jueves, 15 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte (III)


En verano Elisa iba a Plessis-Chamant, una de las propiedades de su hermano Luciano. Allí recibían numerosas visitas y se divertían según las inclinaciones propias de la época, lo que muchas veces consistía en gastar bromas a los invitados, y no siempre del mejor gusto:

“Como el matrimonio Desportes no se llevaba bien, Luciano había encontrado divertido asignar al marido y a la joven mujer una sola habitación con una cama pequeña, lo que obligaba a su antiguo secretario a dormir en una silla.”

Otras veces se divertían entrando por la noche disfrazados de fantasmas en la habitación de un niño muy miedoso, cubiertos con grandes sábanas y sujetando farolillos en las manos. Además, les gustaba representar tragedias.

La vida transcurría allí plácidamente. Los militares hacían la corte a Elisa, que recibía los cumplidos de políticos y diplomáticos y los versos de los poetas. Un día Casti le compuso un madrigal que fue encontrado al día siguiente pegado sobre el cristal de la chimenea del salón. “El poeta hubiera sido más discreto pegando esas rimas indiscretas en el espejo del dormitorio de aquella que los había inspirado; pero como la señora Baciocchi quizá hubiera guardado para ella sola su madrigal, el poeta prefirió, porque no era egoísta, que se aprovecharan de él todos los habitantes de Plessis”.

Cristina Boyer Bonaparte

Pero no siempre había invitados. A veces Elisa y su hermano permanecían solos en la propiedad. Allí había enterrado Luciano a su joven esposa, y solía acudir a llorar ante su tumba. Al principio fue mucho lo que lloró su muerte, pero no tardó demasiado en encontrar consuelo.

Como las maledicencias de sus contemporáneos no conocían freno, comenzaron a circular rumores sin fundamento sobre una relación culpable entre Elisa y Luciano. Los aristócratas que abandonaron Francia durante la Revolución arrojaron despiadadas calumnias contra los Bonaparte, y esta fue una de ellas.

Elisa ponía todo su interés en relacionarse tanto con gente de letras como con los mejor posicionados política y financieramente, pero, fría como era, no sabía encontrar el camino para hacerse querer. Un día quiso conocer a Harpe, por lo que pidió sin más cortesía a Madame Récamier que la invitase a comer en su casa con él. Asombrada de la familiaridad que se atribuía Elisa en su trato con ella, accedió gentilmente, pero no se privó de dejar por escrito sus impresiones: “las personas de la familia del primer cónsul comenzaban ya entonces a tomar unas actitudes principescas y parecían creer que honraban a quienes les recibían en su casa”.

Ese día había ocho invitados: Madame Récamier y su madre, Madame de Staël, Elisa, Monsieur de la Harpe, el conde Luis de Narbonne y Mateo de Montmorency. En medio de la velada entregaron una nota a la madre de Madame Récamier, y esta, al leerla a hurtadillas, lanzó un grito y cayó desvanecida. Los presentes la rodearon de inmediato. Su hija arrancó de sus manos la fatídica nota y leyó cómo su padre acababa de ser detenido y conducido al Temple. 

Madame Récamier

Todos se mostraron consternados, a excepción de Elisa, que no sentía más que fastidio y enojo: para ella el dolor de los presentes era una especie de reproche hacia el gobierno de Napoleón, y por extensión hacia ella misma. Madame Récamier, entre sollozos, le dirigió una desesperada súplica:

—Madame, la Providencia, que la hace testigo de la desgracia que nos aflige, quiere, sin duda, hacer de usted mi salvadora. Necesito ver hoy mismo al primer cónsul; me es absolutamente necesario y cuento con usted, Madame, para obtener esa entrevista.

Asombrosamente, Elisa le respondió con tono poco amable:

—Creo que haría usted mejor en ir en primer lugar a ver a Fouché para saber exactamente el estado de las cosas. Después, si es necesario ver a mi hermano, venga a decírmelo y veremos qué puede hacerse.

Y al despedirse, en lugar de dejarle unas palabras de ánimo a la mujer que pretendía convertir en su amiga, le dijo:

—Me voy al teatro; usted haga las gestiones con Fouché y venga a comunicarme el resultado.

Fouché

La pobre Madame Récamier hizo como se le indicó y se entrevistó con el ministro de la Policía. Fouché le respondió:

—Todo eso es muy grave, pero vaya a ver al primer cónsul esta misma tarde y consiga que no se celebre la acusación. De lo contrario, Bernard estará irremisiblemente perdido.

Madame Récamier, sumamente angustiada, corrió hacia el Teatro Francés y alcanzó el palco donde se encontraba Elisa en compañía de Paulina. 

—Vengo, madame, a solicitar la ejecución de su promesa. Necesito hablar esta misma tarde con el primer cónsul o, de lo contrario, mi padre estará perdido.

Elisa no fue capaz de disimular su mal humor al ser interrumpida en su diversión.

—Bueno —respondió fríamente—, espere a que termine la tragedia. Cuando termine, la atenderé.

Por si fuera poco Paulina, que no prestaba atención más que al actor Lafon, su amante, dijo de pronto:

—¿Ha visto usted a Lafon en su papel de Aquiles? ¡Vea qué graciosamente está colocado su casco! ¡Pardiez, está totalmente al revés! ¡Qué insensato!

Es inevitable preguntarse cómo podían ser hijas de María Letizia Ramolino.

Pero en el palco se encontraba también el general Bernadotte, que se incorporó entonces y le dijo a Elisa:

—Madame Récamier parece que sufre. Si me lo permite, iré con ella a hablar con el primer cónsul.

—Sí, claro —accedió Elisa, aliviada porque le habían quitado el trabajo—. Además, eso es una suerte para usted, señora. Confíe en el general Bernadotte: nadie está en mejor situación para ayudarla.

General Bernadotte

En marzo de 1804 Elisa se entera de que el duque de Enghien ha sido fusilado en Vincennes a pesar de todo el empeño puesto por Josefina en conseguirle el perdón de Napoleón. Después del proceso del general Moreau y la condena de Polignac, de Rivière y otros cómplices de la conspiración realista, se conocieron las gestiones de la emperatriz por salvar la vida de los condenados. Las hermanas del emperador, celosas del favor público que esta actitud bondadosa había valido a Josefina, quisieron ganar también popularidad intercediendo para la concesión de varios indultos. Fue una campaña dirigida por la propia Elisa, que ya en su momento se había atrevido a protestar ante Napoleón por la ejecución del duque de Enghien. Lo cierto es que estas intervenciones salvaron la vida a un número de personas.

Proclamado el Imperio, los celos de las hermanas del emperador hacia Josefina aumentaron. No soportaban escuchar cómo todos se dirigían a ella llamándola “Majestad”, ni “Alteza” a su hija Hortensia. Elisa y Carolina se lo tomaban a humillación. Elisa reaccionaba mostrándose “brusca, mordaz, y trataba a las damas de palacio con una altivez descarada”. Ambas se presentaron ante el emperador para quejarse de que no hacía nada por ellas, y que las dejaba en una penosa posición de inferioridad. Napoleón respondió con dureza.

—En verdad, al ver vuestras pretensiones, señoras mías, se creería que hemos recibido la corona de nuestro difunto padre.

No obstante, por la paz familiar concedió a sus hermanas el título de princesas, con el título de Altezas Imperiales. Ni siquiera eso bastó para contentarlas. Ahora querían una corona cada una y no dejaban de importunar a su hermano para que se las regalara. Napoleón, como siempre, terminó por ceder, y Elisa fue la primera en ser dotada con un Estado. Él tenía sus motivos personales para enviar a su hermana lejos de París: quería cortar de raíz ciertas intrigas amorosas causa de escándalo. El 18 de marzo de 1805 el emperador se dirigía al Senado con gran ceremonial para anunciar que la Consulta de Estado de la República italiana acababa de ofrecerle la corona de hierro y que él la había aceptado. En la misma sesión anunció que otorgaba Piombino a la Elisa, y la hizo reconocer como princesa heredera de Piombino. Sus hijos habrían de sucederla, y el emperador de los franceses, sin cuyo consentimiento no podrían contraer matrimonio, les daría la investidura. El bueno de Baciocchi recibía el título de príncipe de Piombino, así como el mando de las tropas encargadas de defender las costas y las comunicaciones entre Elba y Córcega.

Pronto esa corona no fue suficiente para la desmedida ambición de Elisa. La encontraba “muy pequeña para su cabeza”, y no tardó en quejarse a su hermano. Cuando una representación del principado de Lucca acudió a ver al emperador en Bolonia y le pidió que tomase ese país bajo su protección, Napoleón les dio una constitución “y a la princesa Elisa para que vigilase su aplicación”. Como todo ello seguía sin ser suficiente para su hermana, en 1808 recibirá el gran ducado de Toscana.


Continuará


8 comentarios:

  1. ay!!! y dicen que no se nos tiene contentas con nada... esta mujer fue la fiel representación!

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  2. Si hay algo que detesto definitivamente es a una envidiosa de profesión. Así que nada contentaba a Elisa? Tal vez la culpa la tenía el mismo Napoleón, por no dejar de consentirla.
    Con respecto a los rumores de incesto... es que dos hermanos no se pueden querer sin que se piense en una extralimitación?
    Aunque parece que era muy común calumniar así a la gente.
    Bernadotte, el se convirtió en rey, no es así, aunque no recuerdo bien si fue de Suecia... llevó consigo el código napoleónico, aunque con el tiempo cortó relaciones con Napoleón.
    Saludos Madame ;)

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  3. Estoy poniéndome al día con la historia de este interesante persobaje, Elisa Bonaparte.
    Buenas tardes, madame

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  4. Bonsoir Madame

    En efecto resulta interesante ver que el Gral. Bernadotte, Madame Récamier, Fouché, las hermanas Bonaporte, etc. se conocían y se frecuentaban cercanamente.

    A Bernadotte se le ha criticado mucho por haber renunciado a su patria y su religión para convertirse en Rey de Suecia, pero ¿qué importancia tiene ya?
    sus descendientes continúan reinando hasta la actualidad.

    Igualmente sucede con la célebre Josefina, llamada abuela de reyes pues a través de sus hijos Eugenio y Hortensia su linaje se introdujo en muchas testas coronadas de Europa (exceptuando la sangre de Napoleón).

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  5. ¡Qué familia de harpías estas Bonaparte! Y qué envidia le tenían a la pobre Josefina

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  6. Hola Madame:

    Creo que ya le he comentado lo que pienso de la gente envidiosa...Pero en fin, que se le va hacer...

    Ando disperso madame. Me voy al matrimonio.

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  7. Ya conocimos en anteriores capítulos algún rasgo de su carácter y su mal genio; hoy además su insaciable ambición.
    Látigo para otros, qué blando fue su hermano con ella.
    Beso su mano.

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  8. El problema de las hermanas de Napoleón es que todas sus riquezas y su alto puesto social, que les concedía una gran relevancia, no lo habían conseguido por sí mismas. No se habían tenido que esforzar en nada y, por lo tanto, su orgullo era aún más inmenso. Frívolas y caprichosas parecía que debían de estar a sus órdenes aquellos que les rodeaban y, en realidad, sólo les importaban sus larguísimos tiempos de ocio, sus fiestas y amantes. No quiero pensar cómo acabaron viviendo estas señoras tras la caída de su todopoderoso hermano.
    Un besito

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)