lunes, 26 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa (II)

Enrique II de Lorena, duque de Guisa

La segunda mujer que reclamaba el honor de ser la esposa del duque de Guisa era una viuda, Honorine de Glimes, Condesa de Bossut. Se trataba de una flamenca que afirmaba haberse casado con él en Bruselas el 11 de noviembre de 1641, en una ceremonia secreta oficiada por un arzobispo emparentado con la dama. Por ella Enrique habría abandonado a Ana Gonzaga.

Quien le presentó a Honorine fue la intrigante Madame de Chevreuse, a la sazón en Bruselas. Marie de Rohan, duquesa de Chevreuse, también había tenido que huir de Francia tras descubrirse su participación en el asunto de la correspondencia secreta que Ana de Austria mantenía con España. Marie nunca dejaba de intrigar y conspirar. Estuvo implicada en la trama de Soissons para asesinar a Richelieu, y eran tantos los quebraderos de cabeza que daba a la Corona que Luis XIII se vio obligado a incluir una cláusula en su testamento prohibiendo expresamente su regreso a Francia, siendo necesaria una decisión del Parlamento para derogar esta medida. Sin embargo, también ella acabaría por obtener el perdón, y de regreso en París no tardaría nada en sumarse alegremente a la Fronda. 

Honorine decidió que quería para ella al duque de Guisa. Desde ese instante hizo toda clase de maniobras y avances a fin de cobrar la pieza. Él, por supuesto, como no podemos decir que fuera hombre difícil, acabó cayendo en sus redes. Ella le habló de matrimonio, y Enrique le respondió vagamente que nada deseaba más que unir su vida a la suya, aunque en un tono que evidenciaba que en realidad solo pretendía divertirse durante el exilio. En aquel tiempo amaba aún a Ana Gonzaga, pero ella no se encontraba en Bruselas y Enrique, considerando que podía darse un homenaje y disfrutar de la vida de un modo poco trascendente, le siguió el juego galante a la condesa. 

Madame de Chevreuse
Un día Honorine lo llevó a una hermosa casa que tenía a una legua de Bruselas y allí le proporcionó todas las diversiones que cabía desear. El duque, con la euforia de la fiesta y entre copitas de más, no se refrenó a la hora de mostrarle su gratitud, y mucho menos a la de hablarle de amor, según su costumbre. La condesa le dijo que si pretendía convencerla de que estaba en realidad tan enamorado, debería mostrar más prisas por casarse. Él, por supuesto, le aseguró que no deseaba nada con tanta pasión, y que pronto tendría pruebas de su sinceridad; todo ello las típicas frases que marcaba la tradición galante como adecuadas a estos casos, repetidas de un modo más alegre de lo habitual debido al vino. Ella, tomándolo por la palabra, le dijo que precisamente había en la casa un notario y un sacerdote, y que todo estaba dispuesto para casarlos.

Enrique debió de atragantarse con el vino. Lo habían puesto entre la espada y la pared, y una salida airosa era difícil en tales circunstancias. Pero pronto se repuso: creyó que podía prestarse al juego sin peligro, pues una ceremonia celebrada en aquellas condiciones, desprovista de las formalidades al uso, sin el consentimiento del rey y obviando la promesa formal que había hecho a otra mujer con la que en ningún momento había roto su relación, no podría tener validez. Así que mantuvo el tipo y accedió a las pretensiones de la dama.

Pasó la noche con ella en aquella casa y a la mañana siguiente, disipados los vapores del alcohol y saciado de fiesta, regresó a su hogar con la única preocupación de que Ana no llegara a enterarse nunca de lo sucedido allí. Por ello, y para darse tiempo a pensar en cómo iba a salir del embrollo, le rogó a Honorine que su matrimonio permaneciera secreto, pretextando que debía obtener antes el beneplácito de la corte y de su familia. Pero, por más oculta que trató de mantener su aventura, no tardó mucho en llegar a oídos del marqués de Elbeuf y de la duquesa de Chevreuse, que cubrieron de reproches al duque de Guisa. Esto le llevó a una discusión con el marqués que hubiera terminado en duelo de no haber sido por la mediación del archiduque.
Honorine 
Descubierto el secreto, Ana Gonzaga regresó a París con el corazón roto. Enrique, puesto que ya había saltado el escándalo, llevó a la condesa a vivir con él y la trataba públicamente como su esposa.

En 1644, fallecidos Richelieu y Luis XIII, Enrique de Guisa obtiene el perdón por haberse unido al complot para acabar con la vida del cardenal y puede al fin regresar a París. Se escapa casi furtivamente de Bruselas, donde deja a su esposa, y vuelve a la corte. No se despidió de ella; Honorine, simplemente, un buen día se encontró con una carta en la que él le explicaba que se marchaba a Francia, pero que había querido ahorrarle el dolor de la despedida. Le aseguraba, además, que en cuanto hubiera encontrado un acomodo digno de ella en París, le escribiría para que se reuniera con él de inmediato.

Pero ahora, de regreso en la corte de Francia, las damas más notables comenzaron a disputárselo como siempre habían hecho, y Enrique pronto se lanzó a una aventura galante con madame de Montbazon. Este affaire hubiera sido totalmente intrascendente para él de no ser porque, a causa de su amante, resultó involucrado en un delicado asunto que culminó en un duelo.

Todo comenzó por la rivalidad entre la duquesa de Longueville y Madame de Montbazon, dos de las damas más bellas de la corte. Anne Geneviève de Borbón-Condé, duquesa de Longueville, era una rubia de ojos azules y aspecto angelical. Marie d’Avaugour, segunda esposa del duque de Montbazon, una exuberante morena que hablaba y reía de modo altisonante. La primera era hermana del príncipe de Condé, que llegaría a ser conocido como el Gran Condé. Este era el héroe del momento a consecuencia de su victoria en la batalla de Rocroi sobre los tercios españoles, por lo que la joven y su familia gozaban de toda la distinción de la reina y del cardenal. Por el contrario, Madame de Montbazon pertenecía al llamado grupo de los Importantes, nombre con el que se conocía a los cabecillas de los descontentos a causa de los aires de grandeza que se daban todos ellos. Los Importantes pretendían acabar con el cardenal Mazarino, bien fuera de modo político… o físicamente. La reina, lógicamente, desconfiaba de ellos.


Pero las dos damas se hallaban también enfrentadas por motivos galantes. Anne-Geneviève, después de haberse negado a ser la esposa del duque de Beaufort, perteneciente a los Importantes, había tenido que casarse por orden de su padre con el viejo duque de Longueville, casi 30 años mayor que ella. Y resulta que la Montbazon, mujer volcánica, tenía por amantes al mismo tiempo al rechazado Beaufort, que seguía amando sin esperanza a la rubia, y al mismísimo duque de Longueville.

Las dos se detestaban. Y una tarde se desencadenó todo el conflicto durante una recepción en casa de Madame de Montbazon. Uno de los invitados dejó caer dos cartas por descuido sobre la alfombra, y una dama las recogió. Al examinarlas se dio cuenta de que eran cartas de amor escritas por una mujer, y, un poco turbada, decidió entregárselas a la anfitriona para que fuera ella quien se ocupara del asunto. Esta, en lugar de mostrar discreción, se divirtió leyéndolas en voz alta. Todo el mundo rió y empezó a especular acerca de a quién pertenecería la pluma que había trazado aquellas líneas comprometedoras. En un instante, la Montbazon tuvo la brillante idea de acabar con la reputación de su rubia rival y dañar así a la familia Condé y al bando opuesto a los Importantes. Fuera o no cierto, convenció a los presentes de que las cartas se habían caído del bolsillo de Coligny, que acababa de salir. Y todos sabían que él estaba apasionado por madame de Longueville. 

Madame de Montbazon
Al día siguiente todo París estaba al tanto de que Anne-Geneviève era la amante de Coligny. La princesa de Condé, madre de la Longueville —y, por cierto, en su juventud famosa amante de Enrique IV—, conoció los hechos con gran desagrado, y fue a quejarse a la regente de las calumnias de las que estaba siendo objeto su hija. La corte se dividió en dos bandos: los Importantes, apoyando a la Montbazon, y los amigos de Mazarino a su rival. Ana de Austria ordenó una investigación mientras los Condé conseguían que exigiera una excusa pública a la calumniadora. 

Coligny, el amante de madame de Longueville, había permanecido en silencio hasta entonces. Sin embargo, en diciembre de 1643 la situación llegó a ser insostenible y el joven expresó su deseo de defender el honor de la duquesa por el motivo de aquella calumnia. En consecuencia, decidió batirse en duelo con el único de los Importantes que permanecía aún en París: el duque de Guisa...


Continuará.

3 comentarios:

  1. La realidad supera la fantasía, sería un magnífico guion para una telenovela.
    Saludos, madame

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  2. Hola madame:

    Yo me hubiese sentido incomodo en la posición del caballero. Realmente eso de que se peleen por uno como que no va conmigo. Pero él como que lo disfrutaba.

    Besos

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  3. Todo un culebrón esta historia con imprevisible final.
    Beso su mano.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)