lunes, 12 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte (II)


Elisa tenía un carácter áspero y desagradable que mostró tanto en la adversidad como en los buenos tiempos. La duquesa de Abrantes se hace eco de ello en sus memorias, y dice que “no se llevaba bien con su madre, pero, ¿con quién se llevaba bien? Yo no he conocido nunca a nadie más desagradablemente quisquilloso que ella”.

Letizia temía que, debido a ello, esa hija iba a ser la más difícil de casar, por lo que se apresura a dejar solucionado ese problema entregándola a Baciocchi, un antiguo oficial corso que acaba de pedir su mano. No parecían unas perspectivas muy brillantes, pero era mejor que nada, y temía que no surgiera un candidato mejor si lo rechazaba. No consultó con Napoleón: las relaciones entre ambos no atravesaban un buen momento debido a que él acababa de casarse con Josefina en contra de la voluntad de su madre y de sus hermanos Luciano y José.

Elisa contraía matrimonio en Marsella el 1 de mayo de 1797, en una ceremonia civil. Luciano lamenta esa boda de tan poco lustre con ese “bueno y requetebueno de Baciocchi, quien, a pesar del exceso de su bondad, no ama en el fondo más que a su violín, que toca aceptablemente, es verdad, pero con tanta frecuencia que acaba por contagiar la gripe a su inocente instrumento y a todos sus vecinos”. Sin embargo Luciano no estaba en la posición más adecuada para presentar demasiadas objeciones, habida cuenta de que él mismo se había casado con Cristina Boyer, la hija de su casero, una buena mujer pero analfabeta.

Félix Baciocchi

Félix Baciocchi era, en efecto, un marido bueno y complaciente, pero insignificante. En palabras de Metternich, Napoleón hubiese preferido por cuñado “a un hombre menos carente de facultades intelectuales”.

Tras la campaña de Italia el joven general Napoleón estableció sus cuarteles de verano en el castillo de Montebello, donde se reunió con su familia. Se esperaban momentos de tensión cuando los Bonaparte se encontraran en presencia de Josefina, pero todo se resolvió a entera satisfacción del general, que nos cuenta lo siguiente:

“Josefina se comportó como debía con la madre de su marido, la colmó de atenciones y de agasajos, asimismo trató bien a mis hermanas, sin olvidar a Baciocchi. El viaje de mi familia tenía como fin principal arreglar una reconciliación entre Elisa y yo; ella acababa de casarse muy recientemente y, por las preocupaciones de su afectuosidad, se había olvidado consultarme.”

Allá en Montebello tuvo lugar la ceremonia religiosa de la boda de Elisa. Napoleón exigió que un sacerdote bendijera esa unión, algo que Elisa y su esposo ni siquiera se habían planteado.

Los días se deslizaban dulcemente en Montebello. Viajaban frecuentemente a Milán, donde había querido residir Letizia; hacían excursiones y cada tarde celebraban una comida con invitados. Elisa disfrutaba de todas esas fiestas que la posición de su hermano les permitía ahora, después de haber pasado tantas estrecheces.

Montebello

Llegado el momento de abandonar Montebello, Elisa viajó a Marsella en compañía de su madre, y después volvería a Ajaccio. Baciocchi hacía sus preparativos para acompañar a su cuñado Luciano en el transcurso de una misión oficial en España. Su esposa, a pesar de que solo llevaba unos meses casada, deseaba ya librarse de él.

Elisa se aburría mortalmente en Ajaccio. Ella deseaba vivir en París y compartir allí toda la gloria y honores que recibía su hermano. Ello fue posible cuando Luciano también prosperó al ser elegido miembro del Consejo de los Quinientos y ofreció hospitalidad a su madre y a su hermana. Los Baciocchi pasaron así a residir en casa de Luciano, en la rue Saint-Dominique. Napoleón, mientras tanto, se encontraba en Egipto, y Josefina se consolaba de su ausencia con Hipólito Charles, su antiguo amante.

En el salón de Luciano, Elisa hacía las veces de anfitriona, pero nunca llegó a ser una mujer distinguida. Físicamente no se la consideraba hermosa. Era de estatura media y tenía la tez muy blanca, aunque estaba demasiado delgada y su figura era poco agraciada. En cuanto a su carácter, era demasiado rígido, autoritario y dominante; se la notaba forzada y poco espontánea, era testaruda, no tenía sentimientos nobles y carecía de esa delicadeza que la hubiera hecho más atractiva. No era comprensiva, ni le gustaba dar si no obtenía ningún beneficio de su gesto. Según la duquesa de Abrantes, “nunca mujer alguna renegó como ella de la gracia de su sexo: hacía pensar que llevaba un disfraz”. En cuanto a Fouché, nos ha dejado este retrato de ella: “Elisa, mujer altiva, nerviosa, apasionada, disoluta y devorada por el doble aguijón del amor y de la ambición”. Y según su biógrafo Joseph Turquan, parecía “que hubiera nacido para sargento instructor; tenía el tono de voz alto, hablaba muy deprisa y con un deje amargo; sus modales eran bruscos. Se hubiera jurado que era un muchacho, y no de los mejores, vestido de mujer”.


Como había estudiado en Saint-Cyr, se daba aires de mujer instruida, aunque en realidad había presentado una capa impermeable sobre la que resbaló cuanto trataron de inculcarle allí, y ni siquiera era capaz de escribir sin cometer faltas de ortografía. A pesar de todo ello estaba obsesionada por convertirse en una literata. Se complacía en recibir a intelectuales que se sometían a su pobre juicio sin atreverse a replicar a la hermana de Napoleón. Elisa siempre debía tener la última palabra. Incluso pensó en crear una sociedad literaria compuesta solo por mujeres. Se fijó la fecha de la primera sesión, y la orden del día era: “Constitución de la Sociedad. Discusión sobre la forma y el color del traje que se debe adoptar para los miembros de la sociedad”.

Uno de los asiduos en su salón fue el poeta Fontanes, cuya amistad con Elisa dio mucho que hablar. Se rumoreaba que eran amantes, y según la duquesa de Abrantes “el único que dudó de ello durante mucho tiempo fue Luciano, que era un poco corto de vista”. La duquesa pensaba que Elisa y el poeta formaban una extraña pareja: “Me asombra que el señor Fontanes, con su carácter encantador, siendo sus modales elegantes y él mismo la quintaesencia de la sociabilidad, haya podido prendarse de la señora Baciocchi del modo en que lo ha hecho.”

Y el esposo era tan bueno y complaciente que no se le hubiera ocurrido inmiscuirse. Él se limitaba a tocar el violín. “Sufría sin quejarse, o mejor, buscaba consuelo por su parte y el matrimonio, en conjunto, no marchaba demasiado mal; era incluso lo que se llama generalmente en la calle un buen matrimonio”.

Cuando Napoleón regresa de Egipto, constata que las noticias que le habían estado llegando durante su ausencia con respecto a la infidelidad de Josefina eran ciertas, y una de las personas que más empeño tenía en difundirlas, curiosamente, era Elisa. Detestaba a su cuñada, y no pudo comprender que su hermano la perdonara. El sentimiento de aversión, en todo caso, era mutuo.

Josefina

Elisa comienza a padecer una dolencia estomacal que no le permitía retener alimento alguno. Sobrevivía a base de leche y reposo, pero se veía muy enferma. Los médicos le recomendaron pasar una temporada en el campo y tomar las aguas de Barèges, así que se puso en camino hacia los Pirineos. Sin embargo, aquel ambiente de balneario no resultaba de su agrado, por lo que no permaneció muchos días en el lugar. A su regreso se detuvo en Carcasona para consultar al eminente doctor Barthez. Un testigo que se entrevistó con ella durante aquel viaje nos ha dejado un relato al respecto:

“La señora Baciocchi me recibió muy cariñosamente. Las hermanas del primer cónsul eran entonces personas muy sencillas. Viajaban sin séquito alguno, y la visité en una mala pensión, acostada sobre un colchón en el suelo para escapar de las chinches…”

De regreso a París comienza a recuperarse, según cuenta ella misma en una carta a un amigo:

“He regresado a París enferma; tenía informes de los médicos más afamados de la Facultad y he estado bastante delicada los primeros días. Tras muchas idas y venidas, y después de muchos sufrimientos, he llegado a sentir una notable mejoría. He tomado solamente leche de cabra, sin pan y sin agua, y no se me permitía más que seis tazas por día. Ahora me encuentro bastante bien, aunque un poco débil. ¡He estado buscando el remedio tan lejos, cuando lo tenía tan cerca!"



Continuará


16 comentarios:

  1. Al parecer los síntomas indicarían una úlcera nerviosa.El emperador también sufría del estomago. ¡Es que con esa familia!
    Bisous

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    1. Sí, así es. Se ve que era el punto débil de la familia. El estrés les atacaba al estómago. Le coincidió con un momento de disgustos y tensión.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  2. Hola Madame:

    Que le haría Josefina a Elisa para que le tuviera esa animadversión??.

    Vaya con las úlceras gástricas...

    Besos

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    1. La familia de Napoleón no la consideraba adecuada por su pasado. Bueno, y por su presente, jiji, porque la señora era incorregible. En el caso de Elisa seguramente se mezclarían los celos.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  3. Vaya con Elisa. Un carácter odioso por lo que se ve. Una fiera que ni el requetebueno de Félix logró apaciguar con la música de su violín, jejeje.
    Beso su mano.

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    1. Se ve que no tenía muy buen oído la mujer :9

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  4. Interesante acercamiento a Elisa, madame. Espero prontas noticias de una tercer parte.

    Feliz tarde.

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  5. Me estoy imaginando a un Napoléon con faldas pero sin la inteligencia de su hermano y es para echarse a temblar. Las mujeres somos mucho más marimandonas que los hombres y además más ambiciosas. Lo malo es que Elisa no parecía tener tacto ni encanto, ni siquiera saber estar y no se daba cuenta de la mala imagen que podía dar de la familia. Me parece que su hermano la va a tener que meter en vereda.
    Un beso

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    1. No sé si es cierto eso de que las mujeres somos más marimandonas y ambiciosas. La historia ofrece abundantes ejemplos de ambos sexos, pero lo trágico es cuando la ambición no va acompañada del talento ni de la inteligencia, como era el caso de Elisa.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  6. HE LLEGADO AQUI POR EL BLOG DE ROSAMARIA.
    MUY BUENO TU BLOG CON COSAS MUY INTERESANTES COMO ESTA QUE ACABO DE LEER.
    SALUDOS
    CARLOS

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    1. Muchas gracias, monsieur, bienvenido.

      Buenas noches

      Bisous

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  7. Madame! Tanto tiempo!
    Mire que curiosa esta Elisa. Recuerdo que cuando era chica llegué a leer una novela sobre la época napoleónica, aunque la protagonista era Desireé Clary.

    Vaya con lo de la ortografía, aunque yo confieso que si no no tuviera el corrector ortográfico mi vida sería muy triste...

    “Constitución de la Sociedad. Discusión sobre la forma y el color del traje que se debe adoptar para los miembros de la sociedad”.
    Jajajajajaj!!! Con esta clase de ideas es difícil creer que algo prospere ;)

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  8. Y encima ella apareció vestida con su propio diseño, que pretendía imponer. De discusión nada!

    Feliz día, madame

    Bisous

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  9. gracias, ahora se un poco mas de mis antepasados.

    atte. Baciocchi Jose

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    1. Gracias a usted por su atención, monsieur.

      Feliz día

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)