miércoles, 28 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa (III)

Anne Geneviève de Borbón-Condé, duquesa de Longueville

Maurice de Coligny, hijo mayor del mariscal de Châtillon, había nacido el 16 de octubre de 1618. Era un joven apuesto, con un físico que recordaba más a un alemán que a un francés. Tenía grandes proyectos, pero se decía de él que su valor no igualaba a su ambición. En este caso, sin embargo, no era cuestión de echarse atrás, pues amaba con pasión a madame de Longueville, y era la admiración de su amada lo que estaba en juego. Debía erigirse en su defensor; de ninguna manera podía defraudarla. Y como Enrique de Guisa había mantenido un idilio con madame de Montbazon por esas fechas, Coligny supuso que tendría algo que ver con el tema de las cartas. No precisó más para lanzarse a por él.

El ofendido Coligny envió a d’Estrades a hablar con el duque de Guisa para requerir su presencia en la Place Royale —actual Place des Vosges—, en compañía de un solo amigo. D’Estrades aceptó el encargo, pero hizo notar que Enrique ya había negado públicamente su participación en la maniobra que puso en entredicho el honor de la duquesa, y que, de repetir la negativa, no se le podría exigir ninguna otra satisfacción.

—Eso no tiene nada que ver con el asunto —dijo Coligny—. He hecho solemne promesa a madame de Longueville de batirme con él en la Place Royale, y lo haré.

Place Royale
El duque de Guisa, cuya fama de duelista hacía honor al carácter sanguinario de los miembros de su Casa, aceptó el desafío y se acordó que el duelo tuviera lugar el mismo día sin avisar a nadie, para que no pudiera impedirse. 

El sábado 12 de diciembre de 1643, hacia las 3 de la tarde, Guisa salió en un carruaje y se dirigió a la place Royale. Su rival llegó casi al mismo tiempo en compañía de Bridieu, su segundo. 

Cuentan que la propia madame de Longueville, en un ataque de morbo, quiso contemplar el espectáculo, para lo cual se dirigió a la casa de la anciana duquesa de Rohan y desde allí, oculta discretamente tras las cortinas, presenció el duelo.

Guisa desenvainó su espada y se dirigió hacia Coligny. Cruzaron algunos golpes en los que Coligny, como era de esperar, se mostró más débil y fue desarmado con relativa facilidad. En ese momento sus segundos continuaban batiéndose, pero el duque los separó y dio por finalizada la riña. 

El vencedor se dirigió a su casa y se metió en cama, donde recibió cuidados a causa de una leve herida en el costado derecho. El amante de madame de Longueville se llevó la peor parte, pues resultó herido en un brazo que hubo de serle amputado. Lamentablemente la herida se gangrenó y el caballero falleció en Vincennes cinco meses más tarde. Solo tenía 25 años.

La reina se encolerizó al conocer lo sucedido, pero por consejo del cardenal contuvo su ira y se limitó a alejar de París a ambos después de hacer que se justificaran ante el Parlamento, pues los duelos estaban prohibidos.

Ana de Austria

Fue poco después de ese episodio cuando Guisa se enamoraba de Suzanne de Pons con una pasión como nunca antes había experimentado, pero si quería casarse con ella, le era preciso deshacerse primero de su esposa flamenca, cuya fortuna, tras haberle sido confiscada la suya, ya había dilapidado.

Enrique de Guisa tomó la pluma y le escribió a Honorine para comunicarle, en los términos más corteses, que cuando se casaron pensaba que todo estaba en orden, y que era legalmente su marido, pero que a su regreso a Francia eran muchas las autoridades competentes que le aseguraban que ella no era en realidad su esposa. Concluía que había tenido que acabar por reconocer el hecho ante tan abrumadores argumentos. 

Dispuso entonces lo necesario para conseguir la anulación. Esto no iba a ser tarea fácil, porque la esposa se resistía y acudió varias veces a París para defender sus derechos. Honorine, bella y desdichada, inspiraba un vivo interés y simpatía en cuantos la veían.

La madre de Guisa, Henriette Catherine de Joyeuse, se hallaba muy contrariada con todo ello. En realidad ella nunca estaba conforme con ninguno de los amoríos de su hijo: si bien no aprobaba sus relaciones con mademoiselle de Pons, tampoco era más partidaria de la condesa, con la cual se había casado Enrique sin su consentimiento y que estaba poniendo a toda la familia en una situación muy embarazosa. La anciana señora consiguió de la reina que Honorine recibiera orden de abandonar Francia, lo que pudo hacer solamente gracias a la ayuda económica de quienes se compadecieron de sus tribulaciones.
Henriette Catherine de Joyeuse
Mientras tanto Guisa permanecía ausente, participando en dos campañas en Flandes, batallas en las que combatió con singular bravura, incluso con temeridad, afrontando los mayores peligros. A su regreso Suzanne le mostraba toda su frialdad, pues se había cansado de esperar a que se resolviera el asunto del divorcio. El duque, espoleado por sus reproches y con la impresión de que los agentes que había enviado a Roma no se mostraban demasiado diligentes, resolvió ir él mismo para apresurar su conclusión. Pero, hombre celoso, solicitó y obtuvo como condición que mademoiselle de Pons se retirara mientras tanto a un convento. Este sacrificio resultaba muy fastidioso para la damisela, acostumbrada a los jolgorios de la corte desde su puesto junto a la reina, de modo que eligió a tal fin el de la Visitación, cuyas normas eran poco severas.

La madre de Enrique de Guisa, mientras tanto, ya había enviado a un emisario a Roma para ocuparse de obtener la disolución del matrimonio de su hijo. Sin embargo, cuando se enteró de que él pretendía casarse con mademoiselle de Pons, dio marcha atrás horrorizada ante la idea y se apresuró a instruir a su agente en el sentido de no seguir adelante. 

Enrique partió presto con la intención de conseguir cuanto antes el divorcio de su esposa flamenca, cuestión sobre la que no se muestra muy explícito en sus memorias: “Un desdichado asunto, que a mi pesar se había propagado por toda Europa, me había obligado a solicitar el permiso de la reina madre, por entonces regente, para marcharme a Roma y salir así de la embarazosa situación en la que me encontraba, tan perjudicial para mi reputación como para mi porvenir”.

Tras una travesía complicada, llegó a Florencia y allí presionó al gran duque para que escribiera en su favor a Inocencio X, que acababa de alcanzar el pontificado. De ese modo se trasladó a Roma para entrevistarse con el Papa, por quien fue bien recibido. A petición suya, Inocencio acordó conceder ciertos beneficios eclesiásticos al hermano del cardenal Mazarino. Guisa pensaba que de este modo así se ganaría la voluntad del Primer Ministro, aunque no fue así.

Inocencio X
Las cosas no iban a ser tan sencillas como había imaginado, por lo que las cartas que recibía su amada siempre hablaban de nuevos imprevistos y obstáculos que ella no podía explicarse. Todo era de lo más sospechoso, y como Suzanne conocía bien al galán, sabía que no era conveniente perderlo de vista mucho tiempo. ¿Tanta demora serían sólo excusas? ¿Acaso se habría reconciliado con su esposa? ¿Tal vez habría conocido en Roma a alguna otra mujer que hubiera acaparado su interés? Tratándose de él, las probabilidades de semejante catástrofe eran siempre elevadas —de hecho, no es que él estuviera llevando una imposible vida de castidad, aunque hacía lo que podía—, y ello la mantenía en una continua desazón.

Desde el convento de la Visitación, en el Marais, fastidiada, aburrida y recelosa, Mademoiselle de Pons le respondía con misivas apremiantes, exigentes. Él redoblaba inútilmente sus esfuerzos por complacer a su amante, hasta que en julio de 1647 llegó el ultimátum de la bella: ya estaba bien; o se presentaba en París de inmediato o podía dar por rota la relación.

Enrique, completamente loco por una mujer por primera vez en su vida, era capaz de abandonarlo todo, salir corriendo y atravesar media Europa a un simple chasquido de sus dedos. De modo que hizo circular el rumor de que un asunto de la máxima importancia reclamaba su presencia en París y fijó el día para su partida. Pero acontecimientos imprevistos le iban a apartar de su rumbo impulsándolo a forjar otros proyectos…


Continuará.

10 comentarios:

  1. ¿Que le vería Mademoiselle de Pons a este señor? porque el tal Enrique se ve como un pésimo candidato a marido y una persona poco recomendable.

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    1. Ay, madame! Repare usted en que era un Guisa! Precisamente era el mejor candidato a marido para la ambición más exigente. Lo que no era recomendable era como amante, porque una no sacaba en limpio más que muchos cuernos, escándalo con deshonra y ningún estatus.

      En cuanto a lo que le veía Mademoiselle de Pons, supongo que sería lo mismo que le veían todas las demás, al parecer. Hasta Mademoiselle de Montpensier se lo veía, según dejó reflejado en sus memorias. Aunque ella no fue una de sus víctimas.

      Feliz día

      Bisous

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  2. Hola Madame:

    Mademoiselle de Pons como que quería que le salieran cuernos... o también se beneficiaba de la relación con Enrique. Ya veremos como termina todo

    Me hace sonreír su comentario sobre lo que damas le veían a Enrique...

    Besos

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    1. Jijiji, unos pocos cuernos a cambio de ser duquesa y nada menos que de Guisa, parecía ser muy llevadero. Las damas recurrían a toda clase de estratagemas con tal de cazarlo como marido. En esas estaba empeñada Mademoiselle de Pons.

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  3. ¡Con cuánta frecuencia no son coincidentes los anhelos de amoríos con los de matrimonio! Sus historias, Madame, son siempre deliciosas y muy interesantes las intrigas palaciegas.
    Bisous.

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    1. Efectivamente, monsieur, a la hora de elegir marido una dama se planteaba cuestiones diferentes a aquellas por las que se dejaba llevar al tomar amante. Guisa valía más como esposo, mucho más.

      Buenas noches

      Bisous

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  4. Así ganan fama las suegras, no gustándoles novia alguna para sus hijos. Parece que Henriette, la de Enrique no fue excepción. Beso su mano.

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    1. Claro que en realidad, con las tendencias de su hijo, no era de extrañar. Las malas artes de la flamenca no eran buena tarjeta de presentación, y a la otra se la veía venir también.

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  5. Reanudo mi actividad y lo primero es ir visitando poco a poco a los amigos.
    Compruebo que este verano ha habido en general –y hablo de seguidores y de personas a las que sigo- una intensa actividad bloguera. No sé si quedarse en casa por la crisis ha sido en parte causante de todo ello o que la gente se ha llevado el portátil a su lugar de vacaciones.
    También compruebo que hay novedades en la actividad de la gente que sigo (sin ir más lejos, la autora de esta página), de lo que doy cuenta próximamente en mi blog.

    En relación con esta entrada y con el duelo entre los caballeros y de la posterior complicación de las heridas, una vez más podemos comprobar que muchas de las muertes no se debían directamente a heridas mortales de necesidad sino a los inevitables “efectos colaterales” dada la falta de medios sanitarios, por lo que una simple herida podía derivar en cosas peores, como es este caso de la gangrena y posterior muerte de uno de ellos.
    Un saludo.

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    1. Así es. Tardó cinco meses en morir, pero al fin y al cabo murió a consecuencia del duelo.

      Monsieur, bienvenido de regreso! Ya lo extrañábamos por aquí.

      Feliz tarde

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)