viernes, 1 de noviembre de 2013

La Regencia de María Cristina (II)


El 24 de octubre de 1833 Isabel II era proclamada reina. De acuerdo con el testamento de Fernando VII, su esposa María Cristina debía ejercer la regencia durante la menor edad de su hija. 

La corte olvida el duelo por la muerte del rey y se entrega a las celebraciones. Frente al balcón central de palacio se levantó un tablado desde el que el marqués de Astorga y conde de Altamira dará el primer grito de “Castilla, Castilla, Castilla, por la reina Nuestra Señora Doña Isabel II”. Luego la comitiva se dirige a la plaza mayor, donde se repite la ceremonia. Desde allí se pasa a la plazuela de las Descalzas Reales, y por último llegan a la plaza de la Villa. La niña ha presenciado las ceremonias en brazos de su madre.

Para entonces María Cristina ha encontrado un nuevo amor en Fernando Muñoz, uno de los jóvenes oficiales de su escolta, con quien contraería matrimonio secreto al cabo de menos de tres meses de la muerte del rey. De este segundo matrimonio nacerían ocho hijos que la regente tenía que esforzarse por ocultar mientras continuaba con las tareas de gobierno. Según escribe en sus memorias su nieta, la infanta Eulalia, “María Cristina, durante la minoría de su primogénita, no podía alejarse de sus actividades políticas y del ceremonial cortesano, de manera que cuando nació su último hijo se vio obligada a vestirse y acudir a leer el discurso de apertura de las Cortes a las cinco horas de haber dado a luz. A consecuencia de esto sufrió un desmayo que desató las habladurías”.

Ante la dificultad de guardar el secreto de dicha unión, pronto fue vox populi en Madrid. Los contemporáneos de María Cristina no fueron muy indulgentes con este amor de la reina, aunque su nieta, más comprensiva, escribió que “el que desciende de un trono para obedecer a las razones de su corazón, no decae… se eleva”.


Pronto resulta patente que la regente no es buena gobernante; decepciona a los liberales, no gusta a los absolutistas, las relaciones con su hermana Luisa Carlota llegan a ser deplorables y además su camarilla no tiene fuerza para imponer su política. En torno a ella se agrupan los constitucionalistas, los liberales, los progresistas, los masones, la mayor parte del ejército junto con la pequeña burguesía, que, en palabras de Pierre de Luz, “aun siendo profundamente monárquica y católica, tiene un miedo instintivo a los probables excesos de los apostólicos victoriosos y un secreto deseo de ver a la Iglesia desposeída de parte de sus tesoros”.

En el bando de Don Carlos, en cambio, se alistan los absolutistas y todo el alto clero, a los que se suman “los españoles seglares o religiosos, nobles o plebeyos, que temen la vuelta de las violencias liberales de 1820 a 1823 y los progresos de la masonería. Pero el grueso del ejército estará constituido por los regionalistas…, por todos los españoles que aspiran al mantenimiento de sus fueros y sus franquicias”.

Al comienzo de la regencia de María Cristina sigue ejerciendo el poder Cea Bermúdez, quien, llegado al poder tras la caída de Calomarde, disgusta a todos los partidos. Ante las exigencias de tres generales, la reina cede y destituye a Cea, que es sustituido por Martínez de la Rosa, unos cambios que ella acepta de mala gana. Desde el principio resulta patente que ella y el Gobierno van cada uno por un lado, y que prefiere apoyarse en los generales excluyendo a la nobleza.

Cea Bermúdez
Mientras tanto se desencadenaban las guerras carlistas. Austria, la Santa Sede, Rusia y Prusia no reconocían a Isabel II, y Cerdeña y las Dos Sicilias se inclinaban por don Carlos. El conde de la Alcudia intrigaba junto a Metternich para que fuera reconocido el infante, mientras Calomarde lo hacía junto a Luis Felipe. El rey de Francia, pese a reconocer a Isabel, igual que había hecho Inglaterra, se mostraba reacio a prestar ayuda a las tropas de Isabel.

María Cristina tiene que enfrentarse al carlismo y manejar los ejércitos de su hija. Mantiene una cordial correspondencia con los generales, a los que pide opinión política, especialmente a Córdova. En palabras de Carmen Llorca, biógrafa de Isabel II, la regente “solo se siente tranquila con una espada a su lado”. 

La situación política es insostenible. La oposición de la prensa y la resistencia del gobierno a aceptar las medidas militares de Córdova hacen que el general presente varias veces su dimisión, algo que María Cristina no acepta. En 1836 miembros de la guardia real y soldados de la guarnición asignada a palacio, que hacía tres meses que no cobraban sus sueldos, protagonizan la sublevación de La Granja, a consecuencia de la cual la regente es obligada a restablecer la Constitución de 1812 y a nombrar un gobierno liberal progresista.

La reina busca también apoyo en el general Espartero, un hombre de carácter duro, altivo y frío en el que siempre predomina la razón sobre el sentimiento y que es, además, sumamente ambicioso. María Cristina lo adula y hace cuanto puede por atraérselo. Pero en realidad ella teme a Espartero y desconfía de él. Está cansada, agobiada por tantos problemas. En una carta al marqués de Miraflores le dice: “Mi verdadero gusto sería dejar esto asegurado cuanto antes con una buena Regencia, e irme a un rincón a descansar, y es la cosa que más agradeceré a quien me la proporcione”.

“yo soy la bandera española y a ella se unirán todos los españoles” (Espartero, carta a su esposa de noviembre de 1840).

La primera guerra carlista concluyó el 31 de agosto de 1839 con el “abrazo de Vergara”. Esto proporciona a Espartero un grado de popularidad y poder que la regente no puede soportar. María Cristina desconfía, aunque el general aún no ha pensado usurparle la Regencia. Busca desprestigiarle. El general se da perfecta cuenta de que ha perdido la confianza de la reina. “No es posible perder de vista que, a pesar de ser reinas, no dejan de ser mujeres”, le dice a O’Donnell”.

María Cristina ha llegado a hacerse muy impopular. La llaman “mujer ingrata y perjura”. La prensa y los libelos anónimos se ceban con ella. Las sociedades secretas están muy activas e intrigan en su contra. Se han oído ya vivas a la República, e intenciones de “no reconocer ni respetar ninguna clase de gobierno, poder ni autoridad que no proceda del pueblo”.

“Los tiranos, los traidores, los doctrinarios y déspotas morirán a manos de los hombres libres; el orgullo será abatido; y el mundo entero vendrá a tomar lecciones de un pueblo generoso pero temible”. (Circular revolucionaria de 1840).

Isabel II

María Cristina se asusta, porque durante su regencia, debido a la guerra y también a su ineficacia, la situación del pueblo es lamentable. Vive, además, atormentada por las intrigas que se suceden en París, animadas por su propia hermana y su esposo. El matrimonio, expulsado de España en 1836, trabajan ahora con todo su ahínco para quitarle la Regencia.

María Cristina comunica a los ministros su decisión de dirigirse a Barcelona por orden de los médicos, pues la pequeña reina Isabel tiene el cuerpo cubierto por unas escamas que solo desaparecen con los baños medicinales. Todos hacen conjeturas acerca de los verdaderos motivos del viaje. Los Jovellanistas difunden la noticia de que lo emprende con la intención de anular la constitución, “y que ha enviado allí los estandartes reales y espera al hijo de Don Carlos para contratar el matrimonio”.

La reina parte con su madre entre un numeroso séquito, con gran aparato de carruajes y servidores. Las acompaña el presidente del gobierno y los ministros de guerra y marina. Por todos los lugares que atraviesan pueden constatar la escasa popularidad con la que cuenta la regente.

Siguiendo el viaje en dirección a Cataluña, María Cristina se entrevista con Espartero. La escena resulta de lo más humillante para ella, pues tiene que recoger como duras pedradas los vítores del pueblo hacia el general y su esposa. En Esparraguera mantendrán una segunda reunión. Saca en conclusión que puede contar con él, pero que no podrá hacer con él lo que quiera. Está dispuesto a hacerse cargo del gobierno, pero con condiciones. Incapaz de someterse a las exigencias del general y realizar así la unión de dos partidos, la regente hace todo lo contrario de lo que él le había pedido y tan pronto como llega a Barcelona sanciona la ley de Ayuntamientos.


En esta pugna, el país se posiciona del lado de Espartero. Estalla la revolución, se suceden los cambios de gobierno y las crisis con gran vértigo. La corte se traslada a Valencia, donde tendrá lugar aún la última entrevista entre la reina y el general. María Cristina comunica a Espartero su intención de renunciar a la regencia. Él le suplica de rodillas que renuncie a su decisión, pero es un gesto inútil. La renuncia de María Cristina contiene mucho de venganza: ella busca presentarlo como el culpable, como “un monstruo de inhumanidad que la ha separado de la tutela de sus hijas”.

El 12 de octubre de 1840, a las 8 de la tarde, María Cristina leía su renuncia ante la corte, el gobierno, el cuerpo diplomático y cuantas autoridades se encontraban reunidas en el palacio Cervelló de Valencia. Cinco días más tarde abandonaba Valencia en dirección a Port-Vendres y Marsella. Dejaba atrás a sus hijas, a las que pone en manos de Espartero en una carta de despedida para el general:

“Me acordaré de ti, que tanto has hecho en favor del trono constitucional de mi querida hija, a quien espero continuarás defendiendo como te lo pide su madre, M. C.”.

Era el fin de la Regencia. Pero en la distancia, “esta reina de apariencia tibia y cálida, pero firme e inquebrantable en su orgullo, tratará de conseguir la popularidad que de cerca había perdido. Y más aún, el poder. No importarán los medios”.



Entrada relacionada (sobre el segundo matrimonio de María Cristina):



17 comentarios:

  1. El problema de la regente era que aunque se arrimara a los liberales para protegerse de los carlistas, ella era ferviente partidaria del absolutismo y odiaba el credo liberal. Y, pensando que aún estaba en el Antiguo Régimen, se dirigía a los ministros como si fueran sus criados (esto lo aprendió muy bien Isabelona). Y con esa mentalidad educó y mandó educar a su hija, que lo pagará muy caro, porque debía estar preparada para reinar en una España moderna de cambios profundos y desarrollo económico y sólo lo estuvo para darse placer a sí misma y amparar a corruptos y sinvergüenzas como el Marqués de Salamanca o Sor Patrocinio, como si España fuera su cortijo particular.
    Cuánto tiempo perdido por España y los españoles.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Así es, monsieur. Fue muy mala racha para España, facturas que todavía hoy se están pagando.

    Feliz fin de semana.

    Bisous

    ResponderEliminar
  3. Como decíamos en la primera parte de esta exposición, Madame, España no tenía salida. Dos absolutistas en pugna por el poder.Pero siempre me queda la interrogante. ¿Hubiera sido peor, Don Carlos? Tal vez hubiera habido menos corrupción, menos escándalos.
    Bisous y un lindo fin de semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Madame, eso ya nunca lo sabremos. Yo, simplemente, prefiero no imaginarlo.

      Feliz fin de semana

      Bisous

      Eliminar
  4. Hola Madame:
    La regencia no fue fácil. Intrigas, posicionamientos, presiones...Y además no preparada para esto, ni tampoco de quienes le rodearon...

    Coincido con Ud Madame. Es mejor no pesar que hubiese pasado...

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No lo hizo muy bien María Cristina. Pero hay que tener en cuenta que bastante tenía con el trabajo de disimular sus constantes embarazos.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

      Eliminar
  5. España en esa época era una novia con muchos galanes: pero con malas intenciones(muchos corruptos y sobre todo despotismo).


    Y, aun estamos coleteando con los mísmos ingredientes

    Madame feliz fin de desemana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, parece un mal endémico, madame. Mal arreglo tiene.

      Feliz fin de semana

      Bisous

      Eliminar
  6. Viendo el panorama, no me extraña nada lo que ocurrió en el '68. Menuda racha de malos monarcas enganchamos desde Carlos IV. Es difícil salir adelante con tanto mequetrefe y salvadores de la patria como tuvimos en nuestro siglo XIX.

    Un saludo, Madame.

    ResponderEliminar
  7. Así es. Realmente al país no suele sonreirle la suerte con sus gobernantes.

    Feliz fin de semana.

    Bisous

    ResponderEliminar
  8. Es una buena lección de cómo quien usa el oportunismo para gobernar, y salirse con la suya, antes que por principios ideológicos, o al menos por convicción de cómo se ha de regir una sociedad, acaba muy mal porque no hay nada peor para un país que la frivolidad política. Aunque no tan mal como quienes sufren en sus vidas y bienes esas marejadas históricas

    Pase una buena tarde y bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me temo, madame, que esas marejadas son algo más que historia, y que se han instalado para quedarse.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

      Eliminar
  9. Sus escritos, Madame, son siempre muy enjundiosos. Hoy, sin que tenga relación alguna con los hechos que vos describís, me ha venido a la memoria una coplilla que sonaba mucho en la radio de mi infancia:
    "María Cristina me quiere gobernar
    y yo le sigo, le sigo la corriente,
    porque no quiero que diga la gente:
    María Cristina me quiere gobernar".

    Bisous.

    ResponderEliminar
  10. Ay, monsieur, María Cristina quiso, quiso, pero no pudo.

    Feliz domingo.

    Bisous

    ResponderEliminar
  11. Y cuanta razón hay en esa frase de que que Isabel sólo se siente tranquila con una espada a su lado. Y las tuvo durante todo su reinado.
    De aquellos hecho y de la despedida de la regente de sus hijas en el palacio de Cervelló de Valencia, hoy convertido en una pequeña pero coqueta pinacoteca municipal, publiqué una entrada hace ya varios meses con el título "Algo de política".
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me consta, además, cómo le gusta a usted esta época, la del reinado de Isabel II, algo que le resulta muy inspirador :)

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

      Eliminar
  12. uAl final me he liado con tanto general, tanto gobierno, la reina...
    Reconozco que es un periodo de la historia que no conozco bien.
    Un saludo.

    ResponderEliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)