sábado, 10 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte


Elisa Bonaparte nació en Ajaccio el 3 de enero de 1777. Fue bautizada como María-Ana, pero posteriormente decidió cambiarse un nombre que consideraba vulgar, poco adecuado para la elevada posición a la que la había conducido su hermano Napoleón.

Su infancia fue como la de cualquier otro niño corso, salpicada de travesuras que resultaron merecedoras de algún que otro azote, como la anécdota de la cesta de higos. Elisa se encontraba en la casa en compañía de una amiga cuando su madre, Letizia, recibió una cesta de su tío el canónigo. Puesto que los higos del canónigo eran sumamente apreciados en toda la isla, era de esperar que resultaran demasiada tentación para unas niñas de corta edad. Ambas dieron buena cuenta de ellos hasta dejar el cesto vacío, y después se fueron a pasear. Napoleón entró entonces en la habitación y contemplaba el cesto preguntándose qué habría podido contener cuando llegó su madre y comenzó a pedirle cuentas por los higos desaparecidos, creyéndolo culpable. Sus protestas de inocencia de nada sirvieron, y hubo de enfrentarse a la seria reprimenda de Letizia, que lo agarró por el cabello, le desabrochó el calzón y le propinó unos buenos azotes que iban a ser tan solo el comienzo de una penitencia más larga: Napoleón fue castigado a pan y agua durante tres días.

Elisa, mientras tanto, no decía nada. Le resultaba conveniente que su hermano sufriera el castigo en su lugar, un feo rasgo de su carácter que no mejoró con los años. Lamentablemente para ella, al cabo de unos días su amiga volvió a visitarlos y preguntó por los higos del canónigo, seguramente esperando que le fuera ofrecido alguno más. Sin querer reveló más de lo debido acerca de aquella travesura y dejó a Elisa al descubierto, con lo cual al final su castigo fue más severo y, desde luego, más merecido.

El 15 de diciembre de 1782 los Bonaparte reciben la noticia de que la niña había tenido la suerte de ser admitida en la escuela de Saint-Cyr, un internado fundado por Luis XIV a petición de su segunda esposa, Madame de Maintenon, y destinado a las hijas de familias pobres, para que pudieran recibir la mejor educación. Cada alumna recibía un ajuar y una dote de tres mil libras al abandonar el centro, lo cual era un alivio muy grande para las dificultades económicas que atravesaba Carlo Bonaparte. Además se pagaba muy bien el viaje de regreso a casa, a razón de una libra por legua. El de ida debía costearlo la propia familia, algo que no se ajustaba a las posibilidades de Carlo en aquel momento. De hecho, tuvo que pedir prestado el dinero.

Teófilo Lavallée, en su Historia de la casa real de Saint-Cyr, describe cómo era la vida en el centro:

“Las señoritas entraban… a la edad de entre siete y doce años; allí permanecían hasta los 20, sin salir más que con permisos especiales, no pudiendo ser visitadas por sus padres más que en las octavas de las cuatro principales fiestas del año. Se levantaban a las seis de la mañana, oían misa a las ocho, estudiaban hasta mediodía, a esa hora comían y luego tenían recreo hasta las dos; de nuevo estudiaban hasta las seis y se acostaban a las nueve. Estaban repartidas, según su edad, en cuatro clases, y cada clase, según su instrucción, en cinco o seis bandas de ocho o diez alumnas, ocupando cada una de ellas una mesa de trabajo. Hasta la edad de los diez años estaban en la clase roja y allí aprendían a leer, escribir, contar, los elementos de gramática, el catecismo y nociones de historia sagrada. A los once años pasaban a la clase verde, y allí aprendían las mismas materias, juntamente con la música y nociones de historia, geografía y mitología. A los catorce años pasaban a la clase amarilla, en la que la instrucción se centraba principalmente sobre la lengua francesa, música y religión; se les daba igualmente algunas lecciones de dibujo y se les enseñaba a danzar. A la edad de diecisiete años pasaban a la clase azul, donde la instrucción no versaba ya más que sobre la lengua y la música, pero la educación moral era desarrollada hasta la perfección.”

Las mejores alumnas entre las mayores hacían las veces de ayudantes: “Se elegían diez de las azules o de las amarillas, a las que se adornaba con una cinta color de fuego, y que ayudaban a las maestras en las clases de las rojas y de las verdes; se elegía también a otras veinte a las que se adornaba con una cinta negra, y que eran conocidas como las hijas de Madame de Maintenon; estas ayudaban bien a las maestras en las clases, bien a la superiora o al servicio de la casa.”


Elisa no se reveló como una buena estudiante. Su ortografía era horrorosa, y además era una alumna muy indisciplinada. El 1 de septiembre de 1792 dirigía una petición al Directorio del distrito de Versalles solicitando su salida del centro, aunque, naturalmente, no le sirvió de nada su rebeldía.

Napoleón la quería mucho e iba a visitarla los días en que se abría el locutorio para las familias de las alumnas. A veces acudía en compañía de la señora Permon, perteneciente a la colonia corsa en París. 

El 16 de agosto de 1792 la Asamblea nacional decretaba la próxima evacuación de la escuela real de Saint-Cyr. Días más tarde Napoleón, ya capitán y a punto de regresar a Córcega, decide ir a buscar a su hermana para llevarla consigo y alejarla del peligro. Llegó en la mañana del 1 de septiembre, pero le dijeron que Elisa no podía irse sin la autorización de la municipalidad y la del Directorio del distrito. Tras obtener los documentos pertinentes, pudo al fin llevarse a su hermana. 

“El directorio considera que ha lugar a entregar en beneficio de la señorita Bonaparte una autorización de cobro de la cantidad de 352 libras, para regresar a Ajaccio, lugar de su nacimiento y residencia de su familia, distante 352 leguas; y que, por consiguiente, el señor Bonaparte está autorizado a retirar de la escuela de Saint-Cyr a la señorita, su hermana, con los vestidos y la ropa interior de su uso.”

Napoleón acudió a recogerla y ambos se dirigieron a París en un modesto carruaje. Una vez allí, se dirigieron al hotel Los Patriotas Holandeses, donde él tenía habitación, y días más tarde emprendían el camino a Córcega.

Elisa estuvo a punto de casarse ese mismo año, contando solo 15. El almirante Truguet, al mando de la escuadra de observación del Mediterráneo, permaneció 25 días en Ajaccio y tuvo ocasión de conocer a la joven. La diferencia de edad era considerable, pero Letizia estaba encantada con la idea de ver a su hija casada con el almirante. Él resultaba un hombre atractivo, aunque su carácter era opuesto al de Elisa, mucho más serio e introvertido que ella. Con todo, el matrimonio seguramente se hubiera celebrado de no haber sido por ciertos acontecimientos políticos que lo obligaron a abandonar Córcega.

Poco después se desencadenaba la guerra civil en la isla y Letizia, viuda desde 1785, tenía que huir con sus hijos. En Calvi encontró un barco mercante que los trasladó a Francia sanos y salvos.

Elisa vivió entonces en Toulon y en Marsella. Llevó una vida de privaciones para la que su esmerada educación no la había preparado y que obligó a su familia a inscribirse como indigentes en la oficina de beneficencia y hacer cola cada mañana para conseguir un pan del suministro de la tropa. Napoleón enviaba lo que podía, pero no era suficiente, hasta que finalmente el gobierno concedió una pequeña pensión a Letizia en calidad de patriota corsa refugiada en Francia.

La suerte de Napoleón mejora y ahora ya puede enviar a su familia cantidades mucho mayores. Ello les permite mudarse a otra casa mucho más cómoda donde entablan nuevas amistades y relaciones. Las jóvenes Bonaparte abren un salón bastante frecuentado...


Continuará


12 comentarios:

  1. La historia recuerda más a Paulina. Gracias por presentarnos a Elisa, la hermana olvidada de Napoleón.
    Bisous

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    1. Así es: Paulina era demasiado brillante, mientras que Elisa es la menos conocida de las hermanas.

      Feliz fin de semana, madame

      Bisous

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  2. Hola Madame:

    La anécdota de los higos me recuerda a una con la miel de mi abuelo...donde me castigaron sin culpa...Nunca supimos quien fue en realidad, aunque siempre tengo mis sospechas ;D

    Veremos como le fue a está dama.

    Besos

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    1. Vaya, monsieur, entonces ya puede contar que le ocurrió a usted igual que a Napoleón!

      Feliz fin de semana

      Bisous

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  3. Creo recordar que publicó hace tiempo un artículo sobre Leticia, una madre coraje, como se dice ahora, que educó y cuidó como pudo a su prole. Hasta que Napoleón se hizo cargo de todo, claro, hasta de hacerlos reyes a todos.
    Beso su mano.

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  4. Así es, hace un tiempo publiqué algo sobre la madre, dividido en tres capítulos. Y mire por dónde, fue una de las biografías que más me gustó escribir.

    Buenas noches, monsieur

    Bisous

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  5. Elisa es la hermana menos lucida de la familia, de no demasiado buen caracter, no muy inteligente no muy... en todo.
    Su estrella depende del hermano 100 por ciento.

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    1. Sí, madame. Esta vez nos toca "el patito feo", una personalidad que me resulta antipática.

      Feliz día

      Bisous

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  6. Desde luego se trata de la hermana menos conocida de Napoleón puesto que yo poco o nada sabía de esta "bella criatura" (me parece abrumadoramente hermosa, privilegio que le habrá concedido Dios para contrarrestar un carácter indisciplinado y rebelde y una inteligencia obtusa).

    ¿Cuántos líos le habrá salvado su hermanísimo?

    Bisous, Madame.

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    1. Pues ya ve, madame, que así como Paulina estaba considerada muy hermosa, Elisa no lo era. Tal vez algunos pintores estaban ávidos por halagar.

      Feliz tarde

      Bisous

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  7. Maravillosa publicación, un excelente trabajo el que nos compartes.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)