miércoles, 13 de noviembre de 2013

Clarice Orsini, esposa de Lorenzo de Médicis

Clarice Orsini retratada por Botticelli

Clarice nació en Monterotondo, Roma, en fecha incierta que se suele situar en torno a 1453. Era hija de Jacobo Orsini, perteneciente a una noble y poderosa familia romana cuyas extensas posesiones abarcaban media provincia. La familia de su madre, Magdalena, eran los no menos importantes Bracciano, que contaban con grandes capitanes y cardenales entre los miembros más influyentes de la Curia.

Esta unión era la primera que los Médicis concertaban fuera de su Florencia natal. La alianza con los Orsini tenía muchas ventajas, por tratarse de enemigos de la República de Siena, su gran rival. Ellos podían reunir un gran ejército con el que defender su causa, y contaban con numerosas plazas fuertes sumamente valiosas en caso de sufrir un ataque. Además pertenecían a la nobleza, lo que suponía un buen ascenso para los Médicis. Sin embargo, el matrimonio no resultó del agrado de los florentinos, que pensaron que Piero les hacía un desprecio al buscar esposa para su hijo en otra parte. 

Fue la madre de Lorenzo quien se encargó de concertar para él ese matrimonio. Lucrezia Tornabuoni se desplazó a Roma en la primavera de 1467 con el pretexto de hacer una visita de incógnito a su hermano. Su verdadera intención era examinar de cerca de Clarice y asegurarse de que era la novia más adecuada para su hijo. Desde allí escribió a su esposo para ofrecerle una descripción de la joven:

“Es bastante alta y de tez clara, y tiene modales agradables, aunque no es tan dulce como nuestras hijas. Es muy modesta y pronto aprenderá nuestras costumbres… Su rostro es redondo, aunque no me disgusta… No pudimos ver su busto, pues es la costumbre de aquí llevarlo completamente cubierto, pero parece prometedor."

Lucrezia Tornabuoni. Retrato atribuido a Ghirlandaio

Se suele describir a Clarice, en efecto, como una joven de buena figura con un delicado cuello blanco, si bien su porte carecía de gracia y tenía la poco favorecedora costumbre de inclinar la cabeza hacia delante. A pesar de ese rostro demasiado redondo para ser considerada una belleza clásica, su tez era clara y contaba, para su realce, con una abundante mata de cabello rojizo. Las manos, con largos dedos bien formados, eran muy alabadas.

El matrimonio quedó acordado en diciembre de 1468, sin que Lorenzo tuviera mucho que decir al respecto, excepto dar su consentimiento. Hay una curiosa nota suya en sus Ricordi: “Yo, Lorenzo, tomé por esposa a Clarice, hija del señor Jacobo, o mejor dicho, me fue entregada”.

En marzo del año siguiente Florencia la Piazza Santa Croce se cubrió de arena y se rodeó de gradas con asientos para los espectadores. Lorenzo había organizado un torneo para celebrar su compromiso, una competición en la que se proclamó vencedor a pesar de haber sido desmontado por uno de sus oponentes.

Conservamos una de las primeras cartas que Clarice le escribió, conmovedora por su juvenil simpleza, y en la que se hace alusión a la fiesta:

He recibido vuestra carta, que me ha proporcionado gran placer, y en la que me habláis del torneo donde ganasteis el premio. Me alegra que tengáis éxito en aquello que es de vuestro agrado, y que mis oraciones sean escuchadas, pues no tengo otro deseo que veros feliz. Dadle recuerdos a mi padre Piero y a mi madre Lucrezia, y a todos cuantos están junto a vos. Al mismo tiempo también os envío recuerdos a vos. No tengo nada más que decir.

Vuestra,

Clarice de Ursinis

Hasta el mes de mayo Clarice no se trasladó a Florencia. La ceremonia de la boda se celebró el domingo 4 de junio, y las festividades duraron varios días. La novia aparecía impresionante en su atuendo de brocado blanco y oro, montada sobre un espléndido caballo blanco. Clarice desfilaba entre un brillante séquito, con música de trompetas y acompañada de multitud de doncellas y jóvenes caballeros. 

En el palacio de la Vía Larga se había preparado un inmenso salón de baile para recibir formalmente a la novia después de la ceremonia. El recinto se había decorado con tapices que mostraban las armas y divisas de los Orsini y los Médicis, y los suelos se cubrían con costosísimas alfombras orientales. Clarice y 50 de las damas más jóvenes comieron en la habitación con un gran balcón que daba al jardín, mientras el resto acompañaba a la madre del novio en una habitación interior. En torno al patio se dispusieron lugares para 70 de los ciudadanos más distinguidos, mientras los jóvenes caballeros ocupaban el salón.

Lorenzo ideó los más variados espectáculos para entretener a sus invitados. Se representaron batallas en las que los caballeros, vestidos con sus armaduras, cargaban unos contra otros, y se construyó un fuerte para simular un ataque. Hubo música y baile, y, por supuesto, suntuosos banquetes en los que se consumieron 300 barriles de vino.

Fue, indudablemente, uno de esos matrimonios hechos por razones de Estado. Aunque del estudio de su correspondencia se desprende que posteriormente surgió el cariño entre ambos, fue otra mujer, Lucrezia Donati, la que conquistó el corazón de Lorenzo y recibió sus versos. 


Al año siguiente de la boda, el novio partía en un viaje a Milán, desde donde le escribe a su esposa:

“He llegado sano y salvo y me encuentro bien. Esto, creo, os complacerá más que cualquier otra noticia, a juzgar por lo que yo mismo os extraño a vos y a nuestro hogar. Tendréis una buena compañía en Piero, Mona Contessina y Mona Lucrezia, y pronto estaré de nuevo junto a vos. A mí me parece como si fueran mil años los que habrán de transcurrir hasta veros de nuevo. Rogad a Dios por mí, y si hay algo que deseéis, hacédmelo saber antes de mi partida”.

En diciembre de ese año fallece Piero de Médicis. Al día siguiente, Lorenzo y su hermano reciben la petición de los ciudadanos de asumir el puesto que su padre dejaba vacante. Clarice se convertía así en la primera dama de Florencia.

En marzo de 1471 recibía al duque de Milán, Galeazzo Sforza, y a la duquesa Bona, que en una ostentación de lujo y riqueza traían un séquito de dos mil personas, además de quinientas parejas de perros y gran número de halcones. El problema era que todo ese enorme séquito tenía que ser entretenido por los anfitriones a expensas del dinero público. Maquiavelo comenta escandalizado que “fue la primera vez que Florencia ignoró abiertamente la prohibición de comer carne durante la Cuaresma”.

Se organizaron muchos espectáculos con ocasión de la visita. Uno de ellos, escenificado en la basílica del Santo Spirito, concluyó en desastre cuando las antorchas provocaron un incendio que causó la destrucción del edificio. La gente comenzó a decir que había sido destruido por la ira divina ante tanta impiedad.


Para entonces Lucrecia ya había sido madre dos veces. Su hija mayor, de su mismo nombre, había nacido en agosto del año anterior, y cuando llegó el duque de Milán hacía apenas un mes que había dado a luz gemelos, aunque lamentablemente ambos niños morían poco después del parto. Otros siete nacimientos seguirían durante los próximos años, una maternidad que absorberá por completo a Clarice. Uno de sus hijos sería el Papa León X. Lorenzo, por su parte, los amaba mucho, jugaba con ellos y nunca se lo veía tan feliz como cuando se encontraba en su compañía. Incluso escribió una pequeña obra de teatro para que los niños la representaran.

Clarice no se ganó las simpatías del pueblo. No contaba con ninguna cualidad por la que ser especialmente admirada: no era una belleza notable, ni tampoco extremadamente inteligente; además tenía un carácter altivo: jamás olvidaba que llevaba el apellido Orsini, y estaba convencida de que eso le otorgaba una superioridad sobre todos cuantos la rodeaban. Mujer muy devota y alejada del humanismo que practicaba Lorenzo, tenía ideas diferentes de las de su esposo con respecto a la educación de sus hijos, lo cual parece haber sido el único motivo de discordia entre ambos. Él nombró al poeta Agnolo Poliziano como preceptor de los niños. Para disgusto de Clarice, Poliziano los acompañó a ella y a sus hijos cuando, tras la conspiración de los Pazzi, se encontró más seguro enviarlos a Pistoia, y después a Cafaggiolo. Desde allí el mayor, Piero, escribía a su padre cartas en latín. En una de ellas da cuenta de las andanzas de sus hermanos:

“Giuliano solo piensa en reírse; Lucrezia cose, canta y lee; Maddelena se golpea la cabeza contra la pared, pero no se hace daño; Luisa ya sabe decir unas cuantas cosas; Contessina hace mucho ruido por toda la casa”.

Una vez pidió a su padre un pony, pero no lo recibió. Volvió a tomar la pluma para plasmar su protesta:

“Para darles tono a mis cartas, siempre las he escrito en latín, y sin embargo no he recibido el caballito que me prometisteis, así que todos se ríen de mí”.


Clarice mimaba a sus hijos y apenas se preocupaba de otra cosa que no fuera inculcarles una educación religiosa, por lo que las relaciones con el tutor eran frecuentemente tirantes. Percibía claramente que Poliziano la despreciaba por su ignorancia, y no se engañaba, pues el preceptor, en sus cartas a Lorenzo, se quejaba por sus continuas intromisiones en la educación de los niños, “siendo inculta y una mujer” —dos defectos igual de imperdonables, al parecer.

Las relaciones entre ambos empeoraron durante el largo invierno de 1478 en la villa de Cafaggiolo. Finalmente Clarice, incapaz de soportar las provocaciones de Poliziano, lo expulsó de su hogar. El esposo se conformó con sudecisión, pero ofreció al preceptor una villa en Fiesole como compensación, y su amistad no se resintió.

Maddelena parece haber sido la hija favorita de Clarice. Cuando se propuso para ella un matrimonio con Francisco Cybo, hijo del Papa Inocencio VIII, Lorenzo escribió conmovedoras cartas rogando que se le permitiera a la niña quedarse un poco más de tiempo con su madre, que se encontraba enferma. Decía en esas cartas que Maddelena era la niña de los ojos de Clarice.

Clarice Orsini fallecía al año siguiente en Florencia, sin haber llegado a cumplir 40 años. Había perdido la batalla contra la tuberculosis. Aunque llevaba algún tiempo enferma, el fatal desenlace fue tan súbito e inesperado que su esposo no se encontraba con ella; aquel 30 de julio de 1488 Lorenzo estaba tomando los baños para aliviar su gota.


20 comentarios:

  1. Al parecer Clarice no tuvo otro merito para pasa a la historia que ser la mujer del Magnifico. Desde el Mas Alla, le agradecerá Madame que nos la haga conocer.
    Bisous

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es, una personalidad oscura en una época brillante, totalmente opacada por su suegra. Por ejemplo.

      Feliz día, madame

      Bisous

      Eliminar
  2. La vida en aquellos tiempos solía ser intensa pero sumamente corta.
    Una época muy interesante a caballo entre el medievo y la Edad Moderna con ese choque como aquí aparece entre la mentalidad tradicional y la humanista, con otra visión del hombre y del mundo. Por otra lado, la reflexión que se suele hacer en casos como éste: casarse sin amor con un personaje importante como podría ser Lorenzo el Magnífico trae su lado negativo. No sé si compensaría.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ella encontró su compensación en sus hijos. Se centró totalmente en ellos, y se sentía realizada así. Era una de esas mujeres que nacen para ser madre y esposa, nada más.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

      Eliminar
  3. Me ha parecido delicioso y muy sustancioso el juicio de la futura suegra, casi una ecografía de todos los pormenores antes del compromiso. Primero el fielato de la suegra, que ya vendrá el amor. "Me fue entregada", terminaría diciendo el hijo. Visto con la óptica de hoy resulta incomprensible, pero eso mismo sigue sucediendo, más o menos, en las altas esferas sociales.
    Bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cada vez menos, pero sí, aún sigue sucediendo. Y curiosamente el número de fracasos matrimoniales es más o menos el mismo con un sistema o con otro.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

      Eliminar
  4. A mi me gustó el detalle de la suegra observando las cualidades ocultas del busto de la pretendiente. Besitos. Claudia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Supongo que imaginaban que el detalle guardaba relación con una buena maternidad. Posteriormente la suegra tuvo ocasión de quedar satisfecha.

      Feliz día, madame

      Bisous

      Eliminar
  5. estamos buenos, la una muriéndose, el otro con gota... la buena vida, los excesos...
    oiga, pues para no quererse más que 'teniéndose cariño', vaya con la reproducción no?
    y tremendo el milanés. dos mil personas de séquito. pero bueno!! sale la fiesta por la torta un pan (o así se dice, creo).
    buen jueves ya, madame.
    bisous!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, Lorenzo decidió tener a sus hijos dentro del matrimonio, aunque los versos los sacara a pasear. El milanés era tremendo en más de un aspecto, por desgracia. No nos resulta simpático.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

      Eliminar
  6. Los matrimonios de conveniencia la mayoría de las veces acababan en separaciones encubiertas: juntos en público; cada uno por su lado en privado. Lo único que les unía realmente eran los hijos tenidos en el matrimonio. Lorenzo de Médicis, por otra parte, tenía una personalidad demasiado inteligente e ingobernable como para que una mujer lograra domeñarla.
    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En realidad en esos matrimonios el único que solía ir por su lado y campar a sus anchas era el hombre. La mujer rara vez. Clarice, desde luego, no fue por su lado.
      En el supuesto de que hubiera habido una mujer capaz de dominar a Lorenzo, no habría sido Clarice, obviamente.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

      Eliminar
  7. Vida intensa...Corta. Imagino que tendría a belleza de tísica.
    Recibir una corte de 2000 personas...1000 perros...No me extraña que en Florencia se haya comido carne en Cuaresma....

    Besos Madame.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No sé de dónde sacarían carne para tantos, porque además mire que debían de consumirla en grandes cantidades, y de ahí esos ataques de gota.

      Buenas noches, monsieur,

      Bisous

      Eliminar
  8. Qué bruto Poliziano, e ignorante, el sí.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eran los tiempos, monsieur, por muy humanistas que fueran. Algunos caballeros hoy día siguen siendo "humanistas". Personalmente estoy tan acostumbrada a toparme con cosas como esta que ya me lo tomo con filosofía.

      Buenas noches

      Bisous

      Eliminar
  9. Buenos días, Madame:

    Tiene gracia eso de mandar a tu madre a que le haga un examen a su futura nuera. Por lo menos no despotricó mucho contra ella, al menos no tanto como el desafortunado Poliziano.

    Muy interesante historia la de la Orsini. Es una lástima que falleciera tan joven. Un saludo y que disfrute del día.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Clarice es la gran desconocida a pesar de haber sido la esposa de Lorenzo. En algunas ocasiones, como en este caso, es fácilmente explicable que alguien que estuvo situado en el centro de los acontecimientos no pasara a la historia a pesar de ello.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

      Eliminar
  10. Ser mujer e inculta como la denomina Poliziano : la verdad no era para menos porqué una mujer que vivió rodeada de tantos lujos y que solo supo ser la mujer y la mamma (y ademas beata):demuestra que era muy cortita para mí gusto;pero claro tambien eran otros tiempos...

    Me ha encantado saber algo de Clarice Orsini!

    Feliz finde madame.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eran otros tiempos, sí, aunque por aquel entonces hubo quien logró salirse del papel tradicionalmente asignado. Clarice no tenía vocación de otra cosa.

      Feliz fin de semana, madame.

      Bisous

      Eliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)