¡Quitadlo! ¡Que nadie sea tan cruelmente tratado en mi nombre!

El afecto de la gente, especialmente los habitantes del norte, hizo que consideraran a Enrique un santo y comenzaran a atribuírsele milagros. Aún se conservan los himnos y oraciones que su pueblo compuso para él.

Sus restos fueron exhumados en 1910. El cráneo conservaba algunos cabellos. Eran de color castaño claro, excepto en una parte en la que resultaban mucho más oscuros por estar cubiertos de una sustancia que parece haber sido sangre. Los huesos del cráneo estaban muy fracturados, aunque ello no resulta prueba concluyente de muerte violenta, pues no queda totalmente descartado que fuera obra del tiempo, o bien ocurrido durante el traslado a Windsor. Sin embargo, las evidencias, sumadas, son tan abrumadoras que llevan a la convicción de que es altamente improbable que no se tratara de un crimen.

Wakefield Tower

Una placa de mármol señala en la Torre Wakefield el lugar donde Enrique encontró la muerte. Cada año, por la víspera del aniversario, se celebra allí la ceremonia de los lirios y las rosas: se depositan lirios blancos de Eton y rosas blancas de Cambridge en memoria de su fundador.


martes, 11 de febrero de 2014

Enrique VI de Inglaterra


Enrique VI de Inglaterra fue el único hijo de Enrique V y su esposa Catalina de Francia. Nacido en Windsor el 6 de diciembre de 1421, ni siquiera había cumplido nueve meses cuando alcanzó el trono a la muerte de su padre, quien, ocupado con sus campañas bélicas en suelo francés, nunca llegó a conocerlo. Fue proclamado por los heraldos al sonido de trompetas y tambores por todo Londres mientras era aún un bebé en brazos de sus ayas.

El Consejo asumió la regencia. Como el tío mayor de Enrique, el duque de Bedford, pasaba la mayor parte de su tiempo combatiendo en Francia, fue Gloucester, otro de sus tíos, quien recibió los poderes que lo convertían en gobernante de facto. Bedford, por su parte, recibía el título de regente de Francia.

Más tarde, y según lo estipulado en el Tratado de Troyes, Enrique fue proclamado rey de Francia a la muerte de su abuelo Carlos VI, dándose la circunstancia de que fue el único rey inglés que llegó a coronarse en territorio francés


Pero el tratado había dividido a Francia en dos bandos. Uno de ellos sostenía los derechos del primogénito del difunto rey, el Delfín Carlos, a quien su propia madre había declarado bastardo. Ambas facciones se enfrentaban por imponer a su candidato. Al principio los ingleses llevaban ventaja, y pronto se apoderaron del ducado de Anjou, pero cuando apareció Juana de Arco, la suerte comenzó a cambiar. Orleáns abrió sus puertas a los franceses y la Doncella condujo al Delfín a Reims para ser coronado, desafiando así las reclamaciones de Enrique VI.

Aunque la posibilidad de coronar al inglés como rey Francia ya había sido discutida por el Consejo con anterioridad, ahora era más necesario que nunca llevar a cabo la ceremonia, para así reafirmar su derecho al trono y recuperar la ventaja perdida frente a su oponente. Así se hizo en Westminster el 6 de noviembre de 1429, un mes antes del octavo cumpleaños de Enrique. No habían transcurrido aún cuatro meses desde la coronación del Delfín.

Al año siguiente hubo una nueva ceremonia en París. El rey niño se presentó al frente de un gran cortejo de caballeros, en total miles de hombres, todos vestidos con hermosas galas. En Saint-Denis las autoridades vinieron a recibir al rey vestidos de rojo y portando espléndidos estandartes.


La política inglesa no se veía exenta de tensiones. Gloucester y Beaufort, obispo de Winchester y posteriormente cardenal, se enzarzaban en continuas disputas y desacuerdos que nada favorecían el buen gobierno del reino, y Enrique se iba a ver siempre obligado de hacer de mediador entre ambos para apaciguar los ánimos. 

Beaufort, hijo de Juan de Lancaster, era un hombre de enormes capacidades, muy hábil en las intrigas, y de inmediato comenzó a forjar ambiciosos planes. Estaba celoso del poder de Gloucester, y como este sentimiento era mutuo, no podía tardar mucho tiempo en estallar el conflicto.

Beaufort tenía la Torre de Londres bajo su mando, y resulta que allí estaba encerrado un prisionero al que Gloucester deseaba poner en libertad. Hubo entonces disturbios de grandes proporciones en el Puente de Londres, una situación que puso en estado de alarma a toda la ciudad. Beaufort alegó que Gloucester pretendía atentar contra su vida y que además planeaba apoderarse de la persona del rey. Para defenderse e impedir que Gloucester llegara hasta el palacio donde residía, tomó los pasajes que conducían al puente y los fortificó. Construyó barricadas y reunió un gran ejército para protegerse. Los londinenses, aterrados, montaban guardia día y noche a fin de proteger sus propiedades contra la violencia de los soldados, y todo era conmoción y miedo. Finalmente la gente envió una delegación al duque de Bedford, en Francia, rogándole que regresara de inmediato y tratara de mediar en la disputa.


Bedford regresó, convocó un Parlamento y organizó una audiencia solemne en la que Gloucester hizo graves acusaciones contra el cardenal. La réplica de éste no se limitaba a su defensa, sino que a su vez presentaba cargos igualmente contundentes contra el duque. Tras los debates que siguieron se llegó a un compromiso con el que ambas partes se dieron por satisfechas. El asunto concluyó con un simulacro de reconciliación.

Durante años las cosas fueron más o menos bien. La vieja rivalidad aún continuaba, pero Bedford fue capaz de mantenerla bajo control mientras vivió. A su muerte, cuando el rey tenía 14 años, fue enterrado con gran pompa y ceremonia en Ruán. 

Los tíos de Enrique y el cardenal de Beaufort le inculcaron un gran amor por las letras, algo que llegó a convertirse en su único consuelo durante su triste reinado. No logró aficionarse, en cambio, a los ejercicios bélicos en los que lo entrenó Warwick, pues su naturaleza era demasiado frágil y delicada para la violencia de dichos deportes.

Refugiado en la cultura, Enrique fundó el colegio de Eton cuando contaba apenas 18 años. El colegio admitía tan solo a catorce estudiantes al año, hasta alcanzar la cifra de setenta. La educación de todos ellos era costeada por el rey. Más adelante se permitió el acceso de un mayor número de alumnos a condición de que pagaran sus propios gastos. Al año siguiente Enrique fundaba el King’s College en Cambridge.


Aparte de su amor por el conocimiento, el único asunto que parecía ocupar su mente era la necesidad de lograr la paz con Francia. Para ello buscaba un matrimonio con una princesa francesa y, tras varias propuestas, Enrique aceptó casarse con Margarita de Anjou en 1445. Con este acuerdo se concertaba una tregua de dos años.

El matrimonio no resultó muy popular en Inglaterra. Eran muchos los que pretendían continuar con la guerra, y consideraron el tratado como una rendición. Se volvieron entonces contra el hombre que había concertado dicha unión: el duque de Suffolk.

Margarita, seguramente uno de los personajes femeninos más notables de la historia, era detestada por el pueblo por ser francesa. Para ellos era, en una palabra, el enemigo, aquel contra quien llevaban tan largos años combatiendo, y el carácter fuerte y reivindicativo de la nueva reina no contribuía a hacerla más amable a los ojos de los ingleses. La paz con Francia se convirtió así en el preludio de una guerra civil en Inglaterra...


Continuará


domingo, 9 de febrero de 2014

Catalina de Médicis en Fontainebleau


Cuando Catalina de Médicis llegó a Francia, su suegro, el rey Francisco I, tenía 39 años, pero presentaba un aspecto prematuramente envejecido. Estaba calvo, y su barba había se había vuelto cana. Ella, que contaba tan solo catorce, resultó agradable al monarca por su vivacidad. Lamentablemente el joven esposo que le tenían destinado no iba a compartir la favorable opinión de su padre.

Catalina residió por entonces en Fontainebleau, marco de una corte brillante. De todos los castillos que el rey había construido, aquel antiguo pabellón de caza era su favorito: Francisco se refería a él como “chez moi”, y era donde gustaba pasar la mayor parte de su tiempo. Fontainebleau sería el palacio en el que Catalina daría a luz a seis de sus hijos.

El rey estaba casado con Leonor, hermana del emperador Carlos V. Tenía tres hijos varones de su primer matrimonio: el Delfín Francisco, el duque de Oreáns, con quien había contraído matrimonio Catalina, y Carlos de Angulema. Tuvo, además, dos hijas: Margarita, que más tarde se casaría con el duque de Saboya, y Magdalena. Esta última iba a fallecer muy joven, en julio de 1537, apenas unos meses después de su matrimonio con el rey de Escocia, Jacobo V.

Francisco I y Leonor de Austria

La reina Leonor apenas contaba nada en aquel ambiente. Su carácter grave no se adecuaba a los placeres de los que su esposo gustaba de rodearse, ni armonizaba con el de sus cortesanos. Su matrimonio había sido una imposición que Francisco I tuvo que aceptar durante su cautiverio, como una de las cláusulas del tratado de Madrid.

Eran otras damas las que ejercían mayor influencia en la corte de Francia. La primera de ellas era la hermana del rey, Margarita de Angulema, cuya adoración por Francisco no conocía límite. Al enviudar de su primer esposo, Margarita se había casado con el rey de Navarra. Según Brantôme, era un tanto licenciosa, por lo que en cuestiones de galantería la hermana de Francisco demostraba “saborear algo más que su pan cotidiano”.

La afición por la literatura clásica fue lo que forjó un lazo de amistad entre ella y Catalina, quien, según Bernardino de Médicis, embajador de Florencia, dominaba el griego “hasta el punto de dejar estupefacto a cualquier hombre”. Fue este un estudio al que se entregó incluso después de su matrimonio.

Catalina de Médicis

Otra de las mujeres más influyentes era Diana de Poitiers, destinada a convertirse pronto en la gran rival de Catalina. Y junto a ella la duquesa de Etampes, dama de honor de la reina y favorita del rey.

La posición de la joven florentina era delicada, y requería mucho tacto tratar de agradar a todo el mundo sin herir a ninguna de las influencias declinantes o nacientes. “Es muy obediente”, escribía el embajador veneciano.

Catalina decidió que debía serle grata, sobre todo, al rey, de modo que se alió con la duquesa de Etampes y se aplicó a la tarea de demostrar su gusto por las distracciones osadas, las cacerías y los torneos. Pasaba buena parte del tiempo junto a Francisco, pendiente de conocerlo y aprender aquello que a él más le agradaba para practicarlo después. No le resultó difícil la tarea, porque las propias habilidades de Catalina se ajustaban a las inclinaciones del monarca. Según Brantôme “le gustaban los ejercicios violentos: bailaba con delicados movimientos; disparaba la ballesta, jugaba al mallo, inventaba cada día nuevas danzas, nuevos juegos, nuevos ballets; montaba con gracia e intrepidez a caballo y ha sido la primera que puso la pierna en el arzón, lo que hacía resaltar su gracia más que con la jamuga… Catalina, casi todavía niña, pidió al rey que la llevase siempre consigo cuando fuese a la caza del ciervo. Esto agradó mucho a Francisco I y viendo su buena voluntad de gustar siempre de su compañía, la quiso aún más; disfrutaba con hacerla gozar de los placeres de la caza; ella jamás se separaba de él y siempre le seguía corriendo tras él”. Y, en definitiva, “su papel consistía en no desempeñar ningún papel, excepto el de suplicar el favor del rey”.


Los bosques de Fontainebleau eran un paraíso para los cazadores. En aquella época las cacerías ofrecían enormes peligros, pero ella no se arredraba. Bernardino de Médicis escribía al duque de Toscana que, por seguir al rey, Catalina había arriesgado su vida. Un día su caballo se encabritó y la arrastró hacia una cabaña contra la que se golpeó la cabeza, un accidente que le causó una grave caída. Francisco hizo que la condujeran hasta el lecho y la atendió con toda solicitud hasta su recuperación.

Antes de su llegada a la corte había sido costumbre que las mujeres cabalgaran sujetas a la sambue, una jamuga, especie de sillón sobre el que se sentaban de lado, algo que apenas les permitía moverse. Con su silla de amazona, en cambio, las damas de la corte eran capaces de cabalgar junto a los hombres, con el pie izquierdo sobre el estribo. Esta forma de montar proporcionaba múltiples ocasiones de lucir las piernas, algo que no desagradaba a Catalina, orgullosa de lo bien torneadas que eran las suyas. Pero, en aras de la decencia, tuvo que introducir al mismo tiempo una nueva prenda semejante a un calzón, para que cuando un caballero se acercara a ayudar a una dama a desmontar, no viera “el celestial espectáculo”.


El ingenio y la inteligencia de Catalina eran capaces de sacarle el mejor partido a su esmerada educación, superior a la de la mayoría de las mujeres de su tiempo, convirtiéndola en una gran conversadora. Podía vanagloriarse de sus conocimientos en materias tan diversas como geografía, física o astronomía. Esto era algo que deleitaba al rey y le hacía disfrutar de su compañía. El poeta Ronsard escribió de ella:

¿Qué dama sabe en la práctica
Tantas matemáticas?
¿Qué princesa conoce mejor
La pintura del gran mundo,
Los caminos de la naturaleza
Y la música de los cielos?

Aprendió a dominar pronto el francés, pero es de observar que nunca llegaría a ser perfectamente bilingüe; por el contrario, conservó su acento italiano y escribía el idioma con una ortografía un tanto peculiar.

Entre ella y su suegro se forjó un profundo cariño que se prolongó mucho más allá de la muerte de Francisco. Catalina siempre lo puso a él como modelo a sus hijos, eternamente agradecida porque a pesar de haber sido a su llegada una extranjera no bien vista por la mayoría y víctima del desprecio de muchos por la mediocridad de sus orígenes, “la perfecta cortesía del rey —demasiado magnánimo para recordarle su nacimiento, demasiado galante para no reconocer sus méritos— debió de conmoverla y consolarla”.



Bibliografía:
Catherine de Médicis – Mariéjol
Catalina de Médicis- Leonie Frieda
Catalina de Médicis – Ana Franchi
François I et la Renaissance - Capefigue


jueves, 6 de febrero de 2014

Sobek, el dios cocodrilo

Templo de Kom Ombo

“Dios divino que existe desde el principio, cuando sus dos ojos alumbraron las aguas y crearon la luz en la noche, así sus dos ojos divinos iluminaron lo que estaba en tinieblas”.


Sobek, representado como un cocodrilo, o bien como un hombre con la cabeza de dicho animal, era la divinidad que controlaba el agua y los pantanos, por lo que aparece relacionado con la idea de fertilidad. Los hombres sin hijos o las mujeres que deseaban concebir un varón llevaban a menudo amuletos con su imagen.

Según la leyenda, Sobek fue el primero en salir de las aguas pantanosas del caos para crear el mundo, y el río Nilo habría brotado de su sudor. Como creador, a veces aparece asociado a Ra, con el disco solar sobre la cabeza. Se le menciona por primera vez en los textos de las pirámides, en los que aparece como hijo de Neit, pero se continuó venerando hasta la época romana. Era a Sobek a quien los egipcios rezaban precisamente para que los protegiera contra el peligro que representaban estos temidos animales. Como dios poderoso, reinaba sobre el ejército del faraón, y cuando representa esta función se mostraba con el símbolo de la autoridad real, es decir, el ureus. También lleva el ankh, que alude a su capacidad para reparar el mal y curar enfermedades. 

Pero precisamente por ser peligroso también tenía una faceta maligna, y en ese caso, convertido en una especie de demonio del Más Allá, se asocia a Seth, el dios que se escondió en su cuerpo tras matar a Osiris. El cocodrilo refleja así la dualidad de la naturaleza, y por eso sus templos contaban con dos santuarios, como el templo de Kom Ombo, construido durante la dinastía Ptolemaica.

Según Heródoto, el cocodrilo se consideraba sagrado por una parte del pueblo egipcio, mientras que otra parte lo trataba como enemigo. Los habitantes de la isla Elefantina se hallaba tan lejos de considerar sagrados a los cocodrilos que incluso comían su carne, pero esto era percibido por la mayoría de los egipcios como un acto sacrílego.

Había varias maneras de cazar un cocodrilo. Una de ellas era utilizar un cebo con lomo de cerdo en mitad del río mientras el cazador sostiene en la orilla un cerdo vivo y lo apelea. El cocodrilo oye sus gritos y va a por él. Cuando lo atrapa en sus fauces, los hombres que aguardan a la orilla lo arrastran y lo ciegan con barro. Una vez conseguido esto, pueden matarlo con facilidad.

Los egipcios que vivían cerca de Tebas y en torno al lago Moeris mostraban especial veneración por estos animales, admirados por su ferocidad y rapidez de movimientos. En cada uno de estos lugares las personas acomodadas tenían cocodrilos en estanques como un ornamento más en sus lujosos hogares, y había en los templos un cocodrilo al que los sacerdotes adiestraban. Adornaban sus orejas con pendientes y las patas delanteras con pulseras. Circulaban libremente, recibían cada día una ración de pan junto con una cierta cantidad de víctimas, y, tras haberle prestado las mayores atenciones posibles en vida, cuando moría lo embalsamaban y lo enterraban en lugar sagrado. Incluso se han encontrado huevos de cocodrilo momificados. 

Los griegos dieron el nombre de Petesucos al famoso cocodrilo que vivía en Cocodrilópolis, junto al lago Moeris, una ciudad que anteriormente había sido llamada Per-Sobek, es decir, Casa de Sobek. Los petesucos pasaron a ser los cocodrilos sagrados que se suponían encarnación del dios Sobek, “el Señor de las aguas”. Las ofrendas que se hacían al dios eran tan ricas que incluían joyas. Estrabón visitó el templo en tiempos de Augusto, y nos dejó una descripción: 

“Es alimentado con pan, carne y vino que los extranjeros siempre le llevan cuando van a verle… Encontramos al cocodrilo en la orilla del lago. Los sacerdotes se acercaron y mientras uno le abría las mandíbulas, otro le ponía el pastel y la carne y le echaba aguamiel.”


Heródoto cuenta que cuando alguien, bien fuera egipcio o extranjero, moría a causa de un cocodrilo, disfrutaba de un status especial y recibía el mejor de los enterramientos. Nadie que no fueran los sacerdotes, ni siquiera sus familiares más próximos, podían tocar su cuerpo ni enterrarlo.

Hace 3800 años gobernó en Egipto un faraón que adoptó el nombre de Sobekhotep, cuyo significado es “Sobek está satisfecho”. El nombre se hizo muy popular durante la XIII dinastía. También se inspiraba en el cocodrilo el de la reina Sobekneferu (la belleza de Sobek), que vivió durante la XIV dinastía.

El cocodrilo aún tiene consideración de animal sagrado con gran poder de fertilidad en ciertos lugares del África subsahariana. En Gambia hay varias docenas repartidos en dos estanques, uno cerca de la capital y otro en la aldea de Bakau.


sábado, 1 de febrero de 2014

Los caldeos


Los caldeos eran una tribu semítica que puede reclamar al menos tanta antigüedad como el pueblo egipcio. Durante los milenios en los que la gente del valle del Nilo se convertía en una nación poderosa que construía templos y grandes ciudades y pirámides, de igual modo los caldeos evolucionaban hasta llegar a ser una sociedad altamente civilizada. Su tierra, situada en la baja Mesopotamia, ya se llenaba de pueblos y ciudades, un territorio sobre el que hoy se asienta parte del moderno Irak.

Este pueblo no llamaba Caldea a su país. El primero de sus reyes se titulaba a sí mismo “Señor de Kengi”, una palabra que significaba “tierra de canales y juncos”. 

Los habitantes de la antigua Kengi erigían enormes templos a sus dioses, enriquecidos con los botines que capturaban en la guerra, y los rodeaban con gigantescas murallas de ladrillo que les conferían un aspecto de grandes fortalezas. Pero apenas sabemos nada acerca de la gente que vivía en Kengi.

Una de las ciudades de la antigua Caldea se llamaba Nippur. Sus ruinas se encuentran cerca de las de Babilonia, y una vieja leyenda habla de ella como de la más antigua del mundo. Allí había un templo dedicado al dios Mul-lil o Enlil, señor del mundo de los espíritus, del viento y las tempestades, aquel que guardaba las tablillas del destino. El templo se llamaba Casa de la Montaña, porque creían que los dioses vivían en una gran montaña. El edificio llegó a tener 130 habitaciones.


Todos los pueblos asentados en Caldea profesaban gran veneración a esta divinidad. Cuando uno de sus templos se destruía, lo reparaban o lo reconstruían sobre las viejas ruinas. Como en su tierra no había piedra, se veían obligados a construir con ladrillo. A veces importaban la piedra, pero resultaba demasiado cara para emplearla en la construcción, de modo que quedaba reservada a estatuas y otros objetos.

Desde el norte llegaron pueblos semitas que conquistaron Kengi. Todas las ciudades quedaron pronto bajo el férreo control de los invasores. Los primitivos caldeos lucharon por liberar sus tierras del dominio extranjero. Algunas veces tuvieron éxito, y por un tiempo el país volvió a ser gobernado por reyes nativos, pero los invasores siempre regresaban, y finalmente lograron establecerse para siempre en Caldea.

Nabu-na-id, que vivió 500 años antes de Cristo, fue el último rey que gobernó Babilonia de modo independiente. Ciro la conquistaba para los persas, finalizando así el Imperio neobabilónico.

La forma de gobierno de asirios y caldeos era la monarquía. El rey ejercía un poder absoluto, era dueño de la vida de sus súbditos y, aunque no era considerado un dios en sí mismo, sí representaba a la divinidad.


Este pueblo se regía por el código de Hammurabi, por lo que el modo de impartir justicia era aplicar al culpable un castigo equivalente al daño cometido. Además protegían a sus viudas, pobres y huérfanos. 

Dividían a su sociedad en tres estamentos: la nobleza, los hombres libres y los esclavos. Estos últimos eran los más numerosos, y comprendía tanto los esclavos que lo eran por nacimiento como los prisioneros de guerra o los delincuentes castigados a la esclavitud.

Los caldeos eran gente supersticiosa que creían en un gran número de dioses y demonios. Enterraban imágenes de sus divinidades en los cimientos de sus hogares o en el umbral. Los colocaban, además, por toda la casa. La idea era que si venía un espíritu maligno y se veía a sí mismo reflejado, huiría aterrado. La gente vivía atemorizada por estos espíritus que “las puertas no pueden encerrarlos, ni los cerrojos impedirles la entrada; se deslizan como serpientes bajo la puerta y entran por las bisagras como ráfagas de aire”. Creían que un hombre incluso comía espíritus diminutos con los alimentos que ingería, o los bebía con el agua. Se suponía que eran más malignos durante las horas nocturnas, cuando visitaban a las personas en sus sueños y los atormentaban con terribles pesadillas. Un modo de evitarlos era recurrir a los hechiceros y obtener conjuros para escapar a su influjo. En las casas ofrecían comida y bebida a las estatuas de los dioses, para invocar su protección: “Oh vosotros, los Sublimes, hijos de Ea, comed y bebed bien. Vigilad para que no entre ningún mal.”


Cuando un hombre moría en Babilonia, se lo colocaba en una tumba de ladrillo o en un ataúd de arcilla redondeado. Se lo enterraba junto con sus armas y su sello. A las mujeres se las vestía con sus mejores galas y sus utensilios para tejer. Junto a ellas había botes de perfume, y la pasta negra que usaban para maquillar cejas y pestañas.

Las construcciones más características de los caldeos, aparte de las tumbas, son las torres llamadas zigurats, que servían de templos y observatorios astronómicos. Se trata de edificios de dimensiones colosales en forma de pirámide escalonada de entre cinco y siete pisos, unidos mediante una escalera exterior que comunicaba una terraza con otra. Los pisos, dedicados cada uno a una divinidad, estaban pintados cada uno de distintos colores. En el superior estaba el templete en el que se colocaba el ídolo o el observador.

Además de grandes matemáticos, los caldeos destacaron en el estudio de la astronomía, que relacionaban con la astrología. No solo distinguieron los planetas de las estrellas, sino que determinaron las constelaciones. 


El término “caldeo”, que comenzó designando a los habitantes de la baja Mesopotamia, quedó posteriormente restringido a los sacerdotes babilonios. Quinto Curcio cuenta que durante la dinastía aqueménida, los magos o sacerdotes persas iban por delante, y tras ellos desfilaban los caldeos o sacerdotes locales. La palabra designó también a aquellos griegos que habían estudiado astronomía en Babilonia, y a veces servía para denominar a los charlatanes que hacían pronósticos astrológicos.