lunes, 2 de septiembre de 2013

Enrique II de Guisa (V)


“Es culto, inteligente, tiene una forma muy agradable de decir las cosas, no es mala persona, es generoso, tiene buen corazón y es sumamente cortés. Lástima que esté loco.” (Madame de Chevreuse)

Cuando llegaron a la corte las cartas que el duque de Guisa dirigía a la reina y a Mazarino para solicitar la libertad de su amante, la suerte, siempre tornadiza, le había dado la espalda dejándolo en un verdadero atolladero. 

La mañana del 2 de abril de 1648, mientras Guisa aún estaba en la cama, recibió la visita de Cocurullo, un famoso astrólogo que venía a solicitar salvoconductos para salir de Nápoles, pues, según explicó, la Fortuna estaba a punto de abandonar su bando. El astrólogo informó a Guisa de que las estrellas anunciaban amenaza de prisión para él, aunque no de muerte. Estaba tan convencido de sus propias predicciones que se ofreció a pagar la suma que se le pidiera si en el plazo de ocho días no se cumplía cuanto había dicho.

Estaba previsto un ataque a la isla de Nisita para el día 4. Guisa, desoyendo las palabras del astrólogo, se dirigió hacia allá a la hora señalada y, ganando alguna ventaja momentánea, decidió demorar su regreso a Nápoles. Mientras tanto, el 5 de abril los españoles derribaban una parte de la muralla, consiguiendo abrir un hueco suficiente para que pasaran tres mil soldados de infantería y un pequeño cuerpo de caballería. Tomados por sorpresa, los soldados del duque ofrecieron escasa resistencia. Antes del amanecer, los españoles se habían apoderado de toda la ciudad entre los vítores y aclamaciones del pueblo, que parecía estar siempre con el vencedor.


El palacio de Enrique de Guisa fue atacado y saqueado; pero el conde de Oñate, al mando, en esos momentos de confusión retuvo el control suficiente para lograr apoderarse de los papeles del duque. Tan pronto como este recibió las desastrosas noticias, partió hacia Nápoles con la esperanza de que sus asuntos no estuvieran tan irremediablemente perdidos como le aseguraban. No tardó en convencerse, sin embargo, de que ya no le quedaba nada que perder excepto su propia seguridad. 

Con la intención de reunir a sus partidarios y continuar la guerra en los Abruzos, se dirigió hacia Capua, pero ya a escasa distancia del lugar fue reconocido por las tropas enemigas de Luigi Poderico. Enrique se encontró así perseguido por los españoles poco después, y tras una gallarda resistencia muy de su estilo se vio obligado a rendirse.

Así pues, tras arrostrar los mil peligros que afirmaba y exhibir su valor, ahí terminaba su sueño de conquistar un reino. Durante el breve tiempo en el que había tenido el gobierno de algunas provincias, se había revelado, por cierto, como un hombre capaz. Ahora era, simplemente, prisionero de España. 

Ana de Austria escribió a su hermano el rey Felipe apoyando al duque y solicitando que fuera tratado como prisionero de guerra. Falta le hacía todo ese apoyo, porque realmente lo pasó muy mal durante los comienzos de su cautiverio, que él mismo relata en sus memorias. Al principio se le había tratado con todo respeto y cortesía, pero en un consejo reunido en Nápoles el conde de Oñate llegó a proponer ejecutarlo para evitar mayores problemas en un futuro, y como escarmiento para otros aventureros que pretendieran seguir su ejemplo. Guisa salvó su vida gracias a la decisiva oposición de Juan José de Austria, hijo bastardo del rey de España y enviado en representación del soberano.

Juan José de Austria
Después de permanecer por un tiempo en Gaeta sin comodidades de ninguna clase, Enrique fue trasladado a Segovia, donde continuó siendo prisionero. La propuesta de su ejecución volvió a surgir entonces. Había motivo según la ley, pues había hecho la guerra a otro reino a la cabeza de unos súbditos insurgentes y sin el mandato de un príncipe soberano, como hubiera sido preceptivo para reclamar la consideración de prisionero de guerra. Su situación era muy irregular, dado que no actuaba por orden de su rey, sino que, por el contrario, era él quien había tomado la iniciativa implicando a Francia. De ahí la petición de Ana de Austria, que finalmente prevaleció en el Consejo. Se tomó la decisión de conservarle la vida, e incluso de suavizar sus condiciones en prisión.

Por si la situación a la que se veía reducido Enrique fuera poco calamitosa, el archiduque escribió una carta a Felipe IV trasladándole una súplica de la amante esposa de Guisa, que pedía que no se le concediese la libertad a su marido “sin dar palabra de que volverá al cumplimiento de su obligación en conformidad de la ley divina y humana”. Estaba furiosa porque él, en Roma, por mejor argumentar a fin de obtener la nulidad, parece que dijo que Honorine no podía tener hijos. Ella protestaba y aseguraba que era capaz, y que en tan poco tiempo como habían estado juntos no se podía afirmar que era estéril. Reclamaba la protección del rey de España, lo cual, según sus palabras, sería “digna obra de la piedad y grandeza de Vuestra Majestad, que lamentará la afrentosa situación de una mujer tan injustamente acusada”.

El Consejo de Estado deliberó sobre este asunto y concluyó que Enrique no sería puesto en libertad hasta que, entre otras condiciones, regresara con su esposa.

La flamenca complicaba así aún más las cosas a su marido, que hubo de recurrir a Condé —¡el hermano de la ofendida con el asunto de las cartas!— para que lo ayudara a obtener la libertad, a cambio de lo cual le prometió eterna lealtad. De ese modo consiguió, en efecto, ser liberado al cabo de cuatro años, pero, lejos de cumplir lo pactado con él, abandonó a su salvador y tomó parte en cuanto complot se oponía a sus intereses. 
El Gran Condé
A su regreso, los sentimientos que le inspiraba mademoiselle de Pons permanecían intactos a pesar del tiempo y la distancia que los había separado. La pasión que Suzanne despertaba en Enrique no tenía límite. Se encontraba esclavo, la imaginación atormentada, el ánimo agitado, a la vez celoso y confiado, sumiso y dominador, hasta acabar por poner a sus pies su fortuna y su rango, su libertad y su vida, que ella aceptaba como si le concediera una gracia al duque, sin gran emoción y sin apenas gratitud.

Durante los años de cautiverio de Guisa, Suzanne se había desencantado de aquella loca quimera y, tras abandonar el convento, aportó a la historia una bella página llena de justicia poética: la dama comenzó a vivir públicamente con Malicorne, escudero del duque de Guisa que él mismo había puesto a su lado. 

Fue, pues, la más descerebrada de todas las amantes del duque quien tuvo el honor de ponerlo en ridículo y adornarle la cabeza de modo tan particularmente hiriente. Y él, que al parecer no sabía eso de que quien a hierro mata a hierro muere, no encajó bien esta traición. Su enfado fue tan grande que llegó al extremo de demandar a la propia Mademoiselle de Pons, a la que poco antes había querido hacer reina de Nápoles, con la intención de recuperar los muebles y joyas que le había dado. Él argumentaba que le había cedido tales propiedades porque iba a convertirse en la duquesa de Guisa, pero, puesto que ya no sería así, estimaba que debía devolverlo todo. Como ella se negó, Enrique la acusó de haberle robado unos pendientes valorados en cincuenta mil escudos. Su demanda no prosperó.

Suzanne de Pons, a su vez, sería después abandonada por Malicorne. Pero esta dama, a la que Madame de Motteville describe como “ávida de placeres”, viviría otras muchas aventuras hasta que fue obligada a retirarse a Bruselas.

Felipe IV
La resolución sobre la validez del matrimonio flamenco tardaría aún largos años en llegar. El problema era que a Honorine, al ser de Flandes, la protegía España. Felipe IV, furioso, tenía verdaderas ganas de amargarle la vida al aventurero que había pretendido arrebatarle Nápoles, y con ese asunto se le presentaba una buena ocasión de meterle el dedo en el ojo. Así las cosas, el Papa no se atrevía a contrariar a los españoles por asunto tan nimio. El proceso habría de prolongarse durante largos años. La decisión, que llegaría después de la muerte del duque, declaraba válido el matrimonio. Pero el rey de Francia, el Parlamento y la Casa de Guisa se negaron a acatar la sentencia del tribunal de La Rota, pues no era su intención que la viuda, que no era francesa, recibiera ninguna parte de la vasta fortuna para que ésta pudiera acabar sirviendo a los enemigos del reino.

El ardor guerrero de Enrique de Guisa nunca se enfrió. En 1654 hizo un nuevo e infructuoso intento por apoderarse de Nápoles, pero los españoles, con ayuda de la flota inglesa que acudía al mando de Robert Blake, lo derrotaron definitivamente. 

Establecido en París, fue Gran Chambelán de Francia. Como tal recibió a la reina Cristina de Suecia a su llegada. 

El duque llevó una vida desenfrenada, repleta de placeres y diversiones que terminaron por arruinarlo. Pero entre las aficiones del duque se contaba su pasión por las letras, una inclinación que le llevó a proteger a Pierre Corneille, a quien desde 1662 alojaba en el Hôtel de Guise, en el corazón del Marais. 

Enrique de Lorena, duque de Guisa, moría en París el 2 de junio de 1664, contando 50 años. No había tenido hijos, por lo que fue sucedido por su sobrino Luis José de Lorena.


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14 comentarios:

  1. Hola Madame:

    Llama la atención lo del astrólogo, no se equivocó. Tuvo cárcel sin pena de muerte, aunque rondó por un tiempo está última.

    Parece enfermiza la relación entre el duque y mademoiselle de pons...

    Besos

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    1. Sí, una de esas relaciones en las que se pasa del amor al odio. Pero bueno, ya le tocaba a Guisa tomar de su propia medicina.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  2. Mi pobre madre diría que la actitud de Suzanne raya en la maldad, en el descaro y en la desfachatez. Bueno, ya sabemos también eso que se dice de "el que a hierro mata, a hierro muere."
    Y hablando de todo un poco hay un pedido por parte de esta casa a “Ediciones irreverentes”. Creo que llegará mañana o pasado. Se trata de un regalo para mi mujer por ser lecturas de mujeres hechas por mujeres. Yo siempre regalo libros que pueda después leer yo también. Bueno, en el fondo es un regalo que yo también me hago.
    Un saludo.

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    1. Pues muchas gracias, monsieur!
      Me apunto esa idea de regalar libros que pueda leer después yo también. Resulta muy práctico.
      Espero que la lectura resulte de su agrado.

      Feliz día

      Bisous

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  3. Madame: me estoy poniendo al día ; me he perdido unas cuantas entradas por mís obligadas ausencias.

    Tuvo bastante suerte dentro de lo que cabe; ya que no era un dechado de virtudes.Se le perdonó a morir ejecutado: que otro con menos delitos no hubiera salvado ni un dedo.

    En cuanto a sus arrebatos amorosos :del amor al odio solamente hay un paso aunque es verdad que fue victima de su propio estilo.

    Madame espero que hayais pasado un grato verano.



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    1. Es cierto: la fortuna sonrió casi siempre al duque. Se libró de la Iglesia cuando lo tenían destinado a ella; fue muy amado, admirado, brillante, apuesto, culto, inteligente; tuvo riquezas y poder y hasta un reino al alcance de la mano. Sus fracasos no se debieron a la mala suerte, sino a su impulsividad y a su falta de criterio a la hora de elegir esposa.

      Muchas gracias, madame, y bienvenida de regreso.

      Bisous

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  4. Madame, estoy actualizándome, creo que me he perdido un capítulo de esta impresionante historia plagada de importantes personajes.
    Saludos, madame

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    1. No corra usted, monsieur. Guisa le esperará aquí.

      Feliz día

      Bisous

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  5. Una vida intensa, pero sin suerte, ni en el amor ni en la guerra. Me ha gustado mucho toda la serie.
    Beso su mano.

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    1. Guisa lo tuvo todo. Más que mala suerte, fueron algunos rasgos de su carácter los que se empeñaban en labrar su perdición aun cuando todo se le ofrecía.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  6. La Chevreuse siempre tan certera. ¡Qué gran periodista hubiese sido en nuestros tiempos!
    Buenas tardes, Madame. Vuelvo a cabalgar por estos mundos y no puedo por menos que pasar a dejar mis respetos.

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    1. La Chevreuse hubiese valido mucho más como personaje del corazón que como periodista.

      Bienvenido de regreso, monsieur.

      Feliz día

      Bisous

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  7. Enhorabuena por tu participación en ese volumen de Mujeres en la historia. Me he enterado por el blog de La tinaja de Diógenes, pues he estado ausente una temporada y ahora he empezado poco a poco a ponerme al día. Felicidades y que disfrutes muchísimo de ese logro. Beso su mano, madame.

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    1. Muchas gracias, madame. Espero que haya disfrutado de sus vacaciones.

      Bienvenida de regreso.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)