sábado, 31 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa (IV)


Raymond de Mormoiron, conde de Módena, amigo y confidente de Enrique de Guisa, paseando por la orilla del Tíber se encontró con unos marineros que, procedentes de la isla de Procida, traían a Roma un barco cargado de fruta, y hablando con ellos se enteró de que Nápoles acababa de sublevarse contra los españoles. Al escuchar esta noticia, lo primero que se le pasó por el magín fue que sería posible sacar a Enrique de la posición crítica en la que se hallaba ofreciéndole el cebo de una gran empresa. Les dijo a los marineros napolitanos que precisamente se encontraba en Roma el duque de Guisa, príncipe francés que descendía de sus antiguos reyes de la Casa de Anjou —Enrique, en efecto, remontaba a ellos su linaje a través de Yolanda de Anjou, hija del rey Renato de Nápoles y de Sicilia—. Ellos expresaron el deseo de verlo, y Módena les sugirió que acudieran con el pretexto de llevarle fruta, asegurándoles que se les pagaría muy generosamente.

Luego fue a contárselo todo a su amigo, que no cabía en sí de gozo ante las perspectivas de vivir la gran aventura de su vida y conseguir un reino para mademoiselle de Pons. Él lo veía muy claro: iba a arrebatar Nápoles a los españoles, coronarse como rey y sentar a Suzanne junto a él en el trono. Solo entonces sería digno de la dama que él veía como un dechado de perfecciones jamás antes reunidas en mujer alguna.

Los napolitanos no tardaron en presentarse. Al entrar se encontraron con nuestro caballero, a quien el Duque de Rivas describió una vez con gran acierto al afirmar de él que era “joven príncipe, de ánimo osado y bullicioso, de poco maduro juicio, de gallarda presencia, de condición liberal, de corazón valiente, de modales muy atractivos”. Gratamente impresionados al topar con quien se ajustaba a esta descripción, se arrojaron a sus pies declarando que hallaban gran consuelo al ver en él la figura de los reyes de Anjou, a los que tanto había amado su gente; que parecía que Dios lo había conducido a Roma con el propósito de salvar a Nápoles, y que cuando regresaran allá se lo harían saber a sus compatriotas, los cuales sin duda compartirían su alegría. 


Enrique los abrazó a todos, uno por uno, y se dirigió a ellos en su lengua, que hablaba con soltura. Los agasajó, los engatusó, y ni corto ni perezoso se lanzó de cabeza, según su costumbre, diciéndoles que estaba dispuesto a sacrificar su vida y fortuna por los napolitanos. Y como su elocuencia y persuasión eran tan grandes, este encantador de serpientes los sedujo de tal modo que los marineros se marcharon más dispuestos a servirle y dar su sangre por él que si hubieran recibido de su mano una gran suma de oro.

La espada siempre le pesaba cuando permanecía mucho tiempo enfundada en su vaina, así que, ante la oportunidad de tener un poco de acción y cegado por las brillantes perspectivas de conseguir una corona que poner a los pies su amada, no se le ocurrió otra cosa que situarse al frente de la insurrección que por aquel entonces tenía lugar en Nápoles. 

Tomada impulsivamente la decisión, Guisa se apresura a comunicarle a Mademoiselle de Pons sus intenciones, y ella se muestra encantada. Suzanne procedía de una importante familia y era pariente de la duquesa de Aiguillon, que era precisamente quien la había colocado junto a la reina; pero a fin de cuentas, al ser la sexta entre nueve hermanos, su apellido, por otra parte digno de grandes honores, no podía asegurarle una fortuna suficiente. Lo que Guisa le ofrecía superaba sus mejores expectativas, de modo que Mademoiselle de Pons, cabeza de chorlito donde las hubiera, desde ese instante pasó a considerarse reina de Nápoles y a comportarse en consecuencia. Abusando de la libertad de la que gozaba en el convento de la Visitación, mantenía allí una especie de corte, y no se paseaba más que seguida de un séquito de adoradores entre los cuales distribuía por adelantado las altas dignidades de su reino. El escándalo que esta borrachera de altanera megalomanía desató en París fue tan grande que Ana de Austria la hizo encerrar en el convento de las Hijas de Santa María, cuyas reglas eran mucho más severas. 

Antigua iglesia del convento de la Visitación, el Marais

Mazarino veía con muy buenos ojos la posibilidad de arrebatar Nápoles a los españoles para convertirlo en un reino dependiente de la corona francesa. Ahora bien, no estaba dispuesto a invertir demasiado en una empresa que veía poco segura: no confiaba en las revueltas populares, y menos aún en una a cuyo frente se hallaba un hombre sobre el que tenía la siguiente desfavorable opinión: “El duque de Guisa sólo busca sus propios fines, basados en la confusión y el desorden, y algún día labrará su propia ruina”.

Súmese a todo esto que el cardenal no deseaba engrandecer aún más a la demasiado poderosa Casa de Lorena. Él hubiera preferido asegurar el trono para el Príncipe de Condé, de modo que todo quedara en manos de un Borbón; pero, para consternación suya, los napolitanos habían ofrecido ya su liderazgo a Guisa. Por otra parte, eran demasiados los frentes abiertos y las dificultadas internas por las que atravesaba Francia, así que sólo quedaba ver hasta dónde podía llegar el aventurero aquel por sus propios medios, y qué beneficios podrían recogerse de su arrojo. En ese sentido se expresó en su respuesta a las solicitudes de Enrique, diciéndole que, viendo tanto peligro en la empresa que proponía, no se atrevía a aconsejarle que aceptara; aunque si elegía arriesgarse, el rey daba su licencia, y Guisa sería asistido con todo lo necesario. Esto último, por supuesto, era un decir, pero Mazarino remitió las mismas alegres promesas de auxilio a los napolitanos, para animarlos en su rebelión.

Mientras tanto el duque de Guisa, desde Nápoles e inmerso en la campaña bélica, olvidaba sus propios peligros por ocuparse de encontrar la manera de que Mademoiselle de Pons recuperara su libertad. A tal fin dirige una carta a Ana de Austria y otra a Mazarino. Les traduzco esta última, donde se explaya aún más y nos deja fielmente retratado su carácter:

Mazarino
Señor,

Si la pasión que siempre he sentido y que conservo más violenta y más fiel que nunca hacia Mademoiselle de Pons no fuera sobradamente conocida por Vuestra Eminencia, podría causar extrañeza que en el estado en que me hallo me remita a lo que podrá informaros el marqués de Fontenay sobre los asuntos de aquí, y que yo no os comunique más que mis desdichas. Ello es producto de la desesperación en que me encuentro. Os confieso que no es la ambición, ni el afán de alcanzar la inmortalidad a través de mis actos lo que me ha embarcado en una empresa tan peligrosa como esta, sino solamente el pensamiento de que al realizar una hazaña gloriosa sería más merecedor del favor de Mademoiselle de Pons, y el obtener de la reina, por la importancia de mis servicios, tras tantos peligros y penalidades, poder pasar dulcemente con ella el resto de mis días. 

Mis esperanzas se han visto truncadas, y me lamento, con razón, de verme privado de la protección de Vuestra Eminencia cuando más necesidad tengo de ella. He arriesgado mi vida durante la travesía, he sometido a casi todas las provincias de este reino, he mantenido la guerra durante cuatro meses sin pólvora y sin dinero, y reducido a la obediencia a un pueblo sublevado; cien veces he evitado la muerte por el veneno y por las revueltas. Todo el mundo me ha traicionado: mis propios servidores han sido los primeros… Y entre todos esos obstáculos, sin que me sostenga otra cosa que mi corazón, en lugar de infundirme el ánimo para continuar lo que tan felizmente he comenzado y donde puedo decir sin vanidad que cualquier otro hubiera fracasado, se me persigue en aquello que precisamente me es más querido. Se saca con violencia a una persona que amo de un convento al que yo le había rogado que se retirara; y mientras yo arriesgo mi vida, se me arrebata la única recompensa que pretendía a cambio de todos mis trabajos; se la encierra, se la maltrata, ofreciéndome así el mayor testimonio de inquina contra mi persona que se me pudiera dar. 

¡Ah, señor!, si Vuestra Eminencia tiene algún sentimiento de la amistad que me ha prometido, poned remedio a este disgusto; hacedme conocer en ese punto vuestra estima… Sin ello, ni fortuna, ni honores, ni siquiera la vida me es querida. Me abandono a la desesperación; y si veo que no me queda esperanza de ser feliz algún día, renunciando a todo sentimiento de honor y de ambición no tendría otro pensamiento en el mundo que el de perecer, y no seguir así en tal aflicción que me hace perder el reposo y la razón. Me atrevo a esperar que mi conservación sea tan cara a Vuestra Eminencia como para no contemplar con placer la pérdida de aquel que, a pesar de sus justas quejas, no deja de ser vuestro más humilde y más obediente servidor.

El duque de Guisa.



Dominios europeos de los Habsburgo en 1547

Es decir, que le escribe al Primer Ministro para hablarle de su pasión por mademoiselle de Pons y pedir su libertad, y le dice que de los asuntos de Nápoles ya le hablará otro.


Continuará próximamente con la quinta y última parte.


12 comentarios:

  1. Había que ser muy atrevido o estar muy desesperado para ser capaz de enviar una carta a Mazarino en esos términos. Un reproche en toda regla que podría costarle caro.
    Un saludo.

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    1. La nobleza de Francia no era precisamente respetuosa con Mazarino, al que llamaron de todo y nada bonito. Se lo hicieron pasar mal con la Fronda. Lo insólito de esta carta es escribirle al primer ministro para hablarle de sus asuntos sentimentales, y delegar en otro la tarea de comunicarle el progreso de la empresa en la que se había embarcado. Vivir para ver, monsieur.

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. Magnífica la descripción del Duque de Rivas:“joven príncipe, de ánimo osado y bullicioso, de poco maduro juicio, de gallarda presencia, de condición liberal, de corazón valiente, de modales muy atractivos”.
    Claro que tampoco desmerece la osadía que él hace de sí mismo: "Os confieso que no es la ambición, ni el afán de alcanzar la inmortalidad a través de mis actos lo que me ha embarcado en una empresa tan peligrosa como esta, sino solamente el pensamiento de que al realizar una hazaña gloriosa sería más merecedor del favor de Mademoiselle de Pons, y el obtener de la reina, por la importancia de mis servicios, tras tantos peligros y penalidades, poder pasar dulcemente con ella el resto de mis días".
    Es un verdadero deleite esta página, Madame, gracias infinitas por servirnos este trozo de historia.
    Bisous.

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    1. Para que digan que no había románticos antes del romanticismo. Estas damas y caballeros de otros siglos nos demuestran que el amor siempre existió, y que frecuentemente ocupaba el primer lugar en sus vidas, o incluso el único.

      Feliz fin de semana

      Bisous

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  3. Hola Madame:

    Una carta de amor en medio de la guerra. Enrique priorizaba, pero según su esquema. a le enviaré los resultados de la revuelta, pero primero lo primero.

    Y por otro lado Mademoiselle...Vaya por Dios contando los pollos sin haber nacido.

    Ya veremos como terminará está aventura.

    Besos

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    1. Me ha hecho gracia su proverbio, tan británico (don't count your chickens before they're hatched). Reminiscencias de su época londinense, supongo :)

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  4. Felicidades!! tienes un blog buenísimo y muy trabajado!
    A mi me encanta la historia así que tienes un fiel seguidor...
    Saludos!!

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    1. Pues muchas gracias, monsieur, y bienvenido al tablero.
      Esperamos seguir contándolo entre nuestros ajedrecistas.

      Buenas noches

      Bisous

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  5. Ya veo, ya veo, pero me pregunto por el tono de la carta que envío a la reina, porque siendo ésta la que por las ínfulas de la Pons acabo donde estaba.
    Beso su mano.

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    1. Tenemos la carta que dirigió a la reina. Era por el estilo, pero más breve y menos apremiante. Por eso elegí la dirigida a Mazarino.

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  6. Me leído todas las entradas de un golpe y he quedado fascinado por la personalidad del duque de Guisa, parece un personaje de novela, pero veo que supera a todo tipo de ficción.
    Un saludo, Madame.

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    1. Menuda paliza se ha dado usted con el duque. Efectivamente, monsieur, la realidad supera frecuentemente la ficción, y Guisa es un ejemplo.

      Feliz día

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)