miércoles, 29 de mayo de 2013

El humor en la antigua Roma


Catón el censor, en su afán por mantener la más estricta moralidad, expulsó a un miembro del senado por besar a su esposa a plena luz del día y delante de su hija. El mismo Catón alabó una vez a un hombre al que vio salir de un burdel, porque dijo que de ese modo dejaría en paz a las esposas del prójimo. Pero como continuaba viéndolo con frecuencia salir del mismo lugar, un día le dijo:

—Joven, yo te alabé por venir de vez en cuando, no por vivir aquí.

Macrobio, en su obra Saturnalia, recoge muchas anécdotas sobre personajes de la antigua Roma. Algunas de ellas se refieren a Augusto, como por ejemplo esta:

Galba era un hombre deformado por una joroba. En una ocasión presentó una causa ante Augusto, y al hacerlo no cesaba de decir:

—Corrígeme, si algo me censuras.

Augusto respondió:

—Yo te puedo amonestar; corregirte no puedo.

Pero más cruel fue aún el gramático Orbilio con el pobre Galba. Orbilio comparecía como testigo contra un reo, y Galba, para confundirle, fingió que desconocía su profesión:

—¿A qué te dedicas? —le preguntó.

—Suelo frotar jorobas al sol.


Lucio Cecilio Rufo, tribuno de la plebe, había recibido cincuenta mil sestercios por un juego de pelota, mientras que sus compañeros cobraron cien mil.

—¿Qué pasa, yo juego con una mano? —protestó.

Hay chistes que aparecen recogidos por diversos autores, como es el caso de de Aulo Gelio. A este último debemos el siguiente:

Un hombre comparece ante un censor para testificar si tiene una esposa. El censor pregunta:

—Con toda honestidad*, ¿tienes esposa?

—Tengo una, pero no con toda la honestidad.

(*En latín, bona fide, fórmula habitual).

Hace unos años una profesora de Cambridge, Mary Beard, redescubrió un libro de chistes de la época romana. La obra, titulada Philogelos (amante de la risa) se remonta al siglo IV y está escrita en griego. Es la colección de chistes más antigua del mundo entre las que se conservan, y contiene 265. Estos son algunos de ellos:

Un hombre le dice al médico:

—Siempre que me levanto me siento mareado durante media hora. Luego se me pasa.

—Entonces espera media hora antes de levantarte.


Un hombre presentaba sus últimos respetos ante la tumba de su esposa cuando alguien que pasaba le preguntó: 

—¿Quién descansa aquí?

—Yo, ahora que al fin me he librado de ella.

oOo

Un joven se presentó en casa de un compañero de estudios que había fallecido. El padre sollozaba:

—¡Oh, hijo, me has dejado destrozado!

La madre se lamentaba:

—¡Oh, hijo, me has quitado la luz de mis ojos!

Más tarde, al abandonar el lugar, el joven comentó con sus amigos:

—Si era culpable de todo eso, deberían haberlo cremado mientras aún tenía vida.

oOo

Un misógino se encontraba a las puertas de la muerte.

—Si te ocurre algo malo, me colgaré —le decía su esposa.

Él la miró y le dijo:

—Hazme el favor mientras aún estoy vivo.


Un hombre de Cuma (que debía de ser el equivalente de Lepe para los romanos) buscaba a un amigo llamándolo a gritos ante su casa.

—Grita más alto para que te oiga —le aconsejó un transeúnte.

—¡Más alto! ¡Más alto!

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Un hombre tenía una esposa que no cesaba de hablar ni de discutir. Cuando ella murió, el esposo hizo que transportaran su cuerpo hasta el cementerio sobre un escudo. Cuando alguien le preguntó la razón, respondió:

—Era una guerrera.

oOo

—El esclavo que me vendiste hace poco ha muerto.

—¡Por los dioses! Nunca hizo nada parecido mientras estuvo conmigo.

oOo

Un joven vendió sus libros cuando andaba escaso de dinero, y luego escribió lo siguiente a su padre: “Felicitadme, padre. Ya estoy sacando un buen provecho económico de mis estudios”.

oOo

Un senador llevó a su hijo a una sesión del senado, pero le hizo prometer que no diría ni una palabra de lo que allí escuchara. Cuando esa noche la madre del chico quiso saber sobre qué se había tratado, para salir del paso le respondió con una broma y le dijo que el Senado había estado discutiendo si los hombres debían tener dos esposas o bien todas las mujeres dos maridos. Ella quedó convencida y prometió guardar el secreto, pero a la mañana siguiente el senado apareció rodeado por mujeres clamando para que se permitiera a las mujeres tener dos esposos.


Un hombre estaba siendo felicitado por haber sido padre de un varón, y quiso corresponder a sus palabras con otras que no resultaron las más afortunadas en semejante circunstancia:

—Sí, gracias a todos mis amigos.

oOo

Un hombre se encuentra con un conocido y dice:

—Es curioso, me dijeron que habías muerto.

—Pues, como puedes ver, estoy vivo.

—Pero el hombre que me dijo que estabas muerto me ofrece mucha más credibilidad que tú.

oOo

Un hombre fue a ver a un adivino y le preguntó sobre su familia. El adivino contestó: 

—Todos están bien, especialmente tu padre. 

Esto desconcertó mucho al hombre, que le dijo que su padre llevaba diez años muerto. Pero el adivino sabía defender su oficio y no dio su brazo a torcer:

—No tienes ni idea de quién es tu padre.

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Pero la joya de la corona es este:

Un barbero, un profesor distraído y un calvo van juntos de viaje y acampan para pasar la noche. Deciden turnarse los tres para vigilar el equipaje, y el barbero se ofrece voluntario para ser el primero mientras los otros dos duermen. Pero pronto se aburre, y para matar el tiempo se pone a afeitar el cráneo del profesor. Cuando termina su turno despierta a este último, que se toca la cabeza y exclama:

—Ese barbero es un auténtico idiota: ha despertado al calvo en vez de a mí.

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Notas aclaratorias:

A veces es difícil traducir chistes del latín al español sin que pierdan el sentido. La expresión “bona fide” significa, literalmente, buena fe. Era fórmula habitual prestar testimonio o jurar de buena fe. El chiste es un juego de palabras, y aplicado a una esposa, bona fide significaría “sin engaños”, una esposa leal, de fidelidad comprobada. Pero es imposible hacer una traducción literal al castellano sin que pierda la gracia. El modo de conservar el chiste es recurrir a la fórmula angolosajona “in all honesty” ("con toda honestidad = honradez"; sin engaños. No nos sirve "sinceridad" en este caso).

He decidido incluir posteriormente las fuentes de las imágenes, al llegarme noticias de que resultaban del interés de algunas personas.

Muchas gracias a todos.

oOo

Las imágenes proceden de las páginas que se mencionan a continuación. Ninguna hace constar derechos reservados ni revela autoría. En caso contrario, siempre mencionamos al autor:


http://tvmegasite.net/images/primetime/promo/hbo/Rome/
http://www.caciocode.com/entertainment/hbo%E2%80%99s-rome-season-3-cancelled/
http://www.linternaute.com/television/serie-tv/dossier/serie-ete/7.shtml
http://tvshowsdiscussionandreviews.com/wp-content/uploads/2013/03/ROMEPROCESSION.jpg.jpg

domingo, 26 de mayo de 2013

Los viajes de Pedro el Grande


En marzo de 1697 el joven zar de todas las Rusias partía en dirección a Occidente entre un largo cortejo de trineos. Resultaba insólito que el soberano de un gran imperio abandonara el poder en manos ajenas por un tiempo tan prolongado, y más aún lo era el motivo: Pedro, atraído siempre por lo desconocido y con una insaciable curiosidad intelectual, deseaba ir al extranjero y trabajar allí para iniciarse en una cultura distinta por completo a la de su propio pueblo. Además pretendía reclutar consejeros, técnicos, oficiales e ingenieros con los que educar al pueblo ruso. Y, por último, el viaje era una buena ocasión de encontrar poderosos aliados contra los turcos.

El zar viajaba de incógnito con el nombre de Pedro Mijailovich, y se hacía pasar por miembro de una importante delegación diplomática. Mientras tanto el gobierno quedaba confiado a tres boyardos de probada lealtad, con Romodanovski como regente provisional.

Pedro tomó la dirección de Riga, pero una vez allí le fue denegado el permiso para visitar la fortaleza de la ciudad, algo que provocó en él un violento ataque de cólera. Curlandia, en cambio, le deparó una espléndida acogida, y el elector de Brandeburgo también organizó grandes festejos en honor del supuesto suboficial ruso.

Tras visitar algunas regiones de Alemania, el zar abandonó su escolta y se dirigió a Holanda. Las princesas de Brandeburgo y de Hannover han legado a la posteridad el relato de sus impresiones acerca de los “maravillosos animales recién llegados de Moscovia”. Pedro llamó su atención por su talla gigantesca y su vivaz inteligencia, aunque le encontraron “cierto aspecto de oso mal relamido”. De él nos dicen que “ignoraba por completo la manera de comportarse a la mesa”, y que era tan tímido que a veces ocultaba el rostro entre las manos.

En Holanda trabajó como carpintero en los astilleros de Zaandam, pero pronto fue descubierta su identidad y los curiosos se agolpaban de tal modo que no le dejaban un momento de reposo. Abandonó entonces el lugar para encaminarse a Amsterdam, donde pudo trabajar con mayor tranquilidad. Mientras tanto el zar aprovechaba todas las ocasiones para adquirir conocimientos prácticos y científicos en todas las áreas del saber.

Más adelante prosiguió sus estudios en Inglaterra. Al cabo de tres días de su llegada, el rey Guillermo III acudió a visitarlo en la amplia mansión londinense que había puesto a su disposición. Lo encontró tendido en el lecho de una de las habitaciones más pequeñas, en la que se había instalado con varios servidores. La atmósfera era tan irrespirable que Guillermo tuvo que abrir rápidamente una ventana para contener las náuseas.

Pedro le devolvió la visita en Kensington Palace y demostró su interés por las colecciones de Historia Natural que poseía el rey, pero más aún por una pequeña veleta instalada en su despacho y que se accionaba mediante otra mayor en el tejado. En cambio, no se interesó en absoluto por las colecciones artísticas, algo que solo con los años llegaría a apreciar. Más tarde, cuando realizara su segunda visita a las Provincias Unidas en 1716, prestaría mucha atención a la pintura belga y holandesa, adquiriendo numerosos cuadros.

La aristocracia inglesa consideró al zar más adecuado para trabajar en un astillero que para reinar sobre un gran imperio. Damas y caballeros de la corte británica encontraban chocante en extremo que un soberano pudiera encontrar placer en pasear por los muelles vestido de marinero o de carpintero, bebiendo cerveza en las tabernas y fumando en su pipa holandesa.

Para poder estar más cerca de los astilleros, Pedro abandonó la mansión que le había ofrecido Guillermo y se trasladó a una villa de Deptford perteneciente a un almirante inglés. Este dejó escrito en su diario que, después de marcharse los rusos, la casa parecía haber servido de cuartel a una banda de mongoles: ventanas arrancadas, puertas quemadas, colgaduras hechas jirones o tan grasientas que resultaban irreconocibles, y cuadros valiosos rajados o arrojados por los rincones. En realidad en casi todos los lugares en los que se hospedaba el zar los propietarios se quejaban de similares destrozos, e incluso de robos.

En Deptford Pedro se dedicó a trabajar todos los días en el astillero, se convirtió en un carpintero excelente y adquirió bastantes conocimientos sobre construcción naval. Pero los logros políticos fueron decepcionantes: todas las cortes visitadas se mostraron reacias ante la propuesta de alianza frente a los turcos. Incluso el emperador Leopoldo negociaba entonces una paz con Turquía, y no estaba dispuesto a sacrificar ni un hombre ni una moneda más después de haber estado combatiendo contra ellos durante 36 años. El emperador invitó al zar a una fiesta durante la cual escuchó el relato de los viajes de su huésped, pero apenas intentó Pedro desviar la conversación hacia la política, Leopoldo lo esquivó con la más exquisita cortesía.

El zar comprendió que le sería imposible combatir él solo a los turcos, y que no tenía otra alternativa que firmar la paz.

Tenía intención de visitar Venecia para ver los astilleros, arsenales y factorías, pero cambió de opinión. Al abandonar Viena ordenó encaminarse hacia el nordeste, directamente a Moscú y a toda prisa. Se hallaba en uno de sus frecuentes arrebatos de ira, aunque esta vez con un poderoso motivo: un mensajero acababa de notificarle que había estallado una rebelión. Pero al llegar a Cracovia le informaron que la revuelta había sido sofocada, y que podía permitirse algunos días de reposo. No obstante, a su regreso a Moscú, y considerando que la represión del levantamiento producido en su ausencia había sido excesivamente benigna, Pedro hizo levantar horcas y ordenó a varios oficiales que ayudaran a los verdugos, que tenían demasiado trabajo. Él mismo se aplicó a la magna tarea, que duró veinte días. Algunas de las víctimas sufrieron torturas indescriptibles, y sus cadáveres fueron expuestos durante cinco meses en las murallas del Kremlin y en las plazas públicas.


Pedro aprovechó el descanso en Cracovia para visitar al rey de Polonia, Augusto el Fuerte, otro gigante aproximadamente de su edad, y, como él, “muy devoto del culto a Baco y a Venus”. Permanecieron en la ciudad de Rava durante cuatro días, celebrando copiosos banquetes en un ambiente de cordial entendimiento. Ambos soberanos llegaron a intercambiar sus trajes y sus armas en señal de perpetua amistad.

Por fin el zar había encontrado un aliado político, aunque no para luchar contra los turcos, sino contra los suecos, en una campaña que podía significar para los rusos una apertura al mar Báltico. Pedro quedó tan encantado con su nuevo amigo que al llegar a Moscú les dijo a los boyardos:

—Le aprecio más que a todos vosotros juntos, no porque sea un rey, sino porque es un muchacho valiente.

El zar regresaba a su país después de casi año y medio de ausencia. Volvía decidido a aproximar a su pueblo a la cultura y la mentalidad europeas, a reformar las costumbres de los rusos. Su viaje había obtenido, entre otros, el resultado de que acudieran a Rusia muchas personalidades del mundo occidental, invitadas por él.


Pedro no estaba dispuesto a dar mucho tiempo a sus súbditos para que adoptaran los nuevos aires que traía: a su regreso a Moscú recibió a los boyardos en audiencia solemne y la ceremonia terminó de modo desconcertante: el propio soberano, empuñando con decisión unas tijeras, cortó personalmente las pobladas barbas de sus cortesanos. Poco tiempo después de su ofensiva contra las barbas, esgrimía de nuevo las tijeras durante la celebración de una fiesta en la corte, esta vez para cortar las mangas y los faldones de los caftanes moscovitas. Pedro consideraba que dicho atuendo ridiculizaba a los rusos ante los occidentales, y además requería demasiada tela, entorpecía los movimientos y se arrastraba por el barro en las calles. Resultaba una indumentaria anticuada, y acabar con ella era un símbolo. En consecuencia, un ukase de 1700 impuso a nobles y burgueses la obligación de cortarse la barba y vestir a la moda occidental, de la que quedaban exceptuados popes y mujiks. Aquellos que sentían apego por sus barbas y se negaron a rasurarlas, tuvieron que pagar un impuesto anual.

Las damas de la nobleza también hubieron de adoptar la moda femenina de Occidente de modo ineludible si querían participar de la vida social que el zar había introducido en la corte. Pero la mujer rusa obtendría beneficios de este nuevo estado de cosas: en 1702 el zar prohibió los matrimonios concertados contra la voluntad de los futuros esposos, y estableció un periodo de noviazgo que debía durar un mínimo de seis semanas, para que la pareja pudiera tratarse y verse libremente.

Cuando en 1718 Pedro regresara eufórico de un nuevo viaje a París, dio un paso más con otro ukase que imponía la celebración de reuniones sociales con regularidad. Durante las mismas los moscovitas debían bailar al estilo de París. Por lo menos este tipo de reuniones, con presencia de damas, “mitigó un tanto las desenfrenadas orgías de los señores”.


Bibliografía:
El Imperio de Pedro el Grande – Carl Grimberg

26 de mayo

Dorit Levi

Hoy es 26 de mayo, como seguramente no habrá pasado desapercibido a muchos de ustedes. Algunos conocen la importancia de esta fecha. Otros no; otros se estarán pregutando: “¿Y qué?”. Bueno, pues insisto en que es importante, porque en tal día como hoy, hace unos años, nació el Gélido Tolya, y hay una antiquísima tradición que establece que el día de su cumpleaños sea felicitado a través de este medio. Cuenta la leyenda que el día en que se rompa la tradición, lloverán sapos y culebras, la oscuridad caerá sobre la tierra y se acabará toda la cerveza. Y a lo mejor resulta que al final es eso: solo leyenda, pero oigan, yo no me arriesgo. Una cosa es un gambito de dama y otra jugarse la birra.

Como el blog del Gélido Tolya tiene uno de esos perfiles tan raros en los que el autor no pone nada y solo puede leerse “en Blogger desde mayo de 2011”, tendré que narrarles yo la epopeya de este insigne geminiano. Verán, él es muchas cosas: escritor, periodista, músico, ajedrecista, showman, presidente de una peña deportiva… Últimamente también le ha dado por ser político, con la que está cayendo.

Pero Tolya es peculiar. Muy peculiar. Resulta que no se queda con ningún ejemplar de lo que publica. Una vez publicó un relato y cuando un amigo le preguntó por él, en vez de darle los datos para que lo adquiriera, lo mandó a la biblioteca. 

Tolya tenía un programa de radio y también una sección cultural en un programa de televisión en el que hablaba de literatura. De casualidad llegué a ver algún vídeo hace cosa de un año, después de que saliera el tema por carambola. De lo de la radio, al menos, me enteré mientras aún se emitía, y pude escucharlo en directo algunas veces. No sé ni cómo sucedió.

Tolya tiene una banda de rock. Compone, canta y toca la guitarra. Pero cuando dan un concierto, no se preocupa por grabarlo. Afortunadamente la banda cuenta con otros dos miembros y entre todos tienen amigos suficientes para suplir esa deficiencia, pero si fuera por él, no habría nada para el recuerdo.

Tolya es, como he mencionado, presidente de una peña deportiva. Pero el equipo de fútbol al que apoyan no es de su ciudad, ni es uno de esos dos de los que todo el mundo se considera obligado a ser hooligan desaforado, ni he sabido nunca qué rayos tiene él que ver con ese equipo entre todos los equipos. No sé si me lo explicó alguna vez, pero si fue así, yo no lo entendí.

Por todo eso, por sus peculiaridades, por su sentido del humor, porque me mata de risa con sus ocurrencias, por esa forma especial de ser y de escribir, y porque es de verdad un gran tipo… ¡Feliz cumpleaños, oh predilecto de Baal!

Aquel que desee sumarse a la fiesta puede felicitar a monsieur pinchando aquí.


viernes, 24 de mayo de 2013

Julia la Mayor, hija de Augusto


Julia la Mayor - Svedomskiy
Julia era la única hija de Augusto, habida de su segundo matrimonio. Fue esta una unión que resultó muy breve: la niña aún no había nacido cuando él conocía a Livia, lo cual motivaría su divorcio de Escribonia, un acontecimiento que tuvo lugar justamente el día del nacimiento de Julia.

La niña se crió con su madrastra. Recibió una educación estricta y muy tradicional, propia de cualquier patricia romana. Ni siquiera se le permitía hablar con personas que su padre no hubiera aprobado previamente, y su vida social era controlada con absoluto rigor. Pero tuvo los mejores profesores, de modo que, además de aprender a manejar la rueca, la cultura de Julia y su afición por el arte y la literatura fueron considerables.

Cuando tenía solo dos años la prometieron con el hijo de Marco Antonio, pero el matrimonio nunca se llevó a cabo, porque estalló la guerra civil antes de que Julia alcanzara la edad necesaria. Augusto derrotó a Marco Antonio y Cleopatra y gobernó el imperio en solitario.

El primer esposo de Julia fue su primo Marcelo, con quien su padre la casó cuando contaba tan solo catorce años. Augusto tenía intención de convertirlo en su sucesor, pero Marcelo moría dos años después, tal vez envenenado. Julia quedaba viuda, aunque no por mucho tiempo: volvieron a casarla, esta vez con Agripa, su hombre de confianza y 24 años mayor que ella. Ese matrimonio le fue aconsejado a Augusto por Mecenas, quien le dijo: “Has engrandecido tanto a Agripa que solo puede convertirse en tu yerno o ser asesinado”.

De esa unión nacerían cinco hijos, el último de los cuales fue póstumo. Para entonces la conducta de Julia era abiertamente escandalosa. Se rumoreaba acerca de su larga relación con Sempronio Graco, y otro de sus amantes más famosos fue el poeta Ovidio; pero estos distaban de ser los únicos. De hecho era conocida por su desmedida inclinación hacia los hombres, y su promiscuidad no entendía de clases sociales; patricios o esclavos, todos parecían venirle bien, y se cuenta que una noche llegó a organizar una orgía en la plaza del mercado. Plinio el Viejo la llama “exemplum licentiae”.

Augusto, tan empeñado en imponer una estricta moralidad, al principio no tenía ni idea de los excesos de su bella hija. Veía, eso sí, cosas en ella que le molestaban, como unos atavíos poco discretos y un séquito exagerado, y frecuentemente la reconvenía por ello. Pero Julia no tenía intención alguna de convertirse en una mujer frugal y sencilla. Cuando un amigo trató de persuadirla para que siguiera el ejemplo modesto de su padre, ella, igualmente famosa por su agudo ingenio y su lengua afilada, respondió:

—Él olvida que es el César, pero yo recuerdo que soy la hija del César.

Augusto no hubiera imaginado cuán alegre era el comportamiento de Julia en la intimidad. Cierto que a veces le asaltaban sospechas, pero ver el enorme parecido que sus nietos guardaban con Agripa le tranquilizaba. No cabía duda de que eran legítimos.

Su padre ignoraba que ella era capaz de armonizar perfectamente el placer con el deber mediante un sistema que confesó con un símil náutico en una ocasión, según le atribuye Macrobio:

—Es que nunca admito un pasajero hasta que la nave está cargada.

Con lo que quería decir, naturalmente, que solo tomaba amantes cuando estaba embarazada de su esposo.

Augusto amaba a su hija, y admiraba ese ingenio suyo que la convirtió en protagonista de muchas anécdotas, reales o inspiradas por su fuerte personalidad. El emperador dijo una vez a sus amigos que tenía dos hijas encantadoras a las que tenía que soportar: Roma y Julia. Ella siempre encontraba la réplica adecuada a las regañinas de su padre. Un día acudió a un espectáculo de gladiadores, y mientras Livia se rodeaba de varones notables, en torno a Julia se reunía una caterva de jóvenes lujuriosos. Augusto se molestó mucho por ello, y la reconvino por escrito, haciéndole ver la diferencia que había entre las dos principales mujeres de Roma. Ella respondió con una enorme sutileza con la que envolvía un dardo afilado: “estos se harán viejos conmigo”.


En otra ocasión su padre se había quejado de su atuendo poco discreto, y ella tomó en consideración su desagrado y se presentó al día siguiente con otro mucho más modesto, para alegría de él.

—¡Cuánto más adecuado es este vestido para una hija de Augusto! —exclamó satisfecho.

—En efecto, hoy me he vestido para los ojos de mi padre, ayer para los de mi marido.

Las canas comenzaron a aparecer prematuramente en los cabellos de Julia, y ella las arrancaba en secreto, antes de que llegaran a ser perceptibles. Un día llegó su padre por sorpresa cuando la estaban peinando. Augusto se dio cuenta de que las peluqueras le estaban arrancando algunas canas, pero fingió no percatarse y, tras haber conversado sobre varias cosas, le preguntó si cuando fuera mayor preferiría ser canosa o calva. La respuesta no admitía duda: Julia respondió que prefería ser canosa, por supuesto.

—Entonces, ¿por qué permites que tus peluqueras te dejen calva tan rápido?


Agripa murió en el año 12 a.C., y Julia aún contraería un tercer matrimonio: Tiberio tuvo que divorciarse de su amada esposa, Vipsania, para casarse con ella a disgusto. Vipsania esperaba por entonces su segundo hijo. Julia solo tendría un hijo de Tiberio, un niño que falleció durante la infancia. Suetonio afirma que él desaprobaba el carácter de su esposa, mientras que Tácito dice que Julia despreciaba a su marido por considerarlo por debajo de ella.

Fue por la época de su tercer matrimonio cuando Augusto no pudo seguir cerrando los ojos a los desmanes de su hija, demasiado públicos para entonces. Una fiesta nocturna que comenzó en casa de Julia derivó en orgía por las calles de Roma. Ella se aproximó a la estatua de Marsias, símbolo de la libertad, y, alzada sobre los hombros de su amante Julo Antonio —hijo de Marco Antonio y Fulvia—, depositó una corona de flores sobre la cabeza de la diosa, reivindicando así su propia libertad.

Julia fue acusada de adulterio y traición, y el emperador envió una carta a Tiberio, por entonces en Rodas, declarando nula su unión. Augusto había promulgado leyes castigando el adulterio, por lo que no podía pasar por alto que su propia hija infringiera las normas que él trataba de imponer. No quería que el pueblo pensara que era un hipócrita con dos varas de medir.

Varios de los amantes de Julia fueron desterrados, y Julo Antonio fue obligado a suicidarse. A ello podría haberse sumado un problema de fondo más grave que el estrictamente moral: se cree que había un complot para apartar a Tiberio y sustituirlo por Julo Antonio.


Cuando saltó la noticia del adulterio, Augusto, que había tomado a sus nietos bajo su protección, desterró a su hija a la minúscula isla de Pandataria. Allí permanecería bajo las más duras condiciones y con la única compañía de su madre, que solicita y obtiene permiso para compartir el destino de su hija. Se trataba de un islote sin vegetación, azotado por los vientos y con tan solo una villa fortificada carente de comodidades. No había ningún hombre en los alrededores, excepto los soldados que debían vigilarla, y ni siquiera se le permitía beber vino. No disponía de muebles o ropa elegante, y la comida quedaba reducida a lo más frugal: pan, queso y fruta. No podía recibir visitas a menos que su padre fuera consultado antes. Un hombre que quisiera verla tenía que dar primero su descripción de un modo lo más preciso posible, incluyendo cualquier tipo de marca en la piel. El motivo de estas descripciones no era solo impedir el acceso de cualquiera que fuera no solo políticamente peligroso, sino también evitar que pudiera visitarla un hombre que le resultara atractivo.

La mala reputación de Julia no impidió que fuera popular entre el pueblo de Roma, que la consideraban una mujer de buen corazón, alejada de todo ánimo de venganza o rencor. Su duro destierro no resultaba una decisión popular, y comenzaba a causar algún revuelo, por lo que al cabo de cinco años Augusto suavizó las condiciones. Julia pudo abandonar la isla y establecerse en Calabria, en el sur de Italia, en una residencia mucho más lujosa, aunque nunca obtuvo el perdón de Augusto. Él dejó instrucciones para que ni siquiera fuera enterrada en su mausoleo, hizo destruir sus retratos y eliminó los pasajes literarios que contenían menciones de Julia.


Cuando Tiberio se convirtió en emperador, las condiciones de Julia empeoraron: suprimió su pensión y ordenó que permaneciera confinada en una habitación, privada de toda compañía humana.

Julia falleció muy poco tiempo después. Tenía 53 años. Acerca de las causas de su muerte hay dos teorías: la primera es que el vengativo Tiberio la hizo morir de hambre, y la segunda que la propia Julia se dejó morir al recibir la noticia de que su hijo Agripa Póstumo había sido asesinado. 


martes, 21 de mayo de 2013

Aquellos romanos y sus raras mascotas


Julio César tenía una jirafa que trajo consigo de Alejandría en el año 46 a. C. y que exhibió para curiosidad de los romanos. Ellos, que aún no conocían tal clase de animal, la percibieron como una especie de cruce entre camello y leopardo, por lo que la llamaron “cameleopardo”. 

Los emperadores romanos fueron muy aficionados a los leones. Domiciano poseía uno, y el de Caracalla, llamado Acinaces, comía a su mesa y dormía con él. Valentiniano, en cambio, prefería tener dos osas enjauladas junto a su dormitorio. Se llamaban Inofensiva y Lentejuela Dorada, y dicen que las alimentaba con carne humana. La primera de ellas, en premio a sus méritos, pudo volver a sus bosques. 

Calígula tenía predilección por su caballo Incitatus, al que tenía en un establo de mármol y un pesebre de marfil con bebedero de oro. Según la tradición —cuestionada por los revisionistas—, el emperador hacía que lo cubrieran con mantas color púrpura, reservado a la familia imperial; lo adornaba con un collar de piedras preciosas y mantenía un equipo de 18 esclavos a su disposición. Incitatus era un magnífico caballo de carreras de origen hispano, lo que respondía al gusto del emperador por este deporte. Para impedir que el animal fuera molestado, Calígula, según Suetonio, siempre desplegaba tropas en los alrededores el día antes de las carreras, encargándoles que se mantuviera todo en un absoluto silencio, bajo pena de muerte para quien no lo respetara. Acudían músicos a tocar para él, y huéspedes que eran invitados en nombre del caballo. Los que se negaban a asistir eran torturados y se enfrentaban al destierro. Cada noche cenaba en una gran sala de banquetes con senadores y otros personajes. El caballo estaba presente en las celebraciones, bien perfumado y enjoyado. 

La leyenda asegura que el joven emperador comía y dormía en los establos, junto al caballo, los días de las carreras. Se cuenta que en una de aquellas carreras, a pesar de todo, perdió Incitatus y que Calígula no pudo contenerse y mandó matar al osado auriga, pero diciéndole al verdugo aquello de "Mátalo lentamente para que se sienta morir". 

Al parecer, Calígula incluso planeaba otorgarle un consulado, pero no llegó a tener ocasión: un guardia de palacio, Casio, tuvo la impresión de que el emperador había llevado demasiado lejos su amor por un animal, y asesinó a Calígula. 


Trajano también tenía un caballo que mantenía como mascota sin otra utilidad. No tomaba parte en las carreras ni hacía otra cosa que no fueran cabriolas y piruetas que le enseñaba. 

Calígula, al igual que Británico, también poseía varios ruiseñores y un estornino que, según se decía, sabían hablar latín y griego. 

Augusto lanzó la moda de cuervos y periquitos que podían hablar, y solía pagar unas sumas enormes por esos pájaros. Los romanos pobres intentaban apoderarse de los cuervos y enseñarles unas cuantas palabras, esperando que el emperador los recompensaría generosamente. Y entre los acomodados, hubo un hombre que pagó lo que era el precio de un viñedo con sus esclavos por un ruiseñor blanco que quería regalar a Agripina, la hermana de Calígula. 


Tiberio poseía una serpiente a la que alimentaba con su propia mano. Según Suetonio, un día, cuando iba a alimentarla, descubrió que había sido devorada por hormigas, algo que se interpretó como una advertencia de los dioses para que tuviera cuidado con el poder de las masas. 

Una de las mascotas más llamativas fue la de Licinio Craso, muy aficionado a las angulas. Este hombre, de quien Cicerón atestigua cuán grave y serio era, sentía un desmedido amor por uno de los peces de su estanque, una morena. Según Plinio el Viejo, fue su afición a estos animales lo que determinó que adoptara el apellido Murena. Llevaba a su pez engalanado con pendientes de piedras preciosas, y le daba de comer de su mano. Cuando su mascota murió, lloró con desconsuelo y le guardó luto como a una hija, algo que en una ocasión le reprochó Domicio en el senado como si fuera un crimen vergonzoso: 

—¿Es verdad que lloraste la muerte de tu pez? 

A lo que él replicó: 

—¿Es verdad que tú no lloraste en los funerales de ninguna de tus tres esposas? 

Craso no era, sin embargo, el único romano que amaba a estos animals. Vedio Pollión, amigo de Augusto, era famoso tanto por sus riquezas como por su crueldad para con sus esclavos. Tenía morenas como mascotas, y adornaba a algunas de ellas con joyas. Pero lo peor del caso es que las alimentaba con los esclavos que no hubieran cumplido bien su cometido. Cuentan que uno de sus peces vivió hasta la venerable edad de 60 años, algo que seguramente ninguno de sus esclavos llegó a conseguir. 

Dicen que la única criatura a la que Nerón amó fue su pantera Febea. La vio por primera vez en un combate de fieras en el coliseo, y quedó tan impresionado por su ferocidad que decidió perdonarle la vida y quedarse con ella como mascota. Hizo construir una jaula de oro en los terrenos de palacio, pero no permanecía encerrada todo el tiempo, sino que a veces la soltaba mientras tenía invitados a cenar. No se permitía que nadie mostrara disgusto ni incomodidad. 

Procopio relata que el emperador Honorio tenía una gallina faraona a la que llamaba Roma. Cuando la ciudad fue saqueada por Alarico, el eunuco a cargo del gallinero imperial corrió a anunciarle el fin de Roma. 

—¡Pero si hace un momento estaba comiendo de mi mano! —se alarmó Honorio. 

El eunuco le aclaró que se refería a la ciudad, que estaba siendo arrasada por el godo. Cuando el emperador supo que no se trataba de la gallina, exhaló un suspiro de alivio. 


Pero para romano extravagante, Virgilio con su mosca. El gobierno planeaba confiscar las tierras de los latifundistas y parcelarlas para entregarlas a veteranos de guerra, con excepción de aquellas tierras que contuvieran mausoleos. Para burlar la ley y poder acogerse a la excepción, Virgilio organizó un costosísimo funeral con plañideras, músicos, invitados célebres y lectura poética, una ceremonia con la que pretendía dar sepultura a la que, según él, había sido su amada mascota: una mosca, que enterró en un mausoleo. La broma le costó al poeta unos 800.000 sestercios, pero logró salvar sus tierras.


lunes, 20 de mayo de 2013

Ana de Austria y el Duque de Buckingham

Ana de Austria

Madame de Chevreuse conoció a su primer verdadero amor por las fechas en las que Buckingham llegaba a Francia para escoltar a Enriqueta María hasta el que sería su reino. Marie había puesto sus ojos en uno de los embajadores ingleses, Henry Rich, conde de Holland, enviado para apresurar las negociaciones que culminaron en la boda de Enriqueta con el rey de Inglaterra. El embajador era joven, apuesto y elegante, y ella no resultó insensible a sus encantos. Holland no tardó en hacerse un visitante asiduo en su hogar, y el marido no veía nada. 

Fue con este hombre con el que Marie concibió la idea de organizar una intriga galante entre Ana de Austria y el duque de Buckingham. Madame de Motteville nos cuenta lo siguiente al respecto: “Madame de Chevreuse me ha dicho… que obligaba a la reina a pensar en Buckingham, hablándole siempre de él y quitándole los escrúpulos que ella tenía… Sin embargo, he oído decir a madame de Chevreuse, y con exclamaciones al respecto, que era cierto que la reina tenía el alma bella y el corazón bien puro, y que a pesar del ambiente en el que había nacido, donde, como ya he dicho, la palabra galante está de moda, ella se había tomado todas las molestias del mundo por evitar tomarle el gusto a la gloria de ser amada”. 

Henry Rich, conde de Holland

A Marie se le había metido entre ceja y ceja que la reina debía dar un heredero a la Corona. Se consideraba obligada a ayudarla a resolver ese asunto, ya que en cierto modo había sido responsabilidad suya que Ana de Austria cayera en aquel corredor y tuviera un aborto. El problema era que, a raíz de aquel desdichado accidente, el enojo del rey era tremendo. La disposición de Luis XIII era tan nula y las relaciones con su esposa tan deplorables que había renunciado a intentar ser padre de nuevo. Chevrette pensaba que la solución pasaba por encontrar otro caballero mejor dispuesto y que resultara del agrado de Ana. Al menos el cardenal Richelieu y Gastón de Orleáns estaban convencidos de que eso era lo que había en el fondo de todo, como se desprende de unas palabras de Gastón de Orleáns recogidas por el cardenal más adelante, cuando Marie regresaba de uno de sus exilios. Gastón dijo “que se había hecho volver a Madame de Chevreuse para proporcionarle a la reina más medios de tener un hijo”. 

Los intrigantes hablaron con el osado George Villiers, duque de Buckingham, al que encontraron con muy buena disposición de ánimo. Él ya había visto a la reina un par de años antes, cuando había acompañado a España al príncipe de Gales, quien se proponía en aquel tiempo concertar un matrimonio con la hermana menor de Ana de Austria. A George le había agradado la reina de Francia y, además, considerándose irresistible, no cruzaba por su mente la idea del fracaso. 

Buckingham
Curiosamente, consta que venía intentando atraerse la buena voluntad de Ana desde mucho antes: hay al respecto una nota dirigida al duque de Chevreuse con fecha del 26 de abril de 1620 y que dice: “Me atrevo a suplicaros que os toméis la molestia de posar vuestros ojos sobre los 8 caballos de carroza que envío a la reina y que ordenéis que le sean presentados a la hora que estiméis, para que, acogido a vuestra autoridad, la culpa que merece esta osadía pueda verse paliada; es una protección que espero de vuestro favor”. 

La cuestión es que Ana de Austria, a pesar de esa alma bella y corazón puro, pareció conmovida al conocer al duque, sin que diera la impresión de ser capaz de calcular las consecuencias. “Por los consejos de madame de Chevreuse, la reina no había podido evitar, a pesar de la pureza de su alma, complacerse en esta pasión”. 

Eso nos dice madame de Motteville, íntima amiga de la reina. Françoise Bertaut de Motteville era hija de una dama española que fue la secretaria personal de Ana de Austria. No dejó de serle absolutamente leal, a pesar de todas las intrigas de la Fronda. Su devoción fue inconmovible. Y ella nos dice eso. La reina le confió más tarde que le había hecho a Buckingham esta confesión: “que si una mujer honesta hubiera podido amar a otro hombre que no fuera su marido, él habría sido el único posible”. 

Por suerte para Ana de Austria, Buckingham sólo permaneció una semana en la corte, con lo que los enemigos de la reina tuvieron poca ocasión de arruinarla. Sin embargo, los gestos, las miradas entre ambos eran tan elocuentes que no fue difícil que Luis XIII y sus ministros fueran pronto informados de cuál era el tema de conversación favorito de sus cortesanos. Por consiguiente el rey decidió apresurar el regreso del duque a Inglaterra, y con él iría Enriqueta María rumbo a su destino. 

Enriqueta partió el 2 de junio a las cinco de la tarde, montada en una litera de terciopelo rojo y escoltada por arqueros a caballo. La corte la acompañaría en su ruta a través de suelo francés. No era, por tanto, el momento de la despedida para Ana de Austria; la aguardaban otras ocasiones de encontrarse con el duque, pero, aun así, el asunto jamás excedió los límites de una atracción platónica. 

Madame de Chevreuse

Madame de Chevreuse siguió a la comitiva hasta Inglaterra, y allí el rey dispuso que se alojara en el castillo de Richmond. Buckingham la frecuentaba mucho; podía estar cinco o seis horas encerrado con ella cada día. Marie incluso pasó dos semanas en el hogar del duque sin la compañía de su marido. El obispo de Mende denunció esta situación a Richelieu. Éste se alarmó y quiso hacerla regresar de inmediato; sin embargo, como estaba encinta, el rey de Inglaterra se opuso a que emprendiera el viaje. Desde ese momento iban a establecerse entre ella y el cardenal sentimientos de antipatía profunda. 

Marie dio a luz en el palacio de Hampton Court. Tuvo una hija a la que llamó Anne Marie y que fue religiosa, abadesa de Pont-aux-Dames. Solo daría hijas a su segundo esposo: otra de ellas, Henriette, nacería en 1631 y fue también religiosa, abadesa de Jouarre; y Charlotte, nacida en 1627, conocida como mademoiselle de Chevreuse. 

Anne-Marie de Chevreuse

Una vez nacida Anne Marie, ya no tenía ningún pretexto para permanecer en la isla. Richelieu se encargó de hacerla regresar, y con ello el asunto del duque de Buckingham estaba casi liquidado… Excepto, claro está, por los famosos herretes de diamantes, una historia con más fundamento del que podría parecer a simple vista, como narramos en su día en este artículo: 



sábado, 18 de mayo de 2013

Madame de Chevreuse y Ana de Austria

“Francia solo está tranquila cuando ella está lejos.” (Mazarino)


La vida de Marie-Aimée de Rohan-Montbazon, duquesa de Chevreuse, fue una larga serie de aventuras amorosas, intrigas y complots que le granjearán la enemistad de Luis XIII, de Richelieu y de Mazarino. 

La duquesa era bonita, distinguida, su rostro un óvalo perfecto de rasgos delicados y aristocráticos, boca perfecta de labios rojos que levantaban pasiones. La mirada guardaba un gran misterio; los cabellos eran rubios, el talle esbelto, el cuerpo bien proporcionado, aunque no era muy alta. El conjunto resultaba sumamente elegante, gracioso, femenino. Marie no dejaba indiferente a nadie; jóvenes o viejos, nobles o plebeyos, todos solían sentirse atraídos. “Galante, vivaz, osada, emprendedora”, la describía La Rochefoucauld. 

Le gustaba el romance. Le duraban poco los amores y cambiaban frecuentemente, pero no los simultaneaba. Durante el tiempo que durase la relación, permanecía fiel. También adoraba divertirse. Por donde pasaba dejaba el recuerdo exquisito de su alegría y su vivo ingenio, algo que se manifestaba en su conversación. Dicen sus biógrafos que no era egoísta ni ambiciosa, y que si intrigó toda su vida fue, simplemente, en parte por diversión y en parte por devoción hacia los que amaba. Así lo afirma madame de Motteville cuando dice: “Yo la oí decir a ella misma que la ambición nunca le había tocado el corazón, sino que era el placer lo que había perseguido”. Es decir, Madame de Chevreuse fue una conspiradora vocacional. 

El padre de la duquesa, monsieur de Montbazon, se había casado dos veces. Tuvo dos hijos de su primer matriomino: el mayor era un varón, Luis VII de Rohan, Príncipe de Guéméné, y la segunda fue nuestra Marie, nacida en diciembre del año 1600. 

Marie d'Avaugour
Cumplidos los 60, el caballero volvió a casarse, y esta vez eligió a una jovencita de tan solo 18 y que pasaba por ser una de las mayores bellezas de su tiempo: Marie d’Avaugour de Bretagne, hija del conde de Vertus. Para ello la sacó del convento en el que deseaba profesar como religiosa. Monsieur de Montbazon, en absoluto desalentado por la diferencia de edad, fue capaz de engendrar tres hijos durante su segundo matrimonio, convirtiéndose en padre por última vez a los 76. 

Marie apenas conoció a su madre, Madeleine de Lenoncourt, fallecida cuando ella no había cumplido siquiera dos años. Pasó su infancia en manos de gobernantas desprovistas de autoridad, por lo que no fue educada con esmero ni de un modo capaz de predisponerla a la virtud, pero ella suplía con su inteligencia las deficiencias de su educación. Desde el primer momento manifestó una encantadora coquetería y una ligereza peligrosa, rasgos de su carácter que la inclinarían hacia una vida independiente, llena de placeres, fantasías y libertades. 

A punto de cumplir 17 años, su padre, ansioso por desembarazarse de ella, planeó casarla. Era el momento en que Luis XIII había puesto fin a la regencia de su madre y ejecutado a Concini. Tenía entonces por favorito a Charles d’Albert, posteriormente duque de Luynes, un caballero que a sus 39 años resultaba hermoso, tenía muy buena planta y hacía gala de unos modales exquisitos. El rey le había ofrecido por esposa a su propia hermanastra, mademoiselle de Vendôme, pero ella lo rechazó por juzgarlo poca cosa. Él, despechado, decidió contraer rápidamente matrimonio con cualquier otra que se le presentara. Fue entonces cuando dirigió su mirada hacia Marie de Rohan, joven, rica y seductora. Luis XIII dio su aprobación, y ella tampoco tenía nada que objetar. La diferencia de edad era cosa corriente en la época, por lo que no supuso ningún obstáculo. Ambos se casaban el lunes 11 de septiembre de 1617, en los apartamentos de la reina en el Louvre, en presencia del rey y de algunos notables de la corte. 

Marie fue nombrada superintendente de la Casa de la reina. Esto se hizo al principio muy a pesar de Ana de Austria: ella detestaba al favorito, y por nada del mundo hubiera querido tener a su esposa tan cerca, pero tuvo que acatar la voluntad del rey. Sin embargo, poco a poco Marie de Rohan se fue ganando su simpatía hasta comenzar a forjar una sólida amistad entre ambas. 
                                                                                                      
                                                                                                                  Duque de Luynes
A los 16 meses de su matrimonio Marie tuvo una hija. Desde el primer momento planeó prometerla a algún gran personaje, en lo que encontró la colaboración de la reina. El elegido fue monsieur de Joyeuse, hijo del duque de Guisa. 

El 25 de diciembre de 1620 daba a luz un hijo. El favor del que gozaba para entonces era tal que Ana de Austria la veló toda la noche, y por la mañana incluso repicaron las campanas celebrando el acontecimiento. Luis XIII, que en ese momento estaba en Calais con Luynes, hizo disparar los cañones para anunciarle al padre la buena nueva. 

Dicen que el propio rey se sintió pronto seducido por los encantos de Marie. Sin embargo, como afirma Tallemant des Reaux, “nunca tuvo la intención de convertir en cornudo al condestable de Luynes”. Virtuoso, tímido y poco emprendedor, Luis no era lo suficientemente osado. Aun en el supuesto de que fuera cierto que alguna vez se sintió atraído, la dama no era de su agrado por la gran influencia que ejercía sobre la reina. 

Luynes falleció en diciembre de 1621, a consecuencia de unas fiebres durante el transcurso de una campaña en el Midi. En el momento de su muerte la esposa estaba en París, a punto de dar a luz. Luis, a su regreso, no acudió a verla, sino que se limitó a ordenarle abandonar el Louvre con el pretexto de que no era oportuno que el nacimiento de su hijo tuviera lugar en el palacio real, privilegio reservado a los príncipes de la sangre. Posteriormente retiró la orden, pero la hizo trasladar a un lugar más pequeño y oscuro dentro del palacio. Así dio a luz Marie a una niña. 

Luis XIII se había reconciliado con su madre, María de Médicis, que regresaba ahora a la corte para emponzoñar aún más la convivencia con la reina. Para entonces Marie de Rohan se había convertido en el único refugio de Ana de Austria; ambas eran inseparables. Pero entonces sobrevino la tragedia: Ana, que ya había tenido un primer aborto, causó accidentalmente el segundo jugando de modo imprudente con su amiga por los corredores del Louvre. Fue Marie, al parecer, quien tuvo la infortunada idea de incitar a la reina a correr y patinar sobre el suelo, lo que provocó su caída y posterior aborto. La cólera del rey fue indescriptible. Marie quedaba en una posición muy delicada, pero no se rendía. 

María de Médicis

Y esto nos lleva a Claudio de Lorena, primero Príncipe de Joinville y luego duque de Chevreuse. Era el tercero de los cinco hijos del duque de Guisa. Le doblaba la edad a Marie: hacia 1622 tenía 44 años, y había tenido numerosas amantes: siempre se encaprichaba de las del difunto Enrique IV, por lo que en una ocasión el rey le había enviado en un viaje a Inglaterra para librarse de su molesta presencia. 

La amistad de Marie con el duque de Chevreuse había comenzado en vida de su marido, y fue algo que dio mucho que hablar. De hecho Luis XIII, en un arrebato de mal humor contra Luynes, le había revelado que monsieur de Chevreuse estaba enamorado de su esposa. 

Marie y Claudio se habían visto muchas veces en la corte. Solían encontrarse en casa de la princesa de Conti, hermana de él. Al tanto de los sentimientos de su hermano, les facilitaba las entrevistas, que desde la muerte de Luynes se sucedían sin rebozo. En abril de 1622, tras caer en desgracia, Marie comprendió que no tenía otro modo de salir adelante que casándose con él, de modo que le propuso matrimonio sin vacilar, y el desconcertado Chevreuse apenas tiene otra opción que aceptar. Ambos se casan sin el consentimiento del rey, pero al convertirse en miembro de una de las principales familias de Francia, podía permanecer en la corte con la cabeza muy alta, a pesar de toda la antipatía y el disgusto que pudiera inspirar a Luis XIII. Marie se convertía en duquesa de Chevruse, por lo que comienzan a llamarla Chevrette (literalmente “cabrita”). 

Enriqueta María de Francia, reina de Inglaterra

La duquesa nunca dejó de estar en todas las salsas. Ella y su segundo esposo tuvieron un papel destacado en el matrimonio de Enriqueta María, la hermana de Luis XIII, con el rey de Inglaterra. Como Carlos I no podía abandonar su reino, se acordó que se casarían por poderes y que sería el duque de Chevreuse quien le representaría en Francia. Después de la ceremonia, el duque debía acompañar a la recién casada a Inglaterra, y madame de Chevreuse le seguiría. 

¡Que gran ocasión para la intriga! No iba a poder resistir lanzarse a una de ellas cuando 13 días después de la ceremonia, el 24 de mayo de 1625, llegaba a París el joven y seductor George Villiers, duque de Buckingham, para conducir a Enriqueta a Inglaterra. La Chevreuse intentaría lanzar a Ana de Austria de cabeza a la aventura...


El relato continuará con "Ana de Austria y el duque de Buckingham"

jueves, 16 de mayo de 2013

Las manías del Duque de Mazarino


Armand Charles de La Porte, hijo del duque de la Meilleraye estaba casado con Hortensia Mancini, dándose la circunstancia de que ambos eran sobrinos de los dos cardenales que gobernaron Francia durante ese siglo: él era sobrino de Richelieu, y ella de Mazarino

Armand —cuyo rostro, según Madame de Sévigné, era una justificación para todos los cuernos que quisiera ponerle una esposa atractiva— se enamoró desesperadamente de Hortensia apenas la conoció, se negaba a aceptar a otra por esposa y juraba que moriría en tres meses si no podía casarse con ella. No era esta la boda que Mazarino tenía en mente, pero ante la inusitada insistencia del joven, el cardenal terminó por acceder. En 1661 Hortensia, a punto de cumplir quince años, se casaba con su ardiente admirador, quien contaba 29. Desde entonces llevarían el título de duques de Mazarino. 

El cardenal falleció al año siguiente dejando a su sobrina una herencia fabulosa y un esposo difícil de soportar. Pronto se hizo evidente que ambos cónyuges eran totalmente incompatibles: Hortensia no tenía intención de renunciar a las diversiones de la corte ni a recibir las atenciones y halagos de sus múltiples admiradores. Armand se mostraba excesivamente celoso, y llegó a sospechar que Hortensia mantenía una relación con su propio hermano, Felipe de Nevers, y tapió el corredor que conectaba los aposentos de ambos. Insistía en que su esposa lo acompañara en todos sus viajes para poder vigilarla, y no dejaba de trasladarse de una a otra de sus residencias, porque en cuanto un lacayo apuesto se dirigía demasiado cortésmente a Hortensia, ya sentía la necesidad de alejarla de allí. Se oponía a que desarrollara cualquier clase de actividad social y despedía a sus servidoras por creer que eran cómplices y encubridoras en oscuras tramas de cuernos. Además se negaba a dirigirle la palabra mientras no retirara los cosméticos de su rostro y le prohibió ofrecer representaciones teatrales dentro del palacio. También le prohibía terminantemente quedarse a solas con cualquier hombre, la obligaba a rezar durante buena parte del día en la capilla, pidiendo perdón por los pecados de la carne, y organizaba extravagantes búsquedas a medianoche, a la caza de posibles amantes secretos


Era un hombre caprichoso, tenía un carácter malhumorado, rehuía la compañía y no se destacaba por su brillante intelecto, sino que, por el contrario, pronto comenzó a dar muestras de ser mentalmente inestable. Más que un cristiano devoto, se creía inspirado por Dios, y sus supuestas visiones y revelaciones divinas eran el hazmerreír en la corte del Rey Sol. Oía voces y aseguraba que hablaba con los ángeles. A este respecto hay una anécdota que cuenta que, muy molesto por la relación pecaminosa que el rey mantenía con La Vallière, un día el duque se dirigió a él y ni corto ni perezoso le dijo que se le había aparecido el arcángel San Gabriel para ordenarle a Luis que rompiera con la favorita. El rey le respondió: 

—También se me apareció a mí, y me aseguró que estáis chiflado. 

Pero el duque estaba tan convencido de que el sexo era algo pernicioso que arrancaba los dientes delanteros de sus sirvientas y llegó a proponer arrancar también los de sus tres hijas. De ese modo pretendía sofocar cualquier inclinación a la vanidad y, al mismo tiempo, impedir que resultaran atractivas a los hombres. Afortunadamente para ellas, se le pasó pronto el arrebato. 

Hasta tal punto su fanatismo que no quería que las nodrizas amamantaran a los niños en los días en que se celebrara alguna festividad religiosa. Tampoco le gustaba que las lecheras ordeñaran las vacas, porque eso tenía para él connotaciones sexuales, y escribía tratados con los que pretendía regular las normas de la decencia. 

Armand tenía una magnífica colección de arte que había heredado del cardenal, pero él la estropeaba haciendo que pintaran encima de los desnudos para que no se viera nada indecoroso. En cuanto a las pobres estatuas, corrían aún peor suerte: él mismo destrozó a martillazos las más bellas de la galería. 


Impulsado por un concepto fatalista de la vida, estaba convencido de que el rango y las propiedades de las personas eran cuestiones que determinaba la suerte. Por tanto, en una ocasión se dedicó a distribuir los empleos dentro de su casa como si fuera una lotería. El resultado fue que el cocinero fue ascendido al lucrativo puesto de mayordomo, y el jefe de cuadras a secretario personal. Y en otra ocasión se enfureció con sus servidores porque, habiéndose declarado un incendio en una de sus residencias, trataron de apagarlo, contrariando así lo que él estaba convencido de que era la voluntad del cielo. 

El matrimonio era un infierno para Hortensia, que “no podía comer, caminar, dormir ni vivir en paz". Llegó a arrebatarle sus diamantes, y fue la gota que colmó el vaso: ella se rebeló. Como respuesta a su rebeldía, y harto del comportamiento de una esposa mundana y que amaba reír sobre todas las cosas, Armand decidió enviarla a un convento

Al cabo de un tiempo se acordó que regresaría al palacio Mazarino, donde ella y su esposo ocuparían habitaciones separadas. El hermano de Hortensia, Felipe, residía en un palacio contiguo. Ella hizo abrir un pasadizo mediante el cual tenía acceso a sus apartamentos a cualquier hora del día o de la noche, y eso fue lo que dio pie a Armand para llegar al extremo de sugerir una relación demasiado íntima entre ambos. 

La duquesa de Mazarino no soportaba aquella situación, de modo que decidió emprender la huida. La noche del 13 de junio de 1668 abandonó furtivamente el hogar conyugal ayudada por su hermano. Dejaba atrás a los cuatro hijos habidos de su matrimonio, el menor de los cuales tenía tan solo dos años. 

Hortensia y su hermana, María Mancini

La fuga de Hortensia no fue descubierta hasta la mañana siguiente. El marido corrió entonces a ver al rey para solicitarle que fuera detenida en la frontera, pero no le sirvió de mucho: Luis XIV profesaba un gran afecto a las sobrinas del cardenal, y, desde luego, en este asunto estaba inequívocamente de parte de Hortensia. El rey, con mucha ironía, remitió a Armand a su amigo el Arcángel San Gabriel y se desentendió del asunto. Incluso ayudó a Hortensia con una pensión que le permitiera vivir con independencia del esposo. 

Cuando ella murió en 1699, probablemente debido a un suicidio, el duque dio rienda suelta a su extravagancia. Armand reclamó el cuerpo de Hortensia, y pasó casi un año antes de que le diera sepultura. Durante ese tiempo llevaba el ataúd consigo por dondequiera que iba, como en su día había hecho la reina Juana de Castilla con Felipe el Hermoso. Finalmente depositó los restos de su esposa a los pies de la tumba del cardenal Mazarino. 


martes, 14 de mayo de 2013

Marie Duplessis: la verdadera Dama de las Camelias


“No soy yo quien baila demasiado rápido; son los violines los que tocan muy lento.” 
(Marie Duplessis)

Su verdadero nombre era Rose Alphonsine Plessis. Había nacido en un pueblo de Normandía el 15 de enero de 1824, en el seno de una familia humilde. Su madre, Marie Deshayes, procedía en realidad de una familia de aristócratas a los que la Revolución privó de fortuna. La pobre mujer cometió el error de enamorarse del hombre equivocado: Marin Plessis era un pañero completamente alcoholizado, hijo ilegítimo de una prostituta y de un sacerdote que nunca lo reconoció como suyo. Maltrató a su mujer hasta que ella se vio obligada a abandonarlo y buscar un puesto como ama de llaves de una familia suiza amiga de su abuela. 

Al marcharse de su hogar, Marie dejó a sus dos hijas a cargo de unos parientes, con la intención de reclamarlas cuando le fuera posible. Lamentablemente la mujer fallecía poco después, víctima de la tuberculosis, y Alphonsine y su hermana Delphine se separaron. Alphonsine vivía y trabajaba en la granja de estos parientes y, según el biógrafo Romain Vienne, fue violada por uno de los trabajadores contando once o doce años. Cuando se conoció el incidente, la niña fue devuelta a su padre. 

Un año más tarde Alphonsine comenzaba en el oficio de lavandera. Por esas fechas su padre hacía negocio vendiéndola a un anciano de 70 años, que abusó de ella durante un tiempo. La niña se escapó y encontró un empleo como sirvienta, pero Marin se presentó a buscarla. 

Cuando Alphonsine tenía quince años, después de trabajar en un mesón y en una fábrica de paraguas, llegó a París con una compañía de gitanos. Allí trabajó en una tienda a cambio de un salario miserable y comenzó a aprender el oficio de modista. El escritor Nestor Roqueplan cuenta cómo fue su primer encuentro durante esa época: ella miraba anhelante las patatas fritas que vendían en la calle. Roqueplan sintió lástima y le compró algunas, que la joven devoró con avidez. 

Tenía 16 años y era preciosa con su cabello oscuro y sus enormes ojos negros bordeados de largas pestañas. Pálida y delgada, tenía un conmovedor aire de fragilidad que nunca la abandonó. Un domingo paseaba con unas amigas por las inmediaciones del Palais Royal y se detuvieron a tomar algo en el restaurante de Monsieur Nollet, quien quedó subyugado por la joven. Se trataba de un hombre de buena posición, de modo que pudo instalar a Alphonsine en un pequeño apartamento de la rue l’Arcade, con tres mil libras para hacer frente a sus primeras necesidades. 

Las exigencias económicas de la bella comenzaron a ser desmedidas, y al cabo de un año Nollet ya no era capaz de satisfacerlas. Alphonsine comenzó a buscar otros hombres que pudieran pagar sus lujos. Para ello era buena idea dejarse ver en el teatro, así que se convirtió en asidua de la Comedie Française y de otros lugares convenientes para la consecución de sus fines. Fue por esta época cuando cambió su nombre por el de Marie, y añadió el aristocrático du a su apellido. 

El joven Agénor de Guiche, posteriormente duque de Gramont y ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III, se enamoró de ella y se ocupó de que recibiera una educación esmerada. Marie aprendió a bailar, a tocar el piano, a hablar francés correctamente como cualquier aristócrata y sin ese acento normando, y a comportarse en sociedad. Pronto se convirtió en ávida lectora y se interesaba por las noticias de actualidad con las que poder ofrecer conversación. 

Es posible que ella diera a luz un hijo de Guiche en 1841, una criatura que sería entregada en adopción y que posteriormente moriría de una neumonía. En cualquier caso, la historia no duró mucho, porque la familia de él, alarmada ante las negativas repercusiones que esa relación podría tener sobre la brillante carrera de Agénor y sobre el propio apellido, tomó cartas en el asunto y logró que se separaran. 

Además de Agénor tuvo muchos otros amantes dispuestos a arruinarse por ella. Hubo un momento en el que tenía siete al mismo tiempo. Uno de los más conocidos fue el conde Edouard de Perregaux. Pero la salud de Marie, que padecía tuberculosis, comenzó a agravarse por entonces, y eso motiva que se desplace a Baden-Baden para beneficiarse de las aguas termales. Cuando regresa a París, él se había arruinado y no podía seguir manteniéndola. 

En 1844, cuando contaba 20 años, pasó a ser mantenida en exclusiva por el anciano conde von Stackelberg, quien había sido embajador ruso. Marie le recordaba al caballero a una hija suya que había muerto muy joven, algo que despertó su instinto protector. El conde pagaba sus facturas, compraba en Inglaterra caballos para ella y alquilaba palcos en los mejores teatros de París. En su lujosa vivienda del Boulevard de la Madeleine, amueblada al estilo Luis XV, Marie recibía a toda la intelectualidad de París. Su día comenzaba a las once de la mañana, cuando despertaba; tomaba una taza de chocolate, leía un poco y luego dedicaba su tiempo a decidir qué ropa se pondría. Después paseaba por el parque con sus perros, o bien en su carruaje. A sus fiestas y tertulias asistieron, entre otros, Alejandro Dumas padre, Balzac y Theophile Gautier. La llamaban “La Divina Marie”, y se había convertido en la cortesana mejor pagada. Franz Liszt menciona en una carta que se sentía “extrañamente atraído por esta deliciosa criatura”. 

Mujer elegante y refinada, adoraba las flores, y especialmente las camelias, de las que vivía rodeada. Su carácter solía ser alegre, pero sus cambios de humor eran extraños: tan pronto aparecía exultante como entraba en periodos de repentina melancolía. Además era mitómana. No podía evitar mentir constantemente, de una forma incluso absurda, y cuando un amigo le preguntó por qué lo hacía, ella respondió: 

—Mentir blanquea los dientes. 

Marie era ludópata. Jugaba compulsivamente y vivía como si supiera que no le quedaba mucho tiempo y tenía que aprovechar cada momento. Pero entre sus virtudes se contaba la de la generosidad con las personas necesitadas, y en especial con las jóvenes que se encontraban en situaciones similares a las que ella había padecido. 

Uno de los hombres que cayó bajo su hechizo fue Alejandro Dumas hijo. Se habían conocido dos años antes, aunque su relación comenzó cuando ambos volvieron a coincidir en 1844. El joven no tenía medios económicos para mantenerla, lo cual, por una vez, no supuso un obstáculo para que ella lo aceptara como amant de coeur. Pero Alejandro contemplaba desesperado cómo no había ninguna cosa que pudiera hacer para conseguir que no necesitara recurrir a otros hombres para su manutención, algo que le hizo distanciarse progresivamente. Cuando comenzó a alejarse, Marie le escribió una carta que decía: 

“¿Por qué no me has dicho cómo estás y por qué no me escribes con sinceridad? Creo que deberías tratarme como un amigo. Espero una palabra tuya y te beso cariñosamente como amante o como amiga, lo que tú prefieras. En cualquier caso, siempre seré tuya.” 

Él le respondió con esta otra carta en agosto de 1845: 

“No soy no bastante rico para amarte ni lo bastante pobre para ser amado como tú quieres. Así que olvidemos los dos: tú un nombre que apenas debe de significar nada para ti, y yo una felicidad que me ha resultado imposible. No tiene sentido que te diga lo triste que me siento, puesto que ya sabes cuánto te amo. Adiós. Tu corazón es demasiado grande para no comprender la razón de mi carta, y tu naturaleza demasiado bondadosa para no perdonarme por ello. Mil recuerdos.” 

Fue después de esta relación cuando, a finales de ese año, Marie comenzó otra con Liszt, recientemente separado de su amante, la condesa Marie d’Agoult. Fue ella quien se dirigió a él cuando lo vio en el pasillo de un teatro, y ambos permanecieron charlando durante todo el tercer acto de la obra. Marie insistió a su médico, que conocía al músico, para que lo trajera a una de sus recepciones, y de ese modo comenzó una relación que fue breve, pero apasionada y turbulenta. Cuando él abandonó París para su próxima gira, ella quiso acompañarlo: 

—Sé que no voy a vivir mucho —le dijo—. Soy una chica rara y no puedo aferrarme a esta vida, que es la única que sé llevar pero que no puedo soportar. 

Liszt le prometió llevarla a Constantinopla más adelante, algo que ya nunca se cumpliría, porque no volvería a verla con vida. Cuando conoció su gravedad, le envió al médico más eminente de cuantos conocía. Nada pudo hacerse por ella.

Franz Liszt

Estaba muy enferma cuando el 21 de febrero de 1846 contraía matrimonio en Londres con su antiguo amante, el conde de Perregaux, que tuvo el hermoso gesto de desear regular la situación de la mujer que tanto había amado antes de que le llegara la muerte. Fue un matrimonio de conveniencia, realizado tan solo por ese motivo, de modo que pronto se separaron y no llegaron a convivir como marido y mujer. 

El matrimonio no era legal en Francia, porque el miedo a la reacción de su familia hizo que la generosidad del conde no llegara tan lejos como para atreverse a publicar las amonestaciones en su país. Pero eso no impidió a María utilizar el título de condesa y crear su propio blasón, que hizo figurar en su vajilla, su papel de escribir y la portezuela de su carruaje. 

El último año de su vida lo pasó de un médico a otro, tratando inútilmente de eludir la muerte y mientras sus deudas se acumulaban. El conde, su esposo, había acudido a su lado desde Londres en cuanto se enteró de su gravedad, y no se apartó ni un momento de la cabecera de su lecho hasta que la terrible enfermedad acabó con ella en febrero de 1847. Tenía 23 años recién cumplidos y moría una noche mientras en la calle la gente celebraba el carnaval. Todas sus posesiones, incluido su loro, tuvieron que ser vendidas para hacer frente a los gastos. La parte sobrante fue entregada a su hermana y a la hija de esta. 

Dos días después se celebraba su funeral en la iglesia de la Madeleine. Dicen que solo dos hombres acompañaron el cortejo fúnebre: su marido y el viejo Stackelberg, su antiguo protector. 

Fue enterrada en el cementerio de Montmartre, pero dos semanas más tarde su esposo hizo que sus restos fueran trasladados a una sepultura que él había adquirido, una tumba blanca en la que puede leerse esta inscripción: 

Ici Repose
ALPHONSINE PLESSIS
Née Le 15 Janvier 1824
Decedée le 5 Fevrier 1847
De Profundis 


Cinco meses más tarde, Alejandro Dumas hijo la inmortalizaba en La Dama de las Camelias, con el nombre de Marguerite Gautier. Adaptada para el teatro, la obra fue un gran éxito. Verdi acudió a verla y encontró en ella inspiración para componer La Traviata, que se estrenó en Venecia dos años más tarde. 

Desde el día de su muerte, jamás han faltado camelias en su tumba. 


“Fue sin duda la más absoluta y perfecta encarnación de la Mujer que jamás haya existido. Y ahora está muerta y no sé qué extraño acorde de elegía vibra en mi corazón en recuerdo suyo.” (Franz Liszt)