domingo, 18 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte (IV)


Al emperador no le gustaba que se discutiesen sus órdenes, pero sabía que en Elisa no iba a encontrar docilidad, de modo que apenas mantenía correspondencia con ella y la dejaba administrar a su antojo el principado. Ello motivó que Talleyrand la llamara con ironía “la Semíramis de Lucca”

La princesa convirtió a su esposo en su general en jefe y mantenía una corte con gran boato y esplendor, a imitación de la de su hermano: damas de honor, chambelanes, escuderos, pajes, limosneros, capellanes, nada faltaba en ella. Montada a caballo y afectando poses soldadescas, pasaba revista a su ejército en miniatura y destituía y nombraba generales a su capricho. Contaba incluso con un escuadrón de guardias de honor. 

Nombrado el personal de su corte, a la que acudía toda la nobleza toscana y la alta burguesía, fue preciso determinar la etiqueta, tema que fue objeto de interminables discusiones. Había que ordenar cómo serían las recepciones, ceremonias, desfiles e incluso los bailes.

Ella hacía cuanto estaba en su mano por resultar popular; repartía dinero a manos llenas sin reparar en gastos, procuraba ser amable y hablaba italiano cuando se dirigía a los miembros de su corte que no eran franceses. Además dispuso que las actas públicas fueran redactadas en ambas lenguas y se ocupó de la redacción de una constitución y algunos códigos.


Pero menosprecia a su pueblo. Elisa dejó plasmada esta poco afectuosa opinión en una carta de 9 de julio de 1806, a punto de abandonar Lucca para tomar los baños:

“No regresaré a Lucca más que para celebrar allí la fiesta de Vuestra Majestad; ese día espero mandar bendecir las banderas de la guardia nacional y distribuirlas a los 17 regimientos; querría infundirles el espíritu militar, pero este pueblo ha nacido agricultor y, como todos los italianos, tienen el carácter degenerado…”

Ella, que se las daba de protectora de las letras, no concedió en Lucca su protección más que a “los farsantes, a los bufones y a los tocadores de laúd”. No fue capaz de estimular el comercio, y dedicaba demasiado tiempo a su gusto por el fasto y la galantería. Tuvo problemas con el clero dentro de su principado; intentó poner límites a su poder y se ocupó de los concordatos de Francia e Italia. Según escribe ella misma al emperador, “ya es tiempo de que el poder laico ocupe los límites de su autoridad y deje de manejar el incensario”. En otra carta a su hermano, dice: “Los religiosos están sometidos, pero estoy muy descontenta del clero secular. El pueblo es supersticioso, tranquilo y cobarde. He mandado venir 60 carabineros de Piombino para aumentar la guardia de palacio, que era nula; sin embargo, estoy tranquila.”

En esa misma carta escribe algo que indica que había una conspiración en marcha contra su autoridad: 

“El proyecto era desorganizar toda la administración; los principales funcionarios y los administradores presentaban ya su dimisión, el secretario de Estado se había atrevido a negarse a refrendar los decretos del príncipe, y los sacerdotes prometían a esos fanáticos las palmas del martirio.

»El exilio y la prisión hubieran sido suficientes para calmar su fervor exaltado, mas yo había informado a Vuestra Majestad… de su arrepentimiento y del perdón que he concedido; he hecho bastante para que sirva de ejemplo.”

Madame Avrillon, doncella de la emperatriz Josefina, refiere en sus memorias que Elisa “era más hombre que muchos hombres”, y que tenía una excelente cabeza, opinión no compartida en absoluto por Napoleón. Otro testimonio que nos habla de Elisa durante sus tiempos de gran duquesa de Toscana es el de Pasquier, quien dijo que “el recuerdo que se tiene de ella en Toscana es bueno, a pesar de los desórdenes de su conducta privada, en la que las apariencias no estaban suficientemente salvaguardadas”. Pero Fouché no tiene una opinión tan favorable y dice: “Ella era temida, y en absoluto amada”.

Además de Fontanes, Elisa tuvo otros amantes. En ese tiempo mantenía una relación con Lespérut, el colaborador que la ayudaba a redactar la constitución de su Estado, pero no duró mucho, porque el emperador lo reclamó pronto para enviarlo a Silesia como administrador. Cuando él se fue, como Elisa necesitaba un suplente, el agraciado con el puesto fue Capelle, prefecto de Livorno.

Napoleón hubiese mirado hacia otra parte si el asunto no hubiera producido cierto escándalo, pero, dadas las circunstancias, optó por enviar a Capelle como prefecto a Leman, lo cual constituía un ascenso. El galán fue entonces sustituido en el espacioso corazón de la dama por un natural de Ginebra llamado Eynard, comerciante en Florencia, un asunto que resultó muy lucrativo para él.

El marido, mientras tanto, seguía sin incordiar y disfrutando de la vida, sin apenas ninguna ocupación. También él se había cambiado el nombre que le impusieron al nacer. Si Elisa había nacido María Ana, él había llevado el nombre de Pascual, algo muy mortificante para la pareja, porque resultaba demasiado vulgar. Elisa decidió que Félix sería mucho más apropiado, y él, como siempre, acató su gusto. En palabras de Joseph Turquan, “en ese singular matrimonio, los papeles estaban invertidos, y como en tantos otros, la mujer llevaba los pantalones y el marido llevaba… lo que podía”.

Félix, desde luego, también tenía amantes, con las que se mostraba muy generoso. No cohabitaba con su esposa, algo muy mal visto en Florencia. Él residía en un hermoso palacete donde tenía también su pequeño séquito, compuesto casi exclusivamente por militares. Una cronista de la época nos ha dejado un retrato de esa corte: “Allí reinaba aún más libertinaje que en la corte oficial de la gran duquesa; una mezcolanza del tono militar del Imperio y de la galantería ligera y fácil de otra época y el carácter guerrero y alegre del tiempo ponían en práctica allí las licencias y los recuerdos del Parque de los Ciervos”.

Todas las tardes los esposos se reunían para ir al teatro y mostrar a Florencia la imagen del matrimonio bien avenido que eran a pesar de todo. Su hijita, Elisa Napoleona, la segunda de los cuatro que tuvo la pareja, se sentaba entre ambos para completar la hermosa estampa.


Terminada la representación, el príncipe conducía a su esposa hasta su coche. Allí le besaba galantemente la mano, le daba las buenas noches y se retiraba. Elisa regresaba entonces a su palacio y se disponía a disfrutar de la buena noche que le había deseado su marido, quien a su vez hacía lo propio.

La princesa paseaba a caballo con el barón de Cerami, hombre apuesto, brillante, instruido y refinado. El caballero sentía afecto por el príncipe, pero aún más por Elisa, según se decía, y ella lo colmaba de favores. Cuando iban al campo a veces se tumbaban sobre la hierba o al pie de un matorral. Pero, ¡oh, desdicha!, resulta que al otro lado del matorral había quien buscaba igualmente el refugio de su sombra, y sorprendieron a ambos amantes en plena demostración. Lamentablemente para ella “tales personas no fueron tan discretas como la hierba, los matorrales o los caballos y las Memorias de la época han recogido esos detalles totalmente íntimos”.

Baciocchi
Como no sabía si podría contar siempre con el favor de Napoleón, Elisa no olvidaba congraciarse con los altos dignatarios del Imperio, a los que escribía y hacía regalos; pero confió a Fouché sus inquietudes sobre la solidez del edificio construido por su hermano. Y cuando la situación empeoró, no se inmutó cuando Fouché pronunció en su presencia estas palabras:

—No hay más que un modo de salvarnos, y es matar al emperador sin demora.

Su cuñado Murat, rey de Nápoles y ahora aliado de los austriacos, envió tropas a Toscana para apoderarse de sus Estados, y el pueblo prorrumpió en aclamaciones al paso del ejército. Elisa, desde Florencia, se retira hacia Lucca mientras envía a su esposo la orden de preparar la evacuación militar del país. El príncipe se aprestó para la defensa de Florencia, pero hubo de capitular y abandonar la población entre las burlas de la gente.

Cuando lord Bentick desembarcó el Livorno al frente de una unidad de tropas inglesas, comunicó a la gran duquesa que no reconocía su autoridad, y que en adelante Toscana debía obedecer las órdenes de Inglaterra hasta que se decidiese su suerte.

Elisa, encinta de nueve meses, se vio obligada a huir, pero, dado su estado, no podía viajar más que en etapas muy cortas mientras llegaban noticias de todas partes de que se aproximaban las tropas austriacas. Dio a luz a su hijo en una mala posada, y después los austriacos la detenían en Bolonia y la conducían bajo escolta a Brünn como prisionera de guerra. Desde allí escribe esta carta el 15 de abril de 1814. 

“Ya ha llegado esa catástrofe horrorosa. Todo está perdido. Me decido a salir para Nápoles, pues jamás residiré en la isla de Elba. Quiero fijar mi residencia en Roma, si el gobierno francés no ve en ello obstáculo alguno y si el Papa quiere… Interceded por mí ante el príncipe de Benevento, pues estamos proscritos y todo el mundo nos persigue”.

Sería liberada al cabo de poco tiempo y autorizada a residir en Trieste. Allí adquirió una casa y se dedicó a financiar varias expediciones arqueológicas en la zona. Pero su salud era delicada para entonces, y en junio de 1820 contrajo una enfermedad fatal, probablemente en una de las excavaciones. Elisa fallecía el 7 de agosto, a la edad de 42 años. A su lado se hallaba su hermana Carolina, que le cerró los ojos.

El esposo mostró gran duelo y compró una de las capillas de la basílica de San Petronio, en Bolonia, que hizo restaurar y decorar con grandes gastos para depositar allí los restos de Elisa.


15 comentarios:

  1. ¡Pobre Elisa! Lo tuvo todo y no dejó nada, de sus cuaro hijos solo uno sobrevivió la infancia y también murió sin hijos. La pobre Elisa con sus ínfulas de nueva rica no dejó ni siquiera un recuerdo en la historia.
    Bisous, Madame

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    1. Pero la hija, Elisa Napoleona, se casó y tuvo un hijo. En realidad fueron dos los hijos de Elisa que sobrevivieron a la infancia, aunque al menor no le dio tiempo a gran cosa, porque fallecía con veinte años a consecuencia de una fatal caída del caballo.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  2. Hola Madame

    Un final que quizás no hubiese deseado. Una vida un tanto disipada, quiz´s como refiere la comentarista anterior, de nueva rica.

    Aunque si creo que dejo su impronta.

    Besos

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    1. La vida dio muchas vueltas para los Bonaparte. La de Elisa terminó pronto, pero tuvo años dorados.

      Buenas noches

      Bisous

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  3. Una vida bastante azarosa con un desenlace mejorable.
    Saludos, madame.

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    1. La esperanza de vida en la época era triste. Muchas vidas encontraban el final apenas comenzar a vivir.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  4. Una mujer que supo aprovechar las prebendas que le daba el hecho de ser pariente de un poderoso sin dar nada a cambio en agradecimiento a ese golpe de suerte. Por más que su nombre no fuera tan vulgar, ella si lo fue. Besitos. Claudia

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    1. Los nombres dependen de las modas. Lo que hoy no es vulgar, puede serlo mañana. En cuanto a ella, parece que su vulgaridad trasciende un tanto las modas.

      Feliz día, madame.

      Bisous

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  5. Sus retazos de historia, Madame, es algo que está fuera de los textos y un nutriente para mi mucha ignorancia. La eché de menos, Madame. Estuve unos días "ennietado" y sólo tuve ojos para ellos, pero es una delicia este deleitoso encuentro.
    Bisous.

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    1. Gracias, monsieur. Espero que haya disfrutado de sus vacaciones.

      Buenas noches

      Bisous

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    2. Mis vacaciones continúan, Madame. He tenido un leve parón con la estancia de mis nietos, pero ayer fue la amarga despedida.
      A sus pies.

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  6. Los principales ideales de la Revolución Francesa eran abolir la monarquía y el escalafón aristocrático, y aquí vemos a los Bonaparte en la misma corrupción, llevando la misma vida disoluta y quizás aún peor que los Borbones.

    Y lo más triste es que comprobamos que la Democracia y gobiernos republicanos tampoco son la solución; sólo basta mirar los escándalos de Berlusconi.

    Me pregunto si en los siglos venideros aprenderemos a crear gobiernos verdaderamente honestos...

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    1. Ojala, monsieur, porque nos hace mucha falta. Personalmente no es la vida privada lo que más me inquieta, sino que se lo lleven todo y nos dejen en la miseria y sin futuro. Tal parece que los señores políticos tomen la democracia por una licencia para robar impunemente, o casi impunemente.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  7. Ojalá Elisa hubiera gobernado su Ínsula Bartataria como Sancho Panza, con ecuanimidad y sencillez, pero me temo que el temple de los Napoleón no les hacía atrarse el amor de su pueblo. Quizás, sólo quizás, si hubiese mejorado la situación de su reino le hubieran mostrado sus súbditos algo de pena al marcharse hacia el exilio.
    Por cierto, madame, por más que le doy vueltas no se me ocurre qué enfermedad pudo causarle la muerte. ¿Una pulmonía al estar en las excavaciones a la intemperie? ¿Un choque de calor?
    Un beso

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    1. Pues en realidad fueron unas fiebres que se llamaban "fiebres nerviosas", y que es más o menos equivalente a lo que se conoce como "distermia".

      Feliz domingo, madame

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)