domingo, 26 de mayo de 2013

Los viajes de Pedro el Grande


En marzo de 1697 el joven zar de todas las Rusias partía en dirección a Occidente entre un largo cortejo de trineos. Resultaba insólito que el soberano de un gran imperio abandonara el poder en manos ajenas por un tiempo tan prolongado, y más aún lo era el motivo: Pedro, atraído siempre por lo desconocido y con una insaciable curiosidad intelectual, deseaba ir al extranjero y trabajar allí para iniciarse en una cultura distinta por completo a la de su propio pueblo. Además pretendía reclutar consejeros, técnicos, oficiales e ingenieros con los que educar al pueblo ruso. Y, por último, el viaje era una buena ocasión de encontrar poderosos aliados contra los turcos.

El zar viajaba de incógnito con el nombre de Pedro Mijailovich, y se hacía pasar por miembro de una importante delegación diplomática. Mientras tanto el gobierno quedaba confiado a tres boyardos de probada lealtad, con Romodanovski como regente provisional.

Pedro tomó la dirección de Riga, pero una vez allí le fue denegado el permiso para visitar la fortaleza de la ciudad, algo que provocó en él un violento ataque de cólera. Curlandia, en cambio, le deparó una espléndida acogida, y el elector de Brandeburgo también organizó grandes festejos en honor del supuesto suboficial ruso.

Tras visitar algunas regiones de Alemania, el zar abandonó su escolta y se dirigió a Holanda. Las princesas de Brandeburgo y de Hannover han legado a la posteridad el relato de sus impresiones acerca de los “maravillosos animales recién llegados de Moscovia”. Pedro llamó su atención por su talla gigantesca y su vivaz inteligencia, aunque le encontraron “cierto aspecto de oso mal relamido”. De él nos dicen que “ignoraba por completo la manera de comportarse a la mesa”, y que era tan tímido que a veces ocultaba el rostro entre las manos.

En Holanda trabajó como carpintero en los astilleros de Zaandam, pero pronto fue descubierta su identidad y los curiosos se agolpaban de tal modo que no le dejaban un momento de reposo. Abandonó entonces el lugar para encaminarse a Amsterdam, donde pudo trabajar con mayor tranquilidad. Mientras tanto el zar aprovechaba todas las ocasiones para adquirir conocimientos prácticos y científicos en todas las áreas del saber.

Más adelante prosiguió sus estudios en Inglaterra. Al cabo de tres días de su llegada, el rey Guillermo III acudió a visitarlo en la amplia mansión londinense que había puesto a su disposición. Lo encontró tendido en el lecho de una de las habitaciones más pequeñas, en la que se había instalado con varios servidores. La atmósfera era tan irrespirable que Guillermo tuvo que abrir rápidamente una ventana para contener las náuseas.

Pedro le devolvió la visita en Kensington Palace y demostró su interés por las colecciones de Historia Natural que poseía el rey, pero más aún por una pequeña veleta instalada en su despacho y que se accionaba mediante otra mayor en el tejado. En cambio, no se interesó en absoluto por las colecciones artísticas, algo que solo con los años llegaría a apreciar. Más tarde, cuando realizara su segunda visita a las Provincias Unidas en 1716, prestaría mucha atención a la pintura belga y holandesa, adquiriendo numerosos cuadros.

La aristocracia inglesa consideró al zar más adecuado para trabajar en un astillero que para reinar sobre un gran imperio. Damas y caballeros de la corte británica encontraban chocante en extremo que un soberano pudiera encontrar placer en pasear por los muelles vestido de marinero o de carpintero, bebiendo cerveza en las tabernas y fumando en su pipa holandesa.

Para poder estar más cerca de los astilleros, Pedro abandonó la mansión que le había ofrecido Guillermo y se trasladó a una villa de Deptford perteneciente a un almirante inglés. Este dejó escrito en su diario que, después de marcharse los rusos, la casa parecía haber servido de cuartel a una banda de mongoles: ventanas arrancadas, puertas quemadas, colgaduras hechas jirones o tan grasientas que resultaban irreconocibles, y cuadros valiosos rajados o arrojados por los rincones. En realidad en casi todos los lugares en los que se hospedaba el zar los propietarios se quejaban de similares destrozos, e incluso de robos.

En Deptford Pedro se dedicó a trabajar todos los días en el astillero, se convirtió en un carpintero excelente y adquirió bastantes conocimientos sobre construcción naval. Pero los logros políticos fueron decepcionantes: todas las cortes visitadas se mostraron reacias ante la propuesta de alianza frente a los turcos. Incluso el emperador Leopoldo negociaba entonces una paz con Turquía, y no estaba dispuesto a sacrificar ni un hombre ni una moneda más después de haber estado combatiendo contra ellos durante 36 años. El emperador invitó al zar a una fiesta durante la cual escuchó el relato de los viajes de su huésped, pero apenas intentó Pedro desviar la conversación hacia la política, Leopoldo lo esquivó con la más exquisita cortesía.

El zar comprendió que le sería imposible combatir él solo a los turcos, y que no tenía otra alternativa que firmar la paz.

Tenía intención de visitar Venecia para ver los astilleros, arsenales y factorías, pero cambió de opinión. Al abandonar Viena ordenó encaminarse hacia el nordeste, directamente a Moscú y a toda prisa. Se hallaba en uno de sus frecuentes arrebatos de ira, aunque esta vez con un poderoso motivo: un mensajero acababa de notificarle que había estallado una rebelión. Pero al llegar a Cracovia le informaron que la revuelta había sido sofocada, y que podía permitirse algunos días de reposo. No obstante, a su regreso a Moscú, y considerando que la represión del levantamiento producido en su ausencia había sido excesivamente benigna, Pedro hizo levantar horcas y ordenó a varios oficiales que ayudaran a los verdugos, que tenían demasiado trabajo. Él mismo se aplicó a la magna tarea, que duró veinte días. Algunas de las víctimas sufrieron torturas indescriptibles, y sus cadáveres fueron expuestos durante cinco meses en las murallas del Kremlin y en las plazas públicas.


Pedro aprovechó el descanso en Cracovia para visitar al rey de Polonia, Augusto el Fuerte, otro gigante aproximadamente de su edad, y, como él, “muy devoto del culto a Baco y a Venus”. Permanecieron en la ciudad de Rava durante cuatro días, celebrando copiosos banquetes en un ambiente de cordial entendimiento. Ambos soberanos llegaron a intercambiar sus trajes y sus armas en señal de perpetua amistad.

Por fin el zar había encontrado un aliado político, aunque no para luchar contra los turcos, sino contra los suecos, en una campaña que podía significar para los rusos una apertura al mar Báltico. Pedro quedó tan encantado con su nuevo amigo que al llegar a Moscú les dijo a los boyardos:

—Le aprecio más que a todos vosotros juntos, no porque sea un rey, sino porque es un muchacho valiente.

El zar regresaba a su país después de casi año y medio de ausencia. Volvía decidido a aproximar a su pueblo a la cultura y la mentalidad europeas, a reformar las costumbres de los rusos. Su viaje había obtenido, entre otros, el resultado de que acudieran a Rusia muchas personalidades del mundo occidental, invitadas por él.


Pedro no estaba dispuesto a dar mucho tiempo a sus súbditos para que adoptaran los nuevos aires que traía: a su regreso a Moscú recibió a los boyardos en audiencia solemne y la ceremonia terminó de modo desconcertante: el propio soberano, empuñando con decisión unas tijeras, cortó personalmente las pobladas barbas de sus cortesanos. Poco tiempo después de su ofensiva contra las barbas, esgrimía de nuevo las tijeras durante la celebración de una fiesta en la corte, esta vez para cortar las mangas y los faldones de los caftanes moscovitas. Pedro consideraba que dicho atuendo ridiculizaba a los rusos ante los occidentales, y además requería demasiada tela, entorpecía los movimientos y se arrastraba por el barro en las calles. Resultaba una indumentaria anticuada, y acabar con ella era un símbolo. En consecuencia, un ukase de 1700 impuso a nobles y burgueses la obligación de cortarse la barba y vestir a la moda occidental, de la que quedaban exceptuados popes y mujiks. Aquellos que sentían apego por sus barbas y se negaron a rasurarlas, tuvieron que pagar un impuesto anual.

Las damas de la nobleza también hubieron de adoptar la moda femenina de Occidente de modo ineludible si querían participar de la vida social que el zar había introducido en la corte. Pero la mujer rusa obtendría beneficios de este nuevo estado de cosas: en 1702 el zar prohibió los matrimonios concertados contra la voluntad de los futuros esposos, y estableció un periodo de noviazgo que debía durar un mínimo de seis semanas, para que la pareja pudiera tratarse y verse libremente.

Cuando en 1718 Pedro regresara eufórico de un nuevo viaje a París, dio un paso más con otro ukase que imponía la celebración de reuniones sociales con regularidad. Durante las mismas los moscovitas debían bailar al estilo de París. Por lo menos este tipo de reuniones, con presencia de damas, “mitigó un tanto las desenfrenadas orgías de los señores”.


Bibliografía:
El Imperio de Pedro el Grande – Carl Grimberg

19 comentarios:

  1. Una de las grandes hazañas de la historia fue como Pedro obligó a Rusia a modernizarse, y esto inicia con el tour del joven Zar por el mundo europeo.
    Bisous, Madame

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  2. Bonsoir à tous!!

    Aprendo y me entretengo simultáneamente con sus interesantes entradas Madame.
    Sabía de este viaje incógnito del Zar, pero ignoraba que hasta se puso a trabajar como un sencillo carpintero en los astilleros.

    Otra cosa importante es que en esa época Rusia aún no tenía acceso al Mar Báltico, imagino que luego tuvieron que guerrear y conquistar Estonia, Letonia y Lituania para lograr sus objetivos.
    Y es que con los rusos les queda como anillo al dedo eso de "El fin justifica los medios". Los países bálticos no lograron su completa independencia hasta la década de los '90s.

    Pienso que este viaje de incógnito es lo que debió hacer Cristina de Suecia en 1654, sin necesidad de tomar la drástica decisión de abdicar al trono, algo de lo que luego se arrepentiría amargamente.

    El zar Pedro fue un gran gobernante, el verdadero precursor de la modernización de Rusia, pero sin embargo también fue uno de los monarcas más crueles de toda la Historia, un hecho importantísimo que se debe saber es que era epiléptico, con tics incontrolables como guiñar el ojo constantemente, etc.
    Si no hubiese sido el cruel verdugo de su propio primogénito, hubiese dicho que le admiro.

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  3. Está muy bien eso de modernizarse. Y más a la atrasada Rusia de la época.
    Aunque no se yo si le caería bien a su pueblo hacerlo a base de "ordeno y mando".
    Cambiarle las costumbres de la noche al día sin mejorarles las condiciones sociales. Y económicas. No sé, no sé.

    Buen lunes, madame.
    Abrazos!!

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  4. Buenos días, Madame.

    Me ha parecido muy interesante y evocador su relato de los viajes de Pedro I, a quien, dicho con todos los respetos, hoy se le podría tomar como un auténtico hooligan.

    No obstante, parece una personalidad de múltiples contrastes, porque el mismo rey "humanista", que se interesa hasta el último detalle por el conocimiento que diese progreso a su pueblo, ha dejado episodios de extrema crueldad.

    Por lo menos, no se puede decir que no predicase con el ejemplo. No me imagino el impacto que debió de causar la instauración de la moda parisina en el Moscú de la época.

    Fantástico artículo, Madame. Que disfrute del día.

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  5. Pués por lo menos aunque politicamente no saco mucho partido lo ganó en buenos modales y es refinamiento.

    Muy interesante la vida de este zar.

    Feliz lunes madame.

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  6. Hola Madame:

    Buen intento del Zar de modernizar su país. Quizás lo logró en parte, no desde el punto de vista político.

    Imagino el olor que Guillermo enocntró en aquella habitación...Que horripilante...Le he dicho que me desespera ese tipoo de olor ??

    Besos

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  7. Es curioso como un soberano que reinaba en uno de los más grandes estados de todo el mundo, decide viajar de incognito en ese tiempo y ejerciendo profesiones tan poco honorables como carpintero o marino, bebiendo como un cosaco (nunca mejor dicho), pero así pudo conocer otrs hábitos y costumbres, que luego intento llevar a cabo en su país, coincidiendo con las políticas del despotismo ilustrado. Muy interesante este artículo, madame. Bisous.

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  8. qué bueno. el emperador nos ordena que bailemos, que bailemos como en París se baila. la adopción de las costumbres occidentales no debió ser plato de gusto para los señores boyardos, pero claro, si es el propio Pedro quien te rapa la barba...
    por momentos me ha recordado a una gira de Led Zeppelin! :)

    buena semana tenga, madame!
    bisous!!

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  9. Muy europeo en sus intenciones, pero un poco bruto en su manera de aplicar sus "medidas", como esa de cortar barbas y faldones como si se tratara de un desaforado Esquilache o de un miembro de nuestro amado gobierno haciendo recortes en Sanidad.
    Un saludo.

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  10. Dicen que viajar es aprender y a descubrir. Me parece muy acertado lo que hizo no tanto con las barbas sino prohibir los matrimonios concertados contra la voluntad de los futuros esposos. En fin que modernizó a su "A su manera y estilo" el país.
    Bisous y muy buena semana

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  11. Podríamos resumir diciendo, Madame, que viajar es cultura. Uno encuentra aquello que verdaderamente es y sopesa las diferencias con el rincón en donde vive. Aquel rey zafio y bárbaro se vio influenciado por las costumbres occidentales y sobre todo por la moda francesa: el otro es un espejo que nos descubre a nosotros mismos.

    Bisous

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  12. Y luego nos quejábamos aquí de Esquilache y sus medidas extranjeras tales como cortar las capas y convertir los grandiosos y útiles para la ocultación sombreros de plumas en escuetos tricornios... Si llega a hacer Pedro el Grande con los cortesanos y los españolitos de a pie mas que un motín se hubiera montado una revolución. En fin, madame, que el zar se quitó el pelo de la dehesa pero sigió tan sanguinario como un campesino de las estepas.
    Un beso

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  13. Me da que Pedro era un majadero, con buenas intenciones, quizás, pero intentar modernizar, occidentalizar Rusia a golpe de decreto, sin reformar un sistema social esclavista era inútil, como se demostró más tarde.
    Pobre rusos, han tenido una mala suerte histórica que les persigue sin tregua.
    Bisous y que pase usted una velada estupenda

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  14. Pedro el Grande era un gran bruto, de una severidad (más que crueldad) implacable, cabezota y al mismo tiempo abierto a nuevas ideas. Sólo alguien con vocación de cambiar un país pudo emprender una gesta como la construcción de San Petersburgo, al precio humano que fuera, naturalmente.
    Una historia fascinante, Madame.

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  15. Es impresionante su contribución al amor imponiendo el noviazgo de seis semanas previo a las nupcias entre contrayentes concertados.
    Beso su mano.

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  16. Un tipo desconertante, sin duda. Supongo que debió dar muchos quebraderos de cabeza a sus anfitriones y muchos más a sus subditos. Con todo, un hombre singular. Beso su mano, madame.

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  17. Desde luego un rey nada común, curioso e interesado por hacer progresar a su pueblo pro sin el pueblo, un déspota ilustrado.
    Un saludo, Madame.

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  18. Bueno, bueno, bueno... sabrá usted que esta ha sido de mis entradas favoritas por aquello de mi eslavofilia...

    Pedro I es, sin duda, un personaje de múltiples contrastes: ilustrado pero despiadado. Quiso modernizar Rusia sin importarle cómo...

    Madame, si quisiera y pudiera escribir algunas entradas sobre la casi desconocida historia de Europa del Este... El gran ducado de Lituania, los tres zares Dmitri los impostores, Esteban el Grande, Matías Hunyadi... Ay...

    Feliz semana. Bisous!

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    1. Por cierto, estoy siguiendo los documentales "Historia de la humanidad" y esta semana tocó uno acerca de Pedro I. Están entretenidos.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)