domingo, 25 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa

Enrique II de Lorena, duque de Guisa, nació en París el 4 de abril de 1614. Era el cuarto de los hijos de Carlos de Guisa y Henriette Catherine de Joyeuse, por lo que, al no ser el primogénito, en un principio se lo había destinado a la Iglesia. Con solo quince años se vio convertido en arzobispo de Reims. 

Dos de sus hermanos, gemelos, habían fallecido antes de venir él al mundo, y el mayor moría posteriormente, en 1639. Al año siguiente Enrique perdía también a su padre y, ya como único heredero, se convirtió en duque de Guisa y pudo abandonar la carrera eclesiástica con el mayor de los placeres y gran alivio, puesto que nada encontraba tan odioso como ese destino que le había sido impuesto. De hecho, siempre se negó a ser retratado con las vestiduras propias del cargo; se empeñaba en posar con trajes de cortesano y llevaba los cabellos largos según la moda. 

Liberado de la Iglesia, se dedicó entonces a conspirar contra Richelieu con Luis de Borbón, conde de Soissons. El conflicto entre Soissons y el cardenal era antiguo; no era la primera vez que el conde se arrojaba de lleno a la conspiración. El cardenal trató de atraerlo ofreciéndole la mano de su sobrina, Madame de Combalet, pero Soissons rehusó. 

Marie Madeleine de Vignerot du Pont de Courlay, viuda del marqués de Combalet, era sobrina del cardenal. Y decían las malas lenguas que también algo más, cosa difícil de creer con lo mucho que atraían a esta mujer los conventos y la vida piadosa. Siempre mostró una conducta irreprochable. Si por ella hubiese sido, tras enviudar al cabo de sólo dos años de matrimonio y al no tener hijos, habría terminado sus días en el convento de las Carmelitas de París, pero entonces su tío llegó a ser Primer Ministro de Luis XIII y ella hubo de seguirlo, obligada a hacer los honores en el palacio del cardenal en la rue de Vaugirard. Mujer culta, hablaba cuatro idiomas y fue la protectora de Corneille. Richelieu consiguió para ella un puesto entre las damas de María de Médicis, madre del rey, y buscaba volver a casarla, bien fuera con Gastón de Orleáns o con el conde de Soissons. No logró, sin embargo, ninguna de las dos cosas, y ahora el conde temía las represalias. Para impedirlas, trató de hacer asesinar al desairado cardenal. 

Luis de Borbón, conde de Soissons

La participación de Enrique de Guisa en estos planes le valió ser condenado a muerte. Si bien logró salvarse huyendo a Flandes en 1641, fue acusado del crimen de lesa majestad y despojado de todas sus posesiones. Se trataba de un delito que solía estar reservado para el caso de atentar contra el rey o su familia, pero Luis XIII había firmado un decreto por el cual se incluía a la persona del cardenal. Dos años después, sin embargo, se producía la reconciliación y a su regreso le eran devueltas a Enrique sus propiedades. 

Guisa era uno de los grandes seductores de la corte; perseguir mujeres ocupaba gran parte de su tiempo. Mantuvo un breve idilio con Madame de Montbazon, y después fijó sus fluctuantes ojos y su voluble afecto en Mademoiselle de Pons, dama de honor de Ana de Austria y miembro de la distinguida familia de los Albret. Pero esta joven, coqueta y vanidosa, se mostró inaccesible a toda clase de atención por parte del duque si no era para conducirla al altar. 

Él hubiera aceptado el precio, pero la vida sentimental de este Don Juan era tan ajetreada que hacía que su situación personal en esos momentos se hubiera complicado enormemente, pues había dos mujeres que afirmaban ser ya su esposa. 

Ana Gonzaga

Una de ellas era su prima Ana Gonzaga, hija del duque de Mantua. Ana y su hermana Benedicta estaban destinadas en principio al convento, porque su padre deseaba hacer la fortuna de la mayor de sus hijas, María, y no estimaba conveniente repartir la herencia. Pero al fallecer el caballero, contando ella 20 años, la joven aprovechó para cambiar unos planes que no le agradaban en absoluto y se apresuró a renunciar al claustro.

Resultó claro desde el comienzo que prefería la vida aventurera y que había nacido para conocer un amor más profano. El elegido por su corazón fue Enrique de Guisa, de quien se enamoró apasionadamente, dando lugar a un buen escándalo que en su momento fue la comidilla de toda la corte.

En las memorias de Ana Gonzaga, aunque apócrifas, encontramos unas líneas que describen muy bien al duque:

"Monsieur de Guisa tenía la figura, el aire y los modales de un héroe de novela, y toda su vida llevó la marca de este carácter. La magnificencia reinaba en toda su persona y en cuanto le rodeaba; su conversación era especialmente encantadora. Todo lo que decía, todo cuanto hacía, proclamaba que era un hombre extraordinario. La ambición y el amor dominaron sus proyectos, tan grandes que resultaban casi homéricos; pero con un nombre tan ilustre, valor heroico y un poco de buena fortuna, nada rebasaba sus esperanzas. Tenía una habilidad especial para hacerse amar por aquellos a los que deseaba agradar, lo que parece frecuente entre los miembros de la Casa de Lorena. Era voluble en sus afectos, inconstante en sus proyectos, precipitado a la hora de llevarlos a cabo."

De él nos dicen también sus contemporáneos que era hermoso, bien formado, que tenía un aire marcial, nobles modales, gustos caballerescos. Madame de Motteville añade: “Era el auténtico retrato de nuestros antiguos paladines”. Y en cuanto a Mademoiselle de Montpensier, nos deja el siguiente recuerdo del duque: “Enamoraba a las damas como en las novelas”.

Ana Gonzaga

La relación entre Ana y Guisa era complicada, porque Enrique, aunque por poco tiempo ya, al principio aún era arzobispo, y además ambos eran parientes. El escándalo estaba servido, pero nada fue capaz de contener la pasión de Ana.

El mayor obstáculo que se interponía entre ambos era la oposición de la madre del duque, Henriette Catherine de Joyeuse, que había acogido con disgusto la decisión de su hijo de colgar los hábitos y realizar un matrimonio más que mediocre, en su opinión. No cesaba de entorpecer la relación y buscar toda clase de impedimentos, para lo cual encontró el perfecto aliado en Richelieu. 

Ana y Enrique se hicieron solemne promesa de matrimonio. El duque, en uno de esos arranques novelescos que le eran tan característicos, le envió después la suya escrita con su propia sangre. Al poco tiempo solicitaba y obtenía las dispensas necesarias para desposar a Ana.

Guisa detestaba a Richelieu a causa de los obstáculos que ponía a su felicidad, y ello fue la razón por la que se unió a los planes de Soissons para acabar con su vida, debido a lo cual se vio obligado a huir. Ana no solo temía que nunca pudiera regresar, sino que el cardenal decidiera arrestarla a ella, como cebo para tratar de hacer volver a Enrique. Esta consideración fue suficiente para impulsarla a arrostrar mil peligros tratando de escapar a la vigilancia de Richelieu. Ana llegó a cometer la locura de disfrazarse de hombre para reunirse con él. La aventura fue descubierta por el astuto cardenal, siempre bien informado, pero, sopesando en profundidad el asunto, por fortuna para ella llegó a la conclusión de que era más conveniente permitir que ambos se reunieran.

Durante el tiempo que permaneció cerca de Enrique, se hizo llamar Madame de Guisa, y siempre se refería a él como su marido. Mas al voluble duque no le duró mucho la pasión, y poco después Ana supo que había otra mujer.

Al principio no podía creerlo. Él no había roto previamente con ella, no le había dado a entender de ningún modo que sus sentimientos hubieran cambiado.

Desengañada al fin al tener prueba de la traición de Enrique de Guisa, que había llegado al extremo de contraer matrimonio con la otra dama, Ana Gonzaga regresó a París y le demandó, pretendiendo ser reconocida como su esposa en virtud de la ceremonia secreta que afirmaba haber celebrado 1639. Ésta no se trató, sin embargo, de una verdadera boda, sino que todo había quedado reducido a aquella promesa solemne ante el altar, en un momento en el que aún no contaban con las dispensas necesarias para ir más allá; aquella misma promesa que después él había escrito con su propia sangre. Ana consideraba que eso le obligaba a desposarla, por lo que no podía contraer matrimonio con otra. Vano empeño: los tribunales fallaron en su contra.

Al cabo de unos años, desalentada, acabó casándose sin entusiasmo con Eduardo de Baviera, hijo de Federico del Palatinado, refugiado en Francia a consecuencia de las desdichas por las que atravesaba su Casa. Eduardo, casi diez años más joven que ella, era protestante, pero renunció a su fe por casarse con Ana. Este matrimonio, celebrado sin el conocimiento de Ana de Austria, no agradó en la corte, aunque la dama fue perdonada gracias a la intervención de la reina de Inglaterra.


Continuará


9 comentarios:

  1. Madame, la última frase de las memorias apócrifas era la pista de que Enrique poseía de todo menos garantía para satisfacer las expectativas de Ana.
    El Caballero de Guisa tiene pinta de acabar metido en mil embrollos.

    Pas usted una bonita tarde de dimanche.
    Bisous

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  2. Madame, la última frase de las memorias apócrifas era la pista de que Enrique poseía de todo menos garantía para satisfacer las expectativas de Ana.
    El Caballero de Guisa tiene pinta de acabar metido en mil embrollos.

    Pas usted una bonita tarde de dimanche.
    Bisous

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    1. Gracias, madame.
      Cuando Ana comenzó su relación, él era aún demasiado joven para saberse que sería voluble e inconstante. Cuando ella lo averiguó, ya era tarde.

      Feliz tarde

      Bisous

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  3. "Era voluble en sus afectos", pero también fue voluble con él los golpes de fortuna y en suma toda su vida podríamos catalogarla como de un globo que emocionaba en sus ascenciones como desilusionaba en sus caídas. ¡Cuántas peripecias, Mademe!
    Bisous.

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    1. Así es, monsieur. Vivir a su lado debía de ser como una montaña rusa.

      Feliz tarde

      Bisous

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  4. Esta pobre Ana Gonzaga la recuerdo del otro blog. Sinceramente no se como esta dama no le plantó una demanda por mala praxis al pintor que la retrató. Era muy fea¡¡ Horrible¡¡ Mas que nada cuando todos aluden a su gran belleza. Perdón por la disgreción pero me resultó siempre muy llamativa la discordancia entre lo que se ve y lo que dice. Besitos.Claudia.

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    1. jijiji, sí, la verdad que en el segundo retrato es para matar al pintor, porque casi parece una caricatura en lugar de una persona.
      Los cánones de belleza han variado un tanto con los siglos. En aquel tiempo para ser considerada hermosa bastaba con tener un cutis blanco y perfecto, no marcado por la viruela ni enfermedades similares; unos dientes perfectos y bien alineados (cosa también difícil sin ortodoncias), una boca pequeña y unos cabellos abundantes y ondulados de modo natural. También se daba importancia a las manos, curiosamente. Y, por supuesto, no se podía estar demasiado flaca.

      Feliz día, madame

      Bisous

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  5. Hola Madame

    Los Soissons siempre andan en cosas extrañas...Y al parecer salen bien librados...

    Ya veo por qué a Enrique no le gustaba mucho la vida eclesiástica aunque a veces eso no es impedimento.

    Besos

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    1. jijiji, estos Soissons! Y las Soissons femeninas aún pueden ser peores, como usted bien sabe, jiji.

      Feliz tarde, monsieur

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)