jueves, 31 de octubre de 2013

One Lovely Blog Award


Vaya, pues resulta que ha sucedido lo increíble. No sé si tendrá algo que ver con Halloween y fenómenos paranormales asociados a dicho jolgorio, pero hete aquí que Monsieur Tolya —Sí, sí, el Gélido, ese mismo, el de Civilización o Barbarie— ¡me hace entrega de una cosa que se llama Lovely Blog Award, y que es un premio! Casi me desmayo. Créanme que hasta ahora nunca me había visto en la tesitura de tener que imaginar a monsieur con algo “lovely”. Generalmente monsieur es más rompedor. Pero, desde luego, con esto queda demostrado que es absolutamente imprevisible, una de las razones por las que adoro a Tolya.

El premio, por supuesto, lleva unas normas, pero ya saben que no suelo cumplirlas. Les aseguro que respondería a las creo que son once preguntas si tuviera la más remota sospecha de que mis respuestas podrían interesarle a alguno de mis amables lectores, pero como doy por sentado que entran en busca de otras cosas, no los someteré a una prueba que a mí tampoco me gusta.

Muchísimas gracias, Tolya. Supongo que no hay marco más indicado para un regalo suyo que un tablero de ajedrez.

Pronto regresaremos con María Cristina de Nápoles.


martes, 29 de octubre de 2013

La Regencia de María Cristina


María Cristina de Nápoles tenía 23 años cuando llegaba a España en diciembre de 1829 para casarse con su tío, Fernando VII. El padre de María Cristina era Francisco I de las Dos Sicilias, y su madre María Isabel de Borbón, hermana del rey de España. Para él se trataba del cuarto matrimonio, a pesar de lo cual aún no había logrado ninguna descendencia: la primera esposa había fallecido después de tener dos abortos; la segunda, tras dar a luz una hija que apenas vivió unos meses, murió a consecuencia de un nuevo parto terrible, y la tercera nunca llegó a ser madre.

La hermana de María Cristina era Luisa Carlota, que vivía en la corte de España por estar casada con el infante don Francisco de Paula, hermano del rey. Es ella quien inclina a su cuñado hacia la candidatura de María Cristina, a la que presenta como ejemplo de sumisión y ternura al tiempo que le recuerda que su familia es sumamente fecunda. La influencia de Luisa Carlota sobre él era grande en esos momentos, y las relaciones entre ambos casi siempre cordiales, por lo que no le costó imponer a su candidata. Fernando, además, había quedado vivamente impresionado por el retrato. 

El marqués de Villa-Urrutia describe así a la novia:

“Era considerada Cristina como hermosa, no por la corrección de sus facciones, sino por el conjunto, según se puede apreciar en el retrato de don Vicente López, cuyo pincel, como el de Goya, no pecó de cortesano y lisonjero. Su cabello era castaño; los ojos, pardos, parecían negros a cierta distancia, y sin ser grandes resultaban expresivos y dominantes; la boca, graciosa, con propensión constante a la sonrisa; la frente, proporcionada al rostro; la nariz, más bien grande sin ser borbónica; el color, blanco nacarado; los pómulos, ligeramente rojos; las orejas, menudas y bien puestas…; el cuerpo, airoso y esbelto; la figura, de intachables líneas esculturales; los ademanes, naturalmente distinguidos, y el aire, siempre elegante, cualquiera que fuera el traje que vistiese”. Y luego añade algo que demuestra lo mucho que cambian las modas: “Cuando entró en Madrid, sin estar delgada, no era mujer de mucho volumen; pero al poco tiempo adquirió su cuerpo ciertas líneas curvas, en España como en Oriente muy apreciadas, por el mayor relieve que dan a la hermosura femenina. Además, como remate de estas cualidades, se dibujaba siempre en su rostro una expresión de placidez, de franqueza, de amabilidad, que producía irresistible y halagüeña sugestión”.

María Cristina de Borbón - Dos Sicilias (María Cristina de Nápoles)

María Cristina había recibido una educación deficiente que la hacía preferir el trato con la gente del pueblo. No destacó en el estudio, y en el palacio de sus padres ocupaba las habitaciones situadas sobre las caballerizas, “donde de continuo veía y oía cosas que no está bien vean y oigan las señoritas”. Pero su aspecto sosegado y dulce no permitía sospechar en ella el menor atisbo de vulgaridad. Sus aficiones, por otra parte, no podían ser más borbónicas: sus únicos pasatiempos eran la equitación y la caza, pudiendo considerarse una excelente amazona capaz de competir con los más hábiles jinetes de la corte de Nápoles.

La boda se celebraba en Aranjuez el 9 de diciembre de 1829, y dos días más tarde la reina entraba en Madrid, donde el pueblo la recibía con entusiasmo. Según un testigo del acontecimiento, “el esplendor del cortejo era verdaderamente regio, la carroza de Su Majestad era digna de un monarca más poderoso; tiraban de ella ocho hermosos caballos, elegantemente enjaezados,… y la comitiva iba escoltada por una nutrida tropa de húsares. En la carroza real no iban más que sus majestades. El rey iba de uniforme militar y su regia consorte lucía un sombrero rosa de estilo francés y un vestido estampado de muselina… El rey apenas hacía caso de las pleitesías de sus súbditos, pero la reina parecía ávida de ganarse su favor con muchas sonrisas dulces y afables inclinaciones de cabeza. En cuanto a don Carlos, ninguno de los vivas se perdía para él, porque tenía una inclinación y una triste sonrisa para cada uno. Se dice, y creo que con razón, que al rey no le gusta esta competición pública con su hermano en pos del favor popular”.

Los poetas competían al dedicarle versos, y todos aguardaban esperanzados a que la joven resolviera de una vez el delicado asunto de la sucesión. Los liberales consideraban a la reina “como un sol de piedad que venía a iluminar los antros en que vivía el sentimiento nacional”. Ella tenía, además, una cualidad que encantó al pueblo: su sonrisa constante, algo que hasta entonces apenas habían visto en sus reyes. Era alegre, y “poseía gran facilidad para expresar sus ideas por medio de la palabra con genial desenfado, intercalando frecuentemente en la conversación frases y agudezas que sin esfuerzo alguno brotaban de sus labios”.

Isabel II

El 10 de octubre de 1830 daba a luz a la princesa María Isabel Luisa, destinada a reinar un día como Isabel II. Aunque se deseaba un varón, el nacimiento no causa decepción. 

“En la tarde de hoy, a las cuatro y cuarto, la reina mi augusta esposa ha dado a luz con felicidad una robusta infanta. El cielo ha bendecido nuestra venturosa unión y colmado los ardientes deseos de todos mis amados vasallos que suspiraban por la sucesión directa de la corona. Daréis conocimiento de ello a las autoridades y corporaciones de toda la monarquía, según corresponda, para su satisfacción y que se tribute al Señor la más rendida acción de gracias por tan inestimable beneficio; rogando al mismo tiempo por la salud de la reina, y que ampare con su divina omnipotencia el primer fruto de nuestro matrimonio.”

Cuando meses antes se había anunciado el embarazo, Fernando quiso asegurar el trono a la criatura que iba a nacer y, en previsión de que no fuera un varón, había hecho promulgar el 29 de marzo una pragmática en la que abolía la ley sálica introducida por Felipe V. La pragmática había sido en realidad aprobada por las cortes en tiempos de su padre, pero, al no haber sido sancionada y promulgada, había carecido hasta entonces de fuerza legal. La decisión del rey suscita las protestas de su hermano, el infante don Carlos. Este ya se había hecho a la idea de ser el heredero de la corona, y no le gustó verse desplazado de pronto.

Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma

El 30 de enero de 1832 nace otra hija: la infanta Luisa Fernanda, que andando el tiempo se casaría con el duque de Montpensier. El rey está muy enfermo para entonces; en septiembre su estado se agrava de tal modo que se teme por su vida. Las intrigas comienzan a sucederse en torno a María Cristina, que no se aparta del lecho del rey. El ministro Calomarde, partidario de la ley Sálica, se alía con el infante don Carlos y convence a la reina de que no tiene el apoyo de la nación, por lo que es preciso que ceda a la causa carlista. Ella se aviene a todo y en la tarde del 18 de septiembre se consigue que el rey, cuyo estado es crítico, derogue la Pragmática Sanción.

Luisa Carlota, que había permanecido en Cádiz con su esposo tomando las aguas, llega poco después de producirse estos acontecimientos y, furiosa e indignada, culpa a la reina por su debilidad y propina una tremenda bofetada al ministro en presencia de toda la corte. Cuentan, sin que los estudiosos se pongan de acuerdo respecto a la veracidad de la anécdota, que fue entonces cuando Calomarde le ofreció la célebre respuesta:

—Manos blancas no ofenden, señora.

Y, tras hacer una reverencia, se dio la vuelta y se fue.

Francisco Tadeo Calomarde
Cuatro días después la salud de Fernando mejora. Calomarde es desterrado y la pragmática es restablecida.

—Cuidado, señores, que esta es mi sola y segura voluntad —dijo entonces el rey.

María Cristina estuvo al cargo del gobierno durante la enfermedad de su esposo. Parecía que con ella comenzaban a soplar nuevos vientos: se abrieron las Universidades, se concedieron amnistías por delitos políticos y algunas personalidades menos absolutistas encontraron acceso a los cargos públicos.

En septiembre de 1833 se juraba como heredera a la princesa Isabel. Durante la ceremonia la niña se presenta vestida de raso blanco, con la banda de María Luisa y el pelo levantado y recogido con una peineta de brillantes. No ha cumplido aún tres años, por lo que durante las complicadas ceremonias permanece en una pieza contigua a la iglesia de los Jerónimos, donde se celebra el acto. Solo aparece cuando los altos personajes le han de besar la mano. Es una niña con unos bonitos ojos azules, pero durante el besamanos algunos advierten que “tenía las manitas muy ásperas y en un estado muy poco natural que me hizo conocer debía padecer algún exantema, lo que a su edad tan tierna daba mala idea de su robustez y no muchas esperanzas de su existencia entre los peligros de los primeros años de vida…”

La salud del rey, mientras tanto, volvía a deteriorarse. En julio se quejaba de un dolor en la cadera que le impedía caminar. Aparecía hinchado, y su aspecto era preocupante. El 29 de septiembre, según Diego San José, “don Fernando hizo su vida habitual de enfermo. Despertóse temprano; rezó sus oraciones, vio a sus hijas; habló largo rato con Cristina sin sentirse muy acuciado por los achaques consabidos; almorzó con desgana, pues la enfermedad le quitó el buen apetito de que siempre hizo alarde, y luego del almuerzo durmió una breve siesta. Despertóse al cabo de una hora, y sintiendo un poco de desmayo, se reanimó con una copa de vino seco que le sirvió la misma reina”.

Federico de Madrazo - La enfermedad de Fernando VII

Poco después, y según el parte facultativo, le sobrevino un ataque de apoplejía fulminante. La descomposición del cadáver fue tan rápida y atroz que hubo que soldar el féretro para tratar de contener aquel hedor insoportable.

El 3 de octubre salía el cortejo fúnebre por la puerta principal de palacio en dirección a Galapagar, en cuya iglesia debían reposar los restos del rey hasta que a la madrugada siguiente se reanudara el camino hacia El Escorial. Llegados a su destino, se rompía accidentalmente una de las gradas de mármol al bajar el féretro al panteón. Aun después de muerto, Fernando VII seguía destrozando el reino…


Continuará



sábado, 26 de octubre de 2013

La hija del Regente


La única descendencia legítima del príncipe de Gales, regente de Inglaterra antes de alcanzar el trono como Jorge IV, fue una niña nacida en Londres el 7 de enero de 1796, en el palacio de Carlton House. El nacimiento de Carlota Augusta, fruto de un matrimonio mal avenido que terminaría por separarse poco después, tuvo lugar un día antes de que se cumplieran nueve meses de la boda de sus padres.

La unión de Jorge con su prima Carolina de Brunswick-Wolfenbüttel fue, simplemente, una alianza de conveniencia que no resultó del agrado de ninguno de ambos contrayentes. Se detestaron desde un principio, y el príncipe, de hecho, recibió una penosa primera impresión de una esposa a la que encontró sucia y poco atractiva. Pero como el Primer Ministro le había asegurado un generoso aumento en su renta si accedía a contraer matrimonio, a Jorge, siempre lleno de deudas debido a su alegre tren de vida, le pareció suficiente motivo para casarse con Carolina.

Cuando James Harris, conde de Malmesbury, acompañó a la novia hasta Inglaterra, la condujo al palacio de Saint-James para ser presentada al príncipe. Este, incapaz de ocultar su desagrado, exclamó:

—Harris, no me siento bien. Por favor, tráigame una copa de brandy.

La opinión de la novia no fue más halagadora, puesto que declaró encontrar a su prometido gordo y en absoluto tan guapo como habían querido pintarlo en los retratos..

Jorge IV

En realidad no era este el primer matrimonio del príncipe: el 15 de diciembre de 1785 se había casado en secreto en Londres con la joven viuda María Ana Fitzherbert, su amante. Esta unión contravenía la ley de 1772, en virtud de la cual era preceptivo el consentimiento del rey o del Consejo Privado para que un miembro de la familia real pudiera casarse. Dicho permiso se había solicitado, pero fue denegado debido a que la señora Fitzherbert profesaba la religión católica. El matrimonio, por tanto, fue declarado nulo, aunque ello no supuso el fin de la relación entre ambos. Por el contrario, esta continuó después del nuevo enlace de Jorge, si bien no fue, ni mucho menos, la única que se le puede atribuir al licencioso príncipe de Gales. 

María fue seguramente su gran amor. El día de la boda Jorge se presentó borracho. Llamó a su hermano y le dijo que nunca amaría a otra mujer que no fuera María. A su muerte, muchos años después, se encontraron todas las cartas que ella le había escrito, guardadas cuidadosamente, atesoradas por Jorge hasta el fin de sus días. El nuevo rey quiso entonces conceder a María el título de duquesa real, un honor que ella declinó.

El matrimonio con Carolina fue un desastre desde un principio. Si tenemos en cuenta que, según la correspondencia privada de Jorge, solo tuvieron tres encuentros íntimos, fue casi un milagro que naciera Carlota. El príncipe no encontraba ningún aliciente en visitar a su esposa, sobre todo desde que la poco discreta esposa hizo algún comentario acerca de sus atributos, unas observaciones que no lo dejaban en muy buen lugar y parecían arrojar sobre él una velada acusación de impotencia. El asunto disgustó mucho a Jorge, porque, en su opinión, eso significaba que ella tenía con quién compararlo, y que por tanto no llegaba al matrimonio en ideales condiciones de pureza.

Carolina de Brunswick-Wolfenbüttel 

Una vez se hubo producido el feliz acontecimiento, ambos se consideraron liberados de sus respectivas obligaciones conyugales y comenzaron a hacer vidas prácticamente independientes. Jorge redactó pocos días después un testamento para que, en el caso de que se produjera su propio fallecimiento, la esposa quedara excluida de cualquier intervención en la educación de la niña, aunque no se le prohibía verla. Además legaba todos sus bienes a María.

Carlota fue bautizada el 11 de febrero en el gran salón del palacio de Saint-James. A pesar de que su nacimiento fue muy festejado, gozó de pocas alegrías en su vida. Era una criatura impulsiva, caprichosa y apasionada, que anheló siempre una libertad que nunca logró alcanzar. Su infancia transcurrió en medio de un ambiente tenso y plagado de discusiones familiares. Tenía solo ocho años cuando la separaron de su madre, que se trasladó al palacio de Kensington mientras ella ocupaba Montagu House y era atendida por los servidores designados por su padre. 

Poco después Carolina, que tenía consigo un niño que se afirmaba que era hijo suyo, habido de una relación extramatrimonial, fue acusada de adulterio. Jorge esperaba así obtener el divorcio, y mientras tanto prohibió a Carlota que viera a su madre. Fue una dura prueba para la niña, que tuvo que presenciar cómo Carolina, al encontrarla en el parque, por orden de su esposo fingió no verla. Pero la investigación no halló pruebas concluyentes del alegado adulterio, de modo que Jorge tuvo que volver a permitir que madre e hija se vieran.

Carlota Augusta de Gales

Carlota, mientras tanto, alcanzaba la adolescencia observando un comportamiento que daba mucho que hablar. Las damas de la corte hablaban de su atuendo poco decente, pues iba enseñando la ropa interior, que llevaba más larga que el vestido.

Cuando cumplió 17 años, Jorge decidió casarla con el príncipe de Orange, y ella, en un principio, acató la decisión paterna; pero todo cambió cuando se enamoró del príncipe Augusto de Prusia y rompió el compromiso.

No era este, sin embargo, el primer amor de Carlota. Ella, gran admiradora de Jane Austen y tan necesitada de sentirse amada, adoraba el romance. Ya con anterioridad había mantenido una correspondencia clandestina con su primo Charles Hesse, hijo ilegítimo de Federico de York, una relación que era apoyada por Carolina, quien incluso propició que ambos se encontraran a solos en una alcoba en su casa. Y antes de Charles su corazón había estado ocupado por otro de sus primos, George FitzClarence, hijo ilegítimo de su tío el duque de Clarence. En cuanto a Augusto, la princesa no sabía, porque él no se había molestado en decírselo, que estaba casado: había contraído un matrimonio morganático.

Su padre descubrió que su hija se veía en secreto con el príncipe Augusto y, furioso, despidió a todos los sirvientes de Carlota y la condenó a vivir retirada en Windsor Park.

—¡Dios todopoderoso, dadme paciencia! —exclamó la princesa cayendo de rodillas.

Después corrió escaleras abajo y salió a la calle por la puerta trasera; subió precipitadamente a un coche de alquiler y se dirigió a ver a su madre. Su fuga, sin embargo, no duraría mucho: accediendo a los ruegos de sus tíos y a los del obispo de Salisbury, a las dos de la mañana regresaba a casa.

Carlota Augusta de Gales

La princesa permaneció encerrada en Windsor y no volvió a oír hablar de Augusto, ni tampoco del príncipe de Orange, espantado tras oír hablar de algunas de las peculiares costumbres de la joven. De este modo, otro candidato encontraba despejado el camino: Leopoldo de Sajonia-Coburgo.

Leopoldo, muy inteligente, supo ganarse el favor de Jorge, impresionar a los ministros y hacerse amigo de uno de los tíos de Carlota, el duque de Kent. A través del duque se puso en contacto con ella, y la enamoradiza Carlota llegó a la conclusión de que solo el príncipe podría hacer su felicidad. Cuando Leopoldo estaba en París, tras la batalla de Waterloo, el edecán del duque hacía las veces de mensajero y se mantenía constantemente ocupando trayendo y llevando las cartas de ambos. En enero de 1816 el príncipe era invitado a Inglaterra, y ella escribía lo siguiente:

“Lo encuentro encantador y me voy a la cama más feliz que nunca [...]. Soy una persona muy afortunada y tengo que dar gracias a Dios.”

Cuatro meses después se celebraba la boda.

El carácter de Leopoldo era muy diferente del de su esposa. Hijo menor de un príncipe alemán, contaba 27 años y ya se había distinguido en la guerra contra Napoleón. Además, había demostrado igualmente sus dotes diplomáticas en el Congreso de Viena. Su carácter era mucho más frío y formal que el de Carlota, reposado al hablar y prudente. Ella tenía, según fue descubriendo, muchas cosas que le resultaba difícil tolerar: era impaciente, reía de modo escandaloso, carecía de autocontrol y tenía unos modales deplorables para un hombre de su educación. Eso motivaba roces constantes entre ambos, pero no enturbiaba su dicha. Se amaban. Como describe Lytton Strachey, “todas las escenas terminaban de la misma manera: ella de pie frente a él, con cara de niño rebelde con enaguas, el cuerpo inclinado hacia delante, las manos atrás, las mejillas rojas y los ojos encendidos, y confesando, por fin, que estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera”.

Leopoldo de Sajonia-Coburgo

El joven médico alemán Stockmar, que formaba parte de la servidumbre, escribió en su diario: “Mi señor es el mejor marido del mundo, y su mujer siente por él un amor tan inmenso que solo puede compararse con la deuda exterior de Inglaterra”.

Lamentablemente la infeliz Carlota no iba a poder disfrutar mucho tiempo de su recién encontrada felicidad. En la primavera de 1817 se supo que esperaba un hijo. Stockmar tuvo el buen juicio de rechazar uno de los puestos de médico privado. No le gustaba cómo se estaba llevando aquel asunto: el régimen alimenticio de la princesa no era adecuado, y consideraba un error las continuas sangrías a las que estaba siendo sometida. El 5 de noviembre, a las 9 de la noche, por fin concluía el espantoso parto de la princesa, un tormento que duró más de 50 horas en las que su esposo no se separó de ella, y que tristemente solo había servido para dar a luz un niño muerto.

Carlota no resistió tan dura prueba. La vida se le escapaba, y cuando Stockmar entra a verla la encuentra agonizando. No había perdido, sin embargo, su ánimo: los médicos insistían en darle vino, y entonces ella oprimió la mano del joven y le dijo:

—Me están poniendo piripi.

Stockmar había abandonado ya la alcoba cuando escuchó desde la habitación contigua que ella lo llamaba a gritos. Entró apresuradamente, pero llegó tan solo a tiempo de recoger los últimos estertores de la moribunda.

Carlota Augusta fue enterrada con su bebé en la capilla de San Jorge, en Windsor. El duelo de la nación no conoció precedentes; el luto fue tan extenso que se agotó el paño negro en todo el reino. “Mi Carlota nos ha dejado, el país la ha perdido. Ella era buena, una mujer admirable. Nadie conocía a Carlota mejor que yo. Era mi deber conocerla, pero también mi dicha”, escribía un esposo desolado que, como cuenta Holme, “era como si se hubiera quedado sin corazón”.



Bibliografía:
Victoria I – Lytton Strachey
The Life & Memoirs of Her Royal Highness (the Late) Princess Charlotte of Saxe-Coburg-Saalfeld - David McIntosh
Memoirs of Her late Royal Highness Charlotte Augusta, Princess of Wales – Robert Huish
Charlotte & Leopold: The true story of the original People's Princess - James Chambers
Prinny's daughter : a life of Princess Charlotte of Wales - Thea Holme


martes, 22 de octubre de 2013

MI NUEVA PUBLICACIÓN


Tengo el placer de anunciarles la próxima publicación de mi nuevo relato de ficción. Esta vez me he adentrado en el género negro con Gambito veneciano, una historia que transcurre en la Venecia de la Belle Époque y que formará parte de una antología de M.A.R. Editor cuyo título será Tras las huellas de Arsenio Lupin.

El libro contará con aportaciones de clásicos como Conan-Doyle, Maurice Leblanc, Guillaume Apollinaire o Ambrose Bierce. Todos ellos figurarán junto a autores contemporáneos de la talla de Manuel Vidal Laso, ganador del I Premio Wilkie Collins de novela negra.


La antología está a punto de ser maquetada y podría estar lista en diciembre o tal vez antes, para así viajar junto con Mujeres en la Historia a la Feria del Libro de Guadalajara, en México. Esto es todo cuanto puedo anunciar por el momento.

Muchas gracias por su atención y hasta pronto.


domingo, 20 de octubre de 2013

Los amores de Robespierre


La sexualidad de Robespierre permanece envuelta en el misterio. Sobre ese tema se han dicho muchas cosas, a veces contradictorias. Se dice que era homosexual, punto que otros niegan; misógino, impotente, narcisista patológico con complejo de castración. A menudo es presentado como hombre frío, austero y alejado de la galantería. Pero durante su juventud dio muestras de no ser ajeno a los encantos femeninos, y dedicaba poemas a las jóvenes de su Arras natal. 

Tenía 22 años cuando, venciendo su timidez, escribió uno de ellos para Madame Dugazon, una famosa actriz, cantante y bailarina de la época, hija de un maestro de danza en la corte de Federico II de Prusia. No tuvo, sin embargo, demasiado éxito en la empresa, puesto que ella no le respondió.

Hay una carta de puño y letra del joven abogado, fechada el 22 de junio de 1782 y dirigida a una de sus clientes, que le había enviado unos canarios:

Señorita:

Tengo el honor de enviaros una memoria cuyo objeto es interesante. Es posible rendirles hasta a las Gracias semejantes homenajes cuando, a todos los atractivos que las acompañan, unen el don de pensar y sentir, y son igualmente dignas de llorar el infortunio y dar la felicidad.

A propósito de un asunto tan serio, señorita, ¿me será permitido hablar de canarios? Sin duda, si los mismos son interesantes, ¿y cómo no han de serlo, puesto que proceden de vos? Son muy hermosos, y esperábamos que habiendo sido criados por vos, fueran los más suaves y sociables de todos los canarios. Cuál no fue nuestra sorpresa cuando al aproximarnos a la jaula, vimos que se abalanzaban contra los barrotes con tal ímpetu que nos hizo temer por su existencia. Y cada vez que divisan la mano que los alimenta reanudan sus esfuerzos. ¿Qué plan educativo adoptasteis para ellos y de dónde procede este temperamento salvaje? ¿Es que las palomas que las Gracias crían para el carro de Venus muestran esta feroz naturaleza? ¿Un semblante como el vuestro no ha familiarizado bastante a vuestros canarios con los seres humanos? ¿O es que tras haberlo contemplado, no pueden ya soportar los demás? Explicadme, os lo ruego, este fenómeno. Esperando vuestra respuesta, los hallaremos amables a pesar de sus defectos. Mi hermana me encarga, en particular, que os testimonie su agradecimiento por la bondad que habéis tenido al hacernos este presente, y todos los demás sentimientos que vos le inspiráis.

Soy con todo respeto, señorita, vuestro muy humilde servidor y obediente vasallo.

Madame Dugazon

Maximiliano Robespierre, en efecto, componía versos y canciones y pertenecía a un círculo literario llamado Los Rosati, cuya misión era honrar a las rosas, al vino y al amor. A esta sociedad, que organizaba veladas literarias, pertenecían también Fouché, Marat y Carnot. Así nos lo relata su hermana Carlota:

“Mi hermano formaba parte de la sociedad de los Rosatis, compuesta de eruditos, magistrados, militares, etc., todos los literatos, o amantes de las letras y las artes. Esa sociedad tenía reuniones en días fijos, en las que se leían obras de todo tipo y en donde las discusiones literarias se empeñaban. Era una fiesta cuando se admitía a un nuevo miembro; el receptor pronunciaba un discurso, uno de los miembros le respondía, y la fiesta se terminaba con una alegre comida en donde reinaban la franqueza y la cordialidad. El día en el que mi hermano fue recibido en la sociedad de los Rosatis, improvisó una canción en tres coplas, que fue vivamente aplaudida. Tengo aún una copia de esa canción, escrita de la mano de mi hermano.”

En 1789, cuando fue elegido diputado de los Estados Generales, estaba casi prometido con Anais Deshortes, de la que parecía estar muy enamorado. 

“La señorita Deshortes lo amó y fue correspondida. El padre de esta joven se había casado en segundas nupcias con una de nuestras tías; del primer matrimonio tenía dos hijos y tres hijas. Cuando mi hermano fue elegido diputado de los Estados Generales, cortejaba a la señorita Deshortes desde hacía dos o tres años. Varias veces se había hablado de casamiento, y probablemente Maximiliano se habría unido a ella si el sufragio de sus conciudadanos no le hubiese arrebatado las dulzuras de la vida privada por la carrera política. La señorita Deshortes, que había jurado no pertenecer a nadie más que a él, no cumplió su promesa y, durante las sesiones de la Asamblea Constituyente, entregó a otro su mano”.


El desengañado Robespierre escribió una noche un poema que comenzaba así:

Je l’aimais tant quand elle était fidèle
Rien ne m’était plus cher que ses appas;
Je ne vivais chaque jour que pour elle,
J’aurais, por elle, affronté le trépas.
Mais dites-luis qu’enfin je me dégage;
Que de l’aimer j’ai reconnu l’abus…
Dites-lui bien que je ne l’aime plus…*

Una vez alcanzado el poder, las mujeres comenzarían a verlo con otros ojos, como no deja de advertir Carlota: 

“La amabilidad de mi hermano con las mujeres le granjea su aprecio. Creo que algunas experimentaron por él un sentimiento superior a lo corriente”. 

Condorcet se pregunta en noviembre de 1793 “por qué hay tantas mujeres que siguen a Robespierre, en su casa, en la tribuna de los Jacobinos, en los Cordeliers, en la Convención”. Y concluye: “Es que la Revolución es una secta, y él un sacerdote que tiene sus devotas”.

Pero Robespierre no tiene tiempo para el amor. Su hermana lo justifica así: “Agobiado por tantos asuntos y trabajos, enteramente absorbido por sus funciones de miembro del Comité de salud pública, ¿podía mi hermano mayor ocuparse del amor y el matrimonio? ¿Había lugar en su corazón para tales futilidades cuando su corazón estaba henchido de amor a su patria, cuando todos sus sentimientos, todos sus pensamientos estaban concentrados en un solo sentimiento, en un solo pensamiento, la dicha de su pueblo; cuando asaltado sin cesar por sus enemigos personales su vida era un perpetuo combate?"

Saint-Just

Ciertamente Robespierre fue muy discreto en su vida privada. Poco sensual, las relaciones sentimentales apenas tenían cabida en su organizada jornada. Se le adjudica, no obstante, una aventura con la mujer de su colega Buissart en Arras hacia 1785, algo, en todo caso, dudoso. Se dice, por otra parte, que Robespierre permaneció virgen porque uno de los muchos achaques que había sufrido su frágil salud le había producido una impotencia crónica. Se dice que evitaba a las mujeres mientras disfrutaba más en compañía de hombres, en particular en la de algunos jóvenes de su entorno, como era el caso de Saint-Just, llamado el Arcángel del Terror, o del jefe de los guardias del comité de seguridad.

En 1790, contando 32 años, lo encontramos en París como huésped al hogar de la familia Duplay, que lo adora. La mayor de las hijas del matrimonio, Eléonore, es una ardiente admiradora suya. 

Robespierre mantuvo una relación con Eléonore Duplay, con quien se le veía a menudo paseando por los Campos Elíseos o por Versalles. Muchos estudiosos se muestran convencidos de que eran amantes, y un contemporáneo afirma que Robespierre “convivía maritalmente con la hija mayor de sus caseros”. Monnel escribió en sus papeles, publicados con el título de Memorias de un sacerdote regicida: “Corre el rumor de que esta chica había sido la amante de Robespierre. Creo poder afirmar que era su mujer. Según el testimonio de uno de mis colegas, Saint-Just estaba al tanto de dicho matrimonio secreto, al cual había asistido”.

Eléonore Duplay
Sin embargo, un panfleto firmado por Merlin de Thionville afirma que “Es falso que tenga el honor de amar a las mujeres; por el contrario, les ha hecho el honor de detestarlas”.

Y Michelet, en su Historia de la Revolución Francesa dice que a Robespierre no había que plantearse siquiera la idea de darle una amante.

Baudot nos ofrece un párrafo similar: “La familia Duplay rendía una especie de culto a Robespierre. Se ha pretendido que este nuevo Júpiter no había tenido necesidad de metamorfosearse como los dioses del Olimpo para tener tratos con la hija mayor de su casero, llamada Eléonore. Eso es de todo punto falso. Como toda su familia, esta joven era fanática del dios Robespierre, y era la más exaltada a consecuencia de su edad. Pero Robespierre no amaba a las mujeres, estaba absorbido por su iluminación política”. Sin embargo, curiosamente, añade un dato contradictorio: “Hay razones para creer que pensaba casarse con ella”.

Cuando él murió, Eléonore vistió de luto durante el resto de su vida. Nunca se casó, y se la conoció como la Viuda Robespierre hasta su fallecimiento en 1832.

Tumba de Eléonore Duplay en el cementerio del Père Lachaise


*La amaba tanto cuando me era fiel/ Nada me era más querido que sus encantos;/ Vivía cada día solo para ella,/ Por ella me hubiera enfrentado a la muerte./ Pero decidle que por fin me he liberado;/ Que me he dado cuenta del exceso de mi amor…/ Decidle que ya no la amo…


martes, 15 de octubre de 2013

La ceremonia del clavo en la antigua Roma


Horacio presenta el clavo como uno de los atributos de la diosa romana Necessitas, así como previamente lo había sido de la etrusca Nortia, divinidad del destino y el azar. Según Tito Livio, en el templo de Nortia los etruscos clavaban un clavo por el año nuevo para marcar el tiempo. Mediante ese clavo, el destino del pueblo etrusco quedaba fijado e inamovible durante todo el año.

Los romanos fueron herederos de esta vieja tradición. Desde antiguo existía en Roma la costumbre, durante los idus de septiembre, de fijar un clavo de bronce en el templo de Júpiter Capitolino, en el lado derecho de la cella de Júpiter, junto a la de Minerva. Era el ritual del clavus annalis o clavus figendus, un modo de fijar la cronología y llevar el cómputo de los años en unos tiempos en los que no abundaban los registros escritos. Se elegía este emplazamiento para la ceremonia porque se atribuía a Minerva la invención de los números.

El primero de ellos se clavó en el 508 a. C., al año siguiente de la consagración del templo por el cónsul Marco Horacio Pulvilo tras la expulsión de los reyes, y se repitió cada aniversario junto con un banquete en honor a Júpiter. 

Con el tiempo pasó a celebrarse el rito cuando alguna grave circunstancia que amenazaba a la ciudad así lo aconsejaba. La tarea, a cargo inicialmente del pretor máximo, se transfirió a uno de los cónsules, y finalmente a los dictadores —magistrados con poderes extraordinarios— en el 363 a. C., con motivo de una plaga que ya duraba dos años y estaba causando estragos entre la población. 


Dentro de estas crisis que aconsejaban la ceremonia, se encontraban precisamente las epidemias que ocasionaban gran mortandad, pero también cualquier otro fenómeno considerado un prodigio. Los romanos creían que el rito ayudaba a mitigar la pestilencia y contribuía al bienestar del Estado. Se recordaba que en una ocasión en la que Roma se había visto estremecida por una peste, esta había remitido de pronto cuando se celebró el rito, e imaginaron que había una relación de causa-efecto. Ellos pensaban que, al quedar así el mal aprisionado por el clavo, el porvenir sería dichoso. Por esta razón comenzaron a repetirlo en tiempos de especial necesidad. 

Para realizarlo se designaba a un dictador llamado dictator clavi figende causa, cuya misión era clavar el clavo en el templo. El dictador se presentaba en el Capitolio y, después de haber dirigido sus votos a los dioses, fijaba el clavo en la pared, aplacando con ello la cólera de los dioses.

El ritual fue reformado por Augusto, que en el año 1 lo transfirió al nuevo templo de Mars Ultor (Marte Vengador), donde se guardaba la espada de César. Desde entonces era un censor el encargado de realizar la ceremonia.


Otra de las ocasiones durante las que los romanos consideraron oportuno servirse de este rito fue en el año 331 a. C., cuando tuvo lugar el primer gran proceso por envenenamiento en Roma. Ese año muchos ciudadanos destacados fallecieron a consecuencia de misteriosas enfermedades. Las muertes se debían posiblemente a alguna epidemia, pero una esclava se presentó entonces ante el edil curul, Q. Fabio Máximo, afirmando que se trataba de veneno y ofreciéndose a delatar a las culpables a cambio de obtener el perdón para sí. Una vez obtenido, condujo a Fabio hasta el lugar donde algunas matronas preparaban supuestos venenos que suministraban después a sus víctimas. 

Encontradas las sustancias sospechosas, unas veinte matronas fueron convocadas en el foro. Dos de ellas, Cornelia y Sergia, ambas patricias, afirmaron que se trataba de venena bona, es decir, sustancias con propiedades beneficiosas para la salud y con las que elaboraban remedios para las víctimas de la peste en lugar de venenos. La esclava las retó a ingerir ellas mismas sus pociones para demostrar la falsedad de las acusaciones, lo que el edil curul las obligó a hacer. El resultado fue que todas murieron.

Se nombró una comisión presidida por el edil curul para investigar los hechos, algo que condujo a la detención de muchas otras matronas. Más de 170 fueron condenadas a muerte.

En aquel tiempo los envenenamientos eran aún tan poco practicados en Roma que ni siquiera se había pensado hasta entonces en hacer una ley que los castigara. El asunto era tan grave que se consideró que lo sucedido había sido un prodigium, es decir, un fenómeno sobrenatural señal de la ira divina y que debía ser explicado por los augures. Fue necesario purificar la ciudad y proceder a la ceremonia del clavo, como tiempo de gran calamidad pública. 


Los romanos tenían otras supersticiones igualmente asociadas a los clavos: Plinio aconseja poner uno como remedio contra la epilepsia, que ellos consideraban una maldición de los dioses, justo en el lugar en el que la persona se había golpeado la cabeza al caerse. De ese modo la epilepsia se quedaría apresada allí.

Además se colocaban clavos con fórmulas mágicas en las tumbas, según una opinión como amuletos cuya misión era impedir que los cadáveres fueran profanados, pero según otras voces para que los muertos no pudieran abandonar su tumba.


viernes, 11 de octubre de 2013

El tofet de Cartago y los sacrificios infantiles


Los romanos hicieron recaer sobre los cartagineses graves acusaciones. Existen numerosos testimonios que hablan de cómo en momentos de especial peligro sacrificaban niños a los dioses quemándolos vivos, creyendo asegurar así la protección divina. En la Biblia aparece la misma acusación contra los vecinos idólatras, que sacrificaban a sus hijos. El lugar destinado a estos sacrificios era denominado tofet

"Y han edificado los lugares altos del Tofet, que está en el valle del hijo de Hinom, para quemar al fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que Yo (Yahvé) no les mandé, ni subió en mi corazón. Por tanto, he aquí vendrán días, ha dicho Yahvé, en que no se diga más Tofet, ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza; y serán enterrados en Tofet, por no haber lugar.” (Jeremías, 7, 31-32)

Dados estos antecedentes, los arqueólogos han denominado del mismo modo a un área del barrio cartaginés de Salambó donde se han hallado miles de urnas con cenizas de niños. Los tofets eran lugares a cielo abierto, rodeados por una muralla, donde se depositaban estas urnas con huesos calcinados de niños y de animales. Durante mucho tiempo se asociaron las ofrendas a Moloch, pero hoy se cree que se trata de una confusión con el nombre del sacrificio (molk), y que las divinidades así veneradas eran en realidad Baal, Hammón y Tanit.

Los investigadores están divididos con respecto al tema de los sacrificios humanos. Desde 1987 ha ido surgiendo un grupo empeñado en limpiar la memoria de Cartago de una acusación que consideran falsa. Ellos interpretan los tofet como cementerios infantiles. Existe la teoría de que se enterraba a los niños fallecidos por causas naturales y se los ofrecía a los dioses para rogar que les concedieran otro hijo por el que habían perdido. Sin embargo, incluso la mayoría de ellos admite la existencia de sacrificios como forma extraordinaria de culto, en momentos de especial necesidad de protección para Cartago.


Los revisionistas se enfrentan a una ardua tarea. La realidad está tan plagada de indicios que resulta imposible negar cabalmente la existencia de toda forma de sacrificio humano. Aunque los romanos hayan exagerado interesadamente esta práctica, son numerosos los hallazgos que permiten suponer que la acusación se sustenta sobre una base real.

Al fin y al cabo, en palabras del profesor Ramón Corzo, “el sacrificio humano no era una práctica habitual, pero tampoco extraña, en la mayoría de las culturas antiguas; no había ninguna duda en el caso de los prisioneros de guerra, tanto para celebrar una victoria como para propiciarla; del mismo modo, no resulta sorprendente que un monarca ofrezca la vida de su propio hijo para obtener un triunfo que interesa a todo su pueblo, algo que… parece un método, aunque excepcional, entre los griegos, como es el caso de Agamenón sacrificando a su hija Ifigenia… Se decía que los niños morían sonriendo en Cerdeña, y de aquí el nombre del rictus o sonrisa sardónica que ofrecen precisamente las pequeñas máscaras tan abundantes en estos yacimientos, con las que debía cubrirse el rostro de las víctimas”.

Los textos fenicios antiguos hacen mención del sacrificio. Hay un documento en Ugarit que habla con toda claridad del ofrecimiento para invocar la protección de Baal y obtener la victoria. Filón de Biblos y Eusebio de Cesarea nos han dejado el testimonio de cómo los fenicios importantes sacrificaban a sus hijos, y según Justino fue la legendaria reina Dido quien inició el rito. Diodoro Sículo describe una de estas ceremonias en las que el sacerdote degollaba a un niño que se colocaba sobre los brazos de una estatua de bronce. Después se le arrojaba al fuego en presencia de su familia.

Era frecuente entre los generales ofrecer esta clase de sacrificios en momentos cruciales para Cartago. En el 310 a. C., sitiados por Agatocles de Siracusa, los cartagineses sacrificaron a 500 hijos de familias ilustres, por considerar que la ofrenda tendría más valor que la de simples esclavos. Tertuliano denunciaba que aún durante el siglo II continuaba en secreto esta práctica pese a todas las prohibiciones de los emperadores.


“Pongo por testigos a los soldados de mi padre que ejecutaron esas órdenes de los procónsules romanos. Los propios padres acudían a ofrecer sus hijos, y lo hacían gustosos; los acariciaban para impedir que llorasen en el momento de ser sacrificados”. (Tertuliano)

Lo cierto es que en varias colonias fenicias se han hallado lugares que contienen numerosas urnas con restos de niños incinerados. El mayor y el más antiguo, con unas 20.000 urnas, es el tofet de Cartago, llamado también tofet de Salambó, por estar situado sobre dicha colina. Data de entre los siglos VII y II a. C., y alberga restos que en un 90% corresponden a niños cuya edad oscila entre recién nacidos y tres años. El otro diez por ciento son cabras y ovejas, animales también empleados como ofrenda. En las estelas de piedra, de carácter votivo, aparecen los nombres de Tanit y Baal como destinatarios de los sacrificios. En 1921, se descubrió una estela que representa a un sacerdote con un sombrero propio de su cargo y sosteniendo a un niño en brazos.

En un principio los niños sacrificados eran hijos de familias importantes, pero posteriormente comienza a aparecer un número significativo de hijos de artesanos, escribas, mercaderes e incluso esclavos.

En territorio español no se ha encontrado ningún tofet fenicio, aunque hay indicios de alguna clase de práctica de sacrificios humanos. En Cádiz hay un grupo de enterramientos de niños de hasta diez años cuyos cráneos evidencian haber sido golpeados violentamente. Esto seguramente guarda relación con las reformas de César en “las bárbaras costumbres gaditanas”, y con una primitiva forma de sacrificio infantil recogido en los textos de Ugarit: el aplastamiento con maza, el arma simbólica que debía emplear el dios invocado para aplastar al enemigo.


No parece razonable cuestionar que Cartago y sus colonias en Sicilia y Cerdeña practicaron sacrificios infantiles con carácter de celebración pública, lo que facilitó mucho la labor a los romanos a la hora de utilizarlo como propaganda contra los cartagineses. Siguiendo con el trabajo del profesor Corzo, “los recintos especiales para el sacrificio infantil, que llamamos tofet por las referencias orientales, contienen evidentes pruebas de su destino: el tipo de dedicación que aparece en las estelas tiene un contenido de ofrenda a las divinidades, no de rótulo funerario; la asociación de los niños y los animales revela que ambos se ofrecían indistintamente y con el mismo ritual, en el que los niños eran el contenido fundamental de un sacrificio llamado molk; los animales solamente tenían carácter de sustituto al que se otorgaba el nombre específico de sacrificio molchomor… Los intentos de desdramatizar el tema y dulcificar la imagen de los cartagineses, interpretando el tofet como un cementerio infantil especial, destinado a consagrar a los dioses a los pequeños fallecidos por causas naturales, son poco más que una demostración de buena voluntad excesivamente contradictoria con los testimonios históricos y arqueológicos.”

En definitiva, el revisionismo es siempre sano y muy necesario; hay muchos temas que deberán ser reconsiderados e investigados con mayor profundidad. Sin embargo, no todo es susceptible de ponerse del revés. A veces la arqueología es tozuda. Las estelas de los sacrificios, que se pueden contemplar hoy en el museo de Bardo, producen escalofríos.


miércoles, 2 de octubre de 2013

La música en la antigua Roma

La música estaba presente en los banquetes y exhibiciones de danza. A finales de la época del Imperio los anfitriones ofrecían cenas en la que entretenían con música a sus invitados, aunque los romanos no siempre fueron excesivamente sensibles hacia este arte. Hasta fines del siglo II a. C., la mayoría consideraba una pérdida de tiempo dedicarse a componer música, y hubiera sido indigno de un ciudadano romano tocar un instrumento o cantar. En cambio, contaban con esclavos y profesionales que se ocupaban de estas tareas. 

La mentalidad cambió durante la época de los Gracos, y la música comenzó a ser una disciplina impartida en las escuelas. Los músicos comenzaron a gozar de gran consideración, y realizaban giras por las que percibían unos ingresos que podían llegar a ser notables.

Sin embargo, durante el Imperio los romanos de la vieja escuela aún se sentían profundamente desconcertados por la afición de Nerón al canto y a tocar la cítara, “como se hace sobre el escenario”, según describía Tácito. Según la mentalidad de un romano, esto resultaba un tanto degradante para la dignidad imperial. A ellos les parecía más adecuada la música marcial de las trompetas. De hecho, los instrumentos de viento formaban ya parte de las Milicias Romanas desde los tiempos de Servio Tulio, durante el siglo VI a. C.

Tocaban la flauta, címbalos y pandereta durante procesiones y ceremonias religiosas. La religión de los primeros tiempos de la República tenía sus himnos o cantos, pero no se caracterizaba por su faceta musical. La poesía, en general, era cantada, normalmente con el acompañamiento de la lira.

Había músicos callejeros y algunos espectáculos teatrales, y se escuchaba también música en los funerales, las procesiones, los juegos y grandes celebraciones estatales. Las canciones cómicas que se cantaban en los teatros se tarareaban o repetían mucho. La música no era un arte reservado exclusivamente a los hombres. Por el contrario, contamos con el testimonio de Luciano, que se refiere a mujeres, incluso patricias, que cantaban y tocaban la cítara. 


Algunos de los instrumentos que empleaban los romanos eran:

Buccina, especie de trompeta curva que se empleaba para señalar las guardias en el campamento militar, y también se empleaba en funerales y en diversas fiestas, antes y después de sentarse a comer. El músico que tocaba este instrumento se llamaba buccinator.

Cornu, parecido a la buccina y utilizado también por el ejército. Tenía forma de letra G, con una pieza atravesando el instrumento. No tenía agujeros ni pulsadores, sino que el sonido se modulaba modificando la respiración y los labios sobre la boquilla.

La tuba era una trompeta de bronce herencia de los etruscos y que, a diferencia del Cornu, no tenía forma curva. Se empleaba durante las guerras, puesto que se decía que su sonido era capaz de inspirar temor, pero también formaba parte de los juegos, funerales y festivales públicos. Generalmente se hacía sonar junto con el Cornu para dar la orden de entrar en combate. Durante el mes de marzo este instrumento era purificado en la ceremonia llamada del tubilustrium, dedicada al dios Marte, en un recinto en el que los sacerdotes Salios ejecutaban una danza ritual.


Cymbalum, dos platillos que se sujetaban uno en cada mano y se golpeaban uno contra el otro. Se utilizaban en ritos de adoración a Cibeles, Baco, Juno y otras divinidades.

Lituus, la trompeta sacerdotal de sonido agudo heredada de los etruscos, alargada y en forma de J. Era propia de la caballería, mientras que la tuba pertenecía a la infantería. También se empleaba en funerales y procesiones, por lo que se encuentra abundantemente representada en los sarcófagos romanos.

Sambuca y trigonum, dos clases de arpa. La primera era grande: tenía más altura que el músico, y se colocaba sobre el suelo. Quienes tocaban la sambuca eran sobre todo mujeres que recibían el nombre de sambucistria. El trigonum, también de forma triangular, era más pequeño.

Lira y cítara. La lira es uno de los instrumentos de cuerda más antiguos. También se la conocía como testudo, porque se hacía con caparazón de tortuga. El número de cuerdas oscilaba entre tres y siete, y las había tan grandes que según el historiador Ammiano Marcelino tenían que ser transportadas en carros. El instrumento se colocaba entre las rodillas, mientras que la cítara iba sobre ellas. Ambos instrumentos se sujetaban con la mano izquierda y se tocaban con la derecha. La lira, que ha dado su nombre a la poesía lírica, solo se tocaba como acompañamiento de canciones. Al principio se utilizaba en recitales de poesía épica como preludio, así como en los intervalos entre las diferentes partes.


Sistrum, una especie de sonajero procedente de Egipto. Tenía forma de herradura con unas cuentas insertadas en varillas y que sonaban al sacudir el instrumento. A veces se fabricaba en plata, o incluso en oro.

Tibia, una flauta muy común entre los romanos. Consistía en un tubo hueco de madera, marfil o bronce, perforado con cinco agujeros. Era habitual que el músico hiciera sonar dos a la vez. Se empleaba en funerales, entretenimientos, banquetes y sacrificios.

La siringa, formada por tallos de caña de diversa longitud unidos por orden de tamaño. Era el típico instrumento de los pastores, el mismo del dios Pan, y aparecía en obras teatrales.

Tintinnabulum, una campanilla que podía adoptar diversas formas. Era frecuente que tuvieran forma de fascinum o figura fálica de bronce

El tympanun, de origen griego era una especie de pequeño tambor, semejante a la pandereta, que se tocaba golpeándolo contra la rodilla o bien golpeándolo con un palo o contra la mano. Fue ampliamente empleado en ceremonias religiosas.


Las crotala o sonajas, semejantes a castañuelas. Las sonajas para los pies se llamaban scabillum.

Tenían, además, un instrumento mecánico, un órgano de agua, invento que se remontaba a la segunda mitad del siglo III a. C. y que, como tantas otras cosas, procedía de los griegos.